Me quedé dormida en el coche patrulla que me llevó a casa. Sólo eran las diez, pero las dos horas en la 35 con Michigan me habían agotado casi más que los esfuerzos físicos de la noche anterior. Cuando el conductor me sacudió para despertarme parpadeé, momentáneamente desorientada: esperaba ver la pequeña casita de la calle Houston en la que me había criado. Esperaba, o quería, que mi madre estuviera allí para recibirme.
En cambio, fueron el señor Contreras y los perros los que se apresuraron a salirme al paso para darme la bienvenida; el viejo, aliviado de que no me hubieran encerrado. Me tumbé en el suelo de la sala de estar de su casa, abrazada a Peppy, relatándole los momentos más relevantes, y también los más sombríos, de la noche. Cuando se enteró de que el FBI también había registrado mi oficina, y que muy bien podían haber intervenido los teléfonos, el señor Contreras manifestó, con su estilo habitual, su opinión al respecto. Podía pensar que cualquier medida tomada por el Gobierno para proteger América estaba justificada, sin importar cuántos derechos se violaran, pero, como se trataba de mí, los federales habían cruzado un límite inviolable. Siempre echo de menos a mi madre en los momentos difíciles, pero tener un vecino de tu lado sirve de gran consuelo.
– Pero salir por la ventana de esa mansión, muñeca… Debes de haberte hecho daño. Ya veo que tienes un hombro lesionado.
– No fue por salir por la ventana, sino por zambullirme en el estanque y luego trepar por la maldita pared. Esta tarde… -me detuve antes de pronunciar el nombre del padre Lou- he estado con un entrenador deportivo antes de llegar a casa. Me puso un linimento y me recomendó que llevara el hombro vendado. No tuve tiempo de parar en ningún sitio a comprar una venda elástica. La que tengo puesta no termina de sostener bien el músculo.
– Ve mañana a ver al médico. No te fíes de lo que te diga un entrenador.
Era una buena idea: Lotty ofrecía algo más que cuidados médicos en su clínica. Estaba apoyada en el lomo del perro, pensando que debía levantarme e irme a la cama antes de quedarme dormida en el suelo, cuando sonó el móvil. Para indignación de Peppy, dejé de hacerle mimos y me levanté a buscarlo en el bolso.
Era Harriet Whitby, disculpándose por llamar tan tarde, pero ella y Amy estaban esperándome en el hotel; ¿todavía quería verlas?
Estaba a punto de quejarme diciendo que apenas podía moverme, pero entonces recordé que el ayudante del fiscal del distrito de DuPage iba a pedirles a los Whitby el cuerpo de Marcus. Necesitaba hablar con Harriet esa noche para que no se enterase por boca del funcionario. Si los federales realmente estaban escuchando mis conversaciones telefónicas, no quería que se enterasen de que ya había dispuesto que se hiciera una autopsia completa. Le dije a Harriet que estaría en el hotel en media hora.
Cuando el señor Contreras se dio cuenta de que iba a volver a salir otra vez, trató de convencerme de que no lo hiciera: era tarde, estaba agotada y no debería conducir. Yo estaba de acuerdo en todo, pero le dije que iba a coger un taxi. Es una de las pocas ventajas que tiene vivir en uno de los barrios más congestionados de Chicago, que los taxis circulan por las calles a cualquier hora. El señor Contreras y los perros me acompañaron a la esquina y esperaron hasta que un taxi se detuvo delante de un nuevo local en Belmont con Sheffield. Me ayudó a subir, asegurándome que me esperaría.
Los clientes habituales del sábado por la noche llenaban los restaurantes y los bares de Belmont. Los coches tocaban el claxon, había gente por todas partes. Mientras avanzábamos a duras penas hacia el este, yo miraba constantemente hacia atrás, preguntándome si la policía me estaría siguiendo, pero el todoterreno que llevábamos detrás no me dejaba ver gran cosa. Terminé por aceptar que en realidad no importaba que el FBI se enterase de que iba al centro, así que eché una cabezadita hasta que llegamos al hotel.
La recepción del Drake se encuentra en lo alto de una escalinata como las que Audrey Hepburn sube a menudo en Vacaciones en Roma o en Cómo robar un millón y… Una princesa podía subir esos escalones con tacones altos, pero una detective cansada tenía problemas para levantar una pierna detrás de la otra.
– Podría haber dormido toda la noche -canturreaba para mí misma- y aun así pedir más.
Harriet y Amy se encontraban sentadas en un sofá en la pequeña recepción al final de las escaleras. Cuando me vieron, Harriet se levantó de un salto a saludarme, cogiéndome las manos, y luego se disculpó cuando vio las ojeras que tenía.
– Es la segunda vez que la llamo tarde después de haber tenido un día ajetreado a cuenta de los asuntos de mi familia; lo siento mucho… Esto podría haber esperado hasta mañana.
Le sonreí para tranquilizarla.
– De cualquier manera esta noche ha ocurrido algo que debe saber. ¿Dónde podemos hablar tranquilamente? ¿En su habitación?
– Mi madre entra constantemente en la habitación si estoy en ella. Mi padre y ella quieren volver a casa el lunes, no importa lo que encuentre el doctor Vishnikov, y ahora anda de un lado para otro con los preparativos del viaje.
Encontramos una mesa en un rincón del Palm Court, que mantenían en penumbra al estilo de los bares de los años cincuenta. Nos hundimos en el terciopelo del tapizado e intentamos vernos las caras a la luz de las pequeñas velas que había en la mesa. Cuando una camarera surgió entre las sombras y Harriet pidió un té de hierbas, pensé en pedir lo mismo, hasta que me di cuenta de que quería un whisky. Puede que un Black Label me hiciera dormir antes de terminar la conversación, pero necesitaba esa oleada cálida para relajar la tensión de mis omóplatos.
Hablamos de cosas sin importancia hasta que llegaron las bebidas. Amy había pasado la tarde paseando por el sureste de la ciudad; Harriet y sus padres habían conocido a Aretha Cummings, la asistente de investigación de Marc. Aretha les había llevado algunas de las cosas personales que Marc tenía en la oficina. Una joven agradable, estaba muy afectada, y su madre se preguntaba si Marc y ella salían juntos.
– Yo en cambio me pasé el día esquivando los tiros de tres departamentos de policía distintos. -Llegaron las bebidas y di un reconfortante primer sorbo-. Si has oído las noticias, sabrás que un chico egipcio se escondía en la propiedad en que murió Marcus. La policía y los federales creerán ahora que el chico, de nombre Benjamín, mató a Marcus. Y como ésa es su manera de pensar, buscarán una relación entre ambos. Se preguntarán si Marcus estaba escribiendo sobre posibles terroristas en Chicago; se preguntarán si Marcus estaba relacionado con algún grupo terrorista.
Harriet dejó escapar un grito ahogado.
– ¿Marc con terroristas? No, no y no. Si por un momento ha pensado…
– No es lo que yo creo. Pero es necesario que esté preparada para esa clase de preguntas por parte de la policía, mañana o cuando quiera que intenten ponerse en contacto con usted. Y otra cosa más: ahora que la policía ha decidido interesarse por la muerte de su hermano, quieren repetir la autopsia. Han reconocido haber hecho un examen muy superficial en la primera.
– Pero… ya sabe qué es lo que el doctor Vishnikov está haciendo. ¿No ha hablado con él esta tarde? -preguntó Harriet.
– Sí, claro. Y es probable que ya tenga los resultados de los análisis de sustancias tóxicas. Pero si aún no los tiene, depende de usted si quiere entregar el cuerpo de su hermano al médico forense del condado de DuPage. Si no quiere, manténgalos alejados hasta que Vishnikov termine su trabajo: es un patólogo eminente, hasta el FBI aceptaría sus resultados. Y, como usted va a pagar a Vishnikov, él tendrá que informarle de todo lo que descubra. Pero si decide devolver el cadáver a las autoridades de DuPage, ellos harán el trabajo gratis, gratis para usted, quiero decir, pero podrían no compartir los resultados.
Planteado en esos términos, la única decisión razonable parecía ser la de dejar vía libre a Vishnikov. Claro que yo también tenía mis planes: quería los resultados de la autopsia, y nadie en DuPage estaría dispuesto a decirme qué tenía Whitby en su interior. Harriet temía no ser capaz de mantener alejada a la gente de la comisaría del condado de DuPage; le dije que yo podía actuar como su representante legal.
– Ya me he acostumbrado a fastidiarlos. No me importa que añadan una cuenta más a su lista.
– Mañana me quedaré contigo -le prometió Amy a Harriet-. A menos que Vic necesite que haga algo.
Me recosté en el grueso tapizado, con los ojos cerrados. Me resultaba difícil pensar en el día siguiente, pero supuse que empezaría por ir al hospital donde Catherine Bayard se recuperaba de su operación. Con esfuerzo, recordé en qué había estado trabajando Amy -¿el día anterior?- y le pregunté si había encontrado algo interesante sobre el Comité para el Pensamiento y la Justicia Social.
Ella dibujó una sonrisa.
– No veía el momento de contarte esto: ¿recuerdas aquella reunión en Eagle River, en la que Olin Taverner interrogó a Bayard…? Pues bien, Kylie Ballantine también estaba allí…
Me despegué del respaldo de un salto.
– ¿Cómo? ¿Lo has encontrado en el Registro del Congreso?
Negó con la cabeza.
– En los archivos de la Universidad de Chicago.
Se agachó para sacar un montón de hojas de su maletín y las colocó encima de la mesa. Harriet y yo nos inclinamos hacia ellas, intentando leer con la escasa luz de las velas, pero no conseguíamos sacar nada en claro.
Le pedí la cuenta a la camarera, pero Harriet me la quitó de las manos.
– Está exhausta por mi culpa y la de mi familia; lo menos que puedo hacer es invitarla a un whisky.
Firmó la cuenta para que se la cargaran a su habitación y las tres salimos a la recepción, donde miramos los documentos que Amy había fotocopiado. Uno era una fotografía, borrosa en la reproducción, que mostraba a un grupo de bailarines tribales africanos. No se podía distinguir de qué sexo eran, por no hablar de la identidad, debido a las máscaras que llevaban. Pero pegada a la foto había una carta con el membrete de Olin Taverner, fechada en mayo de 1957, al rector de la universidad.
Esta fotografía fue tomada el 14 de junio de 1948. Muestra a Kylie Ballantine y su Ballet Noir de Chicago actuando a beneficio del fondo de defensa legal del Comité para el Pensamiento y la Justicia Social. Este comité es un importante semillero de conocidos comunistas de las artes y las letras. Algunos miembros del consejo de la universidad son clientes míos. Les ha sorprendido enormemente enterarse de que actualmente Ballantine imparte clases en esta institución. No sé qué aprenderán los estudiantes en sus clases, pero si los padres vieran esta fotografía, y supieran que sus chicos reciben enseñanzas de alguien que no sólo apoya el comunismo, sino que los involucra en danzas sexualmente explícitas, dudo mucho que quisieran que estudiasen en esta universidad, ni en ninguna con las inclinaciones izquierdistas de la Universidad de Chicago.
Escrito a mano en el margen inferior se leía: «Que alguien se ocupe de esto».
– De modo que Taverner hizo que echaran a Kylie -dijo Amy-. Probablemente por eso fue a verlo Marc.
– ¿Hay alguna prueba de que Marc viera esta carta? -pregunté.
Volvió a sonreír.
– Sí, porque hay que firmar para entrar en la sala de libros y archivos raros; no es como el resto de la biblioteca, donde sacas cualquier cosa con el carné. Marc estuvo allí tres días antes de reunirse con Olin Taverner.
– Pero eso no demuestra nada -objetó Harriet-. No se puede saber quién hizo la foto ni quiénes son los fotografiados. ¿Cómo pudieron despedirla sólo por esa razón?
– América en 1956, querida -dijo Amy-, ¿Comunista? ¿Negra? Bastaba con que se susurrara una sola vez.