Hendricks era tan sombrío en persona como me había parecido por televisión el lunes por la noche. No sonrió cuando su asistente nos presentó, no cambió de expresión cuando le expliqué por qué Harriet Whitby me había contratado y ni siquiera pestañeó cuando le hablé de la preocupación de Harriet por que a su hermano no se le hubiese practicado una autopsia en toda regla.
– Entiendo, señorita… -dijo, y echó un vistazo a mi tarjeta- Warshawski. ¿Así que la familia cree que usted les dará una información que la policía no puede? ¿De verdad la han contratado para llevar a cabo esta investigación? -Por su tono de voz aquello debía de parecerle tan poco probable como que me llamaran para sustituir a Sammy Sosa.
– Su perro guardián ha hablado con Harriet Whitby -dije-. Y su familia así lo cree, de otro modo no me hubieran pedido que hiciera el trabajo.
Él y Delaney se pusieron algo tensos cuando la traté a ella de «perro guardián», pero Hendricks se limitó a responder con frialdad:
– ¿Y qué es lo que espera averiguar a partir de las últimas tareas del señor Whitby?
Una vez más tuve que soltar la cantilena de que trataba de comprender por qué Whitby había ido a New Solway.
– Eso es lo que a todos nos gustaría saber, señorita… No creo que estuviese relacionado con su trabajo. ¿Has hablado con la hermana de Whitby, Delaney? ¿Estás segura de que realmente era su hermana?
Delaney murmuró una afirmación respetuosa.
Hendricks levantó un montón de papeles: el atareado hombre interrumpido cuando estaba a punto de tomar una decisión.
– El señor Whitby estaba trabajando en la historia de los escritores del Proyecto Federal de Teatro Negro. ¿Sabe lo que es eso?
Cuando repetí lo poco que sabía del artículo de Whitby, Hendricks hizo una mueca.
– Ya veo. Hubiera creído que la familia… pero supongo que ellos saben mejor que nadie lo que les conviene. Muy bien señorita… Podrá ver el proyecto que me presentó, pero no llegó a entregar la historia completa. No hay nada en él que pudiera llevarlo a la zona residencial del oeste. Y desconozco si estaba ocupado en otra cosa que le obligara a hacerlo. Trabajaba de forma independiente, pero siempre comentaba sus proyectos conmigo, para asegurarse de que no estaban en conflicto con nada de lo que hacíamos aquí. Delaney, llévala a hablar con Aretha. Y entrégale una copia del proyecto.
Hendricks volvió a lo que tenía encima de la mesa antes de que nosotras saliéramos de su despacho. Cuando le pregunté a Delaney quién era Aretha, ella contestó lacónicamente:
– Es la asistente de investigación y supervisora de datos que trabajaba con el señor Whitby.
Aquella frialdad en el trato empezaba a reventarme, así que me preparé para un enfrentamiento con la supervisora. Fue un consuelo que Aretha Cummings resultara ser el polo puesto de Delaney: medía poco más de metro y medio en zapatillas, estaba rellenita, y era afable y dispuesta.
– Estamos desolados -dijo cuando Delaney se esfumó con sus tacones de veinte centímetros-. Hasta Delaney, aunque no lo admita. Le fascina tanto el señor Hendricks que cree que debe comportarse como él para gustarle. Yo podría darle algún consejo, pero ella no invita a que se los den y, de todos modos, me intimida. Pero me alegra que la hermana de Marc haya tenido la sensatez de buscar a alguien que investigue esa muerte. Él era un hombre realmente maravilloso, y un periodista inspirado. Recibió ofertas de Esquire y de Vanity Fair, pero quería quedarse aquí. A veces pienso que el señor Hendricks lo tenía relegado a un segundo plano porque temía que Marc le hiciera sombra. Pero Marc no aspiraba a un puesto administrativo, a él lo que le gustaba era escribir y buscar las fuentes.
Iba hablando mientras me conducía por el pasillo con sus desgastadas zapatillas, caminando tan deprisa como yo, a pesar de que un paso mío equivalía a dos de los suyos. Pasamos por oficinas y cubículos atestados de papel. Vi organigramas de producción colgados en distintas puertas, estantes repletos de viejos números de publicaciones de Llewellyn, libros de referencia y una habitación con material de oficina donde un hombre y una mujer discutían en tono áspero.
Por fin llegamos a una sala de conferencias, en la que no había más que una mesa llena de arañazos y un par de sillas plegables.
– Aquí es donde se reúnen los escritores -me contó Aretha-. Nada especial ni para ellos ni para nosotros, los asistentes de investigación. Los editores tienen muebles de caoba, frigorífico y de todo, pero puedo traerle un refresco o un café de la máquina expendedora.
Tenía la garganta seca; un refresco de limón me parecía más apetecible que un café de máquina. Mientras Aretha iba a por las bebidas, leí el proyecto que Delaney me había pasado. Constaba de una sola página, y en ella se daba por sentado que el lector sabía lo que era el Proyecto Federal de Teatro Negro; Whitby proponía ocuparse de diversos participantes de Chicago: «No los conocidos Theodore Ward o Shirley Graham, sino otros que deberían ser tan conocidos como ellos, sobre todo Kylie Ballantine. Sus historias se intercalarán en la de Bronzeville».
Lo leí dos veces. Cuando volvió Aretha, yo estaba examinando una pizarra que colgaba de la pared. Estaba repleta de flechas y señales alrededor de los nombres de Halle Berry y Denzel Washington y de los próximos Oscar.
Ella sonrió.
– Por supuesto que vamos a enviar a unos cuantos escritores a los Oscar. Me encantaría ser uno de ellos; adoro a Halle Berry. Supongo que ganar un Oscar es algo que se espera de la crème de la crème, aun cuando no sea lo mismo que ganar el Premio Nobel. Nosotros fuimos los primeros en publicar estudios sobre Toni Morrison y Derek Walcott.
Ah. T-Square. La crème de la crème de la raza negra, de W. E. B. DuBois, convertido en una revista de celebridades.
– ¿Ayudaba a Marcus Whitby en su trabajo sobre el Proyecto Federal de Teatro Negro? No sé mucho sobre eso.
– Formaba parte de la WPA, la Administración para el Progreso del Trabajo que Roosevelt creó en los años treinta, con el fin de promover el empleo entre los trabajadores desocupados. Se trataba de buscar trabajo a dramaturgos y artistas, y se les ocurrió la idea de un teatro para el pueblo. ¿Se imagina al actual Gobierno haciendo algo así? -dijo, esbozando una simpática sonrisa-. Así que había un teatro yidis, marionetas de vanguardia, muchas cosas distintas, y también un teatro negro, que existió en veintidós ciudades, si bien sólo fue verdaderamente productivo en tres: Chicago, Nueva York y, por alguna razón que se me escapa, Seattle. Aquí, en Chicago, teníamos a los dramaturgos Richard Wright y Theodore Ward y a Kylie Ballantine, una coreógrafa. Shirley Graham era la esposa de DuBois y una directora teatral muy conocida. Hicieron algunas cosas bastante sorprendentes, la más famosa fue el Swing Mikado; pero Ward escribió un libro titulado Gran niebla blanca, que trataba sobre el verdadero estado de las relaciones raciales en este país. Entonces a los republicanos del Congreso les entró el pánico: alegaron que el Proyecto Federal de Teatro Negro era un frente comunista y lo liquidaron a los dos años.
– ¿Y a usted le parece que lo era? -Sentía curiosidad.
Ella se inclinó hacia delante. El borde marrón de las mangas de su chaqueta se le ajustaba mucho en sus rechonchos antebrazos.
– Verá, todo eso se remonta a la publicación de Lo que el viento se llevó. La gente, bueno, gran parte de la América blanca, aceptaba la idea de Margaret Mitchell de que todos los negritos eran felices hasta que vinieron los malvados yanquis y abolieron la esclavitud. Había, claro está, algunos compañeros de viaje en el proyecto, pero la mayoría era gente a la que, durante un breve espacio de tiempo, se le brindaba la oportunidad de montar auténtico teatro en escenarios de verdad, en lugar de tener que hacer espectáculos callejeros o representar a los típicos personajes negros.
– Entonces, ¿qué era lo que le interesaba al señor Whitby? ¿Las batallas ideológicas?
Movió la cabeza con tanta energía que le bailaron sus cortos rizos.
– No. Algunas personas creen que el PTN, el Proyecto de Teatro Negro, no era más que otra oportunidad para que la burguesía blanca explotara a los artistas negros, pero a Marc no le interesaba el lado ideológico. Quería investigar la historia del Taller Literario de Chicago, en el que participaron muchos de estos artistas, para averiguar qué había sucedido con él. Y estaba especialmente interesado en Kylie Ballantine. Ella tenía una personalidad muy compleja: era bailarina y coreógrafa, pero también antropóloga, y escribió libros sobre danza y rituales africanos. Tenía un estudio en su casa de Bronzeville. Marc quiere… quería -se corrigió con tristeza- comprar su casa con la esperanza de convertirla en un museo, pero el nuevo propietario la dividió en un puñado de apartamentitos y se negó a vender. Así que Marc compró una casa cercana, y luego inició una campaña para conseguir que la pusieran en el registro nacional de edificios históricos. Puede que yo continúe con eso.
Dejó escapar un breve sollozo y durante un minuto se ocupó en su cuaderno de notas. Esperé a que se tranquilizase, y luego le pregunté si sabía cuánto había trabajado Marcus en la historia de Kylie Ballantine.
– Más bien habría que decir cuánto tuvo que recortar. Tenía tanto material sobre Kylie que tenía pensado reunirlo en un libro. El artículo para T-Square estaba casi terminado. Había publicado artículos esporádicos sobre la historia de Bronzeville. Conoce Bronzeville, ¿verdad?
Hice una mueca de disculpa.
– En realidad no. Era la zona de Cottage Grove Avenue destinada a los afroamericanos que llegaron de forma masiva a Chicago después de la Primera Guerra Mundial, creo.
– No exactamente -dijo ella, con una sonrisa amistosa que hizo que me alegrara de que fuera ella y no Delaney o Simón Hendricks quien estuviera ilustrándome-. Tiene razón en lo de que fueron empujados hacia esa estrecha franja a lo largo de Cottage en el South Side. Pero Bronzeville, en cierto sentido era un estado de ánimo, incluía las maravillosas mansiones de King Drive, ya sabe, un poco hacia el oeste de Cottage. Allí es donde vivió Ida B. Wells, por ejemplo, y Richard Wright cuando estuvo aquí, y Daniel Hale, que tuvo una clínica allí, porque, a pesar de que fue él quien hizo la primera operación a corazón abierto en el mundo, no le permitían ejercer en ningún hospital de blancos. Pero también, como los negocios del centro comercial estaban segregados, había una zona de tiendas alrededor de la calle 35. Nadie echa en falta la segregación, pero es una pena que todos esos negocios y pequeños locales hayan desaparecido.
Las dos guardamos silencio durante unos instantes, lamentando la desaparición de los pequeños negocios, o tal vez la muerte de Marcus Whitby.
Aretha movió de nuevo los rizos.
– El caso es que Marc estaba fascinado con Bronzeville. Él era de Atlanta, de modo que tenía una experiencia completamente distinta; en algunos aspectos mejor y en otros peor, pero definitivamente distinta, y se sentía obligado a conservar y dejar constancia de la historia de Bronzeville. Entonces se enamoró de Kylie.
– Ella ya no vive, ¿verdad? -pregunté perpleja.
– Oh, no. Murió en 1979. Pero ya sabe que a veces nos sentimos tan fascinados por una persona muerta que para nosotros es como si estuviera viva. Marc y yo solíamos bromear sobre eso, sobre cómo yo jamás… -De pronto se deshizo en lágrimas.
Saqué unos pañuelos de papel limpios del montón que había guardado antes de salir de casa, pero no intenté que dejara de llorar. Ella lo había amado en vida, de eso no había duda. Y en adelante Whitby sería su particular héroe muerto del que guardar viva la memoria.
– No es justo. Era tan inteligente y tan adorable que no merecía morir -dijo entre sollozos-. Yo no creo que se haya suicidado. Sé que las personas como Delaney se reirían de mí, de la misma forma que yo me río de su estúpido enamoramiento de Simón Hendricks; pero Marc era diferente, especial, y nunca se habría emborrachado ni saltado a ese viejo y espantoso estanque.
– Eso es lo que piensa su hermana; que él jamás habría hecho una cosa así, quiero decir -intervine cuando Aretha dejó de llorar y se enjugó las lágrimas-. No, no se disculpe. A veces el dolor nos golpea en los momentos más inesperados, haciéndonos más vulnerables. Pero ¿sabe a qué fue Marc, el señor Whitby, allí? ¿Acaso Kylie tenía una casa en New Solway?
Ella se terminó la coca-cola.
– No, siempre vivió en Bronzeville, excepto los años que pasó en África. Y tampoco tenía familia en esa zona del oeste: yo revisé las notas de Marc porque me había hecho la misma pregunta.
– ¿El señor Whitby mencionó alguna ve/, a Calvin Bayard? -pregunté.
– ¿El de Ediciones Bayard? Tenemos prohibido dirigirnos a ellos; el señor Hendricks teme que nos quiten las primicias de nuestras historias porque poseen revistas con más reporteros y más dinero que nosotros. Marc lo sabía. -Hizo una pausa-. Oh. ¿El señor Bayard vive en New Solway? ¿Cree que Marc fue a verlo sin decirnos nada porque sabía que al señor Hendricks no le gustaría?
Moví la cabeza.
– Aún no sé lo suficiente como para establecer una teoría, pero me parece una posibilidad.
– Revisaré sus notas para ver si Marc dice algo sobre Bayard, pero nunca los mencionó, es decir, ni al señor Bayard ni a Ediciones Bayard.
– ¿Podría ver las notas de Marc? -pregunté como si fuera la cosa más natural del mundo.
Ella arrugó la cara.
– No creo que al señor Hendricks le guste que ese material salga del edificio. Pero puedo buscar lo que Marc dejó en su escritorio para que lo lea aquí.
Salimos de la sala de conferencias y la seguí por del pasillo. Como en todas las oficinas, cada piso era un cuadrado que se organizaba alrededor de los ascensores y de los baños. Terminamos en un rincón cerca de donde habíamos comenzado, en una hilera de cubículos que daban a una pared interior. Había pocas personas trabajando en sus mesas, pues casi todos estaban asomados por encima de los tabiques charlando unos con otros. Me miraron sin disimulo, pero no interrumpieron sus conversaciones.
El penúltimo cubículo del pasillo tenía una placa negra con el nombre de Marcus Whitby. A diferencia de casi todos los escritorios que acababa de ver, éste estaba extraordinariamente ordenado, sin montones de papeles en el suelo, ni pilas de carpetas ladeadas. Le pregunté a Aretha si había ordenado el lugar después de su muerte.
– No. Marc era un fanático del orden. Todos le tomaban el pelo con eso. -Le temblaba la voz, pero no llegó a quebrársele.
– Es verdad. -El hombre de la mesa de al lado, que había estado hablando con una compañera, se inclinó hacia nosotras-. Whitby era Míster Quisquilloso Compulsivo: no podías pedirle nada prestado si no le habías devuelto lo de la semana anterior. ¿Es usted su abogada?
– No, ¿por qué? ¿Necesitaba un abogado?
El hombre sonrió maliciosamente.
– Era por decir algo. Veo que no es de la revista. Soy Jason Tompkin.
– Y yo V.I. Warshawski. Soy investigadora privada, y la familia de Whitby me ha contratado para que averigüe cómo murió. ¿Le dijo alguna vez que iba a ir a New Solway?
Tompkin negó con la cabeza.
– Marc trabajaba solo. Aquí casi todos compartimos nuestro trabajo; ya sabe, cuando estás bloqueado, o no sabes por dónde empezar, recurres a tus compañeros para acelerar lo que tengas entre manos. Marc no. Él poseía el material.
– Ayudaba a la gente de buena gana -intervino Aretha-. Tú no eres más que un holgazán, J.T., y lo sabes.
Tompkin hizo otra mueca.
– Deberías haber sido carpa, Aretha. De todas las personas que conozco eres la que más deprisa muerde el anzuelo. Pero no puedes negar que Whitby no permitía que nadie se enterase de lo que estaba haciendo. Simón y él discutieron más de una vez por esa razón.
– ¿Por eso el señor Hendricks se ha mostrado tan reacio a decirme en qué trabajaba el señor Whitby? -pregunté.
Tompkin consideró que aquello era lo bastante gracioso como para reírse, pero cuando Aretha le lanzó una mirada furibunda, se calló y se puso a hablar de nuevo con la otra compañera. Aretha buscó rápidamente en un archivador de disquetes.
– Aquí está Bronzeville, pero sé que Marc guardaba casi todo el material sobre Kylie Ballantine en casa. No encuentro ni sus notas ni su libreta, él escribía cosas a mano. Puede que las guardara en casa también. Muchos escritores hacen prácticamente todo el trabajo en casa. ¿Se imagina lo que sería trabajar con Jason Tompkin parloteando todo el santo día?
Esto último lo dijo en voz alta, para que Tompkin la oyera, pero lo único que hizo él fue reírse de nuevo y decir:
– Estimulación, querida, yo lo estimulaba, pero Marc era demasiado inflexible para disfrutar con ello.
Seguí a Aretha hasta su mesa. Los asistentes de investigación y supervisores de datos estaban separados por un tabique: la mesa de Aretha no se encontraba en un cubículo, sino que era una de las cuatro que formaban un cuadrado. Introdujo el disquete en su ordenador, echó una ojeada a los contenidos, pero dijo que allí no había nada actualizado.
Me incliné por encima de su hombro para examinar lo que aparecía en la pantalla. Ella abrió el archivo de Kylie Ballantine. Tenía notas, además de las fuentes, fundamentalmente artículos privados con el rótulo «VH»; la Colección Vivían Harsh de la biblioteca de Chicago, me explicó Aretha. Cuando advirtió que intentaba garabatear notas de la pantalla en mi libreta, me imprimió una copia.
– También puedo darle los números atrasados de T-Square en los que ya escribió sobre Bronzeville. Aprenderá muchas cosas sobre su historia. Aquí no hay nada sobre lo último que estaba haciendo. Si su hermana tiene sus pertenencias, tendrá también la libreta y el material. Usted cree que… ¿podría preguntarle a su hermana si…? Me encantaría quedarme con una de sus libretas…
Le prometí que en cuanto pudiera ver lo que él guardaba en casa, intentaría hacerle llegar sus papeles personales. Estaba desconcertada, no obstante: esperaba encontrar alguna pista allí, algo revelador. Pero quizá no había nada que encontrar. Tal vez Marcus Whitby había ido a hablar con Calvin Bayard, pero… ¿sobre qué? ¿Sobre escritores que figuraron en la lista negra y que Bayard pudo haber conocido? No lo mencionaría porque tenían prohibido hablar con Bayard. Luego se perdería al volver al coche, tropezó con unos ladrillos sueltos, se cayó al estanque y murió. Pudo haber ocurrido así.
– ¿Por qué Simón Hendricks no quería que supiera en qué estaba trabajando Marc si no hay nada que ocultar al respecto? -le pregunté a Aretha mientras esperaba conmigo el ascensor.
Ella se movió incómoda.
– Oh, cosas de las empresas… ya sabe.
– Ya veo -mascullé, comprendiendo de pronto la risa de Jason Tompkin-. ¿No quería ver a una mujer blanca por aquí?
Ella enrojeció.
– No es nada personal. Pero el señor Hendricks, en fin, llegó a la compañía cuando el señor Llewellyn aún estaba luchando por hacerse un hueco, para conseguir capital, distribuidores, todo. Creo que esperaba que la familia Whitby contratase a otra clase de detective.
Mientras bajaba en el ascensor que me llevaba de vuelta a la recepción, deseé que Hendricks estuviera equivocado.