Permanecí sentada un buen rato bajo la foto de Kylie. Alguien más podía tener acceso al fenobarbital; era una droga corriente, no tenía por qué proceder de casa de los Bayard. No tenía por qué haber sido Renee quien la usara para adulterar el whisky de Marc; podía haber sido la misma Theresa Jakes, o Ruth Lantner. Ruth Lantner podría haber tenido la fuerza suficiente para empujar a Marc al estanque si él ya se encontraba cerca de la muerte. Pero no tenía ninguna razón para hacerlo.
¿Y Edwards Bayard, resuelto a proteger la memoria de Olin Taverner? Después de todo, Edwards era quien había irrumpido en el apartamento de Olin la semana anterior, quien le guardaba rencor a sus padres, quien estaba desesperado por tener alguna clase de ascendiente sobre aquellas dos personalidades tan fuertes.
El frío del pasillo me había calado hasta los huesos y hacía que me doliera el hombro lesionado. Quería que fueran Llewellyn o Edwards en vez de Renee; ella me gustaba, su hijo, no. Pero la verdad -ah, la verdadera que, si Calvin Bayard había hecho cosas, cosas que yo no quería pronunciar ni siquiera en el silencioso espacio de mi mente-, yo no podría soportarlo. Mucho de lo que él había hecho era bueno. ¿Es que eso no contaba?
Si Renee hubiera asesinado a Marcus Whitby, habría sido para ocultar al mundo que su marido había traicionado a Kylie Ballantine. ¿No podía yo también dejarlo pasar, para mantener intacta la reputación de Calvin? En estos tiempos, cualquier indicio de culpa por parte de algún señalado progresista no haría más que darle a la derecha radical motivos de triunfalismo. Se me hacía insoportable contribuir a su exaltado pisoteo de los derechos humanos. No podía seguir adelante con la investigación.
Volví a mirar la silueta de Kylie Ballantine. Su carrera se había echado a perder porque alguien la había delatado a Olin Taverner. Marc había perdido la vida por el simple pecado de revivir su recuerdo. Por muchas cosas buenas que hubiera hecho Calvin, a través de su fundación, o los libros que publicó, nada compensaría el delito de haber matado a Marcus Whitby. Si es que Renee lo había matado. Pero veamos las probabilidades: era ella quien disfrutaba organizando grandes empresas; podía imaginar a Edwards ordenándole a algún subordinado: «Ocúpate de ese problema por mí»; no podía imaginarlo haciéndolo él mismo.
No debía descartar a Augustus Llewellyn. Podía haberle dado a Marc whisky adulterado más fácilmente que un extraño. Y él también tenía secretos que estaba decidido a ocultar.
Intenté figurarme un enfrentamiento que hiciera enseñar sus cartas a Renee o Llewellyn. No se me ocurría nada. Que se le ocurriera a la policía. Bobby Mallory venía diciéndome desde hacía años que el asesinato es cosa de la policía. Le ofrecería todas mis enmarañadas ideas, la enfermera con ataques, cada pequeño detalle que había obtenido de Geraldine Graham o de los archivos. El podía poner en funcionamiento la maquinaria policial, y si eso los llevaba a Renee, pues que así fuera.
Me puse de pie, con las articulaciones rígidas de estar tanto tiempo sentada y con frío. El peso de la cartera me recordó mi breve alegría: la botella de whisky de Marc; también se la entregaría a Bobby. A cambio, le pediría que protegiera a Benji, diciéndole que Benji era el testigo esencial de quienquiera que hubiese arrojado a Marc al estanque de Larchmont. Bobby se llevaba mal con el fiscal del distrito, así que inventaría algo.
Aparté de la cabeza una voz insistente que me decía que Bobby no haría caso de mis ideas, por insustanciales o poco sólidas. O que estaría tan enfadado conmigo por esconder a Benji que no me escucharía. No tenía pruebas, decía la voz, sólo conexiones que derivaban de leer archivos y escuchar a gente; no tenía pruebas concluyentes. Luché contra la idea de que Bobby se negaría de plano a investigar al grupo de New Solway.
De todos modos, no acudiría a Bobby sin hablarlo primero con Benji y el padre Lou. Le explicaría al chico que las cosas habían cambiado desde el día anterior por la mañana: ahora sabía que el asesino podía ser, una de dos, o quizá tres, personas, y todo lo que necesitaba de él era un camino más corto para conocer la identidad de esa persona. Bobby y Benji harían lo que yo quería. Tenían que hacerlo.
Bajé lentamente las escaleras exteriores hasta la acera y subí al Saturn de Marc. Para mi sorpresa, no eran más que las cuatro de la tarde: me sentía como si hubieran transcurrido treinta o cuarenta horas.
Las niñas seguían saltando a la comba en la calle. Entre ellas estaba la que me había señalado el coche de Marc la semana anterior. Le dio con el codo a la que esperaba el turno junto a la cuerda. Todas dejaron de saltar para mirarme. Les hice un saludo con la mano mientras me sentaba en el asiento del conductor.
– ¿Usted está con la policía, señorita? ¿La policía quiere el coche o lo está robando? -me preguntó mi informante, con los brazos en jarras.
– Lo estoy robando -le dije, bajando la ventanilla para que pudieran oírme.
Eso las hizo reír y se acercaron.
– ¿Y para qué quiere la policía el coche del señor Whitby, señorita?
– Para encontrar pistas. Lo mataron, eso ya lo sabéis. Esperamos que en el coche haya pistas acerca de quién lo mató. Ninguna de vosotras vio a la persona que trajo aquí este coche el domingo pasado por la noche, ¿verdad?
Eso era demasiado fuerte. Se apartaron, todas juntas, silenciosas. Un asesino para que anduviera merodeando por la manzana… No, no les hacía falta que un miedo semejante les rondara la cabeza.
Dije alegremente:
– No os preocupéis si esta noche veis luces en la casa. Vamos a traer a alguien para que la cuide, que vivirá aquí hasta que la familia decida venderla, ¿de acuerdo? Y no os preocupéis por el asesino; no volverá por este barrio.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó una de ellas-. No han detenido a nadie, no hay ningún sospechoso.
– Hay tres sospechosos. Viven muy lejos. Estáis a salvo en vuestro barrio.
Al avanzar en el coche por la calle, pude verlas por el espejo retrovisor, con las cuerdas colgando entre las manos. Mientras esperaba en un semáforo para girar hacia la calle 35, finalmente volvieron a su juego, pero la energía había desaparecido. Buen trabajo, V.I., disipando el entusiasmo de unas niñitas.
Eché un vistazo al tráfico paralizado en la autopista Dan Ryan y me mantuve por las calles laterales, conduciendo lentamente pero tranquila hasta San Remigio. El Saturn verde de Marc era el vehículo indicado para circular por aquellas calles, nada chillón, no de los que llaman la atención de la gente y no se les olvida. Aparqué a dos manzanas al oeste de la iglesia y rodeé todo el perímetro a pie antes de entrar por el acceso sur de la escuela.
Crucé a buen paso las verjas hasta el patio de recreo, sin mirar alrededor, aunque notaba un hormigueo en la nuca mientras me preguntaba si no estaría en el punto de mira de algún agente de la ley. Dentro había un guardia todavía de turno. Aunque eran las cuatro y media, las actividades extraescolares estaban en pleno funcionamiento. Nadie podría entrar a la escuela sin una identificación o una razón justificada.
El guardia hizo una llamada: el padre Lou estaba en el gimnasio; podía hablar con él allí. El cura estaba delante de uno de los sacos de entrenamiento, vestido con chándal, enseñando a un grupo de chicos de diez años a mover los brazos. Las curiosas miradas de los niños le hicieron volver la vista hacia mí. Tras gritarles unas breves instrucciones, se me acercó.
– Tengo un coche limpio -dije-. Y creo tener una casa segura para que Benji pueda quedarse un par de días. Pero… quiero dejar la investigación del asesinato en manos de la policía. Es demasiado para mí. Necesito de verdad que Benji coopere. Creo que puedo lograr que el capitán Mallory le proteja si dice lo que vio el domingo pasado por la noche. ¿Me ayudará a persuadirlo?
Asintió.
– Tendría que estar aquí en este momento, pero puede que sea uno de sus ratos de oración. Voy a buscarlo. Espérame aquí.
Salió trotando de la habitación, con los pies ligeros de un bailarín. Tras un par de minutos, puse el maletín en un rincón y cogí una pelota de baloncesto. Mi primer tiro rebotó en el tablero torpemente, pero luego encesté cinco veces seguidas antes de que el padre Lou volviera, haciéndome un gesto con la cabeza para que le siguiera hasta el pasillo.
– Se ha ido. Vino a por él una chica hace treinta o cuarenta minutos. Tiene que ser la chica, llevaba un brazo vendado. Le preguntó al guardia por Benji con mucho descaro; dijo que era su prima de Marruecos. El guardia la envió a la directora; la directora llamó a Benji, y dice que el chico se puso contentísimo de verla y se marchó con ella. Todos idiotas, la directora, el guardia, todos. Nadie me avisó.
Sus mejillas de Popeye se le inflaron todavía más de la rabia, pero yo solamente sentía frío. Si Catherine se había llevado a Benji con su abuela -como yo le había aconsejado por la mañana-, y si Renee había tirado a Marc Whitby al estanque de Larchmont, podía dar al chico por muerto.
Completamente desanimada, seguí al padre Lou hasta el despacho de la directora. Les hice las preguntas de rigor a ella y al guardia: ¿habían visto cómo se fueron los chicos? ¿En taxi? ¿En autobús? No lo sabían; el colegio era un edificio viejo, construido cuando las ventanas se ponían muy lejos del suelo para que la gente no mirase desde la calle.
El padre Lou ordenó a la directora que llamara a su despacho a todos los maestros y demás personal que estuviera aún en las instalaciones. Uno de los conserjes había visto, mientras bajaba cajas de un camión de suministros, a una chica con un brazo vendado salir con un estudiante mayor que ella. Estaba casi seguro de que se metieron en un todoterreno blanco, pero no les prestó demasiada atención en ese momento.
El padre Lou estaba furioso. Después de tener allí al FBI el día anterior buscando a Benji, no podía creer que la directora hubiera dejado que el joven se marchara sin hablar del asunto con él.
– Intentamos que éste sea un lugar seguro. Si cualquiera puede venir y llevarse a un chico sin que ustedes se inmuten, ¿cómo vamos a impedir que secuestradores, pandilleros y demás perturben nuestra tranquilidad?
La directora se puso roja y se enfadó, ¿por qué tenía ella que saber que una chica a la que Benji se alegraba tanto de ver representaba un peligro? Si el padre Lou quería dirigir el colegio, que se hiciera cargo del puesto; ella estaría encantada de dimitir en ese mismo momento.
La cara colorada de la directora se fragmentó en una serie de líneas onduladas, su boca se abría y cerraba como si fuera una marioneta. Los armarios que tenía detrás comenzaron a moverse con las mismas ondas vacilantes. Me pareció tan gracioso que me eché a reír. El suelo comenzó a moverse igualmente, lo que encontré también muy divertido, y todavía estaba riéndome cuando me desplomé.
Tenía la cabeza húmeda. El padre Lou me estaba secando el agua del cuello y de la cara con una áspera toalla de gimnasio.
– No te me desmayes, muchacha. Necesitamos un cerebro que funcione además del mío. Incorpórate y recupera las fuerzas.
Me incorporé. El cura me puso de pie con un suave resoplido. Una mujer de sesenta y cinco kilos no es nada para un antiguo boxeador. Me llevó una taza a los labios y tragué un poco de té caliente, me atraganté y luego bebí el resto. Coloqué la cabeza entre las piernas y puse en un cierto orden los fragmentos grises de mi nebulosa mente.
– ¿Adónde iría la chica? -Me hablaba con brusquedad para que me concentrara.
– Depende en parte de por qué ha huido. -Me temblaba la voz; conseguí controlarla y continué-: Esta mañana se puso histérica cuando le pedí que hablara con Benji. También le sugerí que se confiara a su abuela. Sólo espero que no haya hecho caso de ese consejo.
Saqué el móvil y llamé al apartamento de los Bayard. Contestó Elsbetta.
– ¿Por qué se empeña en darnos problemas? -preguntó-. El señor Edwards quiere echarme porque usted estuvo aquí esta mañana. Ahora la señorita Catherine se ha escapado, todo por su culpa.
– ¿Están Renee o Edwards? -No hice caso de su ataque de ira-. Quiero hablar con ellos sobre Catherine.
– No puede molestarlos. Ordenaron que no se les pasara ninguna llamada.
– Dígales que voy a denunciar su desaparición a la policía de Chicago -dije con frialdad-. Si quieren hablar conmigo, pueden llamarme al móvil: le daré el número.
Al oír eso, me pidió que esperase. En menos de un minuto tenía a Renee y a Edwards al teléfono, cada cual intentando que el otro le dejara hablar.
– ¿Tiene a Catherine? -preguntó Renee.
– ¿No está con usted? -dije.
– Se ha escapado -intervino Edwards-. Sin dejar ni una nota.
– Te comportaste como un padre Victoriano, Eds, ordenándole que hiciera el equipaje para ir a Washington, sin derecho a réplica. Elsbetta me llamó a mi oficina pero…
Edwards gritó por encima de la otra voz.
– Si hubieras pensado que ella merece tanta atención como Calvin y su maldito imperio editorial…
– Si tú escucharas a cualquiera que no sea tu…
– Paren ya de una vez los dos -interrumpí, de mal humor-. ¿Cuándo se fue y qué coche conducía?
– No puede llamar a la policía -respondieron a coro.
– Puedo hacer lo que se me antoje. Alguien dijo que la había visto en un todoterreno blanco. ¿Acaso creen que no corre peligro conduciendo un vehículo de tres toneladas con un solo brazo?
Eso los unió por un segundo: querían saber quién la había visto. Me puse frenética y los presioné hasta que admitieron que Catherine había cogido el Range Rover blanco de Renee, que sabían que no había aparecido en la casa de New Solway y que se había marchado sobre las tres y media, después de la pelea con su padre.
– ¿Han llamado a Julius Arnoff para saber si ha vuelto a Larchmont? -pregunté. No me parecía probable, porque ya les habían echado una vez de la mansión, pero seguro que ninguno de los dos pensaría razonablemente en esos momentos.
– Fue lo primero que se me ocurrió -dijo Edwards-. Mientras Renee todavía seguía maldiciéndola a usted por llevar a Trina con su novio árabe, yo puse un vigilante en la casa. No están allí.
– Cuando esta mañana entró en nuestro apartamento sin permiso, ¿preparó o no un encuentro con Trina? -preguntó Renee.
– No sea infantil -le espeté-. No sé dónde está Benji, ni tampoco Catherine. Deje de buscar culpables de su desaparición y dígame qué está haciendo para encontrarla.
– Edwards ha recurrido a sus contactos -dijo su madre con sarcasmo-. Es probable que le disparen si la ven. Si usted la buscara, ¿por dónde empezaría?
– Por ningún sitio que les revelase a ustedes -respondí en un tono desagradable, y corté la comunicación.
– Han encargado su búsqueda a personal de seguridad privada -dije volviéndome hacia el padre Lou-. Miedo me da.
– La chica adora a su abuelo, ¿no es eso lo que me dijiste el otro día? Tal vez tienen un lugar especial. Todo el mundo va a donde se siente seguro; un lugar relacionado con su abuelo la haría sentirse segura.
– El hombre tiene Alzheimer en estado muy avanzado. No estaría en condiciones de decirme… Pero no importa, sé quién puede hacerlo. Le telefonearé desde el coche, padre.
Salí corriendo de la escuela.