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TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS

Una lluvia helada comenzó a caer en el norte de Madison, Wisconsin. La carretera interestatal comenzó a helarse en sus tramos más elevados; tenía que ir a poca velocidad para no perder el control. Salvo por algún que otro camión gigantesco que pasaba a ciento treinta sobre la nieve medio derretida, teníamos el camino casi para nosotras solas.

Geraldine Graham roncaba ligeramente en el asiento del acompañante. Había insistido en venir: todavía conservaba las llaves de la casita; las encontró enseguida en un cajón de su dormitorio y las guardó en el bolso negro de Hermès que ahora estaba colocado a sus pies. Intenté convencerla de que se quedara en casa, pero dijo que conocía el trayecto, mientras que yo no, y, lo que era más importante aún, al menos para ella: necesitaba asegurarse de que Benji y Catherine estuvieran bien. «Si le hubiera contado todo esto la semana pasada, ahora no estarían en peligro».

Cuando llegué a Anodyne Park, abrió la puerta Lisa, muy diligente y eficaz ella: no puede pasar, la señora está descansando. La empujé a un lado y avancé por el pasillo, abriendo puertas. Encontré a Geraldine dormitando en su cama con una lámpara de lectura encendida y un libro abierto entre las manos.

Lisa se coló bajo mi brazo.

– Señora, es esta detective que entró sin permiso. ¿Llamo al señor Darraugh o al señor Julius?

Geraldine se despertó con sobresalto.

– ¡Lisa! Tranquilízate, anda. ¿La detective? ¿Ha venido la detective del señor Darraugh? Ah, está usted ahí, jovencita. Espere mientras me arreglo un poco.

Me arrodillé junto a ella.

– Ha surgido una emergencia. Necesito su ayuda; no es necesario que se vista.

– Permítame las debilidades de mi educación. Pienso mejor vestida que desnuda. Estaré con usted en un segundo.

Caminé impaciente de un lado a otro del pasillo pero en realidad fue extraordinariamente rápida, a pesar de su edad y de la interferencia de Lisa, y en pocos minutos estaba hablando conmigo en el salón. Le dije que iba a hablar con ella de cosas estrictamente confidenciales y que Lisa no podía participar de ellas. Tras mirarme a la cara, Geraldine despidió lacónicamente a su sirvienta. Lisa me lanzó una de esas miradas que te hacen agradecer que no vayan secundadas por un revólver, pero se retiró.

Cuando oí cerrarse la puerta -y me aseguré de que Lisa se alejaba- le hablé a Geraldine de Catherine y Benji.

– Sé que usted y Calvin fueron amantes hace años. Fue a usted a quien se refirió cuando llamó a Deenie la semana pasada, ¿verdad?

Sus dedos se aferraron a los brazos del sillón, pero asintió.

– ¿Cómo lo ha sabido? ¿Fue por la llave de Larchmont que él ha conservado?

– Eso, y algunas otras cosas. Armand Pelletier dejó entre sus documentos un manuscrito inconcluso donde lo dejaba bastante claro.

– Ah, Armand. Me preguntaba si volvería para perseguirme. Era muy apasionado respecto a los derechos de los trabajadores, y durante un tiempo yo reflejé esa exaltación… porque yo era vehemente también y necesitaba dar salida a mi pasión. Se volvió un amargado cuando lo dejé por Calvin; me acusó de ser una maniática, incluso casi de ninfómana. Le dije que a mí me bastaban unas sábanas limpias. Pero tenía más que ver con… Calvin era un amante generoso, y Armand… obtenía más de lo que daba. En última instancia, sus pasiones eran para él solo. Con Calvin, también, no era más que una manera de conseguir lo que deseaba, pero yo no supe verlo hasta mucho más tarde.

– ¿Nunca se planteó la posibilidad de dejar a su marido? -Involuntariamente me desvié de la cuestión principal.

– Pensé que… Yo tenía la idea de que si me divorciaba de MacKenzie, Calvin y yo nos casaríamos. Pero por mucho que mi madre odiara a MacKenzie, no podría tolerar el escándalo de un divorcio, y antes de que yo me armase de valor para enfrentarme a ella, Calvin se casó con Renee. -Hizo girar el gran diamante que llevaba en la mano derecha-. Yo había ido a Washington cuando le hicieron presentarse ante el comité. Estuve presente en la vista. Fui una de los espectadores. Había acudido con la idea de darle una sorpresa. Lo amaba; pensaba que él me amaba a mí y que, si me declaraba, eso le levantaría el ánimo en aquellos días tan duros.

– ¿Y él la rechazó?

Volvió la cabeza para que no pudiera verle la cara.

– No llegué a decírselo. Abandonó la sala rodeado de abogados y periodistas. Lo busqué en su club al final del día y me dijeron que estaba cenando. Cuando fui al restaurante, lo vi sentado con Renee, tal como solía sentarse conmigo: tan cerca el uno del otro que hasta la ropa parecía derretirse. Me alejé caminando sin rumbo y anduve por ahí toda la noche, sin pensar en otra cosa más que en evitar que jamás se supiera lo humillada que me había sentido. Vagué durante horas, hasta que terminé cansada en una zona para mí desconocida. Me metí en un bar pensando en tomar un brandy y conseguir desde allí un taxi. -Se detuvo, sus dedos todavía haciendo girar el anillo-. Y vi a mi marido. Con Olin Taverner. Tan cerca como Renee lo estaba de Calvin. Era esa clase de bares. MacKenzie levantó la vista y me reconoció.

– ¿Su marido era gay? ¿No impotente? ¿Fue entonces cuando lo descubrió?

– ¿Gay? Es una palabra extraña para un hombre cuya homosexualidad pesó sobre su vida tanto como un menhir [3]. No, yo lo sabía desde hacía años. Mi única sorpresa fue encontrarlo con Olin. Cuando nos casamos, MacKenzie solía ir a menudo a Nueva York; era un secreto entre él y sus padres el hecho de que fuera allí a los bares de homosexuales. Se suponía que el matrimonio lo curaría igual que debía curarme a mí de… amantes y embarazos no deseados. Supongo que yo tenía amantes con la esperanza de escandalizar a mi madre y alejarla de mí, pero ella era más tenaz que yo; me llevó a Europa, a una de esas clínicas suizas. Después de que ella y Blair Graham me obligaron a casarme con MacKenzie, él y yo lo intentamos durante unos años; es el padre de mi hija Laura. Pero MacKenzie era desgraciado entre mis brazos, entre los brazos de cualquier mujer, de modo que llegamos a un acuerdo tácito: ante el mundo nos presentaríamos como una anodina pareja unida y buscaríamos nuestros placeres cada uno por su lado. Ambos éramos discretos, y llegamos a ser buenos amigos durante un tiempo. -Tras otra pausa, cuando pensé que iba a rebanarse el dedo hasta el hueso con su diamante, Geraldine añadió -: Y entonces conocí a Armand en una fiesta que le ofreció Calvin, una fiesta triunfal, porque su libro Historia de dos países llevaba veinte semanas en las listas de los más vendidos. Comencé a organizar encuentros con él… pero usted ya conoce esa parte.

– Sí -dije con delicadeza-. Conozco esa parte. ¿Calvin es el padre de Darraugh?

– Nunca he estado segura. -Me dedicó una mirada amarga-. Pudo haber sido Armand, pero creo que es Calvin. No importa. Darraugh y MacKenzie se querían, eso desde luego, creo que más que muchos padres e hijos, aun cuando MacKenzie supiera que era posible que el chico no fuera suyo, y que mi madre sospechara lo mismo. Y cuando MacKenzie murió… Cuando yo lo maté…

– ¡No! -exclamé involuntariamente.

– Bueno, yo no le puse la soga al cuello. Pero le conté a Calvin lo que había visto en el bar de Washington. Mi último regalo como amante. Pensé… que eso le daría poder sobre Olin. Y así fue.

Yo tenía los ojos puestos en el reloj. Intenté apremiarla, para que llegara al punto en que me revelara el lugar al que Calvin podría haber llevado a su nieta. Geraldine no era una mujer que se dejara avasallar. Estaba contándome un relato que había ensayado tantas veces en su mente que había producido un surco en ella. Ahora, ante la primera oportunidad de pronunciarlo en voz alta tras todos esos años de silencio, sólo podía contarme la historia tal como la había memorizado.

– Fue todo a causa del Comité para el Pensamiento y la Justicia Social. Olin se enteró de que Calvin lo apoyaba, y fue a por él como un perro tras una liebre. Se despreciaban desde hacía mucho tiempo, ¿comprende?

– ¿Usted dio dinero al fondo de modo que no apareciera el nombre de Calvin? -Me adelanté en la historia, intentando dominar mi impaciencia.

Ella sonrió con tristeza.

– Sí. Era la época en que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que me pidiera Calvin. Me dijo que si él aportaba dinero directamente al fondo, Ediciones Bayard no podría operar libremente durante los sombríos años de la lista negra. A partir de entonces me di cuenta de que Calvin era generoso y atractivo, pero también consentido y cobarde. No sabía enfrentarse a los problemas; pero eso lo supe más tarde. Lo que en ese momento me importaba era que mi madre había descubierto cheques míos extendidos a su nombre para el fondo de defensa legal. -Una vez más se dio la vuelta para mirar el retrato-. Cuando le dije a Calvin que ella vendería sus acciones de la editorial a Olin si yo donaba más dinero al fondo, él recurrió a Augustus Llewellyn. Por aquel entonces Llewellyn era un simpatizante del Partido Comunista, eso lo sabía por el tiempo que pasé con Armand. Cuando yo dejé aquello, Calvin consiguió que Llewellyn donara una buena cantidad de dinero al fondo. Pero en realidad se trataba de dinero con el que el mismo Calvin contribuía a establecer los préstamos que ayudaron a Llewellyn a comenzar con su negocio. Calvin estaba encantado de su propia astucia. Una noche estábamos en mi gran cama de Larchmont cuando él se echó a reír y me lo contó. -Cerró los ojos y durante un buen rato contuvo la respiración-. Nunca supe exactamente lo que ocurrió entre Olin y Calvin después de la primera comparecencia ante el comité. Ninguno habló del tema. En New Solway vivimos de secretos, son nuestro pan de cada día. Supongo que Olin acudió a Llewellyn porque su nombre estaba en los cheques, los cheques emitidos a favor del fondo para la defensa legal. Y supongo que Llewellyn le dijo a Olin que le revelaría el nombre del cabecilla si él no tenía que ir a la cárcel y su nombre nunca se hacía público. Pero Augustus Llewellyn debió de informar a Olin acerca de la implicación de Calvin. ¿Quién más podía saberlo? Cuando Olin le acusó a él, Calvin, por su parte, reveló los nombres de Kylie y de Armand; eran importantes en el Comité para el Pensamiento y la Justicia Social en la época en que nos encontrábamos en el bar Flora's. Calvin los habría entregado, y quizá me habría entregado a mí, con tal de evitarse el escándalo público. Una parte de mí lo sabía. La parte que no estaba todavía dolorosamente enamorada de él.

– ¿Renee sabía esto de Calvin cuando se casó con él? -me aventuré a preguntar.

– Creo que Renee le sugirió a Calvin que sacrificara a Kylie y a Armand a cambio de su seguridad -dijo con sorprendente calma-. Ella nunca lo habría considerado una traición de principios ¿sabe?, sino una necesidad organizativa. Es lo que pienso ahora; en aquel entonces, lo único que veía era que ella tenía veinte años y yo cuarenta y cinco, e hice un último esfuerzo para atar a Calvin a mí. Le conté… lo de Olin y MacKenzie. Dejé una nota en su club de camino a la estación de tren. Me fui a Nueva York para estar sola durante algún tiempo, lejos de los ojos de mi madre. Y también para no tener que verme las caras con MacKenzie. Era un buen hombre, y yo sabía que había hecho una cosa terrible al traicionarlo ante Calvin. -Su boca no descansaba-. Aquella misma tarde el comité abandonó su investigación sobre Calvin, mientras yo dormía en mi suite del Plaza. Supuse que Calvin y Olin habían llegado a un pacto de caballeros. -Le dio a la frase una marcada entonación-. Olin desistiría, Armand iría a prisión, Kylie perdería su trabajo y Calvin se guardaría para sí la relación entre Olin y MacKenzie; en los años cincuenta eso habría arruinado a Olin, como se imaginará. Llegué a esas conclusiones porque MacKenzie regresó a Larchmont y se ahorcó. Nadie sabía que a Darraugh le habían enviado inesperadamente a casa desde Exeter. -Me lanzó una mirada lúgubre-. Naturalmente, Renee lo sabía todo. Sobre Calvin y yo, sobre Olin y MacKenzie. Y alardeaba de ello ante mí de todas las sutiles maneras que permite una comunidad pequeña. Nunca me he sentido más agradecida por nada que cuando ella y Calvin se compraron un apartamento en la ciudad.

Fui a la cocina y le traje un vaso de agua.

– Señora, yo no pretendía que usted me contara tantas cosas, ni que le afectara tanto. Pero verá, creo que Olin le contó su historia a Marcus Whitby. Y creo que Marc acudió a Renee para conocer su versión. Marc trabajaba en un importante proyecto sobre Kylie Ballantine, y era un periodista meticuloso; no publicaría una historia semejante sin oír a los Bayard. Renee lo mató de una manera muy eficaz. Le dio bourbon con fenobarbital, y cuando entró en coma, lo trajo hasta Anodyne Park, donde cogió un cochecito de golf y lo condujo hasta su viejo estanque. Ahora temo que mate al chico egipcio si lo encuentra antes que yo.

Geraldine bebió el agua.

– ¿Y cree que yo puedo detenerla? Ni siquiera pude hacerlo cuando era más joven y todavía tenía vitalidad.

– Me pregunto si Catherine no habrá huido a algún lugar que fuera importante para ella y su abuelo. Necesito saber desesperadamente, aunque ahora tal vez sea demasiado tarde, si había algún lugar especial que usted y Calvin apreciasen mucho.

Su boca se torció en una sonrisa burlona.

– Había muchos lugares especiales, todos privados, necesariamente. Pero… yo supongo… su familia tenía un refugio de caza cerca de Eagle River, en el extremo norte de Wisconsin. Cuando los North Woods se convirtieron en parque nacional en la década de los treinta, la familia tuvo que ceder sus tierras, pero el padre de Calvin llegó a un acuerdo para mantener el refugio para uso privado durante veinticinco años. El acuerdo debió de expirar aproximadamente cuando Calvin se casó con Renee. Ese refugio es el lugar donde hicimos la fiesta de beneficencia para el comité que causó tanto revuelto en el Congreso. Y es allí donde Calvin y yo íbamos a veces en otoño. Además del pabellón grande, con capacidad para treinta personas, había una casita en el bosque de detrás. Éramos felices allí; un lugar donde gozábamos de intimidad sin tener que preocuparnos de quién estaría en la puerta del dormitorio. Seguro que Calvin debe de haber llevado allí a la chica de pequeña.

Era una posibilidad remota, pero la única que me quedaba. Me puse de pie y me preparé para el largo viaje al norte.


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