Hojeé el resto del manuscrito. Armand se sentía tan profundamente agraviado que no mencionaba algo tan insignificante como el embarazo de «Rhona», así que no había ninguna pista sobre quién podía ser el padre de Darraugh, si Calvin o él. Por otra parte, despreciaba a Toffee Noble, un nombre ofensivo para cualquiera, incluso para alguien totalmente imaginario. Si Noble era Augustus Llewellyn -y parecía probable que fuese él, con su imprenta en el sótano-, Pelletier debía de haberle odiado de verdad.
Llewellyn era por aquel entonces un destacado benefactor republicano, pero en los años cuarenta había frecuentado, junto con Calvin, Pelletier y Kylie Ballantine, el bar donde se reunían los izquierdistas y sindicalistas de la zona.
Marc había leído el manuscrito. ¿Y si finalmente había ido a ver a Llewellyn? «Señor, estoy preocupado por un manuscrito que escribió Armand Pelletier. Da a entender que usted fue simpatizante del partido comunista en los años cuarenta». Quizá Llewellyn no quería que sus colegas republicanos o sus amigos lo supieran. Si le había pedido a Marc que se encontrase con él después del trabajo -«Venga conmigo a New Solway. Le mostraré cómo era verdaderamente aquel grupo y su entorno»-, Marc habría ido con él de buen grado. Después de todo, Llewellyn conocía a toda aquella gente de New Solway. Era el único miembro negro del campo de golf de Anodyne Park. Julius Arnoff era su representante legal, así como el de Geraldine Graham y Calvin bayard; en alguna conversación informal con sus clientes, Arnoff probablemente le habría contado a Llewellyn que los nou-nous iban a dejar Larchmont Hall; qué pena que se quedara vacío… el estanque está llenándose de carpas muertas…
– ¡V.I., espabila!, que te has quedado catatónica. -Amy me sacudía el brazo-. ¿No dijiste que tenías una cita a las cuatro? Son las cuatro menos veinte, y durante los últimos diez minutos te has quedado en blanco.
Parpadeé, intentando sentir el apremio de la cita.
– ¿Las cuatro menos veinte? Sí, supongo que tengo que irme.
Iba a guardar el manuscrito en la cartera, pero recordé que estaba en la biblioteca un segundo antes de que Amy me gritara.
– Lo siento. Mira, cerrarán la sala de lectura dentro de una hora. ¿Crees que para entonces podrás haber leído esto? ¿O hacer una copia? Si resulta que es una cosa de ésas, una clave o no sé qué…
– Una novela de clave -me interrumpió Amy-. Puedo leerla, decirte qué me parece y hacer una copia, pero no deja de ser una novela, aunque contenga personajes y hechos reales enmascarados, y no creo que puedas contar con ella como una prueba seria.
El bibliotecario vino a pedirnos que siguiéramos con la conversación fuera; otros usuarios se estaban quejando del ruido. Amy salió conmigo.
– Como prueba, no -dije-, pero vamos a ver: el artículo sobre el Comité para el Pensamiento que encontraste decía que había comenzado en un bar no segregacionista del West Side llamado Flora's, donde se reunían intelectuales de izquierda y sindicalistas. El manuscrito de Pelletier habla de un bar del West Side llamado Goldie's que frecuentan artistas y sindicalistas. Este manuscrito arroja luz sobre toda aquella gente. Aunque Armand haya distorsionado lo que ocurrió, en aras de su historia o porque se veía como una víctima en manos de Calvin, o incluso de Augustus Llewellyn, el manuscrito sugiere que Llewellyn, Ballantine y Geraldine se relacionaron con Pelletier y Calvin Bayard antes de los procesos de McCarthy. Todos coquetearon con el comunismo. Podría ser el secreto que Taverner guardó durante cincuenta años. Aunque no explica por qué Taverner guardó silencio hasta la noche en que Marc fue a verlo.
Le di un puntapié a una piedra, irritada.
– ¡Maldita sea! Será mejor que me vaya. Mira, tú sólo léelo, ¿vale? Te llamo esta noche.
– Sí, leeré el bendito libro y te haré un resumen. Ahora vete, a menos que se trate de clientes que quieras quitarte de encima. -Amy me dio una palmadita entre los omóplatos.
Pasé a toda velocidad por delante de las residencias de estudiantes que se apiñan detrás de la biblioteca y me dirigí a la calle 55, donde había dejado el coche. Mis clientes se encontraban en la parte oeste del Loop, en Wacker Drive, que el ayuntamiento ha levantado por completo; cuando encontré aparcamiento y fui corriendo hacia el edificio, ya llegaba veinte minutos tarde. Eso no era bueno para mi imagen profesional. Y, lo que es peor: olvidé meter la pluma en la cartera y tuvo que prestármela el cliente. Y peor aún: me costó concentrarme en su problema, lo cual no era justo, porque ellos pagaban las facturas puntualmente. Mientras repasaba mis notas en el ascensor, de camino a la planta baja, me di cuenta, abochornada, de que había escrito «Toffee Noble» en la libreta tres o cuatro veces, como una colegiala enamorada.
Los artículos que había leído sobre Llewellyn decían que iba a trabajar todos los días, a menos que estuviera en Jamaica o París. Miré el reloj. Eran las cinco y media, y el vestíbulo se encontraba atestado de empleados que salían. Pero estaba a sólo diez minutos del edificio de Llewellyn, cruzando el río, y era posible que se quedara hasta tarde. Guardé mis notas en la cartera y me dirigí al norte.
Cuando llegué a Erie Street, mi optimismo se vio recompensado: un Bentley que lucía en la matrícula las letras «T-SQUARE» estaba aparcado en la puerta. Un chófer de uniforme estaba sentado dentro con el Sun-Times desplegado sobre el volante. Eso significaba que el gran hombre seguía en su oficina.
Mientras caminaba por Franklin Street iba pensando cómo conseguir que la antipática recepcionista me dejara pasar. Una cosa era arrastrarse por una alcantarilla para meterse en Anodyne Park, y otra bien distinta entrar en un edificio de oficinas donde no querían verte. Todavía no se me había ocurrido nada cuando vi a Jason Tompkin a media manzana de Erie. Otra vez me lancé a la carrera. Cuando lo alcancé en el semáforo de Wells, le di un golpecito en el brazo y lo llamé por su nombre.
Se volvió, con las cejas arqueadas, y luego me brindó una jactanciosa sonrisa.
– La señorita detective. Bueno, bueno… ¿Ha venido a detenerme por matar a Marc?
– ¿Lo mató usted? Eso me vendría muy bien. Así podría dejar de hacer preguntas que nadie quiere contestar.
– Creo que a estas alturas una chica como usted estará ya bastante curtida. A nadie le gusta contestar a las preguntas de los detectives. Ni siquiera a mí. -La sonrisa seguía en su cara, pero me echaba para atrás con tanta eficacia como un brazo rígido.
– Bueno, hasta un rinoceronte se resiente después de recibir muchos palos. No creo que usted haya matado a Marc Whitby, pero tal vez haya estado errando el tiro toda la semana; quizá usted se cansó de su ambición y su altivez, lo emborrachó y lo llevó a un estanque para ahogarlo.
Dejó de sonreír.
– Yo no maté a ese tío. Lo que pasa es que no me unía al coro que gritaba «aleluya» cada vez que alguien pronunciaba su nombre.
– Si me hace un favor, no le haré más preguntas, ni esperaré que grite «aleluya» al oír el nombre de Marc. Quiero ver al señor Llewellyn sin tener que dar coba a la recepcionista; ella es una de las personas que últimamente ha golpeado fuerte en mi piel de rinoceronte.
– Ah, sí, la dulce Shantel. No puedo llevarla hasta el señor Llewellyn. Él conoce a todo su personal, desde luego, porque le pertenecemos, y además esto no es como la redacción de Time. En la fiesta de Navidad o en el ascensor, cuando nos cruzamos, me saluda por mi nombre; dice: «¿Qué tal está, señor Thompson? Escribió usted un buen artículo en el último número, un trabajo excelente». Una vez me llamó señor Pumpkin [2].
Me eché a reír.
– Ya me las apañaré cuando esté dentro del edificio. Si es que no se ha marchado ya.
– ¿Y a cambio?
– Si se le pierde el perro, se lo busco gratis.
– ¡Vaya, debe de haberse enterado de que lo que tengo es un gato! -Se dio la vuelta y me condujo al edificio.
El chófer seguía leyendo el Sun limes, una buena señal, porque significaba que no esperaba a su jefe hasta dentro de un buen rato. La recepcionista antipática no estaba en el vestíbulo; la había sustituido un vigilante uniformado ante quien tuve que identificarme, pero no puso objeciones a que subiera con J.T. en el ascensor. Después de todo, allí se editaban revistas. Los periodistas siempre andan llevando gente para entrevistar.
En la sexta planta, logré que J.T. me prestara su ordenador para escribir una nota a Llewellyn. «¿Sabe que Marcus Whitby intentó verlo antes de morir? Había leído las memorias inéditas de Armand Pelletier sobre el grupo que se reunía en Flora’s, en el West Side. Fue a ver a Olin Taverner después de leerlas. Los años cuarenta debieron de ser para usted tiempos convulsos. ¿Podríamos hablar de ello?».
J.T. se balanceaba de un pie a otro mientras esperábamos a que el folio saliera de la impresora. Después borró rápidamente el documento del ordenador, me dijo que la oficina de Llewellyn estaba en la octava planta y voló por el pasillo mientras yo grapaba a la nota una tarjeta de visita. Cuando llegué al ascensor, J.T. había desaparecido.
Al abrirse la puerta en la octava planta, apareció una mujer de mi edad al otro lado. La edad era precisamente lo único que teníamos en común: el maquillaje que llevaba sobre su piel canela era reciente pero sutil; el pelo, perfectamente peinado; las uñas, arregladas hacía muy poco tiempo. El tejido de lana de su traje marrón rojizo era de una suavidad desconocida en las tiendas donde compra la gente como yo. Me miró de arriba abajo como si pudiera ver el forro rasgado de mi chaqueta antes de preguntarme qué quería.
– He venido a ver al señor Augustus Llewellyn.
– ¿Tiene cita con él?
– Sé que usted no es su secretaria, y se trata de un asunto confidencial. -Me vino a la cabeza el nombre de la hija de Llewellyn que dirigía dos de sus revistas para mujeres-. Supongo que usted es la señorita Janice Llewellyn.
No me sonrió.
– El señor Llewellyn va a marcharse ya. Si no tiene cita y quiere hablar con él, puede llamar a su secretaria por la mañana.
Justo entonces se abrió una puerta al final del pasillo y salió Llewellyn en persona, acompañado por dos hombres jóvenes y una mujer mayor.
Janice lo llamó.
– Papá, vuelve a tu despacho un minuto, ¿quieres?, voy a echar a esta persona del edificio.
En el instante en que todos se quedaron quietos, intentando comprender lo que ocurría en el ascensor, eché a andar por el pasillo y le entregué mi nota a Llewellyn. La cogió sin vacilar, pero los dos jóvenes formaron una barrera entre él y yo y lo llevaron hasta un despacho, junto con la mujer mayor. En cuanto lo dejaron dentro, a salvo, uno de los jóvenes reapareció y se unió a Janice y a mí junto a los ascensores.
Me cogió del brazo y le dijo a Janice:
– Tú ve con papá y llama a Ricky, a recepción; yo la sacaré del edificio.
Tenía la fornida complexión de un jugador de rubgy. Sabía que no podía hacer nada contra él, pero nunca me ha gustado que me agarren. Y estaba cansada de que todo el mundo con quien yo quería hablar se pusiera terco y me empujase. Me zafé de él con un movimiento escurridizo y le clavé el codo en las costillas. Pegó un grito y me soltó el brazo.
– Me iré si tu papaíto no quiere verme -dije apartándome de él-, pero no es necesario que me ayudes.
Janice había sacado su teléfono móvil. Estaba en mitad de una acalorada conversación con el vigilante del vestíbulo, exigiendo explicaciones sobre cómo había entrado yo en el edificio sin autorización, cuando se abrió de nuevo la puerta del despacho de Llewellyn y apareció el otro hermano. Con una voz a mitad de camino entre el asombro y la indignación, comunicó que «papá» quería hablar conmigo.
Janice y su hermano me lanzaron miradas fulminantes, pero los deseos de papi tenían prioridad sobre su ego herido, o sus costillas, que también podía ser. Las depiladas cejas de Janice se juntaron durante un instante en medio de la frente, pero enseguida evitó fruncir el ceño. Trabajar en una revista femenina rinde sus frutos: se aprenden buenos consejos para mantener bien el cutis. Guardó el móvil en un compartimento lateral de su maletín y me dijo que la siguiera. Su hermano me seguía de cerca.
Cuando llegamos al área de los directivos, el otro hermano me llevó al despacho de su padre. Augustus Llewellyn estaba sentado en su escritorio, una mesa con incrustaciones de cuero que bien podía tener doscientos años. Había en aquella habitación interesantes antigüedades además del escritorio, pero lo que más me llamó la atención fue una vieja imprenta manual colocada sobre una mesa octogonal.
Me acerqué para mirarla.
– Buenas tardes. ¿Es la que usaba para imprimir T-Square?
Llewellyn hizo caso omiso de la pregunta y se volvió hacia sus hijos para decirles que podían irse. Cuando el que recibió el codazo protestó alegando que yo podía ponerme violenta, su padre esbozó una tenue sonrisa.
– Si me hace daño, sabréis exactamente quién ha sido y podréis hacer que la detengan. Pero ahora quiero estar solo con ella. Y eso también va por ti, Marjorie.
La última observación iba dirigida a la mujer mayor, quien supuse que era la secretaria con la que había hablado el día anterior. Cuando los cuatro se fueron, cogí una de las dos sillas de la habitación y me senté frente a Llewellyn, con el escritorio de por medio. Se puso las manos en el regazo pero no dijo nada.
– Soy la detective a la que la familia Whitby…
Me interrumpió.
– Jovencita, sé que usted y sus satélites han estado interrogando a mi personal últimamente. Pocas cosas ocurren en esta empresa de las que yo no me entere.
– Entonces sabrá que Marcus Whitby quiso verlo poco antes de morir. ¿Le habló de su cita con Olin Taverner?
– Si lo hizo, eso no es de su incumbencia.
– Usted accedió a verme, señor Llewellyn -dije con delicadeza-. Creo que si usted supiera qué le dijo Taverner a Whitby, no necesitaría hablar conmigo. De modo que deduzco que no vio a Marc Whitby antes de que muriera. -Asintió levemente, pero no agregó ningún comentario-. Olin Taverner guardaba un secreto, o quizá una serie de secretos, acerca de la gente de New Solway, de personas relacionadas con el Comité para el Pensamiento, el comité…
– Sí, sé lo que es, o lo que fue, el Comité para el Pensamiento. -Volvió a interrumpirme-. Y sé que Taverner estaba obsesionado con el hecho de que era un frente comunista. No creo que fuese la amenaza para Estados Unidos que Olin creía, pero yo me harté de la izquierda del Flora's hace muchos años. Era un grupo de gente desorganizada que se atacaba entre sí como ratas desesperadas. No tenían verdadero interés por los trabajadores, fueran hombres o mujeres, sino sólo por su estúpida retórica revolucionaria. América recompensa la autodeterminación. Ellos nunca pudieron ver eso.
– Pelletier dice que iba usted a Flora's en los comienzos del comité. -Hablaba en tono categórico, como si se tratara de verdades indiscutibles y no de simples conjeturas mías imposibles de probar.
– Usted habla de un manuscrito inédito. -Llewellyn dio unos golpecitos en mi nota con el índice-. ¿Cómo es que lo ha leído?
– Igual que Marc Whitby: revisando los documentos de Pelletier en la biblioteca de la Universidad de Chicago. Parece que el Flora's era un lugar muy divertido: empresarios de productos cárnicos y novelistas con periodistas y bailarinas, un Greenwich Village en miniatura situado en el West Side. Calvin Bayard se dejaba caer por allí de vez en cuando, así que usted lo conoció. Y posteriormente le firmó el aval para el préstamo que le permitió a usted dejar esa imprenta manual y pasar a maquinaria de verdad. ¿Qué tuvo que dar a cambio, señor Llewellyn?
– No alcanzo a ver en qué le concierne eso, joven.
– ¿Le pidió que hiciera una contribución al fondo de asistencia legal del Comité para el Pensamiento? Y si fue así, ¿por qué tendría que mantenerlo en secreto?
– Vuelvo a decirle que eso no le concierne. Se presenta usted aquí con cuentos de Armand Pelletier y la señorita Ballantine, pero, según creo, la contrataron para descubrir al asesino de Marcus Whitby, y, si no me equivoco, el señor Whitby murió la semana pasada, no en 1957.
Sonreí con malicia.
– Murió porque descubrió algo que tiene que ver con 1957, con las relaciones entre usted, Calvin Bayard y Armand Pelletier. A ellos también estoy siguiéndoles la pista.
Apretó sus labios en una línea tensa e iracunda, pero dijo:
– Armand Pelletier le hizo rico a Calvin. No sólo por ése libro, el famoso Historia de dos países, sino porque le proporcionó los contactos con la clase de autores que Ediciones Bayard necesitaba si Calvin quería transformar aquella anodina empresa familiar en un negocio de éxito. Si Pelletier se entusiasmaba por algo, seguro que Calvin estaba en ello también. Nunca supe si lo que hacía Calvin era proteger a Pelletier como una inversión, o si era como un perrito que le seguía a todas partes. Después de todo, a Armand lo habían herido en España, y eso contaba mucho para la caterva con la que se juntaba. Yo era un periodista joven y serio, Pelletier pensó que él podría promocionarme, y Calvin no lo dudó. Yo devolví aquellos préstamos. Si usted ha escarbado tanto como para saber que Calvin me avaló, también sabrá que los devolví.
– Sí, pero el señor Bayard exigió un quid pro quo, lo que sorprendió a algunas de las estiradas señoras de New Solway, que no compartían precisamente el entusiasmo de Bayard por su empresa.
– Y si lo hizo, ¿cree que yo debería decírselo? -Controlaba el tono de voz, pero en la sien se le empezaba a hinchar una vena.
– Ya lo averiguaré -dije-. Puede que Geraldine Graham, ¿la recuerda de aquellos tiempos en el Flora's?, se decida a hablar. O quizá me entere por Renee Bayard. O… por alguna otra persona. A la gente le gusta hablar y, cuando envejece, se pone como Olin Taverner: no quiere que sus secretos mueran con ella.
Hizo una mueca desdeñosa con la boca.
– Ah, sí, recuerdo a Geraldine Graham. Era como tantas otras chicas blancas y ricas de los años cuarenta. Y de los cincuenta. Y de la época actual. Criaturas viciosas y aburridas que buscan emociones fuertes con un hombre negro. En su caso, un rojo, un comunista, pero sentir el sudor de los obreros negros añadía alicientes al asunto. Me sorprendería mucho que se decidiera a hablar con usted de aquellos tiempos.
– Cada generación cree que ha sido la primera en descubrir el sexo; a la señora Graham quizá le apetezca recordarnos que ella lo experimentó antes que nosotros. Si hemos de dar crédito a Pelletier, primero se acostó con él, y luego con Calvin Bayard; mientras tanto, usted llevó a Kylie Ballantine al Flora's, donde conoció a Pelletier, a Bayard y a toda esa gente. -Yo inflaba descaradamente lo que sabía tanto por el manuscrito de Pelletier como por las pistas que había obtenido de Geraldine Graham-. Así que cuando decidieron recaudar fondos para la asistencia legal del Comité para el Pensamiento, allá que se fueron todos a Eagle River.
Respondió con frialdad.
– No es nada extraordinario que un periodista quiera escribir sobre recaudación de fondos políticos, sobre todo si es un grupo político inusual.
– Pelletier dice que usted era simpatizante de los comunistas en los años cuarenta. Seguro que eso le interesó en extremo al comité de Bushnell.
– Pelletier escribió muchas estupideces en sus últimos años. Era un alcohólico y un resentido. En su momento no me preocupó lo que decía y ahora no va a quitarme el sueño.
– ¿No le importaría que el Comité Nacional Republicano descubriera que fue usted comunista o, al menos, filocomunista?
Lanzó un resoplido burlón.
– Entre mis colegas republicanos hay muchos izquierdistas arrepentidos. Como negro que soy, ya despierto mucha atención en el partido. Si confesara haber sido comunista, eso no haría sino realzar mi imagen.
– O sea, que no le preocupó que Marc Whitby descubriera que tomó parte en la recaudación de fondos del comité. ¿Le importaría que se supiera que fue usted quien envió a Olin Taverner una fotografía de ese mismo acto que le costó el empleo a Kylie Ballantine?
– ¡Eso es una puñetera mentira! -Con la ira, su voz se convirtió en un grito-. Tanto si Armand lo escribió como si no, aplastaré en los tribunales a quienquiera que difunda ese rumor, y lo mandaré al infierno.
– ¿O lo arrojará al estanque de Larchmont para que se ahogue?
Llewellyn se puso en pie.
– Si eso significa lo que creo que significa, mis abogados interpondrán una demanda contra usted por calumnias.
– Las demandas por calumnias son un terreno muy resbaladizo -dije-. Las notas de Marc serían parte de mi defensa. Lo cual significa que las acusaciones serían de dominio público.
Esperaba que dijera: «¿Qué notas? Destruí todas sus notas», pero en cambio dijo que Marc no podía tener ninguna nota sobre el envío de la foto de Kylie a Olin, porque él no había hecho nada de eso.
– Taverner le escribió una carta a Kylie Ballantine; ella lo cuenta en otra que envió a Pelletier. -Saqué la fotocopia de la cartera y se la mostré-. Mire aquí, donde pone que Taverner le pidió que no los culpara ni a él ni a Bushnell, sino a «los de su propia sangre». Si no se refería a usted, ¿a quién se refería? ¿A los trabajadores del gremio de hostelería?
Una desagradable sonrisa surcó la cara de Llewellyn.
– Aunque lo supiera, no es usted la persona a quien se lo diría. Hará bien en informar a la familia Whitby de que la trágica muerte de su hijo es uno más de los muchos asesinatos de jóvenes negros que nunca se resuelven. Deje que vuelvan a Atlanta. Deje que lo lloren con dignidad y que sigan adelante con su vida. Y deje de revolver la mierda de ese estanque, no vaya a ser que se asfixie con los malos efluvios.
Estaba claro que la entrevista había terminado.