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¿QUÉ DERECHOS?

Bobby Mallory -el capitán Mallory- había sido el protegido de mi padre en la policía; mi padre había sido uno de los testigos de la boda de Bobby y Eileen. Si mi madre hubiera creído en padrinos, Bobby habría sido el mío. Pero nada de eso produjo un chispazo de alegría en sus ojos al verme. Nada que tenga que ver con mi trabajo le produce alegría, y estaba tan serio como si… en fin, como si hubiera ayudado a escapar a un terrorista.

Sentí que me flaqueaban las rodillas: ¿se habría enterado de alguna manera de que había llevado a Benjamin Sadawi con el padre Lou? Al menos tuve la astucia de mantener la boca cerrada mientras buscaba una silla donde sentarme.

Luego sí tuve tiempo de observar a los que estaban a la mesa. Conocía a algunas personas, al menos de vista, pero cuatro de ellas me eran completamente ajenas. La mujer larguirucha con ojeras que tenía al lado era la fiscal del distrito del condado de Cook; nos habíamos visto varias veces en los tribunales. Por supuesto, conocía al subordinado de toda la vida de Bobby, mi en otro tiempo amigo Terry Finchley. El teniente Schorr, que había hecho un largo viaje desde Wheaton, me observaba como si hubiera preferido que sus hombres me hubiesen disparado a mí en lugar de a Catherine Bayard. Stephanie Protheroe, sentada junto a él, no me miraba. También había trabajado en alguna ocasión con -o cerca de- Derek Hatfield, del FBI.

– Vicki -dijo Bobby -. Estábamos esperando que aparecieras. Tienes mucho que explicarnos, chica. El superintendente me pidió que dirigiera el grupo que se encarga en Chicago de los asuntos de terrorismo, y parece que hay una conexión entre un terrorista, un supuesto terrorista, que vivió en Chicago, y el hombre con el que te cruzaste anoche en DuPage. Todas estas personas, muy ocupadas, han estado esperando para hacerte unas preguntas, así que comencemos de una vez.

El teniente Schorr y un hombre que no reconocí empezaron a hablar al unísono.

– Un momento -protesté-. Ustedes, personas muy ocupadas, saben quién soy: V.I. Warshawski, Vicki únicamente para el capitán Mallory. Y a mí me gustaría saber sus nombres y cargos.

El atildado espécimen que estaba junto a Derek Hatfield era ayudante del fiscal del Distrito Norte. Además de la oficial Protheroe, Schorr había llevado a un ayudante del fiscal de DuPage, un hombre que parecía hermano gemelo de su homólogo del Distrito Norte: joven, blanco, tupido pelo castaño perfectamente peinado. Todos los que estaban en la habitación tenían un compañero. Ojalá me hubiera llevado a Peppy.

Habían instalado micrófonos en la mesa; una joven uniformada del Departamento de Policía de Chicago se sentó en un rincón con un equipo de sonido y auriculares. La habitación y el sistema de sonido eran mucho más modernos que lo que había visto en la oficina del comisario la noche del domingo anterior; imaginaba que Schorr estaría impresionado.

Tras los saludos de rigor, Schorr y el ayudante del fiscal del distrito volvieron al ataque: Schorr quería saber por qué había huido antes de que él pudiera interrogarme, y el ayudante estaba furioso porque los federales habían estado buscando a Benjamín Sadawi durante cuatro semanas, y yo había estado a escasos centímetros de distancia del chico sin decirles a ellos ni una palabra.

– ¿Benjamín Sadawi? ¿No es el que trabajó de friegaplatos en ese elegante colegio de Gold Coast? -Hice una breve pausa, con la esperanza de que dejaran de imaginarse a un gigante con la cabeza tapada por un pañuelo y comenzaran a vislumbrar a un esquelético adolescente-. No sabía que me encontraba a escasos centímetros de él. En Larchmont Hall no había nadie cuando yo entré. Los hombres del teniente Schorr creyeron que quienquiera que se escondiese en el ático saltó por la ventana del tercer piso cuando él, o ella, me oyó entrar.

– ¿No le pareció sospechoso encontrar libros en árabe en el ático? -preguntó Derek.

– Toda la situación era tan confusa que no sabía qué pensar.

– Usted subió, ¿verdad? -preguntó el ayudante del fiscal. El y su colega de DuPage se habían presentado como Jack y Orville, pero se parecían tanto que no podía recordar quién era quién. Cuando asentí, él dijo-: ¿Qué pensó al ver que algunos libros estaban escritos en árabe?

Arrugué el gesto: mujer confundida pensando.

– Había una pila de viejos libros escolares con el nombre de Calvin Bayard en la primera página. La casa había pertenecido a la familia Drummond, el padre de Geraldine Graham, de modo que me pregunté por qué estaban allí los libros del señor Bayard. Luego vi el diccionario árabe-inglés y pensé que tal vez el señor Bayard iba por allí en mitad de la noche para estudiar árabe. Me imaginé que estaría traduciendo sus libros de infancia o algo por el estilo.

– ¡Es imposible que haya pensado algo semejante! -dijo Orville o Jack, dando un golpe en la mesa.

– Es verdad, no puedes haberlo pensado. -Bobby hablaba despacio pero con firmeza-. No es momento de bromas. Desde el 11 de septiembre, todos los agentes de la ley en este país han sido puestos a prueba más allá de lo soportable. Así que responde a nuestras preguntas como es debido.

Terry Finchley sugirió que empezara explicando qué hacía en Larchmont. Por enésima vez repetí la letanía sobre la muerte de Marcus Whitby y de cómo su hermana me había contratado para que investigara el caso.

Hicimos un alto mientras la mujer del rincón cambiaba los discos de la máquina y se aseguraba de que funcionaba correctamente. Cuando hizo un gesto a Terry, éste continuó.

– ¿No se le ocurrió pensar que dragar el estanque era tarea de la policía?

– Por supuesto que se me ocurrió. Al igual que pensé que examinar la casa de Marcus Whitby era tarea de la policía. Pero no pude convencer a sus colegas de DuPage, y tampoco a usted, de que lo lucieran. Y como daba la impresión de que nadie iba a ocuparse de la investigación, fui a New Solway de parte de la familia.

– E inspeccionó el estanque -dijo la mujer desgarbada del condado de Cook.

– E inspeccioné el estanque -repetí.

– ¿Encontró algo relevante? -preguntó Orville o Jack.

Alargué las manos.

– No sabría decir. Muchos trozos de porcelana vieja. Nada que aclare quién metió a Whitby en el estanque. Pero lo que sí encontré fue el cochecito de golf que utilizó el asesino para llevar al señor Whitby hasta el estanque.

Eso captó la atención de todos. Si bien Jack u Orville menospreciaron la idea (sabemos que fue allí borracho con la intención de suicidarse), Bobby tomó la palabra para preguntarle al teniente Schorr cómo había entrado Marc en la propiedad. ¿Habían comprobado los trenes, taxis y demás? Schorr y Jack u Orville explotaron de una manera que indicaba que no se habían ocupado lo más mínimo del problema. A un subordinado Bobby le habría echado una buena bronca por semejante negligencia; a Schorr le dijo suavemente que creía que el asunto merecía una investigación.

– ¿Qué es eso del coche de golf, Vicki?

Le hablé del desagüe que había encontrado esa tarde y de la conversación que había mantenido con el encargado de material del campo de golf. Finch hizo un gesto con la cabeza y tomó nota. Lancé un breve suspiro de alivio. La maquinaria policial se encargaría de la parte intensiva de la investigación.

– Pero eso no te convierte en una heroína -me advirtió Bobby-. ¿Qué hiciste anoche después de inspeccionar el estanque? ¿Entraste ilegalmente en la casa?

– ¡Bobby!… ¡Capitán! -protesté, ofendida.

Bobby me miró con hostilidad y dejó que Schorr siguiera con el interrogatorio. Una vez más volvimos al tema del interés que Geraldine Graham había mostrado por su antigua propiedad. Y también al hecho de que la puerta de la cocina estuviera abierta.

– Eso es lo que ella dice -intervino Derek Hatfield-. He trabajado con Warshawski. Ella elude la ley; nunca he podido probarlo, pero no es imposible que haya forzado la entrada.

– Este gorila de DuPage… perdón, este teniente me registró. Tan a fondo que podría alegar acoso sexual. Pregúntenle si me encontró alguna herramienta encima.

– Usted estuvo allí sola sabe Dios cuánto tiempo -gritó Schorr-. El suficiente como para esconder cualquier ganzúa.

Levanté las cejas con exagerada incredulidad.

– ¿Acaso no registraron la mansión de cabo a rabo con la idea de que por allí se escondía una célula terrorista? Con pruebas menos contundentes que un diccionario árabe-inglés, el Gobierno ha entrado en mi domicilio sin una orden.

– Esto no es para tomárselo a risa -dijo el ayudante del fiscal-. Todos en esta mesa intentamos proteger nuestro país.

– Vale, dormiré mejor por la noche sabiendo que han inspeccionado mis sujetadores -afirmé con amargura-. ¿Qué ha dicho Renee Bayard de los libros del ático?

– Los Bayard y los Graham son viejos amigos. La señora Bayard cree que su marido se los prestó al señor Darraugh Graham cuando éste era pequeño -explicó el ayudante del fiscal de DuPage-. Naturalmente, no podía prestar demasiada atención al asunto con su nieta en el hospital.

– Así que la Declaración de Derechos rige también para los votantes ricos. Qué tranquilizador -dije-. Supongo que saben por qué su nieta está en el hospital, ¿verdad?

– A causa de un desafortunado accidente -me cortó el ayudante del fiscal de DuPage-. ¿Por qué anoche no esperó en la casa para responder a las preguntas del teniente Schorr? El que saltara por la ventana del baño nos hace pensar que tenía una buena razón para huir de manera tan arriesgada.

– Confieso que hubiera preferido una puerta, pero el teniente ordenó al abogado de la propiedad que me encerrara.

– Podría haber esperado a hablar con Schorr -insistió Jack u Orville.

– Estaba cansada; había estado dragando el estanque; la casa estaba congelada. Quería dormir. Cuando los oficiales de Schorr dispararon a Catherine Bayard, él estaba demasiado ocupado como para acordarse de mí. Así que me fui.

– Pero no fue a su casa -exclamó la fiscal del condado de Cook.

– No. Creo que un conductor responsable sabe cuándo está demasiado cansado para controlar su vehículo. Me quedé a dormir en un motel.

La mujer desgarbada asintió: se habían molestado en buscar el lugar donde había estado. Era evidente que ignoraban que había dejado mi Mustang detrás de los arbustos, de otro modo alguien habría investigado el asunto del coche. La fiscal del condado de Cook volvió al ataque.

– Cuando la sirvienta fue a limpiar a mediodía usted no estalla en el motel. ¿Qué ha hecho hoy entre las doce del mediodía y las ocho de la tarde?

– ¿Hay alguna razón por la que quiera saberlo? -pregunté-. Si la hay, me encantaría decírselo, pero no imagino qué interés tiene el condado de Cook, o el de DuPage, o, más específicamente, el Departamento de Justicia.

– Estados Unidos está en guerra -reiteró el ayudante del fiscal del distrito-. Si usted ha ayudado a escapar a un terrorista, puede ser procesada por colaborar con nuestros enemigos.

De pronto sentí un gran cansancio. Extendí las manos sobre la mesa y me miré los dedos mientras el silencio crecía.

– Bien -dijo Jack u Orville.

– No está bien -dije-. Nada de esto está bien. Para empezar, no estamos en guerra. Sólo el Congreso puede declarar la guerra, cosa que no han hecho; a menos que haya sucedido mientras estábamos sentados aquí.

– Sabe perfectamente lo que quiere decir -insistió Derek-. ¿Cree que es una broma lo que ha ocurrido en Nueva York y lo que están haciendo nuestras tropas en Afganistán o en el Golfo Pérsico?

Levanté los ojos hacia él.

– Creo que es lo más grave que ha pasado desde que tengo uso de razón. No sólo lo del World Trade Center, sino el miedo que se ha desencadenado en nosotros a partir de ese momento, hasta el punto de pensar que la Declaración de Derechos ya no importa. Mi novio está en Afganistán. No sé si está vivo o muerto, no tengo noticias suyas desde hace una semana. Si está muerto, se me romperá el corazón; pero si la Declaración de Derechos ha muerto, mi fe en América también se romperá. Si hubiera encontrado a un terrorista en Larchmont habría hecho todo lo posible por entregarlo, Derek; y espero que a mi me prestes mas atención que la que prestaron tus colegas de Minnesota o Arizona ante amenazas similares. Pero no vi a ningún criminal violento por ningún lado. ¿Tú sí? ¿Esos libros árabes eran manuales para la fabricación de bombas o contenían información de importantes objetivos en Estados Unidos? Supongo que lo estás analizando. -Me volví hacia el ayudante del fiscal de DuPage-. Mientras tanto, el otro gran hallazgo de la noche es que los tigres cazadores de árabes de Schorr le dispararon a una adolescente de por allí. No tengo nada que ver con eso, y no creo que mi presencia en Larchmont mientras Schorr desataba esa barbarie hubiera sido de ninguna ayuda.

Nadie dijo nada durante uno o dos minutos. Me revolví en la silla, estirando el cuello y los hombros.

– Hay que volver a abrir la investigación sobre la muerte de Whitby. No creo en las coincidencias: un sospechoso escondido en la casa, un hombre muerto fuera de la casa, tiene que haber alguna relación entre ambos hechos. -Bobby hablaba con la autoridad de quien lleva cuarenta años en la policía. Miró al ayudante del fiscal de DuPage-. Orville, ¿podría ocuparse de que se le haga una autopsia completa, así como un análisis de sustancias tóxicas, al cadáver de Marcus Whitby?

– Ayer entregamos el cuerpo a la familia -dijo Orville-. Averiguaré si ya se lo han llevado a Atlanta.

Bobby se frotó las sienes.

– Espero que no lo hayan hecho: no quisiera tener que enfrentarme a una exhumación. O con otra jurisdicción además de las tres que ya están involucradas.

Yo no dije que Bryant Vishnikov estaba llevando a cabo una autopsia privada: confiaba en que Bryant terminara y me diese los resultados antes de que la policía averiguase que era él quien tenía el cadáver.

– Podemos acelerar ese asunto si es necesario -dijo el ayudante del fiscal del distrito-. Mientras tanto, ¿qué hacemos con Warshawski? No nos ha dicho qué ha estado haciendo todas esas horas. ¿Sería capaz de esconder a un hombre buscado por la policía?

– Ustedes han registrado mi casa -protesté-. No tengo ningún inconveniente en llevarlo a mi oficina si es que ya hemos terminado aquí. Luego puede mirar en el maletero de mi coche.

– Esta tarde hemos enviado a alguien a su oficina -dijo Derek. Y estamos interrogando a sus amigos.

Intenté controlar la creciente oleada de furia que me invadía.

– No habrán sido capaces de utilizar los datos de mi agencia, ¿no? O de llevarse mis archivos. ¿Cómo demonios se atreven a perseguir a un ciudadano sin una causa probable?

– No necesitamos ninguna causa probable -interrumpió el ayudante del fiscal del distrito-. Usted y un sospechoso desaparecieron de la misma casa la misma noche. Como ha dicho el capitán, aquí no hay coincidencias. Usted pensaría que no era más que un inocente chiquillo y le dio un empujón para que saliera por la ventana. Pero ahora que sabe que es un hombre buscado nos gustaría que cooperase.

– Estoy cooperando -grité inclinándome sobre la mesa.

– Vicki, cálmate -me advirtió Bobby.

Cerré los ojos y respiré hondo, contando de diez a cero en italiano mientras espiraba.

– Estoy cooperando -dije con voz más tranquila-. Pero ahora ustedes traten de decirme algo coherente. ¿Qué ha hecho? ¿Cómo saben que es un terrorista? Contéstenme a eso y les responderé con más entusiasmo.

Derek y el ayudante del fiscal del distrito intercambiaron miradas; habló este último.

– Ha permanecido en este país sin visado, y sin aval, después de que muriera su tío. Acude a una mezquita de la ciudad donde predican una retórica un tanto radical. Y se escondió cuando tratamos de dar con él para interrogarlo.

Le pedí que se explayara en lo de la retórica radical y en lo que encontraron en el cuarto que alquilaba Benjamín a una familia paquistaní tras la muerte de su tío, pero se negaron a darme más detalles: ellos sabían lo que sabían.

– Ya veo -dije. Aunque, en realidad, no veía nada. A mí aquello no me parecía un catálogo de maldades, pero tampoco sabía qué implicaba la «retórica radical». ¿Muerte a Israel? ¿Muerte a América? ¿Muerte a los pro abortistas? Ser un radical o un patriota depende del punto de vista de cada uno. Si Benji se pronunciaba a favor de todo aquello, entonces tendría que reconsiderar el hecho de encubrirlo. Pero esperaría a que el padre Lou hablara con él antes de entregárselo a esta gente. Puede que lo hubiera juzgado mal, pero de ninguna manera me fiaba de la opinión de los que estaban en aquella habitación.

Bobby dijo que si explicaba qué había hecho esa tarde terminaríamos con la reunión.

– Devolví llamadas. Saqué a pasear a mis perros. Cené.

– Nadie la vio pasear a sus perros -dijo la fiscal del condado de Cook.

– El hecho de que vigilen mi edificio ya es bastante humillante como para que se jacten de hacerlo. ¿También tienen un registro de mis llamadas? -La mirada que intercambiaron Derek y el ayudante del fiscal del distrito contestó a mi pregunta-. Estuve en un TechSurround, una tienda de Fullerton. Probablemente consigan un registro de mis movimientos si rastrean en el cajero, o si entran en sus ordenadores, o lo que les apetezca hacer en nombre de la seguridad del país.

Schorr quería insistir sobre lo que había hecho la noche anterior, pero todos los demás parecían tan cansados como yo. O tal vez los había avergonzado lo suficiente como para hacerlos callar durante un rato.

Bobby rompió el silencio, volviéndose hacia la mujer con el equipo de grabación.

– Sissy, hemos terminado por hoy. Puedes recoger las cosas y retirarte.

¿Sissy? No era un nombre que impusiera mucho respeto para una oficial de policía. Sissy asintió, desconectó el sistema y rotuló los discos.

El ayudante del fiscal de DuPage se puso de pie, diciendo que le esperaba un largo viaje, pero que llamaría a Bobby en cuanto supiera algo sobre el cadáver de Marcus Whitby. Eso terminó de disolver la reunión. Derek y el ayudante del fiscal del distrito salieron de inmediato, junto con el otro ayudante y la fiscal del condado de Cook. Schorr me amenazó con daños corporales graves, o un mes en prisión, o tal vez las dos cosas, si volvía a cruzarme en su camino; llegados a aquel punto, ya no prestaba demasiada atención.

– ¿Podría llevarme a casa algún subordinado tuyo? -pregunté a Bobby cuando los demás se marcharon-. Sabrás que no he venido en mi coche.

Bobby asintió.

– Finch, mira a ver si hay alguien que pueda llevar a la princesa Grace a su casa.

Así me llamaba Bobby cuando me consideraba un incordio. No era precisamente una expresión cariñosa, pero jamás la habría usado delante de los federales ni de los oficiales de DuPage.

Cuando Terry salió a buscarme un conductor, Bobby me pidió que me acercara para no tener que gritar.

– Jack Zeelander es un grano en el culo -comentó-. Últimamente todos los federales persiguen sombras. Están tan afectados por haber dejado pasar lo evidente el verano pasado que se aferran a un clavo ardiendo con la esperanza de que eso los conduzca a alguna parte. Es comprensible; teníamos investigaciones por homicidio en marcha cuando la situación estaba al rojo vivo, y nosotros nos quemamos mientras el criminal escapaba. Pero Zeelander tiene tantas ganas de ir a Washington que huele a ambición que apesta, lo cual lo convierte en un colega poco fiable.

Los comentarios de Bobby me cogieron por sorpresa: nunca se había tomado esas confianzas conmigo.

– ¿Crees que éste es uno de esos intentos desesperados? El chico que buscan, quiero decir.

Bobby gruñó.

– Gracias a Dios eso no es asunto mío. Pero tú sí. No quise presionarte delante de toda esa gente, pero no me mientas, Vicki. ¿Sabes dónde está ese chico?

La confianza, ésa era la táctica del buen interrogador. Sentí el remordimiento que se supone que debía sentir. No podía mentirle al gran amigo de Tony y Gabriella. Pensé en Catherine Bayard pidiéndole a gritos a su abuela que no le preguntara más si no quería oír mentiras. Pensé en las instalaciones de San Remigio, el gimnasio, las aulas, la capilla, la cocina y los dormitorios. No tenía ni idea de en qué dormitorio estaría ahora Benjamin Sadawi.

Moví la cabeza ligeramente.

– No lo sé, Bobby.

Entornó sus ojos grises.

– Será mejor que no me mientas, Vicki.

Le miré con seriedad.

– Lo sé: a Gabriella le disgustaría mucho.

– Sí, y a Tony tampoco le haría mucha gracia, pero ambos te protegerían. En cuanto a mí, si te pillo en una mentira esta vez, te las tendrás que ver conmigo. ¿Qué hiciste después de dejar ese motel? ¿Después de ir a ese Tech no sé cuántos?

Tracé un círculo en la mesa con un dedo.

– Morrell anda escondido. Fui a ver a un amigo que lo conoce.

– ¿Y eso te llevó seis horas? No pongas a prueba mi paciencia.

– Si te hablo de mis asuntos privados, lo usarás en mi contra.

– ¡Qué rayos… oh! A menos que estés a punto de revelar un acto delictivo, no saldrá de aquí.

Había eludido decir la verdad sobre Sadawi, pero le sería franca respecto a este asunto.

– La policía vigiló la entrada de mi edificio pero no el callejón trasero. Imaginaba que los federales o el simio de Schorr estarían pisándome los talones, de modo que entré por atrás. Necesitaba comer algo decente, y quería sacar a pasear a los perros, además de pasar un rato con mi vecino. Hice todas esas cosas, luego me cambié de ropa, volví a salir por el callejón y di la vuelta para entrar por delante.

Bobby me miraba fijamente, luego emitió un sonido ronco a mitad de camino entre la risa y el gruñido.

– No me extraña que no demos con el chico egipcio desaparecido. Lo que me sorprende es que nos encontremos los pies para ponernos los zapatos por la mañana, ya que ni siquiera se nos ocurre vigilar las dos entradas de un edificio. ¡Jesús, María y José!


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