Me vestí con la ropa que Jessica me había elegido. Me ayudó a ponerme la chaqueta que cubría la camisa de cuello abierto. Después me puso en la mano un Tylenol con codeína y me dijo que debía dejar la bolsa de hielo. Ella llevaba un traje pantalón un tanto conservador y se recogió el pelo con una cinta violeta. Parecía más joven que nunca. Bajamos al salón cogidos de la mano. Ella dio besos y saludó a todo el mundo. Era una profesional.
– No le des mucha importancia a lo del labio -susurró ella, quitándome una mota de polvo de la chaqueta y apartándome el dedo de la boca-. Ya lo verán.
Todos estaban en el bar: había docenas de personas, charlando, provistos de bebidas. Me fui a un rincón con un whisky doble en la mano y la observé desde allí. La gente se le acercaba, atraída por la calidez de su sonrisa, por la inclinación de su cabeza, por el brillo de sus ojos. Al final, incluso James fue hacia Jessica. Ella le dio un beso en la mejilla y me llamó con la mirada.
– Estamos muy emocionados -le estaba diciendo cuando llegué.
James le sonrió y contestó:
– Yo también lo estoy. Siempre estoy emocionado. Tengo la mejor esposa del mundo, y la mejor familia.
– Y ahora, para colmo, el proyecto va viento en popa -dijo Jessica-. Es increíble.
– Ha sido un duro trabajo -convino James, y apoyó la mano en mi hombro-. Y gran parte del éxito se lo debemos a este hombre. Scott y él son los que tiran de la empresa. Es un genio, ¿lo sabes?
– Eso opino yo -dijo ella, tocándome el otro hombro.
Me miré los zapatos.
– ¡Dios! ¿Qué te ha pasado en el labio? -preguntó James.
Le quité importancia, pero conté la historia y él se rió a mi costa y dijo que eso me enseñaría a no hacer nada con Ben que guardara relación con la caza o la pesca. Después se disculpó y se fue a saludar a Jim Morris, nuestro gerente y uno de los socios más antiguos.
Jessica me apretó el brazo y, en un susurro, dijo:
– Será tuyo.
– Ha dicho que Scott y yo hemos sido los responsables de esto. Scott.
– A Scott le ha dado el dinero. Tiene que darte el cargo. Scott no lo necesita. Sabes que nunca me equivoco en estas cosas.
Bucky carraspeó. Estaba en la puerta; se le veía incómodo enfundado en un abrigo azul. Informó a todos de que la cena se serviría en la bodega.
Las paredes de la bodega eran de piedra. Al estilo antiguo, las grietas entre las piedras grises eran fisuras oscuras, incluso en los techos abovedados. Trajeron a cinco tipos de Italia para hacerlo. El suelo era de tierra batida, sólido, y los estantes de metal que colgaban suspendidos junto a las escaleras eran inamovibles.
Un pequeño fuego ardía en la chimenea, a doce metros por encima del suelo. Candelabros de luz amarillenta situados en la parte alta de las paredes complementaban la gran lámpara de acero que colgaba sobre la mesa larga. A ambos lados de la estancia había tres bodegas con peldaños que llevaban hasta las polvorientas botellas de vino, traídas de todas partes del mundo, algunas de las cuales eran de un valor incalculable.
Detrás de un tapiz flamenco estaba el montacargas por donde se bajaba la cena desde la cocina. Al otro lado de la mesa rústica había una mesa auxiliar, preparada con vino, queso y fruta. El hielo tintineaba en los vasos y las risas de las mujeres sonaban como el repicar de unas campanitas agitadas por el viento. Rodeé el último tramo de las escaleras, por detrás de Jessica.
Ella me cogió de la mano y juntos entramos en la estancia; nos sentamos al extremo opuesto de James, al lado de Ben. Jessica me dio un apretón en el muslo. Los vasos de vino ya estaban llenos y alcé el mío en dirección a Ben. Él me imitó y compartimos un brindis silencioso.
La comida se sirvió enseguida, un plato tras otro precedido de las explicaciones del chef sobre su composición y el vino que lo acompañaba. Paté de hígado de pato con Merlot. Ensalada de endivias y nueces con un Pinot Noir. Trucha a la sal con un Riesling semiseco. Crème brûlée con un vino helado Finger Lakes. No probé ni un bocado del postre, y cuando James empezó a golpear la copa con la cucharilla tuve que tragar con fuerza para impedir que la comida volviera a mi boca.
El silencio se apoderó de la mesa. James carraspeó y dijo:
– Quería que estuvierais todos presentes porque tengo algo que anunciaros.
James se levantó. Llevaba una chaqueta azul con una camisa de cuello mao. Apoyó una mano sobre el hombro de su esposa, Eva, y ella le miró, sonriente.
– Todos los que estáis hoy aquí habéis trabajado mucho para conseguir algo increíblemente especial -prosiguió James-. King Corp es la mayor empresa constructora del mundo. Y, gracias a la gente que está hoy en esta sala, hemos iniciado por fin las obras del mayor y más ventajoso centro comercial del mundo.
James se detuvo un instante para que la gente aplaudiera.
– No iré de uno en uno -continuó James-, porque todo lo logrado se debe a una labor de equipo. Nuestra recompensa es la fortuna que hemos creado. Pero… todo equipo necesita un líder.
Jessica me pellizcaba con tanta fuerza que casi me dolía. Puse la mano sobre la suya y la cogí con fuerza.
– Y, durante años, me he esforzado por desarrollar la capacidad de liderazgo entre los socios más jóvenes, para que alguien esté capacitado y pueda tomar el relevo. Ahora nos hallamos en una encrucijada.
El corazón me latía a toda prisa, como si quisiera salírseme por la boca. Me sentía flotar; las palabras de James me llegaban desde muy lejos.
– Vamos a tomar un rumbo nuevo -dijo James, sonriéndonos, con las mejillas arreboladas bajo los blancos cabellos; en sus ojos se reflejaban los puntos de luz de la lámpara-. Una senda que nunca imaginé, pero que ahora cobra pleno sentido.
»Saldremos a bolsa. En los últimos seis meses he reunido a un cuadro directivo de primera clase. Goldman Sachs está dispuesta a aceptar la oferta. Parte del trato consistía en que yo siguiera desempeñando las funciones de director general. Mi permanencia era decisiva para cerrar el negocio, y mi compromiso con la dirección es de por vida.
El fuego chisporroteó; aparte de eso, reinaba el silencio. Salir a bolsa implicaba insuflar a la empresa dinero de nuevos accionistas. Permitiría que King Corp creciera aún más, que usara esos cientos de millones para adquirir nuevas empresas. Pero también alejaría gran parte del control de la familia y de los asociados. Una sociedad anónima debía responder ante los accionistas. Ellos elegirían el cuadro directivo en el futuro, que a su vez podría despedir a cualquiera de nosotros. Además tendríamos que soportar el escrutinio de los socios y su legión de incontables reglamentos.
– Necesitamos gestores -dijo James-, y los tenemos. Ha llegado la hora de la próxima generación. Thane, tú serás el presidente de la compañía. Scott, tú el director general de operaciones. Ambos me rendiréis cuentas directamente a mí. Ben, tú serás el vicepresidente ejecutivo. La próxima generación.
No nos daba nada. Ni acciones. Ni stock options. Nada más que títulos para niños listos, licenciados de la Ivy League. Los gilipollas presumen de ellos en las salas del club de campo. Mierda.
Sentí las uñas de Jessica clavándose en mi carne.
Scott se levantó de un salto y derribó la silla con el impulso.
– ¡Eso es una mierda! -gritó, apuntando a su padre con su grueso dedo índice, tocándole el pecho-. No somos una sociedad anónima y no nos convertiremos en una. No he vuelto para esto. Eres demasiado viejo para hacer algo así. El juego te ha sobrepasado.
– Ésta es mi empresa -replicó James.
– ¡Y una mierda! ¡Quién cerró el trato con el banco! ¡Dos billones a cien mil sobre el Libor!
– ¡Yo lo hice! ¡Nosotros lo hicimos!
– ¡Dijiste que nunca lo harían! ¡Te habrías conformado con uno cincuenta y lo sabes!
James se alejó de la mesa. Eva le cogió de la chaqueta para retenerlo. Jim Morris se levantó y se interpuso entre ambos. Ben agarró a Scott.
– ¡No lo harás! -gritó Scott, dejando que Ben le arrastrara hacia las escaleras de piedra-. ¡No me he dejado la piel para esto!
Su prometida, Emily, se levantó y corrió hacia Scott. El sonido de los pasos por la escalera que subía desde la bodega resonó en nuestros oídos.
Miré a Jessica, quien observaba a James. Su boca era una línea recta y sus ojos tenían una expresión vacía, como si ya hubiera dejado hasta de odiarlo. Como si supiera que ya estaba muerto.