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AMORES PERDIDOS Y ENCONTRADOS

Durante la semana siguiente cené con Darraugh varias veces. Una noche casi me acuesto con él en su apartamento de East Lake Shore Drive. En el último momento comprendí que no podía hacerlo; no por ser Penélope, fiel a su ausente Ulises, sino como detective: sólo la soledad, tanto la mía como la suya, nos unía. Eso pasaría, y cuando lo hiciera, me resultaría difícil volver a trabajar para él. Creo que lo entendió. Y creo que nos despedimos en buenos términos.

Catherine se quedó conmigo más de una semana. La policía de Wisconsin detuvo a Renee por poco tiempo y la dejaron libre sin cargos. Eso vendría más tarde, si la maquinaria policial reunía todas las pruebas forenses relacionadas con la muerte de Marc Whitby, pero por el momento, Renee estaba en su casa. De hecho, había vuelto a su trabajo como directora de Ediciones Bayard. Incluso apareció en Buenos días, América, para dar su versión de lo ocurrido aquella noche en Eagle River.

Como Catherine no quería ponerse cuando llamaba por teléfono, Renee le escribió una carta a su nieta. Aquellas líneas estaban marcadas por su espíritu; no reconocía culpa ni se avergonzaba, sino que le rogaba que comprendiera que si había hecho cualquier cosa que le desagradara, había sido a causa del amor hacia Calvin y de los ideales que compartían. La carta perturbó tanto a Catherine que estuvimos despiertas hasta las tres de la mañana discutiéndola. Había olvidado cuánta energía emocional absorben los adolescentes.

Geraldine y yo empleamos toda nuestra energía para intentar convencer tanto a las autoridades de Illinois como a las de Wisconsin de que Renee le había disparado a Benji sólo para protegerse de su testimonio, pero no logramos doblegar la sed de sangre islámica del Gobierno. Y Catherine, aunque sentía rencor hacia su abuela por la muerte de Benji, no quería enviarla a prisión: se negó a declarar.

La muerte de Marc fue también un asunto espinoso. A pesar de las gélidas palabras que me dedicó, Bobby mandó a su detective de confianza, Terry Finchley, a trabajar con el comisario de DuPage en busca de pruebas. La cinta encontrada en el Saturn con la entrevista entre Marc y Olin ayudó a desentrañar parte de la historia; lo que conocía acerca de la nota de suicidio de MacKenzie Graham tuve que mantenerlo en secreto.

Albergué esperanzas cuando Terry encontró a un taxista que llevó a Renee hasta la 35 con King la noche que murió Marc, pero seguíamos cuesta arriba, como intenté explicarles a Amy Blount y a Harriet. Las tres nos reunimos varias veces para decidir la estrategia y para tratar de descubrir cómo habría muerto Marc.

– ¿Por qué Renee llevaría a Marc hasta Larchmont? -preguntó Amy.

Me encogí de hombros.

– Apuesto a que debía de pensar que estaría meses allí hasta que alguien lo descubriera. La casa estaba vacía, y en este momento económico nadie iría a comprarla. La agencia inmobiliaria no hace gran cosa en cuanto a mantenimiento, así que era un buen intento pensar que el cuerpo de Marc se desintegraría más allá de una posible identificación, o del descubrimiento de la verdadera causa de la muerte. Fue un golpe de suerte el hecho de que la nieta de Renee estuviera usando la mansión.

– Odio cuando hablas como si todo fuera un juego -dijo Harriet.

– Lo siento. Pero para Renee fue un juego; su ingenio contra el mundo. Ella llevó el coche de Marc hasta su casa en mitad de la noche, entró y destruyó todas sus notas y archivos del ordenador. Mató a Olin poniendo fenobarbital en su almohada y destruyó los documentos de su cajón secreto, y a la mañana siguiente apareció en su oficina fresca como una rosa. Su hijo dijo que Renee siempre se ha enorgullecido de su talento organizativo. En estas últimas semanas se ha sentido como pez en el agua. El problema era que se estaba ocupando de demasiadas cosas, y comenzó a perder el control.

Una tarde llevé a Catherine a ver al padre Lou, que la reprendió bastante: había sido irresponsable huir con Benji. Renee le había disparado, pero fue Catherine quien le puso en la línea de fuego. El cura seguía estando furioso; nadie que hubiera acudido a su iglesia en busca de seguridad había muerto bajo su cuidado; la cara pálida y el labio superior tembloroso de Catherine no consiguieron ablandarlo.

Al día siguiente, Catherine y yo asistimos al funeral de Benji en su mezquita. Permanecimos fuera con un grupo de mujeres mientras los hombres seguían la ceremonia. Dos mujeres nos insultaron -las dos occidentales que llevaron a Benji a la muerte -, pero varias se lamentaron junto con Catherine, imaginando que ella estaba enamorada de él. Y tal vez era así. Romeo y Julieta. Cuando tienes dieciséis años, todo parece ser para siempre, tanto lo malo como lo bueno.

Fue el señor Contreras quien le dio a Catherine el consuelo que necesitaba. Estaba encantado de tener a una bella y joven palomita a la que atender. Durante el día, mientras yo estaba trabajando, él llevaba a Catherine a su casa, donde ella se tumbaba en el sofá y veía carreras de caballos en la televisión, junto con él y los perros. Como buena conocedora de los caballos, le daba consejos sobre los animales; gracias a ellos el señor Contreras ganó cien dólares apostando y compró filetes para todos. Catherine, vegetariana como era, no quiso poner a prueba la buena voluntad del viejo, y probó la carne para complacerlo.

Catherine sabía que yo intentaba que se abriese el caso contra Renee por el asesinato de Whitby, pero para ella Whitby nunca había existido. Una tarde, tras hablar por teléfono con Stephanie Protheroe acerca de la declaración de Theresa Jakes sobre la desaparición de sus medicamentos, Catherine me preguntó por qué no lo dejaba.

– Sé que mi abuela se portó terriblemente mal, pero no quiero que vaya a la cárcel.

– Quieres dos cosas que se excluyen mutuamente -comencé a decir, y luego la convencí para ir a dar una vuelta.

– A mi casa no -dijo alarmada.

– A tu casa no. Quiero que conozcas a alguien.

Fuimos al South Side, donde le presenté a Harriet Whitby.

– Ésta es Catherine Bayard. Tiene el brazo vendado porque unos oficiales demasiado nerviosos le dispararon hace un par de semanas. Háblale de Marc a Catherine; quiero que ella sepa qué clase de persona era tu hermano.

Harriet pensó un minuto.

– Era escritor. Era un hombre cuidadoso, silencioso y discreto, realmente muy tímido, pero cuando se decidía a defender a alguien, podía ser feroz, y siempre leal. Cuando yo tenía seis años y él doce, tuve una infección en la cara, una especie de acné incontrolable. Algunos chicos solían esperarme para meterse conmigo de camino a la escuela, hasta el punto de que llegué a salir de casa por la mañana sólo para ir a esconderme en el parque todo el día. Cuando Marc se enteró de que estaba faltando a la escuela, me dijo que debía ir, que ningún gallito tema derecho a privarme de mi educación, y me acompañó a la escuela, llevándome de la mano. Cuando llegamos a donde esperaban los niños, se detuvo y dijo: «Ésta es mi hermana, una hermosa niña negra. Espero que reconozcáis su belleza y que la respetéis». Lo dijo con la misma calma con la que se lee el parte meteorológico. Durante tres meses me siguió acompañando a la escuela, y se enfrentó a cinco de ellos, y con dos más de una vez, y aunque viva ciento veinte años nunca conoceré a un hombre más bueno que él.

Catherine no dijo nada al volver a casa, pero la tarde siguiente, cuando volví de trabajar, intentó expresar sus sentimientos.

– Quiero a la abuela. Pensaba que ella y mi abuelo eran las personas más geniales de la tierra. Yo pensaba de ellos lo mismo que Harriet de su hermano. Entonces, ¿cómo pudieron darle al monstruo de Olin el nombre de Kylie Ballantine y luego presentarse como los adalides de la libertad universal? -Estaba sentada en el suelo del salón con el brazo sano alrededor de Peppy.

Me agité en la silla: eran las mismas preguntas que me hacía yo.

– Cada persona tiene sus límites. Y sus miedos. Cosas que no puedes tolerar, quiero decir. Las listas negras de McCarthy y el Comité de Actividades Antiamericanas sacudieron muchas vidas. Hubo gente que no volvió a trabajar, o que nunca prosperó. Fueron sometidos al ostracismo, vivieron en la más absoluta pobreza. Algunos se suicidaron. Muchos fueron a prisión, sólo por sus creencias, y no por nada que hubieran hecho; no estoy hablando de China ni de Irak, estoy hablando de Estados Unidos. Nadie corre para lanzarse a esa clase de martirio. Al mismo tiempo, tu abuelo temía por el futuro de Ediciones Bayard. La madre de Geraldine Graham constantemente lo amenazaba con vender sus acciones a Olin Taverner. Si Laura Drummond hubiera sabido que tu abuelo apoyaba a un grupo que ella consideraba un frente comunista, puedes estar segura de que le hubiera vendido a Olin sus acciones. Y eso hubiera convertido a Bayard en una organización de derechas. No publicarían las grandes revistas que publican hoy, como Margent, ni a escritores como Armand Pelletier ni al chico con el que trabajaste el verano pasado, Haile Talbot.

– Entonces… ¿crees que el abuelo hizo lo correcto al traicionar a Kylie Ballantine y a Pelletier y… a quien sea que haya traicionado? ¿Para salvar la editorial? -Sus ojos centelleaban.

– No. No creo que hiciera lo correcto. No creo que considerar el bien mayor, la integridad de Ediciones Bayard en este caso, justifique traicionar a tus amigos.

– Y ahora que ha perdido la cordura jamás podré preguntarle en qué pensaba cuando lo hizo -exclamó-. No puedo soportar esto. Verlo enfermo con lo mucho que lo quiero… Solía sentirme tan tranquila sabiendo que mis abuelos eran mi familia, en comparación con la de mis amigos, gente que no piensa más que en el dinero. Y ahora… mi familia tal vez no piensa en el dinero, pero no piensan en la gente ni en tener una vida basada en unos principios, como siempre proclamaban.

– Estamos juzgando esto en la calma y la seguridad de mi salón -dije-. No nos enfrentamos a un interrogatorio del Congreso, que utilizaría nuestras creencias para convertirnos en criminales. Si alguna vez nos ocurriera eso, entonces sabríamos de qué estamos hablando. Una vez pasé un mes en la cárcel. Fue una experiencia terrible, que casi me hunde. Si tuviera que volver a la cárcel, no sé si podría defender mis valores. Me gustaría ser fuerte hasta el final, pero más que eso me gustaría no tener nunca que comprobarlo. Lo que quiero decir es que lo que hizo tu abuelo… Oh, me rompe el corazón. Pero no puedo juzgarlo, porque no estuve en ese campo de batalla, mirando de frente esos cañones. Pero tu abuela cruzó la línea cuando decidió asesinar. Y quiero que pague el precio por matar a Marcus Whitby. Es por Whitby por quien deberías reaccionar, en lugar de quedarte aquí observándome.

– Pero ¿cómo podría volver a vivir con ellos?

– Puedes ir a Washington con tu padre -sugerí.

– Sí. Sabes que me llama constantemente.

No era para tanto, pero la llamaba desde Washington unas dos veces al día, para decirle cosas bonitas o que se fuera a vivir con él.

– Papá no puede entender que no esté preparada para aceptar los valores que él defiende. Cree que después de saber que mi abuelo era un fraude significa que debo abandonar tanto sus ideales como los de la abuela. Papá está harto de que intente defenderlos.

– Ya lo sé. Pero no puedes quedarte aquí para siempre. Después de un tiempo, la aventura de vivir durmiendo en una cama plegable se cobrará su precio; querrás tu baño, tu televisión… y todos los placeres de un hogar. Además, dejando aparte a tu abuela, necesitas ir a la escuela.

– ¿Volver a Vina Fields, donde todo el mundo me señalará?

Hice una mueca.

– Es una oportunidad para demostrarles quién eres. Además eres rica e inteligente: tienes opciones. Puedes ir a Washington, pero insistir en ir a un colegio con valores más progresistas que los que querría tu padre. Puedes ir a un internado, tu familia tiene tradición en Exeter, ¿no? Pero sólo te queda un año además de éste, y tal vez no sea una buena idea trasladarte; ¿no hay alguna amiga con la que puedas vivir?

Ella hundió su cara en el pelo de Peppy.

– Este invierno han pasado demasiadas cosas. No tengo ninguna amiga tan cercana como para que me comprenda. Y además, la escuela me parece algo inútil. Lacrosse, quién sale con quién, es como… Después de ver morir a Benji, nada tiene sentido.

– Puedes tomarte un año para trabajar con una organización humanitaria o algún grupo similar que intenta ayudar a gente pobre como la madre de Benji. Mi novio, Morrell, puede ayudarte a encontrar un buen programa, si es que algún día vuelve.

Esa idea le gustó de inmediato. Pasamos los siguientes días concretando detalles. Catherine finalmente decidió terminar su año en Vina Fields, pues no podía hacer gran cosa hasta recuperarse del brazo, y luego comenzar como voluntaria durante el verano.

No volví a saber nada de Darraugh desde la noche en que lo abandoné en su dormitorio, pero volvió a sorprenderme después de que Catherine decidiera volver a la escuela: llamó para ofrecerle una casa hasta terminar el curso. Para mi alivio, Catherine aceptó: yo no estaba preparada para ocuparme de una adolescente.

Catherine decidió pasar un fin de semana en New Solway con su abuelo. Aprovecharía para recoger sus cosas y mudarse el lunes por la mañana. Habló con Renee para asegurarse de que se quedaba en la ciudad, y en el último fin de semana de marzo nos subimos al Mustang en dirección al oeste.

Llevé conmigo a los perros. Después de dejar a Catherine en la mansión de los Bayard, donde Ruth Lantner rehusó dirigirme la palabra, me fui hasta Larchmont y solté a los perros. Llevé a Mitch y a Peppy a los bosques, rehaciendo el camino que hacía Catherine cuando escapaba de su casa para llevarle comida a Benji. A los perros les gustó el paseo: encontraron un ciervo y estuvieron persiguiéndolo por los bosques.

No pensaba en realidad en Catherine y Benji cuando regresé a Larchmont, sino en Calvin Bayard y en las noches en que él atravesaba ese camino para ver a Geraldine. Para acostarse con Geraldine, y para mentirle.

El Chico Maravilla, ¿era un vellocino de oro, un ídolo demasiado falso para adorar? ¿O tan sólo un ser humano trastornado? Calvin brillaba, ése era su problema. Las veces que lo había escuchado hablar en el pasado, brillaba como un dios. Yo me sentía casi hipnotizada por él. Si tienes un don, el don de hechizar a la gente que te rodea, ¿por qué querrías atenuarlo?

Los perros se me unieron mientras pasaba por los edificios externos de Larchmont. Mitch se zambulló en el estanque y sacó una de las carpas podridas. Se restregó contra ella antes de que pudiera impedirlo. Metí a Peppy en el coche antes de que hiciera lo mismo, y volví para ponerle la correa.

– Una cosa es segura, amiguito -le dije-. Necesitas tener mucho más encanto del que tienes para hacerme soportar semejante hedor.

Cuando lo metí en la parte trasera del Mustang, hice el breve trayecto desde Coverdale Lane hasta Anodyne Park. Geraldine Graham estaba en casa. Todavía llevaba el pie vendado, usaba un andador, pero se las arreglaba sola. Me pidió que le alcanzara las tazas de Coalport para el té, pero fue a buscar las bolsitas y sirvió el agua sin mi ayuda.

Llevé las tazas a su escritorio, quemándome los dedos con la fina porcelana, como en la primera visita. El apartamento parecía más grande y luminoso. Al principio no logré dar con la diferencia, atribuyéndola a la mayor luminosidad de la primavera. Cuando Geraldine por fin de sentó, comprendí que había quitado el retrato de su madre. Lo reemplazaba un pequeño paisaje de montaña.

Ella vio que miraba la pared y me sonrió con satisfacción.

– Cuando golpeé a Renee con la máscara de Kylie, sentí un placer que nunca antes había experimentado, ni siquiera en los brazos de Calvin. Por cierto que tampoco en los de Armand, ni en los otros. -Hizo una pausa, y luego agregó-: Amaba a Calvin. Conocía sus debilidades, pero aun así lo amaba. No creo que pueda perdonar a Renee haberlo ocultado al mundo y justificar sus debilidades. Pero cuando dejé caer la máscara sobre su cabeza sentí una extraordinaria libertad. Tengo ahora noventa y un años; no poseo la fuerza para mover cielo y tierra, pero agradezco tener un espíritu liberado el tiempo que me queda de vida. Decidí que usted tenía razón: no era necesario tener aquí a mi madre recordándome antiguas humillaciones.

Me quedé con Geraldine durante una hora, repasando el caso, su vida, la vida de Darraugh. Al final, esa semana le había dicho que probablemente Calvin era su padre. Eso explicaba por qué había invitado a Catherine a vivir con él, supuse: era su sobrina. Lo que me preguntaba era cómo se sentiría al saber que Edwards Bayard era su hermano.

– Eso ha perturbado a Darraugh, naturalmente. -Geraldine mantenía su voz aflautada y trémula-. Quería a MacKenzie. Le dije a Darraugh que no importaba, que tenía derecho a amar a MacKenzie como padre: fue él quien lo cuidó cuando tuvo varicela; fue él y no la enfermera ni, por supuesto, yo, quien le lavaba la cara para que no se rascara los granos. MacKenzie le cantaba canciones de cuna y le enseñó a montar su primer pony. Hizo todas las cosas que hace un padre. Y algunas de las que una madre que no quería afrontar las responsabilidades del hogar debería haber hecho.

– Darraugh debería decírselo a su hijo, a MacKenzie -dije-. Sus vidas son tan agitadas que lo único que falta es que MacKenzie se enamore de Catherine Bayard.

Me miró con un momentáneo regreso de su altivez, luego se relajó y dijo que se lo sugeriría.

– ¿Qué ha ocurrido con Renee? ¿Todavía no la han arrestado?

Hice una mueca.

– Ni siquiera sé si lo harán. La prueba está allí, pero en cierta forma es circunstancial. Si sus huellas están en el fenobarbital de Theresa Jakes, pudo haber manipulado los frascos buscando la medicación de su marido. Y en cuanto al resto, el taxista que la llevó cerca de la casa de Marcus Whitby, el empleado del club de golf que la vio subirse al cochecito y desaparecer con él… ella dice que se equivocan. La policía no suele darse prisa cuando se trata de arrestar a gente de lugares como New Solway.

Ella captó el reproche de mi tono.

– No pienses de todos nosotros del mismo modo, Victoria. También podemos hacer algo bien. Sin nosotros, después de todo, no habría dinero para sinfonías ni teatros.

– No creo que haya una balanza del bien y del mal, y que el bien supere al mal -dije cansinamente-. Es sólo que, oh, ya sabe, estaba ese libro tan popular hace unos años, de cuando a la gente buena les salen las cosas mal, o algo así. Nadie escribe sobre las cosas buenas que le pasan a la gente mala, ni cómo los ricos y poderosos se desentienden de los desastres que provocan, y gente como yo, o como mi vecino, o como mis padres, tienen que pagarlo. Estoy cansada. He estado cuidando toda la semana a una chica rica. Me gusta Catherine, pero ella puso a Benji en peligro al huir con él. Ella se puede tomar su tiempo para rehacer su vida, mientras que la madre y las hermanas de Benji ni siquiera pueden pisar Estados Unidos para llorar frente a su tumba, y quién sabe de qué vivirán de aquí en adelante.

– Sí, eso está muy mal -dijo Geraldine-. Dejarlos en la necesidad. Hablaré con Catherine cuando esté con Darraugh y le diré que debe ocuparse de la familia de Benji.

Se levantó y me acompañó hasta la puerta en su andador.

– Espero que vuelva a visitarme, a pesar de sus desencuentros con la moral de New Solway.

Caminé lentamente por aquellos caminos sinuosos, intentando quitarme la melancolía de la conversación. Los ricos son distintos que tú y yo: tienen más dinero y tienen más poder.

Finalmente me metí en el coche. El hedor a carpa podrida llenaba el Mustang. Me permití un momento de melodrama imaginando que era el hedor de New Solway que me acompañaba hasta Chicago. Pero no era más que Mitch, después de todo, haciendo lo que los perros adoran hacer. Abrí todas las ventanas y conduje por la autopista en el carril rápido.

Al llegar a casa, arrastré a Mitch por las escaleras de servicio y lo dejé atado a la barandilla. Busqué un cubo y un cepillo de la cocina. Cuando sonó el teléfono estaba cubierto de espuma; casi dejé pasar la llamada, pero antes de que saltara el contestador, salté para atender desde el teléfono de la cocina.

Contestó un hombre con acento italiano. Buscaba a Victoria Warshawski. ¿Era yo? Era Giulio Carrera, de Medicina Humanitaria.

Mi corazón se detuvo. El cepillo golpeó el suelo.

– ¿Morrell?

– Sí. Tenemos a Morrell. Le dispararon en la frontera afgana. Todavía no sabemos bien lo que ocurrió, pero unas mujeres lo encontraron y se ocuparon de él. Lo localizamos siguiendo algunas pistas y lo trajimos en avión a Zúrich esta mañana a primera hora.

– ¿Está vivo?

– Está vivo. Las mujeres le salvaron la vida. Está débil, pero nos dio su número de teléfono y nos dijo que la llamáramos. Dijo que le dijéramos que no le dispararon en el paso del Khyber. ¿Lo entiende?

Me reí nerviosa. Era mi gran preocupación: que le dispararan y le abandonaran en el paso del Khyber. Estaba consciente, podía recordar eso, podía recordar mi número de teléfono. Se acordaba de mí.

– ¿Dónde está?

Carrera me dio el nombre del hospital. Dejé mensajes para Morrell, chapurreando en italiano y en inglés. Mucho tiempo después de que Carrera colgara, seguía sosteniendo el auricular contra mi pecho, con el rostro empapado. De vez en cuando, en medio del dolor y la impotencia, la vida nos da un respiro.

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