Capítulo6

A la misma hora, en Venecia, Carlo Treschi recibía la intempestiva visita de una frenética Catrina Lisani, que le mostró una larga y elaborada carta de Tonio donde confesaba su intención de someterse a la fatal operación para conservar la voz y matricularse en el conservatorio napolitano de San Angelo.

De inmediato se mandaron mensajeros a los Oficios de Estado y hacia el mediodía, todos los espías del gobierno veneciano se afanaban en buscar a Tonio Treschi.

Ernestino y su banda de músicos fueron arrestados.

Se citó a Angelo, Beppo y Alessandro para interrogarlos.

Al atardecer, en todos los barrios de Venecia era del dominio público el sacrificio que el patricio vagabundo había hecho por su voz, era la comidilla de la ciudad, y ante el Tribunal Supremo pasaron, uno tras otro, todos los médicos de la urbe.

Mientras tanto, al menos siete patricios confesaron haber agasajado al joven maestro de San Angelo de Nápoles, quien había preguntado varias veces por el patricio que cantaba por las calles.

Beppo, hecho un mar de lágrimas, confesó finalmente que había llevado a ese hombre junto con Tonio a San Marco. Beppo fue encarcelado al instante.

Carlo, con lágrimas sentidas y viva elocuencia se culpó a sí mismo del giro aterrador que habían tomado los acontecimientos por no haber puesto freno a la imprudente y exagerada afición de su hermano a la música. No había visto ningún peligro en ello. Incluso había oído hablar del encuentro entre Tonio y el maestro de Nápoles, y de manera estúpida le había restado importancia.

Se mostraba inconsolable mientras murmuraba aquellas acusaciones contra sí mismo ante sus interrogadores, tenía el rostro abotargado por el llanto y las manos le temblaban.

Su desesperación era sincera porque, llegados a ese punto, empezaba a cuestionarse si su plan saldría bien y era presa de la angustia.

Marianna Treschi intentó tirarse por una ventana del palazzo que daba al canal y los criados tuvieron que sujetarla.

La pequeña Bettina, la muchacha de la taberna, lloraba mientras explicaba que ni la comida ni la bebida, ni el sueño, ni el placer de las mujeres podían disuadir a Tonio de cantar.

A medianoche aún no se había hallado ni rastro del maestro de Nápoles ni de Tonio, y la policía recorría todas las poblaciones cercanas a Venecia, sacando de la cama a cualquier médico que de algún modo pudiera estar involucrado en la castración de niños.

Ernestino fue puesto en libertad para que contara a todo el mundo lo obsesionado que estaba Tonio por la inminente pérdida de la voz, y en los cafés y las tabernas no se hablaba de otra cosa, del talento del chico, de su belleza, de su arrojo.

A primeras horas de la mañana, cuando el senador Lisani llegó por fin a su casa, su esposa, Catrina, estaba histérica.

– ¿Es que se ha vuelto todo el mundo loco en esta ciudad? ¿Cómo pueden creerse eso? -gritaba-. ¿Por qué no has mandado arrestar a Carlo y lo has acusado del asesinato de su hermano? ¿Por qué Carlo sigue con vida?

– Signora… -Su esposo se dejó caer en la silla, agotado-. Estamos en el siglo xviii y no somos los Borgia. No hay ningún indicio de asesinato, ni por lo tanto, de delito.

Catrina se echó a chillar desesperadamente y al fin alcanzó a barbotar que si no se encontraba a Tonio con vida antes del mediodía siguiente, Carlo sería hombre muerto. Ella misma se encargaría de hacérselo pagar.

– Signora -dijo de nuevo su esposo-, es muy probable que el chico esté muerto o mutilado, pero si asumes la responsabilidad de quitarle la vida a Carlo Treschi por ese motivo, tú sola asumirás una responsabilidad eterna que ninguno de mis colegas está dispuesto a compartir: la desaparición de la estirpe de los Treschi.

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