– Así que eres tú, mi querida muchacha… Hace mucho tiempo que no te dejabas ver por aquí. ¿Vienes a ayudarme con la misa?
El padre Lou estaba apoyado en la puerta de la rectoría en camiseta y vaqueros, con la cara aún enrojecida por el afeitado.
Mientras conducía por Ogden Avenue camino de la ciudad, pensé que si no llegaba a la rectoría antes de que el padre Lou comenzara a vestirse, podría colarme en la iglesia entre el puñado de vecinos que asistían al servicio de las seis de la mañana. Al final, aun habiendo tomado la ruta más larga, conseguí dejar el coche detrás del edificio a eso de las cinco y media.
Benjamin se había quedado dormido antes de llegar a Warrenville Road. Dejé la ventanilla abierta, pues necesitaba aire fresco en la cara para ahuyentar el sueño que me dominaba, pero al mismo tiempo encendí la calefacción con las salidas dirigidas al muchacho. El libro fue a parar al suelo cuando le venció el sueño; en un semáforo me agaché y se lo puse en el regazo para que no se inquietara al despertar. Se le había caído cuando íbamos por la cuneta, y me confesó -con un jadeo desafiante, como si esperase que fuera a golpearlo o a abandonarlo allí mismo- que era el Corán, el ejemplar de su padre, y que no podía perderlo.
– En ese caso, será mejor que lo cuidemos -fue todo lo que dije.
Cuando estábamos ya en el Jaguar, ambos con el cinturón puesto, me invadió una fatiga que me obligó a echar una cabezada. Me desperté a los pocos minutos sólo porque un helicóptero tronó justo por encima de nosotros, en dirección este. Parpadeé, con la esperanza de que viniera a llevarse al chico al hospital y no al depósito de cadáveres.
Metí una marcha y pasé despacio por el puesto de guardia. El hombre de la cabina hizo un gesto afirmativo: él estaba allí para vigilar a los que entraban. No importaba quiénes salieran.
Evité la autopista, y preferí ir por Ogden Avenue. Si Schorr emitía una orden de busca y captura, lo primero que harían sería interceptar las salidas. No sabían qué coche llevaba, pero sospecharían que había cogido el de otra persona al ver que no había ido a buscar el Mustang.
Aun a cincuenta kilómetros en las afueras, Ogden no era una calle bonita. Todas las poblaciones por las que pasaba parecían haberse puesto de acuerdo en que ése era el lugar ideal para los concesionarios de coches, los restaurantes de comida rápida, las gasolineras y los vertederos. Una vez que la calle cruza los límites de la ciudad, pasa de ser vulgar a ser sombría, y muere cerca de los bloques de viviendas protegidas de Cabrini Green. Cuando la Gold Coast empezó a extenderse hacia el oeste, derribaron algunos de esos bloques, pero los que quedaron, con sus ventanas rotas y sus plazas acribilladas de hoyos, siguen ofreciendo una imagen inquietante de la ciudad.
Había ya bastante tráfico en la carretera: los que entraban temprano a trabajar aparcaban los coches en los numerosos centros comerciales para tomar el primer café del día; los que terminaban el turno de noche se detenían a comer una hamburguesa. Hubo un momento en que volví a quedarme dormida durante la parada de un semáforo. El claxon del camión que tenía detrás me despertó de un susto; creí que había oído otro disparo, creí que estábamos rodeados. La adrenalina me mantuvo alerta el resto del viaje.
El motor del Jaguar era tan silencioso como una pluma que cae sobre una hoja, y su potencia hacía que cambiara de carril cada dos por tres o que fuera a cien en carreteras por las que había que circular a sesenta. Llevada por un impulso, mientras esperaba en un semáforo en Austin, justo antes de entrar en Chicago, llamé a Murray Ryerson desde el móvil. No le hizo mucha gracia que lo despertara, pero se espabiló enseguida, incluso se puso un poco agresivo, cuando le dije que me había encontrado con los agentes del comisario en Larchmont.
– Se pusieron como locos porque creían que había un terrorista árabe escondido por allí. Dispararon a alguien. No me apetecía mucho quedarme; no estaban tratándome muy bien, pero me quedé un poco intranquila con lo del disparo.
– ¿Y por qué iba a preocuparte que mataran a un terrorista? -preguntó.
– No creo que hayan disparado a uno, precisamente. Más bien creo que pudieron darle a un miembro de la familia Bayard. Puede que a la nieta de Calvin Bayard. Y si ha sido así, tratarán de mantenerlo muy, muy en secreto.
– ¿Viste el cuerpo? ¿Te basas en eso? -Murray era tremendo; me conocía desde hacía muchos años.
– Fui a primera hora de la tarde a buscar pistas sobre Marcus Whitby en el estanque de Larchmont Hall. Encontré su agenda, por cierto. -Eso parecía un tiempo y un espacio desconectados de donde me encontraba en aquellos momentos-. No importa, el caso es que aparecieron dos de los Bayard, y por la conversación que mantuvieron, me dio la impresión de que uno de ellos iba a volver. Eso es todo.
– Eso no basta. Ni de lejos. Háblame de la agenda de Whitby. ¿Has encontrado algo interesante?
– Sí, cuatro días de porquería de estanque. La voy a llevar a un laboratorio forense para que la sequen y la abran.
Otro bocinazo me recordó que estaba al volante. Colgué a toda prisa ante el graznido de indignación de Murray. Apagué el teléfono; si Murray quería devolverme la llamada, el sonido despertaría a Benjamín. Además, por el momento no quería decirle nada más, sólo asegurarme de que el teniente Schorr no diera carpetazo al asunto en caso de que hubieran disparado a Catherine.
En Western Avenue, la calle Ogden gira al noreste, muy cerca de un centro para menores.
– Tú no vas a ir allí, amiguito, si puedo evitarlo -le dije al muchacho, que dormía. Murmuró algo gutural, probablemente en árabe, y cambió de postura.
Doblé en dirección norte en Western y conduje unos cinco kilómetros a través de los grises barrios industriales de la ciudad. Las luces de las fábricas y de los camiones hacían difícil distinguir si estaba empezando a amanecer; en aquella zona el aire era gris y espeso tanto de día como de noche.
También nos encontrábamos cerca de los juzgados y de la cárcel del condado de Cook, de modo que había una nutrida presencia de coches policiales. Intenté concentrarme en el tráfico, y no en la posibilidad de que alguien estuviera buscando el número de matrícula de un Jaguar robado. Respiré más relajada cuando logré alejarme de la zona.
En North Avenue me encontraba ya a dos manzanas de mi oficina, pero volví a girar en dirección oeste, hacia Humboldt Park, donde el aburguesamiento aún no ha llegado a los barrios hispanos. Si había alguien persiguiéndome, iría directamente a mi oficina, pero creo que nadie me buscaría en una iglesia mexicana. Aparqué en una callejuela de atrás.
Me costó trabajo despertar a Benjamín, y más aún convencerlo de que se viniera conmigo a una iglesia cristiana.
– Sé lo que hacen los curas a los chicos en la iglesia. Sé que les hacen daño, que hacen cosas malas a los chicos.
– No en esta iglesia -dije tirando de él como de una muía terca-. Éste es el único edificio de todo Chicago donde podrás estar cómodo, donde te darán de comer y donde estarás a salvo. El cura es boxeador… -Me separé de él para hacer como que boxeaba-. Y ya ha escondido a otros fugitivos. Cuidará de ti.
– Él intentará que abandone mi fe, mi… mi… -buscaba una palabra-, mi verdad.
– No, no lo hará. Él cree en su verdad tanto como tú en la tuya, pero no despreciará tus creencias. Él no desprecia las mías, que son distintas de las suyas y de las tuyas.
– Y Catterine… ella no podrá verme aquí, ¿y cómo sé que no le disperaron… dispararon?
– Catherine podrá verte aquí, siempre y cuando sea seguro… Éste es el mejor lugar para ti por ahora, Benjamin.
No me creyó, pero ya era lo bastante mayor como para darse cuenta de que no tenía otra posibilidad. Y supongo que se imaginaría que si le había salvado hasta ese momento, podría confiar en que seguiría haciéndolo un poco más. O quizá estaba tan cansado que ya no podía seguir luchando contra lo que sucedía a su alrededor. Cualquiera que fuese la razón, el caso es que, cuando el padre Lou respondió a mis apremiantes timbrazos en la rectoría, Benjamin permaneció a mi lado.
La camiseta del padre Lou dejaba ver los formidables músculos del cuello y los antebrazos, desarrollados durante años de boxeo. Parecía un amenazador Popeye, con la expresión que puso al vernos a Benjamin y a mí con aspecto desastrado. Confiaba en que no espantara a Benjamin.
– ¿Es alguien que te envía Morrell? -gruñó el cura.
Mi estómago reaccionó de forma extraña al oír el nombre de Morrell; la actividad nocturna había impedido que pensara en él, pero en aquel momento me vino a la cabeza de golpe que estaba desaparecido, o, al menos, desaparecido para mí.
– No sé nada de Morrell. Ahora eso no importa: este jovencito ha estado escondido en una casa abandonada en la zona residencial del oeste. Lo encontré poco antes de que la policía rodeara el lugar. Necesita calor, necesita comer y necesita estar en un lugar donde los policías del condado y los de John Ashcroft no den con él.
– ¿Hay alguna razón para que lo persigan? -El padre Lou abrió la pesada puerta para que pudiéramos entrar.
– Sí, no les gusta ni su raza ni su credo ni su país de origen.
– No me digas. ¿Cómo te llamas, chico? -Miró con sus ojos azul claro al muchacho, que no echó a correr, como yo temía. Había olvidado que ese sacerdote llevaba muchos años tratando con chavales asustados.
– Benjamin -susurró el muchacho-. Benjamin Sadawi.
– Hay misa en siete minutos -dijo el padre Lou-. Tengo que ir a la iglesia. Ben, ve con Victoria a la cocina, ella te preparará un té y unos huevos, y te dirá también dónde hay una cama. A menos que, como hace mucho que no vienes por aquí, hayas olvidado dónde está todo, querida.
– Yo no voy a la iglesia cristiana -dijo Benjamin.
– Nadie te pide que lo hagas. Hay otras normas que debes respetar si quieres quedarte aquí: nada de drogas, ni de armas, ni de cigarrillos. Reza tus plegarias siempre que quieras. Y ruega por Morrell -añadió para mí-. Por el chico también. A Jesús no le importa que rece en árabe.
Se alejó con sonoros pasos por un corredor oscuro que conectaba la rectoría con la iglesia de San Remigio. Llevé a Benjamin por otro pasillo sin luz hasta la cocina. El padre Lou ahorra dinero en la parroquia, escasa de fondos, apagando las luces de los pasillos. Tuve que volver a encender la linterna para llegar a la cocina. Las pilas empezaban a fallar; la luz era débil, como mis piernas en aquel momento.
En la cocina encontré cerillas para encender un quemador del viejo fogón. En cierto modo me sorprendió que el padre Lou hubiera gastado dinero en una cocina de gas en lugar de mantener la de carbón, o la que fuera que hubiese en la rectoría cuando se construyó la iglesia hacia 1880.
En el frigorífico estaban los huevos, artículo de primera necesidad en la dieta del cura. Tenía margarina y también un buen trozo de queso. Eché un poco de todo en una sartén de acero. El padre Lou comía mucho beicon, pero me acordé de no ofrecérselo a un joven musulmán.
Mientras se derretía la margarina, encendí una radio que había encima del frigorífico. No era hora de noticias: sólo anuncios y deportes. Los Bulls habían vuelto a perder, y también los Blackhawks. No es más fácil ser forofo en Chicago en invierno que en verano.
Benjamin se quitó la sudadera y la puso cuidadosamente doblada en el agrietado linóleo del suelo. Se arrodilló encima para recitar sus plegarias matinales, pero cuando empezó a oírse la radio miró hacia arriba con expresión ansiosa.
– No hay noticias -dije-. La volveré a encender cuando hayas terminado.
Hice un hueco en la mesa de fórmica de la cocina. Presupuestos, páginas deportivas de los suplementos de la semana, redacciones escolares y catálogos de publicidad, todo mezclado. Amontoné los papeles, sin intentar ordenarlos. Si el padre Lou necesitaba algo, ya miraría en la pila. Ya le había visto hacerlo otras veces cuando buscaba viejas notas para sus sermones. Aparte de mí, él era la persona más desordenada que conocía.
Puse en la mesa huevos, tortas de maíz y té -más leche caliente azucarada que té- para Benjamin y para mí. Ambos necesitábamos elevar el nivel de azúcar en la sangre. Saqué un par de aspirinas del frasco que llevaba en el bolso y me las tomé con el té. Con un poco de suerte me aliviarían el hombro dolorido.
Benjamin terminó sus plegarias, mirándome un poco a la defensiva. Las oraciones diarias le habrían servido de consuelo durante los largos días que había pasado solo, proporcionándole algo en lo que apoyarse. El Corán de su padre funcionaba como los ejercicios vocales de mi madre: la rutina de los seres queridos te hace sentir que están contigo.
– ¿Ahora las noticias? -dijo-. Por favor, entérate de qué le ha pasado de Catterine.
– A Catherine -lo corregí sin pensar.
– A Catherine -repitió.
Volví a encender la radio. Finalmente, a la media, empezaron las noticias locales.
Respondiendo a la denuncia de algunos vecinos, la policía del condado de DuPage ha llevado a cabo una redada en una finca deshabitada de New Solway a primera hora del día. De acuerdo con el comisario Rick Salvi, un árabe al que se busca para ser interrogado en relación con el 11 de septiembre ha estado escondiéndose en la casa. El hombre logró escapar por una ventana del tercer piso mientras los oficiales registraban el interior. Mientras rastreaban minuciosamente el área, una muchacha de la zona fue herida por un disparo. El comisario se niega a confirmar el rumor de que fue uno de sus agentes quien realizó el disparo. La muchacha herida es Catherine Bayard, que daba un paseo nocturno por los jardines traseros de la casa de su abuelo, el editor de Chicago Calvin Bayard. El comisario Salvi dice que es posible que el hombre fugado hiriera a la señorita Bayard, y que entregará un informe completo una vez que haya examinado las armas de sus oficiales. La señorita Bayard se encuentra ingresada en un hospital de la zona en estado grave pero estable.
El fugitivo se encontraba en la misma casa en la que la detective privada de Chicago V.I. Warshawski encontró el cadáver de un hombre el domingo por la noche. De hecho, Warshawski se encontraba en la casa cuando los oficiales llegaron al lugar de los hechos, pero se marchó cuando aún se estaba realizando el registro. Si tiene o no alguna conexión con el fugitivo es algo que se desconoce por el momento, pero el comisario Salvi está ansioso por hablar con ella.
– Y yo con usted, comisario. -Apagué la radio y me volví hacia Benjamin-. ¿Qué has entendido de lo que han dicho?
Sacudió la cabeza.
– Demasiado deprisa. Catterine, hablaron de ella, sobre ella, hablaron del 11 de septiembre, de los árabes, pero ¿qué dicen?
– Catherine recibió un disparo, pero se va a recuperar; se va a poner bien. No dijeron dónde le dieron, aunque dijeron «grave pero estable», lo cual significa una herida grave pero que no va a matarla.
– ¿Eso es verdad? -Sus ojos se agrandaron dolorosamente en su delgado rostro-. Tú… -Movió los labios como si repasara mentalmente una lista de palabras-. ¿Tú juras que es verdad?
Le juré que decía la verdad sobre Catherine. Y añadí que averiguaría en qué hospital se encontraba y cómo la habían herido exactamente, pero que antes necesitaba dormir. No le conté el resto de la historia, que estaban buscándolo. Probablemente la había adivinado, pero ponerla en palabras sería demasiado duro; ambos necesitábamos dormir y tranquilizarnos.
No podía pensar ni hablar de lo cansada que estaba. Cuando me levanté para llevar los platos al fregadero, se me saltaron las lágrimas sin querer, como una protesta del cuerpo ante tanto esfuerzo. Ni las frases alentadoras en la cancha de baloncesto ni los recordados consejos de mi madre podrían hacer que dejara de llorar. Y llorando llevé a Benjamin al segundo piso, donde había una serie de estrechos dormitorios que se conservaban de cuando la Iglesia católica tenía muchos sacerdotes, y una parroquia como San Remigio contaba con cinco o seis. Había mantas militares dobladas a los pies de las camas, y en las cabeceras, unas finas almohadas, tan viejas como el edificio. El mobiliario más elaborado era un crucifijo de madera sobre las camas, tallado de manera tan realista que Benjamin miró el suyo con espanto. Lo descolgué con cuidado y lo guardé en el armario.
Las habitaciones estaban frías, ya que se ahorraba combustible, pero disponían de pequeñas estufas eléctricas para invitados que se presentan de improviso, como nosotros. Encendí una, le mostré a Benjamin dónde estaba el baño, puse sábanas en las camas de dos cuartos contiguos y me dormí, sollozando todavía.