El crepúsculo suavizaba la superficie del estanque, nublando el intrincado nido de algas, de manera que sólo se veían los nenúfares. Hasta la carpa muerta parecía limitarse a flotar cerca de la superficie a la espera de que aterrizara una mosca.
Cuando salí de la oficina de Arnoff, pensé en regresar a Chicago y dejar lo del estanque para el día siguiente, pero eso habría significado otro paseo a los barrios residenciales del oeste. Después de todo, estaría igualmente oscuro allí abajo, con todas aquellas algas, tanto si iba a las seis de la mañana como si lo hacía a las seis de la tarde.
Todo lo que quedaba en mi escaso arsenal era el obstinado deseo de descubrir qué le había dicho Taverner a Marc Whitby. Arnoff soltó unas cuantas indirectas que yo tendría que ser capaz de descifrar. Se sentía visiblemente orgulloso de conocer los secretos de New Solway. Como, por ejemplo, las indiscreciones que Calvin Bayard nunca debería haber puesto por escrito. O al menos debería haberse asegurado de mantener los papeles lejos de los avispados ojos de su hijo.
Tomé la salida hacia la autopista de East-West y me uní a la cola de kilómetro y medio que esperaba en el peaje. Arnoff dijo que nadie, ni siquiera Taverner, creía seriamente que Calvin Bayard fuese comunista. Entonces, ¿qué hizo para que su hijo acabara convirtiéndose en un ultraconservador? ¿Y qué era lo que dejó por escrito?
Avanzaba muy despacio en la investigación. Eso era lo que resultaba más frustrante de aquel desfile de prima donnas. Que todas sus vidas se encontraban entrelazadas por la historia, los matrimonios, las mentiras compartidas. Eran como un grupo de gente haciendo de trileros, que se reía mientras yo trataba de averiguar dónde estaba la pieza manipulada. Empezaba a dudar de que un matón del South Side pudiera estar a la altura de semejante pandilla de elegantes estafadores.
Dejé la autopista en Warrenville Road. A estas alturas del caso podía encontrar el camino hasta Larchmont Hall con el piloto automático. Cuando llegué, aparqué el Mustang detrás del garaje, donde quedaba oculto tanto de la carretera como de los bosques que lindaban con la propiedad de los Bayard. Si a alguien -digamos la joven Catherine o incluso Ruth Lantner- se le ocurría ir a Larchmont Hall en aquel momento, no podría ver el coche.
Antes de salir de Oak Brook me había detenido en un centro comercial para quitarme la ropa de trabajo y ponerme el bañador, la sudadera y los vaqueros. Volví a quitarme la ropa y a continuación me puse el traje de neopreno, no sin dificultad. Cuando terminé, sudaba por el esfuerzo, pero al mismo tiempo me sentía húmeda y helada al contacto con el frío material.
Me coloqué la linterna submarina que había comprado por la mañana. Sujeté el cordel y el pequeño cuchillo bajo el brazo, junto con las aletas y las gafas de buceo, rodeé el garaje con cautela y luego crucé el jardín que conducía al estanque.
Nunca había trabajado bajo el agua, pero aprendí a nadar en el lago Michigan. De hecho, mi primo Boom-Boom y yo volvíamos locas de preocupación a nuestras madres cuando nos metíamos en las sucias aguas del lago Calumet, que se encontraba cerca de casa. Es curioso comprobar que lo que encuentras divertido cuando eres niño y tienes una madre gruñona pendiente de ti, te parece horrible cuando eres un adulto. Si Boom-Boom estuviera aquí esto sería una aventura. Si Boom-Boom viviera, no me sentiría tan sola. Derramé unas lágrimas de autocompasión. Me las enjugué con enfado. Te salva la acción, V.I., me dije, burlándome de mí misma: ponte las malditas aletas y muévete.
El agua estaba tan asquerosa como imaginaba. Hice una mueca, luego me puse las gafas, me encajé el tubo respirador entre los dientes y me sumergí, tratando de ignorar el impacto del agua fría en la cabeza. Casi de inmediato me enredé entre un montón de raíces. De tanto tirar y patear para librarme de ellas, la sangre me empezó a correr a tal velocidad que dejé de sentir el frío, aunque también conseguí remover el barro del fondo, lo que me dificultaba la visión; la luz de la linterna sólo atravesaba unos cuantos centímetros de aquella oscuridad. Como me había figurado, no importaba que estuviera haciendo el trabajo tan tarde; tampoco la luz del día habría traspasado la enmarañada vegetación de la superficie.
Calculé que tendría que cubrir unos cuarenta metros cuadrados. Descorazonada, decidí trazar una serie de carriles y establecer un método de trabajo: la cabeza primero, ir tanteando entre las raíces, palpar el fondo, salir a la superficie a tomar aire y volver a bajar. El tubo resultaba inútil, así que lo dejé en el borde del estanque. Cada vez que alcanzara una de las paredes, ataría un trozo de cuerda. Comencé en el extremo oeste, donde había tropezado con el cuerpo de Marc el domingo anterior.
Al cabo de una hora había cubierto unos diez metros cuadrados. Encontré tres latas oxidadas, un reloj corroído, trozos de porcelana con los bordes desgastados y una copa de champán milagrosamente entera. También encontré varios pedazos de madera, tan empapados que se habían hundido.
Eran las siete y en el mundo exterior había oscurecido por completo. Me dolían los hombros de empujar entre las algas, tenía la nariz congestionada y lamentaba mi suerte como nunca. Coloqué la copa en el borde del estanque, junto con la porcelana, até el cordel y volví a sumergirme.
A las siete y media añadí a mi tesoro más latas, algunos tenedores y cucharas, más trozos de porcelana y un anillo de mujer. El anillo llevaba allí mucho tiempo, a juzgar por la cantidad de tierra que lo cubría, pero se veía como si hubiera tenido importantes piedras engarzadas. Me lo guardé en un bolsillo del traje.
A las ocho, cuando ya estaba tan helada y tan desalentada que quería abandonar la tarea, encontré una agenda de bolsillo. La saqué a la superficie y la miré con detenimiento. Me sentía entumecida y desanimada, pero supe que tenía que pertenecer a Marc o a su asesino; bajo la capa de barro y restos de plantas, aún se distinguía el cuero marrón. Tenía las manos agarrotadas por el frío y me era imposible abrirla allí mismo. La guardé junto con el anillo.
Para entonces había cubierto casi todo el estanque. Me sentí tentada de abandonar en ese punto, pero sólo me faltaba una sección. Si no la examinaba, no podría dormir, pensando en la prueba esencial que quizá me habría dejado. Aspiré profundamente, manteniendo el aire frío en mis húmedos pulmones durante unos instantes, y volví bajo el agua.
Allí no había nada excepto más madera. Uno de los trozos parecía una especie de artefacto, no una rama muerta simplemente. Decidí sacarlo a la superficie también. Contenta, salí por fin de aquella oscuridad y rodeé el estanque recogiendo los metros de cordel alrededor del hombro. Las piernas me temblaban tras dos horas de bucear y patear.
Antes de que pudiera empezar a recoger mis hallazgos de porcelana y cristal, oí pisadas en la hierba. Volví a colocarme el tubo y me sumergí en el estanque. Me acordé de apagar la linterna en el último momento.
El agua amplifica el sonido. Aquellos pies -¿de Catherine Bayard?, ¿de Ruth Lantner?- sonaban como si llevaran zapatos de golf. Esperé un largo minuto, dando tiempo para que quienquiera que fuese se alejara del estanque y se encaminara hacia la casa. Cuando me disponía a salir a la superficie, oí otras pisadas que se acercaban por el sendero de grava. Me sumergí de nuevo en el agua. Los pasos se detuvieron. Una luz brilló en la superficie del estanque.
Se me paró el corazón. Mantuve la respiración mientras la luz danzaba entre la maraña de juncos, los nenúfares y los peces muertos. Seguramente mi tubo de respiración no sobresaldría entre toda aquella vegetación. Al poco, la luz se desvaneció y los pasos siguieron adelante.
Era una noche sin viento. Si en aquel momento intentaba salir del estanque, el sonido llegaría a cualquier oído atento. Si me quedaba donde estaba, alguien podría atacar a Catherine Bayard. Saqué la cabeza fuera del agua, esforzándome por escrutar en la oscuridad. Frente a mí, a la altura de la casa, titiló un foco de luz. Oí voces -¿una exclamación de sorpresa?-, seguidas de murmullos. No parecía que fuera un ataque.
Había permanecido inmóvil en el agua durante mucho tiempo: me castañeteaban los dientes de tal manera que me resultaba difícil creer que no me oyeran desde la casa. El sonido no podía ser más alto que el que había hecho al salir del estanque. Por tercera vez salté fuera del agua, moviéndome todo lo silenciosamente que podía. Me quité las aletas y corrí hacia el extremo más alejado del estanque, donde había dejado los zapatos. Antes de que pudiera ponérmelos, las voces se hicieron más audibles. Ni loca pensaba volver a esa agua podrida y gélida una vez más. Cogí los zapatos y me escondí debajo de uno de los bancos de piedra.
– Catherine, me estás mintiendo y eso no me gusta. Ruth me ha dicho que la detective que estuvo en la calle Banks el miércoles fue a verla ayer con el cuento de que estuviste aquí por la noche con una llave que pertenece a tu abuelo. Entonces…
– Ya te lo he dicho: fue un invento de ella. No sé por qué. No de Ruth, de la detective…
– No. -Renee Bayard se detuvo a escasos centímetros de mi nariz-. Ayer llamé a Darraugh. La idea de que te enviara una detective que se ocupa de asesinatos no me hacía ninguna gracia. Ya tendrás tiempo para ahondar en las miserias humanas, pero, en cualquier caso, él me dijo que no había sabido nada de ti últimamente, ni ninguno de sus empleados. Así que o tú buscaste a esa mujer o ella te buscó a ti, ¿por qué?
– Ella me buscó. ¡Me estaba persiguiendo! -exclamó Catherine.
Renee guardó silencio el tiempo que le llevó poner sus ideas en orden. Cuando habló de nuevo, se le notaba cansancio en la voz.
– Querida, si era ella la que te buscaba, ¿por qué le seguiste la corriente ayer por la tarde? Si te está extorsionando, debes decírmelo. Si pensaras que necesitas un detective por cualquier motivo, supongo que me lo dirías.
– No puedo. Si pudiera, lo haría, pero no puedo. No me hagas hablar más porque sólo serán mentiras y tú te pondrás aún más furiosa.
– ¿Estuviste aquí el domingo por la noche? -preguntó Renee-. ¿Sucedió algo que te asustara?
– ¿Quieres decir que si estaba aquí cuando mataron al periodista? No, abuela, ni estuve aquí, ni sabía que un asesino estuviera rondando.
Renee tomó aire, como si estuviera a punto de discutir a Catherine su insistente afirmación de que no había estado allí; luego hizo una pausa, como dándose cuenta de que su intento sería inútil. Apreté las mandíbulas para evitar que me castañetearan los dientes.
– Pero ahora ya sabes, Trina, que no debes volver aquí. No sabemos quién mató al periodista. Alguien se está aprovechando de que Larchmont se encuentra deshabitado para utilizar la casa: por eso vino aquí tu detective. Geraldine Graham veía luces en el ático, y aunque Darraugh considera que lo inventó para obligarlo a pasar más tiempo con ella, yo no estoy de acuerdo: es una mujer lúcida, no es propio de ella utilizar trucos tan mezquinos. Podría haber un perturbado en esa casa. Si vienes aquí a encontrarte con un amigo o con un amante o a drogarte o a cualquier otra cosa que no quieres que sepa, por favor… -Se quebró, incapaz de completar la frase.
– Nadie puede entrar en esa casa, porque tiene un sistema de seguridad -dijo Catherine-. Suena una alarma en la oficina de Julius Arnoff.
– ¿Lo sabes porque tú la has hecho saltar alguna vez?
– No es ningún secreto. Quiero decir, todos tenemos alarmasen nuestras casas, y todos sabemos qué hacer cuando saltan, y todos sabemos que suenan en la oficina del abogado y en la policía.
Catherine hablaba con la misma rapidez que había usado conmigo el día anterior, cuando trataba de pasar por alto los temas más delicados. ¿Qué era lo que no quería que su abuela supiese? Era evidente que Renee Bayard se preguntaba lo mismo, porque hubo otra larga pausa antes de que volviera a hablar.
– ¿Tienes una llave para desconectar el sistema de seguridad, Catherine?
– No, abuela. ¿De dónde iba a sacar la llave de la casa de otra persona?
– Cogiéndola de algún lugar donde pudieras haberla encontrado. -Renee Bayard hablaba como si aquel asunto no fuera con ella, como si el tema no le interesara-. Supongo que esta casa es como todas las demás. Somos tan especiales en New Solway, tan excepcionalmente honestos en virtud de nuestra fortuna y posición, que los recién llegados no tienen que molestarse en instalar nuevos sistemas de alarma: saben que a los antiguos propietarios no les va a dar por entrar en sus casas. Puede que… ¿cómo se llamaba la familia que compró Larchmont? Puede que dejaran puesta la alarma de los Graham y las llaves de ese sistema hayan estado dando vueltas por ahí durante años. No estoy insinuando que tú hayas robado nada, sólo que quizá no pudieras resistir la tentación de utilizar una llave que encontraste por casualidad.
– Oh, por favor, abuela. No aguantaba a aquellos niñatos de los Jablon ni para quitarles una llave, eran tan nou-nous con sus…
– ¿Tan qué…? -preguntó su abuela.
– Perdón -murmuró Catherine-. Lo decimos en el colegio. Nouveaux-nouveaux riches, ya sabes…
– Sí, sé -dijo Renee secamente-. El desprecio hacia aquellos que han nacido en distintas circunstancias a las tuyas es la manera más fácil de enfocar la situación.
– Ya sé, ya sé, pero si tú… ¡Mira, abuela, alguien ha estado aquí…! Mira todas esas cosas, parece que han estado de picnic o algo así, si no fuera porque toda esa porcelana está rota.
Renee apuntó con su linterna hacia donde señalaba Catherine. Eran los resultados de mi primera pesca, en el extremo más cercano del estanque. Observé cómo se alejaban sus pies. Catherine la siguió.
– ¿Crees que el comisario ha estado aquí dragando el estanque en busca de pistas?
– No lo sé -dijo Renee-. Se diría que Rick Salvi no estaba muy interesado en este asunto. A lo mejor ha sido tu detective, que ha vuelto a la escena del crimen. Eso parecen trozos de la vajilla de Coalport de la madre de Geraldine Graham. Tenía platos para cien personas, todos en azul y dorado. Debieron de caerse en el estanque durante alguna fiesta.
– ¿Los invitados se emborrachaban y tiraban tazas al agua?
– No éramos tan salvajes, querida. Debería llamar a Rick y preguntarle si ha enviado a algún equipo. Debe de ser reciente, además, todavía hay huellas mojadas. ¿No has visto a nadie? Yo creí oír algo… pero no llegué a ver… -La luz de la linterna volvió a recorrer la oscuridad.
– Aquí hay algo más. -Catherine fue hasta el otro extremo del estanque, con su propia linterna recortando un haz de luz alrededor del borde. Si había dejado huellas húmedas en el camino, ella las estaba borrando-. Oh, no son más que pedazos de algo. Pero no es la porcelana que utilizaba la señora Graham en sus fiestas, porque es más oscuro y blando. Oh… si te fijas bien parece una máscara, como una que tenía el abuelo en su despacho. ¿No se la había dado alguno de sus protegidos artísticos o algo así? Parece que a los Graham no les gustó mucho la que les dieron a ellos.
Los pies de Renee crujieron sobre el ladrillo roto al acercarse a su nieta.
– Creo que tienes razón. Tendríamos que limpiarla: está casi entera, salvo por el hueco del ojo izquierdo, que está resquebrajado. Creo que esto explica bastante.
– ¿De qué, abuela?
– De la vida, Trina, aun cuando no deje de ser un misterio inexplicable. Vámonos ya a casa. -Mientras sus pisadas se alejaban del jardín, añadió-: ¿Qué viste aquí el domingo por la noche?
Pero Catherine no se dejaba engañar. Sus voces se desvanecían, aunque le oí responder:
– Como no estuve aquí, es imposible que viera algo.