Di un respingo y moví la linterna. En el descansillo de unas escaleras estrechas atisbé a un joven con sudadera y vaqueros. Tenía los ojos muy abiertos de puro miedo. Lejos de intentar atacarme, parecía demasiado asustado como para atreverse a hacer ningún movimiento.
Me quedé quieta y dije en voz baja y tranquilizadora:
– Lo siento, pero Catherine no puede venir esta noche: su abuela no la ha dejado salir de casa.
Él no respondió. Parecía joven e indefenso, como un cervatillo paralizado en el claro de un bosque. Se aferraba con tanta fuerza a la barandilla que tenía los nudillos blancos, en contraste con su piel oscura.
– ¿Puedes decirme cómo te llamas y qué haces en esta casa? -continué en el mismo tono de voz.
– Catterine dijo que me quedara aquí. -Su voz era un susurro.
– ¿Por qué te esconde? -Tragó saliva convulsivamente, pero no contestó-. No he venido a hacerte daño. Pero no puedes quedarte más tiempo. Hay gente que sabe que estás aquí.
– ¿Quién lo sabe? Catterine dijo que no se lo diría a nadie.
– La anterior propietaria de esta casa vive al otro de la calle. Ha visto luces, tuyas y de Catherine, en las ventanas del ático. La mujer tiene un hijo que es… amigo mío. -El muchacho estaba tan asustado que preferí no decirle que era detective-. Su hijo me pidió que averiguara quién vivía en la antigua casa de su madre.
– ¿Y qué va a hacer ahora? ¿Va a llamar a la policía?
– No voy a llamar a la policía. A no ser que hayas matado a alguien.
– ¿Matar? Yo no matar, no puede decir que yo matar, estoy en la casa, ¡no matar! -El miedo hizo que alzara la voz. Habíamos estado hablando en susurros, de modo que aquel grito repentino me impresionó.
El cansancio me dificultaba la concentración. Y empezaba a dolerme el cuello de mirar hacia arriba.
– Me gustaría subir para que podamos hablar más cómodos.
Al moverme, él comenzó a retroceder, sin quitarme sus grandes ojos de encima. La escalera terminaba en un amplio rellano con apliques de luz en el techo. De modo que era de allí de donde salían las luces que había visto Geraldine Graham. Cuando venía Catherine, ella y el muchacho se sentaban a hablar a la luz de una linterna. Apagué la mía, confiando en que Geraldine todavía no la hubiera visto.
El techo era alto en esa parte de la casa. Se veían unos extraños recodos en las esquinas, por donde pasaban las cuatro chimeneas de la casa. Aquel debía de haber sido el cuarto de la servidumbre durante la infancia de Geraldine Graham. Imaginé a una chica caprichosa con trenzas oscuras subiendo a hurtadillas para espiar a los sirvientes mientras jugaban al póquer.
Había viejos muebles apilados contra una de las paredes, entre los que pude distinguir un par de cómodas, un amasijo de sillas y el somier de una cama. Catherine y el muchacho debían de haber arrastrado el escritorio con la parte de arriba de cuero que estaba colocado justo debajo de las luces del techo. También se veían unos cuantos libros junto a un plato, unos cubiertos y un vaso. Supuse que el escritorio y todo lo demás serían cosas desechadas por los Graham; era todo demasiado viejo como para formar parte de la familia nou-nou.
El chico desvió la mirada hacia el hueco de la escalera; intentaba armarse de valor para saltar por allí.
– Puedes bajar por las escaleras hasta la puerta. -Mantuve el mismo tono amigable del principio: el del buen policía-. No trataré de detenerte. Pero no llegarás lejos, sobre todo si no está Catherine para guiarte.
Se derrumbó en el peldaño superior, con la cabeza entre las rodillas y los antebrazos apretados contra las orejas, con tal desolación que me conmovió. En lugar de Catherine, la única amiga a la que esperaba con ansiedad, me había encontrado a mí.
Me dirigí a la fachada norte, que daba a los jardines de atrás. Las ventanas eran pequeñas y altas, pero el chico había llevado una silla hasta allí para poder asomarse. Me subí. Desde ese lugar se veía si alguien aparecía por la esquina del garaje. Podía pasarse largas y solitarias noches sobre esa silla esperando que la chica lograra escaparse para venir a verle desde Chicago. También podía ver el estanque…
Bajé de la silla y miré detenidamente el resto del ático. La habitación de los sirvientes conducía a un estrecho pasillo con seis dormitorios y un baño espartanos. Abrí los grifos, de los que salió agua fría. Al menos las cañerías funcionaban. En uno de los dormitorios había un colchón con un saco de dormir encima; sus escasas ropas estaban cuidadosamente dobladas en otra silla. Junto a la cama había otras dos linternas, así como una caja con pilas.
Cuando regresé al salón más grande, él seguía en el borde de la escalera, con la cabeza entre las rodillas.
– ¿Quién eres? ¿Por qué te ocultas aquí? -le pregunté. No me contestó, ni movió la cabeza-. Hace frío aquí. Seguro que no has tomado una comida decente desde hace… bueno, desde hace el tiempo que sea. Ven conmigo y cuéntamelo.
– Espero a Catterine. Cuando ella dice «vamos» es seguro salir. -Las rodillas le amortiguaban la voz.
– Ella no puede venir. Se ve el estanque desde aquí; debes de haber visto llegar a su abuela esta noche. Su abuela no le permitirá salir, y no sería raro que llamara a la policía. Puede que tengamos tiempo hasta que amanezca para que salgas de aquí, pero necesito saber quién eres y por qué te escondes. -De repente me eché a reír-. A mí también me has visto esta noche, ¿verdad?, entrando y saliendo de ese maldito estanque. Pobre hermana Anne, que no tiene nada más que hacer que mirar el horizonte…
– ¡No soy una chica! -Hizo un movimiento brusco con la cabeza y me lanzó una mirada fulminante.
– ¿Quién ha dicho…? Ah, por lo de la hermana Anne. Es el personaje de un cuento para niños que debe vigilar desde una torre. Ya sé que no eres una chica. Pero sé que me has visto esta tarde. Y el domingo estarías mirando a ver si llegaba Catherine. El domingo por la noche alguien mató a un hombre fuera de esta casa. Y metieron su cuerpo en el estanque. ¿Lo viste? -Como no contestó, me acerqué hasta quedar justo por encima de él-. Mirabas a ver si venía Catherine; tú sabías que iba a venir esa noche. Tienes que haber visto al asesino tirando el cuerpo en el agua. ¿Quién lo hizo?
– Nadie, no vi nada.
– ¿Le ayudaste a matarlo? ¿Por eso te escondes?
– No, no y no, y ahora… Oh, ¿dónde está Catterine? Sólo ella… -Se le quebró la voz y volvió a mirarse las rodillas-. Sí que soy una chica, escondiéndome detrás de otra chica, soy un bebé, una niña…
Avergonzado, guardó silencio. Fruncí el ceño, pugnando por que se me ocurriera algo que preguntarle para que me dijese quién era y qué había visto el domingo. Finalmente, me acerqué al escritorio y eché un vistazo a los libros: alguno debía de ser suyo, y tendría su nombre. Necesitaba un poco más de luz, además de la de la luna. Confiaba en que en aquel momento Geraldine Graham no estuviera vigilando; encendí la linterna y abrí uno de los libros
Nunca había visto nada tan hermoso como el Arrecife de Coral. Se extiende a lo largo de varios kilómetros y es suave al tacto, como terciopelo. Como un idiota, me había olvidado de los peligros que me rodeaban mientras observaba los peces de múltiples colores que nadaban entre los corales. De pronto sentí una punzada en la pierna izquierda, tan dolorosa que quise gritar, sin darme cuenta de que me encontraba debajo del agua. Aspiré una bocanada de agua a través del tubo. Miré a mi alrededor, aterrado. ¡Una almeja gigante me había agarrado la pierna!
Volví las hojas hasta dar con la página del título. Eric Nielsen en el Gran Arrecife de Coral, publicado en 1920. La frase «Propiedad de Calvin Bayard» aparecía debajo del título escrita con la letra temblorosa de los niños. Había dos libros de aventuras más de Eric Nielsen, La isla del tesoro y uno viejo de Tom Swift. Catherine Bayard debía de haber saqueado la biblioteca de su abuelo en busca de libros que pudieran gustar, según ella, a un chico que intentaba aprender inglés.
Los otros libros estaban en árabe, junto con un diccionario de árabe-inglés. Volví a mirar al muchacho.
– Tú eres Benjamin Sadawi, ¿verdad? Catherine te está escondiendo del FBI.
Asustado, dio un respingo y se abalanzó escaleras abajo, luego volvió para coger uno de los libros en árabe que había en el escritorio. Lo agarré del brazo, pero él se zafó y bajó atolondradamente las escaleras. Lo seguí de cerca pero sin tratar de cogerlo; no quería que acabáramos haciéndonos daño.
Aterrizamos en el gran vestíbulo principal. A nuestras espaldas se abrían dos puertas. Benjamin se lanzó hacia una de ellas, pero se topó con un armario. Al darse la vuelta, lo agarré por la cintura. El corazón le latía con fuerza. Lo arrastré de vuelta a las escaleras y lo obligué a sentarse. Seguía aferrado al libro que se había llevado del escritorio.
– Escúchame, tonto. No voy a entregarte al FBI ni a la policía. Pero voy a llevarte lejos de esta casa. Aquí ya no estás seguro, y tampoco es saludable: hace frío y no tienes ni calefacción ni compañía.
Forcejeó entre mis brazos.
– No debes agarrarme, mujer.
– Es verdad, soy una mujer. Con cero interés en tu cuerpo: tengo edad para ser tu madre.
Pensamiento que no por cierto dejaba de ser deprimente, pero le quité los brazos de encima de los hombros. Se alejó de mí hasta el otro extremo del peldaño, pero esta vez no trató de huir.
Con la luz que entraba a través de los cristales de la gran puerta de roble ya no necesitaba la linterna para ver al muchacho, aunque no podía distinguir sus facciones. Tampoco distinguía los diferentes bloques de mármol teselado del suelo, aquel que los obreros italianos habían tardado ocho meses en colocar, pero sabía que el mármol estaba ahí: su frío se filtraba a través de las suelas de mis zapatillas.
– Vamos -dije, poniéndome de pie-. Tenemos un trecho hasta mi coche, y luego encontraremos algún lugar donde puedas dormir y estar caliente sin preocuparte de si alguien entra en la casa.
– ¿Tienes llave de la puerta? -preguntó-. La alarma suena en la policía si abres sin llave.
Encendí la linterna y me arrodillé para examinar el cerrojo. Otra verdad deprimente: los sensores de la alarma estaban colocados a ambos lados de la puerta. No podía limitarme a abrirla; necesitaba la llave, desde luego, y no tenía conmigo las ganzúas. Podíamos subir al tercer piso y hacer el camino inverso por el que había entrado, pero no quería repetir la experiencia a menos que fuera absolutamente necesario; el cuerpo de una mujer lo bastante mayor como para tener un hijo adolescente no se sentía muy contento después de haberse sumergido en un estanque, haber trepado paredes y perseguido gente por las escaleras.
La casa tenía al menos otras dos entradas más; la de la terraza trasera que utilizaba Catherine y otra en la cocina. Probablemente también había una salida en el sótano por la que sería más fácil escapar.
– Voy a comprobar las otras puertas. Espérame aquí, ¿de acuerdo? -Como no respondió, le puse las manos en los hombros, a pesar de ser mujer-. ¿De acuerdo?
Se puso rígido pero masculló un «de acuerdo» que sonó como el de cualquier adolescente harto de las órdenes de los adultos.
Volví a encender la linterna para recorrer el pasillo. Sin mobiliario ni alfombras que suavizaran su aspecto, el lugar no sólo se veía vacío sino amenazador. Temblando de algo más que de frío, abrí puertas de habitaciones vacías, en busca de ventanas y cerrojos, hasta que llegué a la parte trasera de la casa, a un salón que se abría a la terraza. Era la zona que conducía a los jardines y el estanque, con las contraventanas que había utilizado Catherine Bayard la primera vez.
Apagué la linterna y escruté la noche, preguntándome si después de todo no aparecería la chica. Era la una y media de la madrugada; Catherine podría intentar escaparse si pensaba que todos en la casa dormían. Sería útil que llegara con la llave.
De no encontrar una forma de salir, tendría que romper uno de los cristales de la contraventana, pero doblé a la derecha, buscando la cocina, pasando por el despacho del padre de Geraldine, con su biblioteca del suelo al techo vacía, salvo por un CD de NSYNC, que presumiblemente habían dejado allí los nou-nous. Llegué á la puerta batiente que esperaba encontrar y de nuevo me hallé en la zona del servicio: un pasillo más estrecho, madera más barata en los suelos, techos más bajos.
En la cocina había algunos electrodomésticos, todavía brillantes y poco usados: un fogón de seis quemadores, un calentador, tres hornos -además de uno independiente para hacer pan-, un congelador y dos frigoríficos. La vanidad habitual entre propietarios opulentos, estos juguetes monstruosos… aunque puede que la señora nou-nou fuera una cocinera consumada. Tal vez había preparado miles de tartas para mantener a la familia cuando el negocio de las puntocom de su marido se fue al garete.
Miré en la despensa, que no tenía ventanas. El ordenador para la casa también estaba allí. Aparentemente, Catherine había desconectado los sensores de movimiento, pero se necesitaba un código para desactivar las alarmas de la puerta y de las ventanas.
Más allá de la despensa encontré un pequeño cuarto de baño. Tenía una ventana muy alta en una pared. No sólo hubiera sido difícil trepar hasta allí, sino que además la cruzaba un cable blanco de la alarma.
La puerta trasera tenía un enorme cerrojo, que descorrí, pero además estaba cerrada con llave. Busqué deprisa en los armarios, de acero inoxidable. Habían dejado un colador y una caja de palillos decorativos. Tendría que utilizar el pequeño cuchillo que llevaba en el bolso, pero necesitaría alguna herramienta más. Eso significaba considerar los palillos de plástico con caprichosas cabezas de animales.
Con la linterna apuntando hacia la puerta, comencé a trabajar en la cerradura, utilizando los palillos para sujetar los seguros a medida que los localizaba. Cuando conseguí sujetar dos al mismo tiempo, los palillos se rompieron. En ese momento, unas suaves pisadas detrás de mí me helaron la sangre. Dejé caer el cuchillo y di un salto; cuando me di la vuelta, vi a Benjamin de pie y con cara de susto.
– Pensé que me habías abandonado -dijo sencillamente.
– Sólo intento abrir esta cerradura. Mira: arrodíllate junto a mí, y sostén el palillo tal como está.
Seguía con su libro, pero lo dejó en la encimera y se puso de rodillas a mi lado. Le enseñé cómo empujaba los cilindros hacia atrás, y cómo había que sujetarlos.
– Son tres en total. Tú tienes que sujetar dos mientras yo libero el tercero. No, no aprietes tanto. -Lo dije demasiado tarde; el palillo se rompió entre sus nerviosos dedos-. No te preocupes. Toca mis dedos, mira cómo lo sostengo.
Sus manos rozaron nerviosamente las mías, como si el mero contacto fuera a quemarlo, pero esta vez sostuvo correctamente el palillo. Estaba con el tercer pestillo cuando ambos oímos un coche.
– No te muevas -dije bruscamente-. Casi lo hemos logrado.
Movió la mano sin querer y los palillos acabaron en el suelo.
– ¿Es la policía?
– No lo sé. Abramos esta maldita puerta. Vamos.
Desde ese lado de la casa no se veía el camino. No se oía ningún ruido en la puerta delantera. El coche se había oído porque había pasado por la entrada principal en dirección hacia donde nos encontrábamos.
Tal vez Geraldine Graham había visto luz y había llamado al comisario, en cuyo caso los oficiales echarían un vistazo rápido y se irían. Pero si nuestras maniobras en la cerradura habían hecho saltar la alarma o si Renee Bayard había acudido a la ley, estábamos metidos en un buen lío.
Benjamin Sadawi temblaba demasiado como para ayudarme. Eché un vistazo por la cocina. Se ahogaría en el frigorífico. Pero era un chico menudo y delgado y el horno del pan era grande. Lo empujé en esa dirección.
– No voy a irme sin ti, a menos que me detengan y no pueda ayudarte. Así que quédate en el horno hasta que vuelvas a oír mi voz.
Insistió en llevarse el libro. Quité las rejillas, las puse detrás del frigorífico, y le ayudé a subirse y a meterse dentro. Cogí uno de mis guantes de trabajo y lo puse de manera que la puerta del horno no se cerrara del todo, así el muchacho podría respirar y oír; luego me apresuré a volver a la puerta.
Casi se me caían las lágrimas de puro agotamiento, pero me obligué a trabajar metódicamente. Si los recién llegados estaban en la puerta de atrás… no podía permitirme el lujo de pensar en miedos desconocidos. Concéntrate en el juego, Vic.
Un palillo en su sitio, luego el segundo. El tercer seguro cedió justo cuando oí pasos moviéndose por el suelo sin alfombrar hacia la cocina. Abrí la puerta trasera, y metí apresuradamente mis improvisadas herramientas en el cajón más cercano.
– ¿Quién está ahí? -grité apretándome contra la pared de detrás de la puerta batiente.
Dos oficiales uniformados entraron con unas linternas tan potentes que no podía verles la cara; no vislumbraba más que a una tercera figura entre ellos.
Entonces se oyó la seca voz de un hombre.
– Sólo podía ser la detective de Chicago. Creí que le habíamos dicho que se mantuviera alejada del condado de DuPage.