Había ya mucho tráfico a pesar de que llegué a Eisenhower a las dos y media. Para cuando quise encontrar dónde aparcar, localizar el edificio en medio de aquel enorme complejo de negocios y oficinas y entrar en el baño de señoras para sacudirme las migas de galletas de la blusa, ya llegaba quince minutos tarde a la entrevista. Larry Yosano me llevó directamente al despacho del director de la firma.
Julius Arnoff era un hombre pequeño y delgado, cercano a los ochenta años, con los ojos muy hundidos bajo unos párpados pesados. No me estrechó la mano, sólo hizo un gesto para invitarnos a Yosano y a mí a que nos sentásemos en las sillas que había al otro lado de su mesa.
– Me dice el joven Yosano, aquí presente, que usted es una detective de Chicago. Una detective privada, no de la policía de Chicago.
– Así es.
Esbozó una fría sonrisa.
– Usted no es el primer detective de Chicago que siente curiosidad por los asuntos de nuestros clientes.
– Supongo que no -dije-. Por lo que la señora Geraldine Graham me ha contado últimamente, sus clientes podrían mantener ocupada a una oficina entera de detectives.
Larry Yosano tomó aire y pasó de mirarme a mí a mirar a Arnoff con aire de consternación, pero el anciano abogado dijo:
– Si la señora Graham ha estado confiándose a usted, entonces el señor Yosano poco más podrá añadir a lo que ya sabe.
– Ella me ha contado cosas sueltas, no una historia coherente y completa. Me ha hablado de sus disputas con su madre, y que su madre… la obligó a casarse con MacKenzie Graham. Me contó que Olin Taverner era homosexual. Sé que Calvin Bayard tiene Alzheimer y que Renee Bayard se toma un gran trabajo para que nadie lo sepa. Pero me falta gran parte de los detalles que conectan todo eso.
– ¿Y usted espera que le contemos lo que no les dijimos a los detectives y a los reporteros que vinieron aquí a meter las narices hace cincuenta años? -Su tono era desdeñoso.
– No me interesan los elegantes personajes de Peyton Place de hace medio siglo, sino un par de asesinatos contemporáneos. Estoy investigando la muerte de Marcus Whitby, el hombre que murió…
– Lo sé todo sobre el hombre que murió en Larchmont. Aunque los Graham vendieron Larchmont Hall, seguimos relacionados con la propiedad. Sé que Rick Salvi cree que ese hombre se suicidó y que usted nos quiere forzar a todos a abrir una investigación.
– Cuando se comete un asesinato, suele ser una buena idea investigarlo -dije suavemente.
– No siempre, jovencita, no siempre -interrumpió.
– Yo también he estado preguntándomelo. -Adopté una expresión pensativa-. Ayer descubrí pruebas en el apartamento de Olin Taverner que me hacen sospechar que él también ha sido asesinado. Y aun así, tengo que preguntarme si es necesario investigarlo. ¿Acaso importa que alguien enviara a un viejo al otro mundo un poco antes de tiempo? ¿Acaso no estoy derrochando energía en la muerte de un hombre que arruinó la vida de tantas personas?
– Olin Taverner empezó su formación en leyes en la oficina de Theodore Lebold -dijo Arnoff-. Pasó a asuntos más importantes antes de que yo entrara en la compañía, pero aquí siempre lo tuvimos en alta estima.
– Entonces considera que su asesinato merece una investigación. Pero no el de Marc Whitby.
– No tergiverse mis palabras, jovencita. -Arnoff volvió su mirada de párpados hinchados hacia Yosano-. ¿Qué sabemos de la muerte del señor Taverner, Larry?
Yosano se irguió en su asiento.
– Sólo que la señorita Warshawski encontró algo inusual en su casa, señor. Quedó en explicarme la situación en la reunión de hoy.
– ¿Y la situación es…? -Arnoff se volvió hacia mí.
Me apoyé contra el respaldo, con las piernas cruzadas, intentando dejar claro que no era una subordinada.
– Alguien estuvo en el apartamento de Taverner la noche en que murió. Esa persona, él o quizá ella, se tomó el trabajo de encubrir su presencia, aunque dejó huellas reveladoras. Sé de primera mano que ayer entró alguien por la fuerza en el lugar; yo lo interrumpí. Por desgracia, me derribó y escapó. Sé que Marcus Whitby visitó a Taverner el jueves pasado… ayer hizo una semana. Y sé que Taverner le dejó ver algunos documentos que guardaba bajo llave en un cajón. Esos documentos han sido robados del apartamento. Esperaba que usted supiera lo que contenían.
Arnoff movió despacio la cabeza a un lado y a otro.
– Nuestros clientes no siempre nos lo confían todo. Naturalmente, somos los albaceas de la propiedad de Taverner.
– ¿Quiénes son los herederos dado que no dejó familia? -pregunté.
– Diversas fundaciones cuyo trabajo él valoraba.
– ¿Incluyendo la Fundación Spadona? Me pregunto cómo se sentirá Renee Bayard al ver que su hijo utiliza dinero del viejo enemigo de su padre para establecer una política a la que tanto ella como Calvin se oponen.
Arnoff sonrió forzadamente.
– Si Calvin Bayard hubiera sido más cuidadoso con sus propios documentos, Edwards Bayard hoy no se opondría tanto a él.
– ¿Eso quiere decir…?
– Que todas estas grandes familias siempre tienen algo que no quieren que los demás sepan. Lamento no poder ayudarla con los papeles de Olin. Es más: creo que no los he visto nunca.
Le pregunté a Arnoff qué sabía sobre la relación entre Kylie Ballantine y Taverner.
Volvió a regalarme su fina y desdeñosa sonrisa.
– ¿La bailarina africana? No creo que fuera Olin quien tuviera una relación con ella.
– Entonces, ¿con Calvin Bayard? -pregunté.
Calvin apoyaba a numerosos artistas. Supongo que Ballantine fue su protegida durante algún tiempo. Antes de casarse con Renee, desde luego.
La breve pausa que hizo después de pronunciar la palabra «protegida» me dio a entender que habían sido amantes. Todo en esta oficina -y en New Solway -se hacía mediante insinuaciones. Me preguntaba cuánto tiempo tardaría Yosano en adquirir el mismo hábito.
– Esta mañana Renee Bayard me decía que Taverner estaba obsesionado con el Comité para el Pensamiento y la Justicia Social. Se rumorea que Calvin Bayard les dio dinero. -Un rumor que yo misma había lanzado, pero él bien podía haber sido el mecenas mencionado en el archivo Ballantine.
– Oh, Calvin fue generoso con muchos grupos de izquierda en los años treinta y cuarenta. Nunca hubo dudas acerca de su postura política. Pero sólo porque publicara a conocidos comunistas como Armand Pelletier, no creo que nadie haya pensado seriamente que Calvin era comunista. Ni siquiera Olin cuando lo persiguió en los cincuenta. Creo que ellos eran sencillamente dos hombres que no se caían bien. Calvin era el éxito exuberante, Olin tuvo que fraguarse el camino poco a poco. Y además Olin tuvo dificultades por su homosexualidad, que usted acaba de mencionar. Y ya que estamos, sé que Darraugh Graham la contrató para que descubriera qué era lo que veía su madre en el ático de Larchmont. ¿Averiguó de qué se trataba?
Sacudí lentamente la cabeza. En cierto modo, había olvidado la pesquisa inicial que me había llevado a New Solway.
– Catherine Bayard me dijo que era su abuelo, que él tenía una llave de la antigua casa de los Graham.
Arnoff emitió un sonido similar al de un coche arrancando en pleno invierno; tras un momento de perplejidad comprendí que se estaba riendo.
– De modo que la joven Catherine tiene la sangre de los Bayard. Uno nunca sabe cómo se comportará la próxima generación, con tanto dinero como tienen.
– Pero cuando le pregunté por el tema a Darraugh, él se enfureció.
– Me temo que no tengo la confianza de Graham, jovencita; él se llevó sus asuntos legales a otra parte -dijo Arnoff-. Estaba muy apegado a su padre, y la actitud de la señora Drummond cuando MacKenzie Graham murió hizo que Darraugh huyera aquel verano. Tendría catorce o quince años. Al final regresó a Exeter para completar su educación, pero no creo que haya vuelto a pisar Larchmont.
– ¿Hubo algo particularmente complicado en lo que respecta a la muerte de MacKenzie Graham? -pregunté.
– Todas las muertes son complicadas. Según tengo entendido, MacKenzie se ahorcó.
– Pero ¿por qué? -exclamó Larry Yosano delatando su sorpresa.
– Estaba en esa edad -dijo Arnoff-. Según mi experiencia, las almas atribuladas o bien han aprendido a vivir con sus problemas para cuando cumplen los cuarenta y cinco años, o bien piensan que ya no merece la pena el esfuerzo. Realmente fue una desgracia que Darraugh encontrara el cuerpo de su padre. Creo que éste no sabía que en Exeter habían enviado a su hijo de vuelta a casa. MacKenzie estaba muy unido a su hijo. Dudo mucho que se hubiese suicidado, al menos en ese momento, de saber que Darraugh estaba allí.
Intenté digerir semejante noticia.
– Pero según el relato de la señora Graham, era un hogar infeliz. En primer lugar, ¿por qué ella se casó con el señor Graham? ¿Y por qué nunca se mudaron a una casa propia?
– Si usted hubiera conocido a la señora de Matthew Drummond, sabría la respuesta a ambas preguntas. De jóvenes, tanto el señor como la señora de MacKenzie Graham causaron grandes disgustos a sus padres, como me explicó el señor Lebold. La señora Drummond y el señor Blair Graham, es decir, el padre del señor MacKenzie, pensaron que el matrimonio los asentaría un poco. Cuando yo entré en la firma, la señora Drummond tenía sesenta y cinco años, pero seguía siendo una mujer de armas tomar. De entrada, se negó a trabajar con… -El señor Arnoff se interrumpió.
– ¿No quería trabajar con un abogado judío? -sugerí.
– Ella tenía prejuicios anticuados -dijo sin más-. Cuando Theodore Lebold me ofreció ser su socio, algunos clientes cambiaron de abogado, tal como hicieron otros cuando trajimos a Yosano, pero casi todos en New Solway vieron entonces, como ven ahora, que Lebold & Arnoff tiene siempre muy presentes los intereses de sus clientes.