Edwards Bayard llegó tarde a nuestra reunión. Me figuré que lo hacía para demostrarme que era él quien controlaba la situación, a pesar de haber accedido a verme en mi territorio. Mientras esperaba, hice una llamada al señor Contreras para hacerle saber que no me habían detenido, al menos no de momento.
Aún no había contestado algunos mensajes del día anterior. Casi todos los que respondí fueron a parar a contestadores automáticos, pues era domingo por la tarde, pero sí encontré a Geraldine Graham. Se sentía abandonada, dijo que no me oía cuando farfullaba al teléfono, y luego me riñó por gritarle. Lo que en realidad quería era que me acercara a New Solway. Cuando le dije que intentaría hacerlo al día siguiente por la tarde, si mi agenda me lo permitía, se dio por ofendida y me ordenó que recordara quién me pagaba.
– Ni usted ni Darraugh, señora. Si está dispuesta a pagarme, mi tarifa son doscientos dólares la hora. -Ése era mi precio para los clientes que podían pagarlo.
Hizo una pausa.
– Entonces la espero mañana a las cinco.
– Si puedo. Si no puedo, la avisaré.
Me pareció que debía llamar a Darraugh para comunicarle que, a pesar de sus órdenes, visitaría a su madre. Estaba en casa y menos histérico que en la última conversación, si bien, naturalmente, no se disculpó por sus amenazas de despido.
– Entonces era cierto que mi madre veía luces en el ático. Tal vez sea una heroína en la guerra contra el terrorismo. Habrá sido la protagonista esta mañana después de misa.
Quería un informe de lo que había ocurrido en Larchmont. Al igual que Bobby Mallory y que Renee Bayard, no creyó que no supiera dónde se encontraba Benjamin Sadawi, pero, aunque estuviera segura de que mis teléfonos no estaban intervenidos, últimamente Darraugh no se había hecho merecedor de mi confianza.
Cuando terminamos de hablar miré los bocetos al carbón que había hecho Tessa de los hombres que entraron con tanta eficacia en mi oficina. Me preguntaba si habrían estado poniendo micrófonos. Aun cuando sabía que si el FBI quería intervenir mis teléfonos lo haría a distancia, examiné el auricular, pero no encontré nada.
Y si los habían puesto en cualquier otro lugar… Paseé la mirada con desasosiego. A pesar de que Tessa alquila dos tercios del local, yo seguía teniendo mucho espacio propio. Lo había dividido en áreas de trabajo para darle más calidez -hay un lugar de reunión para clientes, con sofá y una mesa de cristal-, mi propia zona de trabajo tiene una larga mesa para desplegar mapas, y también está el escritorio de Mary Lou. Y luego los ordenadores, las lámparas y los cuadros de las paredes. En la parte de atrás estaba la despensa y un cuartito con una cama por si necesito desplomarme.
Supuse que debía llamar a alguien para que viniera a limpiar la oficina, pero, mientras tanto, ¿debía permitir que mis clientes hablaran allí? ¿Debería llevar a Edwards Bayard a algún otro lugar en caso de que pensara confesar algo?
Para divertirme mientras esperaba, puse títulos a los bocetos de los dos agentes federales dibujados por Tessa: Peligro: ladrones. Fingen ser agentes del Gobierno. Van armados, son peligrosos, llamen al 911 de inmediato si los ven en la zona. Hice veinte fotocopias y las pegué en toda la manzana en postes de luz, bares y tiendas.
Elton, un vagabundo que vende StreetWise cuando paso por la avenida Milwaukee, atisbo la última copia mientras la pegaba.
– ¿Se metieron en tu oficina, V.I.? Si los veo en la calle, te aseguro que te enterarás enseguida. -Seguramente lo haría si estuviese sobrio: lucha con la bebida, pero si no es un hábito fácil de combatir la mayoría de las veces, lo es aún menos cuando estás en la calle-. Se parece un poco a uno que hay ahí -añadió, señalando con un dedo la calle de enfrente.
Giré sobre mis talones. Era Edwards Bayard. En efecto, cualquiera diría que era uno de los agentes. El pelo tupido y la raya a un lado se había convertido en una especie de uniforme entre los hombres del mundo de la política. Pero ningún agente federal podría haberse permitido la ropa que llevaba puesta ni su BMW descapotable.
Bayard nos miraba a mí y a Elton desde su coche, no del todo convencido de acercarse a nosotros con su vehículo. Crucé la calle y lo saludé alegremente.
– No tengo mucho tiempo -dijo secamente mientras yo tecleaba el código de la puerta de entrada.
– Sí, ya lo sé: usted es un hombre ocupado -lo tranquilicé-. Yo, desde luego, no tengo nada mejor que hacer, así que no me importa que llegue cuarenta y cinco minutos tarde.
Enrojeció y murmuró algo acerca de su hija y el hospital. Pensé: el primero que se disculpe, pierde. Edwards rechazó mi ofrecimiento de traerle algo de beber, y con cierta brusquedad arrastró la silla de mi mesa hacia la zona donde atendía a los clientes. Me senté en el brazo del sofá.
– Bien, dígame por qué entró en el apartamento de Olin Taverner el jueves y luego hizo creer a su familia que estaba en Washington hasta que dispararon a Catherine.
– Yo no estaba…
– No, no, usted es un hombre ocupado, así que no compliquemos las cosas con más mentiras. Ambos sabemos que estuvo allí; no llevaba guantes.
– Sí, los llevaba -se sobresaltó, y luego se mordió los labios arrepentido.
Nunca lo habían interrogado; cayó con el truco más fácil del manual.
– Tomaremos eso como un «sí, estuve allí». A Catherine le resultará excitante saber que usted entra ilegalmente en las casas; le hará parecer más joven y osado ante sus ojos. Por no hablar de su madre, que cree que está del lado de los pelmazos.
Se quedó con la boca abierta.
– Yo… Mi hija es demasiado joven para entender por qué estaba haciendo algo tan poco ortodoxo.
Sonreí con dulzura.
– Y su madre demasiado vieja. ¿Qué había en esos papeles que Taverner guardaba bajo llave?
– Ya que sabe tanto, dígamelo usted.
– Bayard, para ser un tipo tan pagado de sí mismo, no parece muy listo. Su familia tendrá metido a Rick Salvi en el bolsillo, pero el capitán Mallory, de Chicago, está empezando a prestar atención a New Solway; puede pedir a algunos policías de DuPage que realicen una verdadera investigación criminal. Así que dejemos los rodeos, porque la próxima vez llamo al capitán.
Se golpeó la pierna con un puño.
– Soy el albacea de Olin; tenía derecho a estar allí.
– Entonces, ¿por qué entrar furtivamente por el patio? ¿Por qué no fue a la oficina de Julius Arnoff, presentó sus credenciales y le pidió que lo dejaran entrar? -Como no dijo nada, agregué-: ¿Es porque Arnoff es el verdadero albacea y su Fundación Spadona uno de los herederos? ¿Es porque no quería que nadie supiera que el jueves usted no estaba en Washington? ¿Voló usted el domingo y mató a Marcus Whitby, sin saber que los papeles importantes estaban en el escritorio de Taverner?
Bayard se puso pálido.
– Ésa es una acusación ultrajante. Yo no he matado ni a Marcus Whitby ni a nadie.
– ¿Tampoco a Olin Taverner?
– De ninguna manera. El… era una figura importante en mi vida.
– Más importante que su padre -sugerí.
Se le curvaron los labios en una sonrisa de desprecio.
– Desde luego que fue más importante que mi padre, que ni siquiera reparó en mi existencia.
Lo miré con curiosidad.
– ¿Olin Taverner se preocupó por usted cuando era niño? ¿Lo llevó a ver partidos de fútbol y le enseñó a montar su primer poni?
Apartó la mirada, con expresión de desagrado.
– No, pero puedo asegurarle que mi padre tampoco lo hizo; estaba demasiado ocupado en ser el maldito héroe del mundo entero. Olin vivía en Washington cuando yo era niño. Allí ejerció activamente su profesión y, de todos modos, después de los interrogatorios, Calvin y Renee se trasladaron a New Solway, e hicieron la vida imposible a Olin en su propia casa. ¿Sabe qué? Calvin y Renee le tenían tanto odio que convencieron a gente que él conocía de toda la vida de que se apartaran de él.
– Él intentó destruir la vida de su padre -dije-. No es sorprendente que sus padres no le desearan lo mejor.
– Bueno, ellos tenían sus propios trapos sucios que lavar. Al menos mi padre; y mi madre, por supuesto, siempre detrás de él para ayudarle a enterrarlo todo.
– Entonces, ¿cuándo le mostró Taverner los trapos sucios?
Me miró fijamente, como intentando adivinar qué historia me tragaría con más facilidad.
Hablé antes de que eligiera una versión.
– Esta tarde en casa de su madre, usted ha insinuado que la situación financiera de su padre era precaria. ¿Eso se lo dijo Taverner?
– No exactamente.
– Entonces, ¿qué le dijo exactamente?
– Encontré una carta en el escritorio de mi padre -espetó-. De la vieja señora Drummond; la madre de la señora Graham.
– ¿Ella conocía la situación financiera de su padre? -pregunté incrédula.
– Según parece, mi padre les robaba a los Drummond, o quizá a los Graham. Puedo recitarle la carta de memoria:
Querido Calvin,
No ignoro el saqueo que estás perpetrando en mi propiedad. La hipocresía te viene de familia; tu madre tenía la misma tendencia a presumir de rectitud mientras que por detrás su comportamiento era deplorable. Por supuesto que espero una restitución, y te aseguro que tomaré las medidas oportunas si sigues con esa actitud.
»La firmó con su nombre completo, Laura Taverner Drummond, y fue así como me enteré del parentesco que tenía con Olin. Nadie me había contado nada acerca de toda esta gente; yo seguía encontrándome con información inconexa, que me hacía sentir como un estúpido ciego».
El resentimiento de veinticinco años todavía le quemaba; tenía las mejillas encendidas y la voz le temblaba de ira.
– ¿Le llevó la carta a Taverner?
– Sólo tenía dieciséis años, fui a hablar con mi madre y le pedí que me contara qué significaba esa carta. Ella se rió; se rió como si fuera una broma, sin inmutarse. Dijo que mi padre había sido «poco escrupuloso» a la hora de coger dinero prestado de sus vecinos, pero que cuando ella se casó con él, puso punto final a todo eso. Pero ya sabe que las palabras en una comunidad pequeña acaban filtrándose, y que la gente no deja de murmurar. Si hay algo que le debo a mi madre es haberme criado en Chicago, en lugar de en esa pecera de muertos vivientes que es Coverdale Lane. Ya bastante teníamos con pasar allí los fines de semana.
– Entiendo. -En cualquier comunidad pequeña, como el barrio en el que transcurrió mi infancia, la gente cotilleaba sin piedad sobre el embarazo de la hija de Fulanita o sobre lo desgraciada que se sentía la señora Menganita, cuyo marido se había arruinado en las carreras. Por un momento sentí simpatía por Darraugh y por el hombre enfurecido que tenía frente a mí; ambos, a su manera, eran unos pobres niños ricos.
– Me pregunto por qué su padre conservó la carta. Cualquiera de la servidumbre de su casa podría haberla usado para extorsionarlo.
– Mi padre es, era, un coleccionista incurable, lo guarda todo. Su estudio de New Solway está plagado de papeles. No puedo imaginarme a los Lantner ávidos por revisar toda esa basura.
– ¿Y por qué usted sí lo hizo? ¿Una debilidad congénita la de husmear en los escritorios ajenos? -Me expresaba con deliberada grosería, con la esperanza de hacer que siguiera hablando.
A Bayard se le oscurecieron sus azules ojos.
– Toda esa maldita palabrería. Dimos una gran fiesta para celebrar el cuarenta aniversario de la editorial; vinieron sus viejos amigos de la izquierda gloriosa, incluso Armand Pelletier, que se quedó con nosotros tres días, hasta que se peleó con mi padre y se marchó hecho una furia. Fue una de esas fiestas que duran un día entero; la gente venía a montar a caballo y desayunaba y se quedaba hasta la cena; a mi madre le encantaba toda esa exhibición, más que de sus posesiones, de su capacidad organizativa. Todos los vecinos de Coverdale Lane se presentaron, salvo Olin, desde luego. La vieja señora Drummond se regocijaba bajo sus diamantes. Tenía noventa y ocho años y obligaba a todo el mundo a que dejara lo que estuviese haciendo para atender a sus caprichos. Hasta mi madre acataba las órdenes de la señora Drummond. También vino Geraldine Graham, si bien ella y mi madre no se llevaban bien. Y desde luego ella tampoco se llevaba de maravilla con la señora Drummond, su madre. Y oí hablar a aquellas mujeres con sus deliciosas voces sofocadas: «¿Crees que acaso sospecha? Después de todo, él se parece a su madre, así que., ¿por qué iba a hacerlo?». -Bayard alzó la cabeza como si me desafiara a burlarme de él-. Claro que me parezco a mi madre, así que si Calvin no es mi padre, no puedo adivinarlo mirándome en el espejo. Cuando era pequeño, creía que llegaría a ser tan alto como él, pero luego me quedé en el metro sesenta y cinco que medía a los dieciséis años. Me parecía al padre de mi madre, mi abuelo, como si fuera su hermano gemelo de joven, ¡no hay ni rastro de los Bayard en mí! De modo que mientras disfrutaban de la fiesta, fui al escritorio de mi padre; sabía que era el único lugar de la casa adonde la gente no iría a echar un polvo. Un sitio sagrado, no como mi habitación, donde encontré a Armand con la mujer de Peter Felitti. Esperaba que al menos me mencionara en sus diarios, que hubiera algún pensamiento que demostrara que mi padre se acordaba de mí alguna vez. -Bayard jadeaba como si hubiera estado corriendo-. Cuando nació Trina, hice un esfuerzo consciente por escribir sobre ello. Fue un gran acontecimiento en mi vida, como creo que lo es para cualquiera, el nacimiento de su primer hijo, ver a esa criaturita perfecta a la que tú le has dado vida. Pero Calvin no. Y nunca he sabido si fue porque no era mi padre, o porque estaba tan ocupado porque se creía muy importante que yo no contaba lo más mínimo. Todos lo adoraban, hasta usted lo adoraba. Bien, yo quería un padre, no a un dios en un pedestal.
Se me hizo un nudo en el estómago al oír esa acusación, pero mantuve una voz tranquila.
– ¿Su madre tuvo aventuras amorosas? No parece ir con su carácter, aunque no la conocí a los veinte años.
– Eso mismo pensaba yo -dijo violentamente-. Y, por supuesto, eso es lo que me contestó cuando se lo pregunté.
– ¿Y qué le dijo a Taverner cuando se conocieron? ¿Le preguntó quién era su verdadero padre, o sólo le habló de la carta de la señora Drummond?
Comenzó a pellizcar el borde de goma de mi carpeta.
– Decidí que quería conocer otros puntos de vista aparte de los de mis padres, e hice las prácticas en la oficina del senador Tower. Fue entonces cuando de verdad conocí a Olin. Le sorprendía mucho, claro está, ver a un Bayard en aquella oficina, pero él y Tower eran buenos amigos. Olin era una persona muy distinta a mi padre, no era tan sociable, no esperaba que la gente se rindiera a sus pies para adorarle. A mí me cayó bien, y nos hicimos amigos.
– Y además, al estar con él, conseguía sacar a sus padres de quicio.
– Nunca se han esforzado en ver las cosas de otra manera. -Arrancó un pedazo de goma de la carpeta, un precio bajo por toda la información que me estaba dando.
– Así que usted vino a hablarle de la carta de la señora Drummond. ¿Sabía de su existencia?
– Dijo que le sorprendía que a la vieja señora Drummond le importara, que su actitud con los negros era tan anticuada como ella misma; aunque siguió viviendo hasta 1984, llevando Larchmont como siempre se había hecho, salvo por la instalación de la electricidad, diciendo que la «gente de color» tenía que saber cuál era su sitio, y contratando a cuatro jardineros japoneses para mantener el estanque y los jardines en orden. La señora Drummond era la tía de Olin, pero aun cuando él se reía de ella, no dejaba de sentirse intimidado.
– ¿Qué tiene que ver la postura de ella frente a los negros con su padre? -Trataba de no desviar la conversación del tema central, pero no habría sabido decir cuál era.
– Al parecer, mi padre había estado robando a Augustus Llewellyn. Olin nunca lo mencionó, dijo que no estaba allí para remover viejas heridas, pero como había visto la carta de su tía, tenía que saber que mi padre había…
– Pero no tiene sentido -interrumpí-. Su padre le prestó a Llewellyn el dinero para empezar T-Square.
Me miró fijamente.
– ¿Renee le ha dicho eso?
– Sí. Y me lo confirmaron en la empresa de Llewellyn.
– Calvin intervino de alguna manera en las finanzas de Llewellyn -insistió Bayard-. Me lo dijo Olin, y él no mentía.
– ¿Y qué más le dijo? -pregunté-. ¿Por qué sospechaba que su padre tenía deudas pero nunca lo soltó?
– Porque hizo una promesa, y mantuvo su palabra.
– No sea niño, Bayard. ¿Nunca ha leído las transcripciones de los interrogatorios dirigidos por Taverner? Si había algo en lo que destacaba era en revelar secretos ajenos. Se mantuvo en silencio porque…
– Sé que usted comparte la perspectiva de mi padre -me interrumpió con vehemencia-. Le resulta imposible creer que Taverner tuviera sentido del honor, porque los comunistas a los que tanto admira no creen en ese concepto.
– Ha dicho cosas bastante graves en los últimos cinco minutos, Bayard. -Me estaba poniendo de mal humor-. Pero atengámonos a lo que importa en este momento. ¿No es más plausible pensar que Taverner guardó el secreto para que sus propios secretos no salieran a la luz?
– Si se refiere a su homosexualidad, a mí nunca me lo ocultó, y no afectó en nada al respeto que sentía por él -dijo seriamente.
– Ahora no importa tanto como en los cincuenta -dije-. Pero ¿qué otro secreto importante tuvo que ocultar Taverner de sí mismo para guardar uno de su padre durante cuatro décadas?
– Usted se equivoca por completo respecto a Taverner porque cree en todo lo que publican los medios liberales.
– Esa frase sobre los medios liberales es la misma clase de basura que «las mentiras de la prensa capitalista» en la que insistían tanto los antiguos simpatizantes del comunismo -repliqué, indignada-. Las dos son unos lemas estupendos para que no pienses en lo que no quieres saber. Pero pongámoslo en sus propios términos: Taverner juró por su vida, su fortuna y su sagrado honor no decirle a la gente que su padre había estado robando a Augustus Llewellyn. Ahora dígame una cosa: ¿cómo sabía usted que Taverner tenía ese archivo secreto en su escritorio?
Hizo una mueca.
– Era un escritorio que había pertenecido a un miembro de uno de los primeros tribunales supremos de justicia, William Johnson, y era la posesión más preciada de Olin. Lo tenía en su casa en Washington, no en su oficina, y se lo trajo consigo a Chicago cuando se mudó. En dos ocasiones en que fui a verlo, charlando sobre mis padres, dio unos golpecitos en el mueble y exclamó: «Todo está aquí dentro, muchacho, y cuando yo no esté podrás conocer la triste historia por completo».
– Entonces cuando se enteró de que había muerto, quiso saber la triste historia antes que los abogados -sugerí-, por si acaso Julius Arnoff pensaba que los papeles debía quedárselos su madre o ser eliminados, en lugar de añadirlos a lo que dejó a los herederos.
– Sería muy propio de Julius -dijo, con amargura-. Maldito abogado entrometido, siempre correteando como un perro faldero detrás de los Bayard, meneando la cola cada vez que el amo le tira una galleta.
– Y cuando llegó allí, y se tomó todo el trabajo de abrir la puerta del patio, ¿qué pensó al ver que los papeles no estaban?
– Pensé que el mexicano que lo cuidaba los habría robado para ver cuánto podía obtener por ellos.
Pensé en Domingo Rivas, callado y digno, cuidando al «señor», y sentí otro arrebato de ira.
– Entonces, ¿ha hablado con el señor Rivas?
– Le dije que le pagaría mil dólares por cualquier cosa que hubiera cogido del escritorio de Olin, pero aseguró no saber nada de esos papeles.
– Tiene su propio código de honor, y dudo que eso incluya robar a sus pacientes. Piense que si él hubiese querido coger los papeles de Taverner, sabía dónde buscar la llave; y no habría tenido que destrozar cerraduras, como hizo usted.
Bayard se sonrojó.
– ¿Qué otra persona podría tenerlos si no, salvo el periodista negro? Pero estoy seguro de que él no los tuvo.
– Oh, ¿podría ser un periodista negro o un enfermero mexicano, pero no un blanco rico? -Para entonces ya estaba totalmente enervada-. Ésa es la cuestión, ¿verdad? Si usted no los tiene, y Marcus Whitby no los tenía, ¿dónde están los documentos secretos de Olin Taverner?