SÉPTIMA PARTE
Capítulo1

Incluso tras aquel velo de lluvia levemente racheada, Venecia resultaba demasiado hermosa para tratarse de una ciudad real; era más bien un sueño de ciudad, que desafiaba a la razón, con sus antiguos palacios deslizándose en la agitada superficie de las aguas plomizas para formar un inmenso y glorioso espejismo. El sol se abría paso entre las nubes desgarradas de bordes plateados, los mástiles de los barcos se erguían y parecían querer alcanzar a las gaviotas que remontaban el vuelo, los estandartes ondeaban al viento como explosiones de color en el cielo radiante.

El viento fustigaba el lienzo de agua que cubría la piazetta. Y detrás estaba la campana del Campanile, prisionera en su tañido espectral que la hacía parecer el sueño de sí misma, al igual que sucediera con los agudos chillidos de las gaviotas.

De los pórticos de los Oficios del Estado emergía aquel antiguo y sacrosanto espectáculo del Senado de la Serenísima: túnicas escarlatas arrastrándose por las húmedas calles, pelucas blancas arrancadas por el viento, hasta que el desfile llegaba al borde del agua, y uno a uno, aquellos hombres se marchaban en aquellas bruñidas barcazas funerarias de color negro azabache hacia la avenida que conservaba intacto todo su esplendor, el Gran Canal.

¿Nunca dejaría de maravillarle, de asolar su corazón y su pensamiento? ¿O era simplemente que aquellos quince años de amargo exilio en Istanbul habían acrecentado de tal forma su avidez que aquel espectáculo nunca le bastaría? Siempre hechicera, siempre misteriosa, y siempre cruel, su ciudad, Venecia, el sueño que se hacía realidad una y otra vez.

Carlo se llevó el coñac a los labios. Sintió que el licor le quemaba en la garganta. Se le enturbió la vista momentáneamente, y cuando se le aclaró el viento le escoció en los ojos. Las gaviotas se elevaban hacia el firmamento.

Dio media vuelta, casi perdió el equilibrio. Distinguió a sus hombres de confianza, sus bravi, sombras en un extremo de la piazza, que se acercaban, temerosos de ayudarle, dispuestos a intervenir sí se caía.

Carlo sonrió. Sostuvo el cuello de la botella y luego bebió un gran trago. La multitud se convirtió en una indolente masa de color reflejada en el agua, tan anodina como la lluvia que había terminado por disolverse en una bruma silenciosa.

– Por ti -susurró al aire que lo rodeaba, al cielo, a aquel prodigio sólido y evanescente-, por ti lo sacrifico todo: mi sangre, mi sudor, mi conciencia. -Cerró los ojos y escuchó el viento. Dejó que le helase la piel en aquella deliciosa ebriedad, más allá del dolor, más allá de la pena-. Por ti, yo asesino -musitó-, por ti, yo mato.

Abrió los ojos. Todos aquellos nobles de túnicas escarlata habían desaparecido. Y por un instante, imaginó complacido que uno a uno se ahogaban en el agua.

– Volvamos a casa, excelencia.

Se volvió. Era Federico, el audaz, el que se jactaba de ser sirviente y bravo a la vez, y de nuevo se llevó el coñac a los labios y lo paladeó antes de haber tomado la decisión de beber.

– Enseguida, enseguida… -Quería hablar pero un velo de lágrimas le distorsionaba la visión; habitaciones vacías, la cama de ella vacía, sus vestidos todavía en los colgadores y el perfume que persistía levemente-. El tiempo no cura nada -dijo en voz alta-. ¡Ni su muerte, ni su pérdida, ni que en su agonía pronunciara el nombre de Tonio!

– ¡Signore! -Federico señaló con la mirada una figura oscura, ridícula en su repentino retroceso, uno de aquellos abominables e inevitables espías del estado.

– Demándame -rió Carlo-. ¿Lo harás? «Está borracho en la plaza porque su esposa es pasto de los gusanos.» -Apartó a Federico con la palma de la mano.

La multitud aumentaba, cobraba vida, y se arremolinaba aquí y allá para volverse compacta al poco rato. La lluvia, racheada por el viento, caía sobre sus párpados y sus labios, estirados en una sonrisa que sensibilizaba todo su rostro. Caminó hacia un lado y dio otro trago.

– Tiempo -dijo en voz alta con aquel atrevimiento que sólo da la borrachera; cuando la vida no te da nada, pensó-. Y la borrachera -susurró- no te da nada, sólo de vez en cuando la fuerza necesaria para contemplar esta visión, esta belleza, el significado de todo.

Las nubes de lluvia, surcadas de plata, los mosaicos de oro titilando, moviéndose. ¿Había tenido ella alguna vez esa visión durante sus borracheras clandestinas, cuando le arrebataba el vino de las manos y él le suplicaba que no lo hiciera? «Marianna, no bebas, quiero que estés conmigo, no bebas.» Inconsciente, en la cama, ¿habría soñado alguna vez?

– ¡Excelencia! -le dijo el bravo Federico.

– ¡Déjame en paz!

El coñac le provocaba un calor exquisito, semejaba fuego líquido. Se imaginó disolviéndose en él, en su calor que le daba vida, y el aire gélido que le rodeaba no podía alcanzarlo, y se le ocurrió que aquella belleza se manifestaba en toda su grandeza sólo cuando uno estaba más allá del dolor.

La lluvia caía fresca y oblicua, chapoteando sobre la superficie de agua que se extendía ente él y produciendo un intenso sonido sibilante.

– Bueno, él estará contigo muy pronto, amor mío -murmuró con los labios fruncidos en una mueca-, estará pronto a tu lado y juntos yaceréis en el gran lecho de la tierra.

¡Qué obsesión se había apoderado de ella al final! «Iré a verlo, ¿comprendes? Iré a verlo, no puedes retenerme aquí como si fuera una prisionera. Está en Roma y pienso ir a verlo!» Y él había respondido: «Oh, querida, pero si no podrías ni encontrar los zapatos, ni el peine.»

– Síííí, pronto os reuniréis. -Las palabras surgieron de él con un gran suspiro-. Y entonces podré respirar de nuevo.

Carlo cerró los ojos para que cuando los abriera de nuevo pudiera admirar otra vez aquella belleza: el sol convertido en un estallido repentino de plata y las torres doradas elevándose sobre los destellantes mosaicos.

– Muerte, y todos mis errores del pasado corregidos, muerte, y basta de Tonio, Tonio el eunuco, Tonio el cantante -musitó-. En su lecho de muerte te llamó, ¿verdad? ¡Pronunció tu nombre!

Bebió más licor y sintió un estremecimiento que le provocó placer. Con la lengua apuró el último resto del líquido en los labios.

– Entonces sabrás cómo he pagado por todo, cómo he sufrido, cómo cada minuto de vida que te he regalado me ha costado una fortuna, hasta el punto de que ya no tengo más que darte, mi hijo bastardo, mi rival indómito e ineludible. ¡Morirás, morirás para que yo pueda volver a vivir!

El viento fustigó hacia atrás su cabello peinado con descuido, le abrasó las orejas y atravesó incluso el fino tejido de su levita mientras agitaba su largo tabarro negro.

Sin embargo, incluso mientras escuchaba de nuevo, en un intento por combatir la visión de aquella habitación de muerte que lo había acosado en las últimas semanas, vio avanzar hacia él la figura muy real de una mujer vestida de luto a la que había visto muchas veces en las calles, en la riva, a lo largo de aquellos ebrios, tempestuosos y amargos días.

Entornó los ojos y ladeó la cabeza.

Las faldas ondulaban despacio sobre el agua centelleante, no parecía moverse por un impulso físico sino por la fuerza de su propia mente, febril y acongojada.

– Y tú formas parte de ello, querida mía -susurró, amando el sonido de la voz en su cabeza, aunque nadie se fijaba en él ni en la botella abierta que sostenía-. ¿Lo sabías? Formas parte de ello, tú, la que no tiene nombre ni rostro, y sin embargo es hermosa, y como si esa belleza no bastara, surges del centro mismo de todo, vestida de muerte, avanzando siempre hacía mí como si fuéramos amantes, tú y yo, muerte…

La piazza osciló fugazmente.

Era el milagro obrado por el coñac, el vino y su sufrimiento. El momento perfecto en el que todo es soportable: sí, Tonio debe morir, no hay alternativa, ¡no puedo hacer otra cosa! Y que se disuelva en poesía, si lo desea, el pájaro cantor, el cantante, ¡mi hijo eunuco! ¡Mi largo brazo llega a Roma y te coge por la garganta y te hace enmudecer para siempre, y entonces, entonces yo podré respirar!

Los bravi caminaban por la arcada, sin alejarse nunca demasiado.

Quiso sonreír de nuevo, sentir la sonrisa. La piazza, con aquel brillo destellante, estaba a punto de estallar en un resplandor informe.

No obstante otro sentimiento lo amenazaba, una imagen distorsionada, algo que diluía aquel delicioso placer y le ofrecía a cambio el sabor de… ¿De qué? Algo semejante a un grito seco en una boca abierta.

Bebió coñac. ¿Era la mujer, alguna cosa en el movimiento de sus faldas, el viento pegando el velo a su rostro de forma que se adivinaba su forma bajo él, lo que le provocaba un leve pánico que le hacía apurar el coñac aprisa?

Avanzaba hacia él y también lo había hecho antes en la piazetta, y antes de eso en la riva.

¿Se trataba quizá de una cortesana vestida de negro por la Cuaresma? Avanzaba tan decidida… Se diría que entre todo el gentío lo hubiera escogido a él. ¡Sí! Lo buscaba, no había duda. ¿Dónde estaban sus damas, sus criadas? ¿Se deslizarían con sigilo en el margen de las cosas, como hacían sus hombres?

Durante unos instantes saboreó aquella idea, sí, ella lo buscaba. Detrás de ese velo negro la mujer había visto su sonrisa, la veía en aquellos instantes.

– ¡Lo quiero! ¡Lo quiero todo! -Clavó las mandíbulas en sus palabras-. Y quiero apartar de mí este sufrimiento. ¿Harías el favor de acercarte y decirme que ha muerto?

Abrió mucho los ojos; aquella figura no era humana, sino un espectro cuya misión era abordarlo y consolarlo. No podía dejar de admirar el tenue óvalo de su pálido rostro, y el movimiento de sus blancas manos bajo el flotante velo vaporoso.

Ella se volvió de repente, le dio la espalda, pero continuaba en su avance. ¡No! Era tan extraordinario que él inclinó la cabeza hacia delante y contrajo de nuevo los ojos para ver mejor.

La mujer retrocedía, dejando aquellas capas de gasa desplegarse ante su rostro, y las faldas ondulando a su alrededor.

Caminaba hacia atrás sin perder nunca el paso, como haría un hombre bajo aquel viento para arreglarse la levita, y entonces se volvió de nuevo hacia él.

Carlo rió en voz baja, moderadamente. Nunca en su vida había visto hacer aquello a una mujer.

Cuando se volvió, sus ropas parecían más holgadas y siguió avanzando con la misma misteriosa ingravidez. Carlo notó un agudo dolor en el costado.

Exhaló un silbido.

Cortesana estúpida y ciega, viuda, seas lo que seas, pensó, con una malevolencia que se filtraba por sus poros como si algún rincón oscuro hubiera sido agitado de pronto para que el veneno se extendiera. ¿Qué sabes tú de todo lo que te rodea y del porqué formas parte de ello, belleza, belleza, por más desagradables, banales y repulsivos que sean tus pensamientos?

La botella estaba vacía.

No pensaba dejarla caer y sin embargo se hizo añicos a sus pies, sobre las piedras mojadas. La fina superficie del agua se rizó levemente y los fragmentos brillaron antes de quedar inmóviles. Los pisó. Le gustó el sonido de cristales aplastados.

– ¡Traedme otra! -gritó. Una de las sombras que veía por el rabillo del ojo se acercó.

– Signore. -Le dio la botella-. Tendríamos que volver a casa.

– ¡Ahhhh! -Abrió la botella-. Los hombres, amigo mío, son condescendientes con los que sufrimos, ¿y no tengo hoy el mismo motivo de sufrimiento que los días anteriores? -Miró de soslayo a Federico-. Mientras nosotros estamos aquí, él se está pudriendo, y todas esas mujeres que enloquecían con su voz lo lloran y sus ricos y poderosos amigos de Roma y Nápoles hacen guardia ahora en su capilla ardiente.

– Signore, se lo ruego…

Sacudió la cabeza. De nuevo aquella habitación invadida por la enfermedad y… ¿Qué era? Un horror que casi podía saborear le impregnaba la lengua. Ella se sentó de repente. ¡Tonio!

Puso la mano en el pecho de Federico y lo apartó de un empujón.

Bebió a grandes tragos, despacio, en pos de la tristeza, de esa luminosa e insondable emoción que carecía de turbulencias.

Y ella, la mujer vestida de negro, ¿adónde había ido?

Carlo se volvió sobre los talones, y al verla a menos de diez pasos de él descubrió que había vuelto la cabeza para mirarlo justo en el mismo instante en que él lo hacía.

Sí, eso era lo que había ocurrido.

Ella lo miraba desde la oscuridad. Carlo la despreciaba y aunque notaba sus ojos brillantes de deseo, le dedicó una lenta sonrisa de admiración. Siempre la misma insolencia, esa coquetería, ese juego del gato y el ratón mientras el dolor golpeaba incesante. Tú crees que te deseo, que te quiero hacer mía, te beberé como si fueras vino, y te abandonaré antes de que sepas siquiera lo que te ha sucedido. Pero ¡ella! Ese era el amor que el tiempo no tocaba. «¡Tonio!», y no pronunció ninguna palabra hasta que murió.

Bebió el coñac demasiado aprisa, se le derramó por la barbilla y le mojó la ropa.

Alguien lo había saludado, le había hecho una reverencia, y se había alejado a toda prisa al ver el estado en que se encontraba. Pero ellos podían perdonar, todo el mundo perdonaba. Su esposa había muerto, sus hijos lloraban por ella. En algún lugar, unos novecientos kilómetros más al sur, aquella desgracia, aquel viejo escándalo. «Pobre senador Carlo -deben comentar-, cuánto tiene que haber sufrido.»

Algo más. Federico junto a él. Miró a la mujer vestida de negro. Era obvio que intentaba seducirlo.

– Te he dicho que me dejes en paz.

– Ya ha llegado y no hay nada, signore.

– ¿Qué? No te oigo.

– El paquete, signore, no había…

Graciosa prostituta felina, había algo inequívocamente elegante y distinguido en ella, en el balanceo de su vestido, y en la forma en que se inclinaba con el viento. La deseaba, la deseaba, y cuando aquello terminara, se arrodillaría en el confesionario:

– Lo maté, no tenía alternativa, no… -Se volvió para ver mejor a Federico-. ¿Qué decías?

– En el paquete no había nada, signore. Ningún mensaje. -Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo y añadió-: No hay ningún mensaje de Roma.

– Bueno, pues ya lo habrá.

Se incorporó. La espera continúa, y también la culpa. No, la culpa no, sólo el malestar, la tensión, la sensación de ahogo.

Al fin y al cabo, el mensaje le provocaba pánico. Cuando él se había cuestionado su integridad, le aseguraron que le darían una prueba de su trabajo. «¿Ah, sí? ¿Y qué prueba sería esa? ¿Su cabeza dentro de un saco manchado de sangre?», les había preguntado.

Se había reído, e incluso ellos, asesinos a sueldo, se habían quedado estupefactos, aunque intentaban disimularlo tras unos rostros que parecían haber sido toscamente tallados en madera. Nunca pulidos. «No es necesaria ninguna prueba. Sólo tenéis que hacerlo. Enseguida me llegará noticia de ello.»

Tonio Treschi, el cantante, así lo llamaban todos, incluso se atrevían a llamarlo así delante de su hermano. ¡Tonio Treschi, el cantante!

Hacía años, otros matones le habían dicho que le llevarían la prueba y cuando le pusieron delante aquel revoltijo de vísceras y sangre pegadas a la gasa seca, había levantado una silla en el aire para ahuyentar a los sicarios gritando: «¡Alejaos de mí, alejaos!»

– Excelencia -le decía Federico.

– No pienso a ir a casa todavía.

– Excelencia, no ha llegado ningún mensaje y eso significa que cabe la posibilidad de que…

– ¿Qué posibilidad?

– Que hayan fracasado.

Sólo un amago de exasperación en Federico, y un aire de ansiedad. Miró hacia la piazza y sus ojos acariciaron ciegamente a la mujer vestida de luto que había aparecido de nuevo. No la ves. Yo sí. Carlo sonrió.

– ¿Fracasado? -Soltó una carcajada de burla-. Pero si es un maldito eunuco, ¡por el amor de Dios! Podrían estrangularlo con las manos desnudas.

Alzó la botella y le dio a Federico aquel empujón casi amistoso para que no entorpeciera aquella visión perfecta. Sí, ella estaba otra vez allí.

– Muy bien, hermosa, acércate -dijo entre dientes y dio otro rápido trago a la botella.

Aquél fue un trago largo, y le limpió la boca y los ojos. La lluvia caía en silencio, ingrávida, formando un remolino de plata.

La bebida hizo brotar un calor sensual en su pecho. No se quitó la botella de la boca.

En sus últimos días, Marianna corría de un lado a otro abriendo armarios y cajones.

– Dámelo, no tienes ningún derecho a quitármelo. No podrás mantenerme encerrada en esta casa.

Las advertencias del viejo doctor: «Se matará.» Y finalmente Nina corriendo por los pasillos. «No habla. No se mueve.» Llorando, llorando.

Ella supo que iba a morir cuatro horas antes. Abrió los ojos y dijo: «Carlo, me muero.»

– ¡No te dejaré morir, Marianna! -había insistido él, y mucho después se había despertado porque la había oído agitarse y la había visto con los ojos abiertos, diciendo:

– ¡Tonio!

Fue su última palabra, Tonio, Tonio y Tonio.

– Volvamos a casa, signore. Si no se ha hecho correctamente, corremos el peligro de que…

– ¿De qué? Fueron a retorcerle el pescuezo a un capón. Si no lo han hecho, ya lo harán. No quiero hablar más de este asunto. Aléjate de mí…

¡Tonio Treschi, el cantante!, se mofó.

– En el paquete tendría que haber un mensaje.

– ¡Sí, y una prueba! -replicó-. Una prueba.

Su cabeza en un saco manchado de sangre. ¡Aléjate de mí, aléjate de mí!

Ella nunca había dejado de preguntarle: «Tú no lo hiciste, ¿verdad? ¿Verdad que no?» Carlo lo había negado miles de veces, miles de veces en esos primeros días en los que todos iban a por él como aves de rapiña dispuestos a devorarlo. Tras las puertas cerradas, ella se aferraba a él, con las manos convertidas en garras. «Mi hijo, mi único hijo, nuestro hijo. Tú no lo hiciste, ¿verdad?»

– Así que ahora lo dices. -Rió hasta hartarse-. Claro que no, querida. ¿Cómo podría hacer yo algo así? Él mismo lo ha hecho en su desesperación. -Y entonces el rostro de ella se suavizaba, al menos durante un rato, y la tomaba en sus brazos y le creía.

– No es bueno sufrir tanto.

– ¿Quién ha dicho eso?

Se volvió demasiado deprisa, y vio dos figuras que retrocedían, con las pesadas túnicas negras de los patricios, las pelucas blancas, sus miradas implacables y siempre vigilantes.

Federico estaba lejos, muy lejos, observándolo desde la arcada, y con él estaban los demás. Cuatro buenos puñales y musculatura suficiente para protegerlo contra todo, excepto la demencia, la amargura, la muerte de Marianna, excepto interminables y terribles años sin ella, años y años…

Una lánguida soledad se apoderó de él. La deseaba. Mi Marianna, cómo describirlo, sus lágrimas cuando la sostenía entre sus brazos, sus gritos pidiendo vino, y aquellos días de borrachera en que lo acusaba, con los labios tensos, mostrando unos dientes blanquísimos.

– ¿No ves que estoy contigo? -le había dicho-. Nosotros estamos juntos y ellos se han ido, y nunca más podrán separarnos, estás tan hermosa como siempre. ¡No, no apartes los ojos de mí, Marianna, mírame!

Y durante un corto intervalo, la inevitable dulzura, el deseo.

– Sé que tú no has podido hacerlo. A mi Tonio, no, no. Y sé que él es feliz, ¿verdad? Tú no lo has hecho… y él es feliz.

– No, querida mía, mi tesoro -le había respondido-. Si yo fuese el culpable, él me habría acusado. Has visto los documentos que él mismo ha firmado. ¿Qué ganaría con no acusarme?

Sólo tiempo necesario para planear mi muerte, eso ganaba, ah, pero primero mis hijos, mis hijos para la casa de los Treschi, oh, sí, todo por nuestro linaje, incluso su silencio. ¡Tonio el cantante, Tonio el espadachín, Tonio Treschi!

¿Cuando cesarán las habladurías?

«Te aseguro que los napolitanos le tienen pavor, hacen cualquier cosa para no cruzarse con él. Vieron su furor incontenible cuando el joven toscano lo insultaba. Le cortó el cuello. Y aquella pelea en la taberna, acuchilló al otro chico; es uno de esos eunucos peligrosos, muy peligrosos…»

¿Dónde está mi prostituta vestida de luto?, pensó de repente, mi hermosa dama de la muerte, mi cortesana que pasea sola y con tanto descaro por la piazza. Concentra tus pensamientos en los vivos, olvídate de los muertos, los muertos, los muertos.

Sí, carne viva, carne ardiente bajo toda esa oscuridad. Más te vale que seas hermosa, más te vale que merezcas cada moneda que pague por ti. Pero ¿dónde estaba?

El agua, mientras el viento levantaba la lluvia de su superficie, se había transformado una vez más en un espejo bruñido. Y en ese espejo vio una forma voluminosa y oscura que se le acercaba. No, se había detenido ante él.

– Ah.

Carlo sonrió, mirando el reflejo.

«Así que mi pequeña puta descarada y encantadora, vestida de negro ha quedado convertida en esto.»

Pero la única palabra que formaron sus labios fue:

– Hermosa.

¿Es que no se daba cuenta ella?

¿Y si me levanto y le aparto el velo? No te atreverás a engañarme, ¿verdad que no? No, tú eres hermosa, ¿verdad que sí? Y tienes una sonrisa afectada, y eres simple, y no sabes hablar. Mucho regateo disfrazado de coquetería, y tú absolutamente convencida de que te deseo. Bueno, en todos estos años nunca he querido a nadie salvo a una mujer, una mujer hermosa y desquiciada. «¡Tonio!» Y ella murió en mis brazos.

Aquella mujer anónima vestida de luto estaba tan cerca que podía ver los orillos bordados de su velo. Hilo de seda negro. Flores de Cuaresma, cuentas de azabache.

Y entonces un movimiento blanco bajo el velo, sus manos desnudas.

Su rostro, su rostro, muéstrame el rostro.

Ella se quedó quieta, inalcanzable, mucho más lejana de lo que le había parecido, y entonces Carlo miró su reflejo en el agua. ¡Debe tratarse de una mujer muy alta! ¿O acaso aquella imagen en el agua era engañosa? Dejemos que se aleje; él no la seguiría, no con todo aquel coñac y toda aquella desesperación. Casi alzó la mano en busca de Federico.

Sin embargo, ella no retrocedió.

Su cabeza, debajo de aquel largo velo, se movió con suavidad hacia un lado, y en aquel ademán le ofreció su cuerpo esbelto, y cualquier pensamiento vago y sentimental que Carlo albergara se desvaneció de súbito con un gesto: sí.

– Sí, querida mía -susurró, como si a aquella distancia ella pudiese oírlo.

Llegó más gente; un pequeño grupo de hombres con ropajes negros que surcaban el viento se interpusieron entre él y la desconocida sin darse cuenta. Pero entonces él fijó los ojos en la sinuosa y tentadora figura que lo miraba con intensidad tras aquel velo de luto.

Justo cuando temía haberla perdido de vista, la vislumbró por encima del hombre que estaba ante ella, mientras el velo subía sobre sus manos blancas y luego sobre su rostro.

Se quedó desconcertado durante unos instantes.

Ella se alejó. No había bebido tanto como para sufrir alucinaciones. ¡Era hermosa! Tan hermosa como todo lo que la rodeaba. Ella lo sabía, y había avanzado hacia él. Había aparecido como si fuera él quien la hubiera conjurado, sin dudar ni un solo instante. Su rostro era el de un magnífico maniquí, una muñeca de tamaño natural.

Toda ella parecía de porcelana, y ¡aquellos ojos!

En aquellos momentos era él quien la seguía, y la lluvia se arremolinaba en una luz plateada. Él, con los ojos entornados y temblando, intentaba verla de nuevo, ver aquel rostro otra vez sobre sus hombros. Sí, tras ella, tras ella.

Ella lo llamó con una seña descarada y elegante al mismo tiempo.

Oh, todo aquello resultaba extraño y delicioso, y la necesitaba con tal desesperación… Había vencido el dolor aunque sólo fuera momentáneamente.

Ella caminaba cada vez más deprisa.

Cuando llegó al borde del canal que tenía delante, se volvió.

El velo cayó despacio.

Bien, muy bien. Él pasó por delante y la desconocida se quedó varios pasos detrás de él. Sus faldas casi rozaban el agua. Deseó poder ver cómo la respiración le henchía el pecho.

– Tan audaz como hermosa -le dijo, aunque ella estaba aún demasiado lejos para oírlo. Se volvió y con un gesto llamó al gondolero.

Comprobó que sus hombres se agrupaban tras él. Federico se acercaba.

Dio media vuelta y bajó a toda prisa. Con pasos torpes y pesados subió a la embarcación, que se balanceó bajo su peso y estuvo a punto de lanzarlo a la felze cerrada en la que ella se encontraba.

Mientras se acomodaba en el asiento, sintió el roce del tafetán de su vestido.

La barca se movió. El hedor del canal le invadió las fosas nasales. Ella se puso en pie ante él, respirando bajo aquellos magníficos cortinajes.

Durante un momento, lo único que pudo hacer fue recobrar el aliento.

El corazón le martilleaba, tenía el cuerpo bañado en sudor, era el precio que debía pagar por su ansiedad. Pero ya era suya, aunque apenas podía verla a la luz de las cortinas abiertas.

– Quiero verlo -dijo, luchando con el inquietante dolor que sentía en el pecho-. Quiero verlo…

– ¿Qué es lo que quieres ver? -preguntó ella en un susurro, con la voz grave, ronca y serena.

Hablaba veneciano, sí, veneciano. ¡Cuánto había deseado que fuera así! Carlo rió entre dientes.

– ¡Esto! -Se volvió hacia ella y le arrancó el velo-. ¡Tu rostro!

Y cayó hacia delante sobre ella, con la boca abierta cubriendo la de ella. La empujó contra los cojines, hasta que su cuerpo se puso tenso. La mujer alzó las manos para apartarlo.

– ¿Qué haces? -Carlo se incorporó relamiéndose los labios. Miró fijamente aquellos ojos negros que no eran más que un destello en las tinieblas-. ¿Crees que puedes jugar conmigo?

Ella tenía una singular expresión de asombro. Ni un amago de coquetería herida, ni temor fingido. Se limitaba a mirarlo fascinada, lo observaba como se observa a los objetos inanimados. En aquella penumbra, su hermosura estaba más allá de cualquier comparación.

Una belleza imposible. Buscó algún defecto, la inevitable decepción, pero le parecía tan hermosa, al menos en aquel instante, que le pareció conocer aquella belleza desde siempre. En algún rincón de su alma había susurrado al dios del amor con insolencia y lujuria: «Dame esto, esto es lo que quiero.» Y allí estaba, y todo los rasgos de aquel rostro le resultaban familiares. Sus ojos tan negros y orlados de largas pestañas; la piel tersa, tirante sobre los pómulos, y aquella gran boca exquisita y voluptuosa.

Le acarició la piel. ¡Ah! Retiró los dedos y luego le tocó las cejas negras, y los pómulos, y la boca.

– ¿Tienes frío? -preguntó en un murmullo-. ¡Quiero que me beses de verdad! -Sus palabras sonaron como un gemido que brotara de su interior y tras tomarle el rostro con ambas manos, la echó hacia atrás y le chupó la boca con fuerza, se la soltó y se la chupó de nuevo.

Ella dudaba. Durante un segundo su cuerpo se tensó y luego, con una deliberación que lo dejó atónito, se entregó a él, sus labios se suavizaron y su cuerpo se relajó. A pesar de la ebriedad, Carlo sintió la primera punzada de deseo entre las piernas.

Rió y se retrepó en los cojines. La luz destellaba incolora y mortecina en la abertura que dejaban las cortinas, y el rostro de ella se veía demasiado blanco para ser humano; sin embargo lo era, sí, eso lo había saboreado.

– ¿Su precio, signora? -Se volvió hacia ella y la atrajo hacia sí hasta que su cabello empolvado de blanco le rozó las mejillas. La mujer bajó la vista y Carlo notó sus pestañas en las mejillas-. ¿Cuál es el precio? ¿Cuánto quiere?

– ¿Qué quiere decir? -preguntó con aquella voz profunda y ronca, en un tono que le provocó a Carlo un pequeño espasmo en la garganta.

– Ya sabes a qué me refiero, querida… -balbuceó-. Cuánto debo pagar por el placer de desnudarte. Una belleza como la tuya precisa un tributo -añadió, rozándole las mejillas con los labios.

– Desaprovechas lo que podrías saborear -dijo ella alzando una mano-. Para ti no hay precio.


Se hallaban en una habitación.

Habían subido unas empinadas escaleras húmedas arriba y más arriba. A él no le había gustado aquel lugar tan abandonado. Había ratas por doquier, las oía, pero sus besos eran tan deliciosos… Y esa piel, por esa piel sería capaz de matar.

Ella había insistido para que comiese, y después del coñac, el vino le resultaba insulso.

Conocía, sin embargo, el barrio donde se encontraban y las casas de los alrededores; muchas de ellas habían sido un cálido dormitorio en el que había estado con una cortesana que le gustaba bastante. Pero aquella casa…

La luz de las velas lo deslumbraba. La mesa rebosaba de comida ya fría, y a lo lejos destacaba la cabecera de una cama de la que colgaban con descuido unas cortinas bordadas con hilos de oro. El calor que desprendía aquel gran fuego resultaba excesivo.

– Hace demasiado calor -dijo él. La desconocida había cerrado todos los postigos. Un detalle preocupaba a Carlo, o tal vez más de uno: que hubiera tantas telarañas en el techo, y que el lugar fuera tan húmedo y desvencijado.

Sin embargo, estaba rodeado de objetos lujosos, las copas, la vajilla de plata; había algo en todo aquello que le recordaba a un decorado, cuando uno está sentado tan cerca del escenario que puede ver las alfardas del techo y los bastidores.

Pero algo más lo inquietaba, algo concreto. ¿Qué era? Eran… eran sus manos.

– Caramba, si son enormes -susurró. Y al oír el sonido de su propia voz y ver aquellos larguísimos dedos blancos, su estupor se disipó para dar paso a la ansiedad, y advirtió que en los vapores del alcohol se habían perdido fragmentos de lo ocurrido aquella tarde.

¿Qué había dicho la mujer? No recordaba haberse apeado de la góndola.

– ¿Demasiado calor? -preguntó ella en un susurro. Aquella misma voz ronca que le hacía desear acariciarle la garganta.

Cuando su visión se aclaró, la vio casi por primera vez. No sus manos, sino toda ella. Si en algún otro momento la había visto, no podía recordarlo, y rendido a la costumbre imaginó que sus hombres andarían cerca.

Pero allí estaba. Estudiaba su silueta borrosa, parpadeando de vez en cuando, pugnando contra el abotagamiento que le producía la borrachera, al tiempo que alzaba la taza. El borgoña era delicioso aunque suave.

– Espero que no te moleste, querida -dijo mientras descorchaba la botella que tenía en la mano.

– No haces más que repetir lo mismo. -La mujer sonrió. Su voz era un jadeo que surgía desde lo más hondo de ella misma. ¿Cuándo había oído una voz así en una mujer?

Llevaba una peluca francesa con perlas engarzadas en los bucles y unos pulcros rizos blancos le caían hasta los hombros. Oh, era tan joven… Mucho más joven de lo que había imaginado cuando estaban en la góndola, donde le había parecido atemporal, venida de otra época, e inconfundiblemente veneciana, aunque no sabía por qué.

– Una niña -le dijo con dulzura. La cabeza caía de repente hacia delante y le hacía tomar conciencia de sus límites, aunque en un intento por recuperar la dignidad la enderezó de nuevo. Los labios de la mujer no eran rosados ni rojos, sino de un intenso color natural. No, no se había maquillado. En la góndola habría saboreado y olido los afeites. Ella no era más que una visión, y aquellos ojos que lo miraban fijamente.

Y el vestido, con su ceñida banda bordada sobre el pecho. Sintió deseos de deslizar la mano entre los senos y soltar aquella cinta apretada para liberarlos.

– ¿Por qué has tardado tanto tiempo en venir a mí? -Carlo dejó escapar una risa traviesa.

Sin embargo, el rostro de la mujer se transformó repentinamente.

Como si todo él se hubiera movido a la vez. Había ocurrido tan deprisa que Carlo no estaba seguro de su percepción. Ella se recostaba, y aquella boca amplia y voluptuosa se abría en una sonrisa que fruncía los extremos de sus ojos negros.

– Esperaba el momento adecuado -respondió ella.

– Sí, el momento adecuado -repitió Carlo. Oh, si tú supieras, si tú supieras. Tenía a su esposa entre los brazos y cada vez que abrazaba a otra mujer estrechaba más a su esposa contra sí, para luego descubrir, en un momento de horror, que no era Marianna, no era nadie, sólo era… sólo era aquella prostituta.

Mejor alejar estas ideas. Mejor no pensar en nada.

Alargó el brazo y deslizó la vela hacia su derecha.

– Para verte mejor, mi querida niña -dijo, burlándose del cuento infantil francés.

Rió y apoyó la cabeza contra el alto y grueso respaldo de la silla de roble.

Pero cuando ella se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa y la luz iluminó su rostro, se sintió repentinamente conmocionado e irguió un poco los hombros.

– ¿Me tienes miedo? -preguntó ella.

Él no respondió. Era absurdo tenerle miedo. Una leve crueldad se iba adueñando de él y le recordaba que ella acabaría por decepcionarlo, que tras aquella expresión misteriosa descubriría sólo coquetería, tal vez vulgaridad, y a buen seguro codicia. De pronto se sintió cansado, sumamente cansado. La habitación estaba demasiado cerrada. Se imaginó metiéndose en su propia cama, notó el cuerpo de Marianna junto al suyo. Despacio y con amargura pensó: «Ella está en la tumba.»

Además estaba demasiado borracho, estaba a punto de marearse, no tenía que haber llegado tan lejos.

– ¿Por qué estás tan triste? -preguntó ella con aquel ronroneo de voz. Parecía esperar una respuesta, y algo en ella inspiraba respeto… ¿Qué era? Su hermosura poseía fuerza. Quizás ella podía… Sin embargo, eso era lo que siempre había creído al principio, y luego ¿cuál era el final? La pugna entre las sábanas, en la que se permitiría alguna pequeña licencia con ella, y luego todo aquel regateo sembrado de amenazas. Estaba demasiado borracho para soportar todo aquello, demasiado.

– Tengo que irme… -dijo, y pronunció las palabras con desgana. Se llevaría su bolsa, si aún la tenía. Su tabarro, ¿qué había hecho con él? Estaba en el suelo, a sus pies. Si lo que pretendía era robarle, demostraba ser una perfecta estúpida. Esa mujer era más lista que todo eso.

Su cara se le antojó… demasiado ancha. Inusualmente ancha. Sin embargo, aquellos ojos negros seguían hipnotizándolo. Ella jugueteaba con el cabello blanco de sus sienes y Carlo le contempló las manos. Qué frente tan exquisita, subía recta hacia aquella costosa peluca francesa. Pero qué manos tan grandes para una mujer tan hermosa, unas manos demasiado grandes para cualquier mujer, y esos ojos. De repente se sintió confundido, a la deriva, una sensación que asoció con la góndola, aunque no tenía nada que ver con el agua.

Le pareció que la habitación se movía como si se hallaran inmóviles en una angosta barca.

– Tengo que irme… Tengo que acostarme.

Vio que ella se ponía en pie.

Parecía subir, subir y subir.

– Pero… pero no es posible -farfulló él.

– ¿Qué no es posible? -preguntó la desconocida en un susurro. Estaba de pie junto a él y Carlo podía oler su perfume, que no era tanto la esencia francesa como su frescura, su dulzura, su juventud. Sostenía algo en las manos. Una especie de lazo negro; ¿de qué era? De cuero, un cinturón con una hebilla.

– Que… que seas tan alta -respondió. Ella había alzado el lazo por encima de su cabeza.

– ¿Ahora te das cuenta? -preguntó sonriendo.

¡Exquisita!

Sospechaba que le sería fácil enamorarse de ella. ¿Puedes creerlo? Amarla. Había en ella cierta sustancia indefinible, no sólo el misterio previsible y su inevitable núcleo de vulgaridad, sino algo mucho más fiero.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó-. ¿Qué… qué tienes en las manos?

Aquellas manos no parecían humanas.

Había dejado caer el cinturón de cuero sobre él. Extraordinario. Miró hacia abajo y vio que le inmovilizaba los brazos y el pecho.

– ¿Qué me has hecho? -le preguntó.

Entonces, al intentar moverse, se dio cuenta.

Ella había pasado también el cinturón por el respaldo de la silla, y lo había tensado de tal manera que no se podía mover, sólo levantar un poco los antebrazos. Aquello resultaba de lo más extraño.

– No -dijo Carlo con una sonrisa. Alzó los antebrazos y estuvo a punto de derramar el licor. De pronto, dio una sacudida hacia delante.

Era imposible. La silla, un mueble grande y pesado, permanecía inmóvil.

– No -dijo de nuevo con una fría sonrisa-. Esto no me gusta. -Y como si regañara a un niño pequeño, sacudió la cabeza.

Ella se había colocado a su espalda, Carlo no la veía. Intentó levantar el cinturón con la mano derecha, pero estaba demasiado apretado.

Lo tomó con ambas manos, cruzó los brazos, el coñac cayó sobre la mesa y le mojó los dedos, que forcejeaban en vano con el cuero. Desde atrás, alguien sujetaba el cinturón en su sitio.

Ella apareció junto a su hombro derecho.

– ¿No te gusta? -le preguntó.

De nuevo le dedicó una fría sonrisa. Cuando aquella insensatez tocase a su fin, cuando la hubiera desnudado, le taparía la boca con la mano y le haría pagar por ello. No sería nada demasiado cruel, sólo una lección, y se vio a sí mismo deslizando los dedos entre aquella banda plana bordada para desatarla.

– Quítame esto, querida -dijo con frialdad, con una voz grave e imperiosa-. Quítamelo ahora mismo.

Vio aquella amplia mano colgando ante él, con unos dedos desusadamente largos y delgados y blancos. Hasta los anillos eran demasiado grandes, adornados con rubíes y esmeraldas. Debía de tratarse de una mujer muy rica: rubíes, esmeraldas y aquellas diminutas perlas.

De repente, torció la mano derecha, la agarró por la muñeca y la sentó en su regazo.

– No me gusta -le dijo al oído-. Y si no sueltas ahora mismo la hebilla, te romperé tu precioso cuello.

– Oh, no serías capaz, ¿verdad que no? -preguntó ella sin el más leve asomo de temor.

En él se estaba produciendo una transformación alquímica. Mientras la miraba, mientras contemplaba aquel rostro perfecto, su mente se aclaraba, y sin embargo su cuerpo seguía bajo los efectos del alcohol. Un dolor sordo le latía en la frente. Tenía los brazos atados con tanta fuerza que con la mano izquierda no podía llegar al cuello. Pero si era necesario le rompería el brazo y la violaría y así terminaría todo. Estaba demasiado bebido para todo eso. No tenía que haber ido a esa casa.

– Desátame el cinturón -le dijo-. Te lo ordeno.

Ella lo miró a los ojos sin responder y su expresión se dulcificó. La sintió moverse en su regazo y en ese mismo instante vio que en el centro de sus ojos negros brillaba un leve destello azul profundo. El rostro de la desconocida tapaba la luz que tenía a sus espaldas. Se hallaban tan cerca que Carlo percibía la fragancia de su aliento. Era fresco, inmaculado, y despertó en él una pasión que hubiera existido igualmente de haberse tratado de una persona común, porque era deliciosa, encantadoramente joven.

Durante un momento sólo vio su cuerpo. Ella le rozó los labios con los suyos y Carlo cerró los ojos. Su mano se aflojó en la muñeca de ella, que no se movió, y el beso le provocó un espasmo de deseo que elevó su pasión hasta una cima en la que todo lo demás carecía de importancia.

Entonces se movió, volviendo la cabeza en el respaldo de la silla.

– Quítame el cinturón -le pidió con dulzura-. Vamos, te deseo, te deseo… -susurró-. No creo que seas una mujer tan estúpida como para provocarme de este modo.

– Pero si yo no soy una mujer -musitó ella, justo antes de que él la hiciera callar cubriéndole la boca con la suya.

– Hummmm. -Frunció el ceño. En aquella broma había algo trágico, terrible y disonante. El placer que Carlo experimentaba era confuso, en pugna con su borrachera, y advertía vagamente que ella había puesto de nuevo las manos en el reposabrazos de la silla y que con sus palmas blancas presionaba las suyas contra la madera. Amable, juguetona, su tacto lo hechizaba, aunque resultaba extraño.

– ¿No eres una mujer? -En la textura de su piel había algo sobrenatural. Se le antojaba tan suave, tan tersa… y sin embargo no…-. Entonces, ¿qué eres? -susurró, al tiempo que sus labios formaban una sonrisa mientras la besaba.

– Soy Tonio -dijo ella en un leve jadeo-, tu hijo.

Tonio.

Carlo abrió los ojos, su cuerpo se convulsionó con violentos y dolorosos espasmos, incluso antes de que pudiera razonar. Un sonido metálico estalló en su cabeza mientras pugnaba por alejarlo y retenerlo a la vez, agarrarlo, apartarlo, al tiempo que un bronco rugido surgía de su garganta.

Había desaparecido. Estaba ante él, alzándose sobre él y mirándolo desde arriba. Y en un instante lo comprendió todo, el disfraz, lo que estaba ocurriendo, y la rabia se apoderó de él.

Pateó contra el suelo, agitó los brazos amarrados al tiempo que sacudía la cabeza de un lado a otro.

– ¡Federico! ¡Federico! -gritó mientras pugnaba y se debatía. Siguió aullando sin palabras, intentando clavar los talones en las piedras. De repente, cuando comprendió que la silla no se movería, que estaba indefenso, que no podía hacer nada, permaneció completamente inmóvil.

Ella lo miraba, sonriendo.

Carlo volvió la cabeza hacia un lado y la miró con los ojos desencajados. Entonces ella se echó a reír, una risa grave, ronca, abrasadora y sensual como su voz.

– ¿Quieres besarme de nuevo, padre? -susurró. Y aquel hermoso rostro, aquel rostro blanco y perfecto se quedó fijo en una bella y serena sonrisa.

Carlo le escupió en la cara.

Con los dientes apretados, las manos abiertas como si pretendiera cogerla con los dedos, le escupió de nuevo.

Entonces se desplomó hacia atrás, con la cabeza nuevamente ladeada, y lo entendió todo con asombrosa claridad.

El escenario, los interminables elogios de su belleza y su talento, el que Tonio personificara a la mujer perfecta bajo los focos, y aquellas manos, esas manos horrendas y terribles, y la piel…

Sintió que una náusea le ascendía desde el estómago. Apretó los dientes y se concentró en luchar contra el pánico que le atenazaba, no iba a debatirse. No le daría esa satisfacción.

Ella. ¡Ella! Cerró los ojos y se estremeció. Lo acometió el vómito, se lo tragó y tembló. Cuando abrió los ojos de nuevo, era Tonio quien sostenía la gran peluca francesa de perlas y cabello blanco en las manos.

La sonrisa había desaparecido de su rostro. Sus ojos eran vidriosos, grandes, parecían asombrados.

Se quitó el corpiño negro como si fuera una armadura. Las faldas, desatadas, cayeron al suelo.

Y allí, con la arrugada camisa blanca y los pantalones, el cabello mojado y despeinado, se alzaba un gigantesco hombre felino. En la cintura llevaba un puñal cuyo mango tenía piedras engarzadas. Emergió de aquel precioso tafetán y se ciñó el puñal con una de sus largas manos.

Carlo tragó saliva. Notó un rancio sabor en la boca y el silencio se cernió sobre ellos como la vibración de un fino alambre.

Se miraron largo tiempo, aquel diablo de ojos fríos con cara de ángel y Carlo, que en aquellos momentos soltó una desagradable y ahogada carcajada.

Se pasó la lengua por los labios.

Secos, doloridos, se le había formado una grieta en medio del labio inferior y sintió el sabor de la sangre.

– Mis hombres… -dijo.

– Están demasiado lejos. No te oyen.

– Vendrán…

– Tardarán mucho, mucho tiempo.

Y de pronto, volvieron a él aquellos pasos que subían cada vez más.

– En algún sitio corre agua, la oigo, el canal se ha desbordado.

Y ella, la zorra, el monstruo, el demonio, había respondido:

– No importa. Aquí no vive nadie.

No, en aquella casa no lo oiría nadie, aquella casona en ruinas que se derrumbaba.

En esa misma habitación en la que ardía un fuego, se había acercado a las ventanas en busca de aire y con sus propios ojos había comprobado que no podía ver la calle ni a sus hombres esperando, vigilando, sino, cuatro pisos más abajo, el pozo oscuro de un patio interior. Se hallaban en el centro mismo del edificio, y ella se lo había mostrado minuciosamente.

Oh, plan perfecto, diabólicamente ingenioso.

Estaba empapado en sudor. Aquellos imbéciles a los que había pagado para que lo asesinaran… El sudor le corría por la espalda y bajó los brazos. Tenía las manos húmedas y resbaladizas aunque no había hecho nada con ellas, salvo abrirlas y cerrarlas, abrirlas y cerrarlas, en un intento por combatir el pánico, aquel impulso de lucha innato, aun cuando sabía que la pesada silla de roble no se movería ni un centímetro.

¿Cuántas veces le había dicho a Federico que se alejara mientras estuviera con mujeres, que no lo molestara durante sus aventuras?

La representación había sido hermosa, y no se trataba de ninguna ópera. Y él que había dicho: «Es un eunuco, pueden estrangularlo con las manos desnudas.»

Observó a Tonio sentarse a la mesa frente a él, con la camisa blanca abierta en el cuello. La luz jugaba con los huesos de su cara. Todos sus movimientos sugerían los de un enorme felino, una pantera, traspasados de una gracia misteriosa.

Lo invadió el odio, un odio peligroso, que se aferraba a aquella cara, a aquellos rasgos perfectos y a todos los detalles que alcanzaba a ver, todo aquello que siempre había sabido y sufrido al oír hablar de Tonio, el cantante, Tonio, la prostituta ante los focos; Tonio, el joven hermoso, el famoso, el niño criado por Andrea con mimos e indulgencia hacía tantos años, mientras en Istanbul él bramaba y se debatía; Tonio, que lo tiene todo; Tonio, al que nunca había escapado ni por un momento; Tonio, Tonio y Tonio, cuyo nombre había ella gritado en su lecho de muerte. Tonio, que en esos momentos lo tenía prisionero, pese al cuchillo y a esas extremidades largas y débiles de eunuco, pese a los bravi y todas sus precauciones. Había vencido y lo tenía cautivo.

Si no soltaba un gran alarido, aquel odio acabaría enloqueciéndolo.

Pero pensaba, pensaba. Lo que necesitaban sus bravi era tiempo. Tiempo para darse cuenta de que aquella casa estaba vacía, demasiado oscura, tiempo para empezar a recorrerla.

– ¿Por qué no me has matado? -preguntó de pronto, debatiéndose contra la correa, al tiempo que cerraba los puños en el aire-. ¿Por qué no lo hiciste en la góndola? ¿Por qué no me has matado?

– ¿De una manera apresurada y furtiva? -preguntó de nuevo con aquel susurro ronco ya familiar-. ¿Y sin más explicaciones? ¿De la misma forma que me atacaron tus hombres en Roma?

Carlo contrajo los ojos.

Tiempo, necesitaba tiempo. Federico tenía buen olfato para el peligro. Se daría cuenta de que algo ocurría. Estaba a la puerta de esa casa.

– Quiero vino -dijo Carlo. Sus ojos se movieron hacia la mesa, hacia el cuchillo con el mango de marfil clavado en el pollo, lejos de su alcance, los vasos, la botella de coñac junto a ellos-. ¡Quiero vino! -Su voz se debilitó-. Qué Dios te maldiga; si no me has matado en la góndola, al menos dame un poco de vino.

Tonio lo estudiaba como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.

Entonces con uno de esos brazos increíblemente largos, le acercó la copa a Carlo.

– Toma, padre -dijo.

Carlo la levantó pero tuvo que inclinar la cabeza para beber. Sorbió el vino, escupió el primer trago para quitarse el sabor rancio de la boca y mientras alzaba la cabeza sintió un aturdimiento tan intenso que la cabeza se le inclinó involuntariamente hacia un lado.

Apuró la taza.

– Dame más -pidió. Ese cuchillo estaba demasiado lejos. Aun en el caso de que hubiera podido volcar aquella mesa, que pesaba más que la silla a la que estaba atado, no hubiese podido coger el cuchillo a tiempo.

Tonio cogió la botella.

Federico advertiría que pasaba algo raro. Se acercaría a la puerta. La puerta, la puerta.

Al subir aquellas escaleras delante de Tonio, había oído un fuerte ruido que resonaba en aquel recinto como el estallido de un cañón, y por su mente pasó la idea de que una mujer no tenía la fuerza suficiente para echar un cerrojo tan grande y ruidoso.

Aquello no detendría a sus hombres.

– ¿Por qué no lo has hecho? -preguntó con la copa en las manos-. ¿Por qué no me has matado todavía?

– Porque quería hablar contigo -respondió Tonio en un murmullo-. Quería saber por qué intentaste matarme. -Su rostro, hasta entonces impasible, se tiñó de una leve emoción-. ¿Por qué mandaste asesinos a Roma si yo en cuatro años no te he hecho daño ni te he pedido nada? ¿Fue mi madre la que te frenó?

– Ya sabes por qué los mandé -afirmó Carlo-. ¿Cuánto más pensabas esperar para venir a por mí? -Su rostro estaba encendido y empapado y se lamió el sudor salado que le llegaba a los labios-. ¡Todo lo que hacías indicaba que pensabas volver! Pediste que te enviaran las espadas de mi padre, te has pasado la vida en salones de esgrima; cuando todavía no llevabas seis meses en Nápoles, mataste a otro eunuco, y al año siguiente casi mandaste a un joven toscano a la tumba. ¡Todo el mundo te temía!

»¿Y tus amigos? ¿Tus poderosos amigos? Me harté de oír hablar de ellos. Los Lamberti, el cardenal Calvino, di Stefano de Florencia. Incluso te atreviste a utilizar mi apellido para salir al escenario, como si me arrojaras un guante a la cara. Tu único propósito en esta vida ha sido atormentarme. Toda tu trayectoria ha sido un filo que cada vez se acercaba más a mi garganta.

Se reclinó en la silla. Su pecho era una masa de dolor pero, oh, qué bien sentaba decirlo por fin en voz alta, notar que las palabras brotaban de él en una riada incontrolable de veneno e ira.

– ¿Qué pensabas? ¿Que lo iba a negar? -Miró la figura silenciosa que tenía delante, aquellas manos blancas y largas, aquellas garras que jugaban con el mango de hueso del cuchillo-. Una vez te di la vida, pensando que la llevarías aferrada entre las piernas y correrías con ella, pero me has puesto en ridículo. Dios mío, no ha pasado un solo día sin que haya oído hablar de ti, sin que me haya visto obligado a hablar de ti, a negar esto y aquello, a jurar inocencia y fingir lágrimas, y decir trivialidades y frases de resignación, mentiras sin fin. Me has puesto en ridículo. ¡Yo, el sentimental, temeroso de derramar tu sangre!

– ¡Cuidado con lo que dices, padre! -dijo Tonio en un susurro de asombro-. ¡Eres un necio!

Carlo rió, una carcajada seca y melancólica que le provocó un agudo pinchazo en la cabeza.

Bebió vino maquinalmente y su mano pugnó por coger la botella, vio cómo se deslizaba hacia delante, y el líquido salpicaba la taza.

– ¿Necio, yo? -Rió una y otra vez-. Si quieres ver arrepentimiento, si quieres que te suplique, te llevarás una decepción. Coge la espada, esa famosa espada tuya, que a buen seguro tienes escondida en algún sitio, y utilízala. ¡Derrama la sangre de tu padre! ¡Demuéstrame la misma crueldad que yo he empleado contigo!

Los grandes tragos de borgoña lo tranquilizaron por un momento y borraron la pena y la sequedad de aquella risa que acompañaba a sus palabras.

Quiso secarse la boca con la mano. Era un suplicio no poder tocarse la boca.

Dejó que el vino le cayera por encima del labio y se estremeció de nuevo por el pánico, aquel impulso que lo impulsaba a debatirse en vano.

– ¡Yo no quería mandar esos hombres a Roma! -exclamó-. ¡No tenía alternativa! Si todo hubiera sido distinto, si hubieran venido a contarme que habías crecido sumiso e inseguro, temeroso de tu sombra… He conocido eunucos así: Beppo, ese viejo despreciable; o el escurridizo Alessandro, pese a toda su insolencia, un ser sin ningún espíritu. De los capados de ese tipo no hay nada que temer, pero tú… A ti la castración no te ha causado el mismo efecto. Eras demasiado fuerte, demasiado hermoso, habías heredado el temple de mi padre y tal vez ya eras demasiado mayor. Siempre, siempre oía hablar de ti, era como si durmieras en mi misma cama, como si vivieras y respiraras bajo mi techo. ¿Qué podía hacer? ¡Dímelo! ¡No me quedaba otra salida!

A través de la bruma de las velas encendidas, vio el rostro distante aún colmado de asombro, pero parecía más remoto, más apenado.

– No te quedaba otra salida -repitió Tonio casi con amargura-. ¿Y si hubieras venido a Roma? ¿Y si nos hubiésemos encontrado y hubiéramos hablado como hacemos ahora?

– ¿Hablar, yo? -preguntó Carlo con repugnancia-. ¿Para qué? ¿Para pedirte perdón por haberte capado? -Casi se burló-. Una y otra vez te pedí que te rindieras a mí, ¡hijo bastardo! Y tú te negaste. Tú mismo te has buscado ese destino. Fue decisión tuya, no mía.

– ¿Cómo puedes creer eso? -preguntó Tonio.

– ¡No tenía otra salida! -bramó Carlo-. Te lo he dicho y lo repito, no tenía otra salida. Y malditos sean los hombres a quienes mandé contra ti, eso fue una estupidez. Si te incitaron a venir, mucho mejor, porque lo hubieras hecho de todos modos, y lo sabes, y te aseguro que no tenía más remedio que hacerlo.

Se le nubló la vista, pero, oh, el rostro, incluso en aquellos momentos, era tan hermoso, demoníaco, qué ironía, y la juventud, la juventud, eso era lo que más lamentaba de todo.

De nuevo veía el borde de la copa. El vino volvió a derramársele por la barbilla. Cogió la botella.

– Encontrarme contigo, hablar contigo. -Suspiró, resollante, con los ojos entornados.

Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Qué estaba diciendo?

Sus ojos se movieron hacia el alto techo, la gran bóveda oscura que temblaba levemente con las llamas de las velas, donde vivían las arañas, y la lluvia, que se filtraba, brillaba en pequeñas gotas a través de las finas grietas.

Lo que necesitaba era tiempo, tiempo para que oscureciera, y todo lo que había dicho, lo que había brotado de él, todo el veneno de aquellas viejas heridas…

Sin embargo, cuando notó que el vino invadía cálidamente su cuerpo y una fatiga inmensa y dulce se apoderaba de él, no le importó.

Lo que le importaba era la injusticia de todo aquello, una injusticia implacable y brutal que se había prolongado durante años. Mentiras y acusaciones que nunca tocaban a su fin, y por todo eso había pagado. Y tanto que había pagado. Ése era el misterio que encerraba: cada vez que lo había intentado le había costado tan caro que al final no merecía la pena. Oh, ¿le había sido permitido disfrutar de algo que no le hubiera costado juventud, sangre e interminables disputas? ¿Cuándo había hallado un poco de comprensión, algún momento en que pudiera confiar en la imparcialidad de un juez?

– ¿Qué sabes tú de eso? -dijo-. De todos aquellos años en Istanbul, lejos de ella, mientras a ti te mimaban y te consentían, y luego volver a casa y que ella me acusara, sí, me acusara. Nunca me creyó, ¿sabes? Siempre era Tonio y sólo Tonio. Le supliqué miles de veces que dejara el vino, recurrí a médicos y enfermeras para que la examinaran y la cuidaran. ¿Hubo algo que no le diera? Joyas, la moda de París, criadas que la servían, las mejores institutrices para nuestros hijos. ¡Todo se lo di! ¡Pero lo único que ella quería era a Tonio y el vino, y fue el vino lo que la llevó a la tumba, y en su lecho de muerte preguntó por ti!

Contempló a Tonio. ¿Qué era esa expresión en su rostro? ¿Incredulidad? ¿Dolor inesperado? No lo sabía, no le importaba.

– Saber eso debe producirte placer, sin duda -dijo con amargura al tiempo que se inclinaba otra vez hacia delante. La cabeza le pesaba demasiado, dejó que el vino fresco y claro se le desparramara en la boca-. Y sus últimos días… ¿Sabes qué me dijo? Que la había destrozado, que la había llevado a la locura y a la bebida, y que le había quitado a su hijo, su único consuelo. ¡Eso fue lo que me dijo!

– Y claro, tú no la creíste, ¿verdad? -preguntó Tonio con un hilo de voz.

– ¿Creerla? Después de todo lo que sufrí por ella. -Carlo notó que la correa se le clavaba en el cuerpo causándole un agudo dolor, y recostándose hacia atrás sujetó la botella con ambas manos-. ¡Después de todo lo que hice por ella! Desterrado por amor a ella, ¿y quién, después de todos aquellos años en Istanbul, y ella casada con mi padre, hubiera vuelto a quererla?

»Pero yo la amaba, y era una pasión que duró quince años para ser destruida. ¿Cómo? No fue el tiempo, te lo aseguro, ni mi padre, sino tú. Dijo tu nombre, y murió. Al final ya ni siquiera miraba a nuestros hijos…

Su voz se quebró. Se quedó asombrado al escuchar su sonido, y si hubiera podido, habría hundido la cabeza entre los brazos.

Aquella esclavitud era insoportable, pero habría sido peor si hubiera luchado y hubiese fracasado, se dijo con desespero, sentado, inmóvil. Las manos se esforzaban por alcanzar su rostro, apenas podía soportar el peso de la cabeza.

– Me preguntas si la creí. ¿Qué derecho tienes a preguntarme nada? ¿Qué derecho tienes a juzgarme?

Cogió la botella de coñac y la vació deprisa en la copa. Lo bebió y sintió el calor más fuerte y agudo del licor, delicioso. La habitación pareció temblar bajo sus pies, y su cuerpo se convulsionaba, llegando incluso a poner los ojos en blanco. Ante él se alzaba una imagen, una imagen que lo atormentaba: la de su joven y hermosa Marianna la primera vez que la había sacado del convento; cuando habían ido a sus aposentos, ella había advertido que él no quería casarse y había empezado a gritar.

Temblaba, recordando sólo sus palabras apresuradas al consolarla, y asegurarle que lo único que necesitaba era tiempo, tiempo para convencer a su padre. «Soy su único hijo, ¿comprendes? Tiene que ceder ante mí.»

Pero no era eso lo que quería entonces. Estaba al borde del delirio, y le recorrió cierta sensación experimentada durante los años anteriores a aquéllos, cuando su madre estaba viva, y todos sus hermanos, y la vida era fácil, llena de esperanza y amor. Entre él y su padre no había obstáculos insalvables, nada que no pudiera enmendar, que no pudiera corregir. Sin embargo, todo eso se lo habían arrebatado con crueldad, del mismo modo que le habían arrebatado a Marianna, le habían arrebatado la juventud, y en esos instantes se dio cuenta de que sus recuerdos más nítidos estaban traspasados de lucha y amargura, y que borraban todo lo demás.

Carlo gimió. Miró la mesa de la cena. Tenía una vaga idea de dónde se encontraba y de que era Tonio quien lo retenía allí. La correa se le clavaba, y ladeando la cabeza intentó ver con claridad, recordar de nuevo que lo único que necesitaba era tiempo.

Las velas ardían bajas, y el fuego del hogar era un montón de cenizas fulgurantes. Aquella mañana, cuando había acudido borracho al Broglio, jurando que se casaría con ella con o sin su consentimiento, su padre se había plantado ante él con aquel espantoso semblante. «¡Te atreves a desafiarme!» Y ella lloraba en la cama de aquel sucio albergue. «¿Qué me has hecho, Dios mío?»

Emitió un sonido, un gemido.

Con un sobresalto advirtió que la habitación estaba más oscura y era enorme, y Tonio, ante él, lo miraba todavía inexpresivo a excepción de la dura línea de su boca.

Su cabello negro se veía más suave y le caía sobre el rostro de una manera más natural. ¿Qué parecía? Incluso después de la castración existía ese parecido asombroso, sí, como una docena de retratos pintados muchos años atrás cuando estaban todos juntos, sus hermanos y él, y su madre, pero ¡aquél era Tonio!

Se sintió invadido de nuevo por la náusea.

– Tú… -gritó con el cuerpo tembloroso-, tú que me tienes preso aquí, tú que me juzgas. ¿Es a esto a lo que has venido? ¿A juzgarme? Tú, el mimado. -Rió, con aquella risa que brotaba de nuevo, una risa grave, profunda y seca que parecía llevarse consigo las palabras-. El elegido de mi padre, el cantante, sí, el gran cantante, la celebridad de Roma, siempre rodeado de mujeres que arrojan flores a su carruaje, y la realeza que lo recibe, Tonio, con su bolsa rebosando de oro, y el cardenal Calvino, idolatrándolo y satisfaciéndole todos los deseos…

En el rostro de Tonio brilló un breve centelleo de intensa emoción.

– Sí, sí. -Rió con esa risa seca y grave-. ¿Crees que no sé el execrable destino al que de manera tan precipitada e impulsiva te condené? ¿Crees que no he oído hablar de tus amantes, tus devotos seguidores, tus amigos? ¿Hay alguna puerta que no se te haya abierto? ¿Algo que desearas y que te haya sido negado? Eunuco. Dios del cielo, ¿qué te cortaron para que hayas puesto un asedio a todas las camas de Roma tan fiero como el de las hordas bárbaras?

»Y vuelves aquí, rico, joven, bendecido por los dioses; en tu monstruosidad llegas a seducir a tu propio padre, y ahora pretendes juzgarme. ¡Preguntarme el por qué de mis acciones!

Descansó y sus dedos intentaron en vano secarse los labios. Aún quedaba un trago de coñac en la copa y la apuró.

– Dime. -Se inclinó de nuevo hacia delante, con la cabeza que le colgaba hacia un lado-. ¿Renunciarías a todo eso si te devolvieran lo que te quitaron? ¿Renunciarías a todo eso por la vida que yo he vivido desde entonces? -Contempló a Tonio con mirada desenfocada-. Piensa antes de contestar. ¿Tengo que contarte cómo ha sido? Con mi esposa llorando sin cesar por su hijo perdido, y tu prima, tu querida prima Catrina, una auténtica arpía, clavándome las garras cada vez más hondo, acechando el más leve desliz. Y esos viejos senadores e inquisidores, sus partidarios, buitres, ¡eso es lo que son, vigilándome por el rabillo del ojo!

»No, ahora estoy hablando de Venecia, de la vida de deberes y obligaciones que te robé con tanta crueldad, Tonio, el cantante, Tonio, la celebridad, Tonio, el castrati. Escúchame.

Suavizó el tono de voz como si fuese a confiar un secreto, sus palabras eran febriles.

– Para empezar, un gran palazzo enmohecido, que devora mi fortuna debido a sus infinitas habitaciones, paredes que se desmoronan, cimientos podridos, como una esponja de mar gigante que te chupa todo lo que le das y siempre quiere más; a fin de cuentas un emblema más de la república, de ese gran gobierno que todos los días de tu vida te cita en los Oficios del Estado, y allí tienes que hacer reverencias, sonreír, regatear, mentir, suplicar y presidir el incesante e interminable parloteo cacofónico que constituye el día a día de esta orgullosa ciudad sin imperio, sin destino, sin esperanza. Inquisidores del estado y espías y rúbricas y tradición y pompa hasta el paroxismo, y con el dinero de tu bolsillo pagas cada espectáculo, día festivo, aniversario, celebración y nueva extravagancia.

»Y después de eso, cuando finalmente te ves libre de esas pesadas túnicas, y de murmurar sandeces, con los pies llagados y los músculos de la cara doloridos de tanto disimular, entonces, cuando por fin eres libre para perder tu dinero por enésima vez en el Ridotto, o dormir con la misma cortesana o la misma tabernera o la misma adúltera con la que te has peleado siete veces la semana anterior, los espías del estado se pegan a tus talones, tus enemigos siempre juzgándote, tu conducta siempre examinada con rigor, y entonces ya cansado de todo ello, harto, desbordado, te vuelves y miras a tu alrededor, de un extremo a otro de esta estrecha isla, adviertes que a la mañana siguiente todo empezará otra vez. ¡Y has venido a juzgarme!

«¿Quieres recuperarlo? ¿Lo quieres a cambio de la ópera, lo quieres a cambio de tu muchachita inglesa de la Piazza di Spagna, quieres renunciar a esa voz incomparable que te ha convertido en un dios entre los hombres, para poder volver aquí y no ser más que uno de los mil nobles codiciosos que luchan denodadamente por los pocos cargos costosos y rutinarios de esta república que se ha reducido a las paredes que rodean la piazza?

Estalló en una risa grave, con ímpetu propio, reconfortante como las palabras, un desbordamiento que no podía controlarse.

– Quédate con esa casa maldita y hedionda. Quédate con ese gobierno maldito y hediondo. Quédatelo todo y…

Titubeó.

Calló.

Miró al frente y por un momento le pareció que su mente se vaciaba, y el impulso de energía que lo había animado se había disipado, dejándolo débil y exhausto.

Su mente intentaba comprender algo, pero no sabía qué.

Salvo que en todo aquello había un hilo conductor. Y que si cogía el hilo y lo seguía hacia atrás en el laberinto de sus desvaríos, a buen seguro llegaría de nuevo a la piazza, bajo la lluvia, y a ese momento, a ese momento sublime en el que las gaviotas alzaban el vuelo y los estandartes ondeaban al viento. Vio aquella tristeza radiante, cabal y completa, a una gran distancia de él, y ese momento en el que había experimentado resignación y esperanza y cierta gratitud gloriosa porque durante un instante todo había cobrado sentido. Si Tonio estuviera muerto, muerto y enterrado, entonces él podría respirar.

Carlo miró a su hijo. Le parecía que llevaban una eternidad juntos en aquella habitación.

Las velas chisporroteaban y el fuego casi se había extinguido; sin embargo el aire seguía siendo tan caliente como una sustancia dañina, y la cabeza, cómo le dolía la cabeza.

No obstante algo iba mal.

Algo en su mente iba terriblemente mal, Algo fallaba, porque todas aquellas excusas no eran simples mentiras, no eran subterfugios para ganar tiempo a fin de que llegaran sus hombres. Aquello era algo que lo consumía, algo que tenía la fuerza y el brillo de la verdad. Ojalá no hubiera sido verdad, ojalá lo que había estado describiendo no hubiera sido su vida…

Tonio tenía el rostro contraído, aquella belleza juvenil no tanto borrada como transformada en algo más exuberante y complejo que la inocencia, un alma ardiendo dentro de la hechicera, la seductora.

Pero a Carlo todo aquello había dejado de importarle.

Miraba el caos en que se había convertido su mente. Y el horror que lo acechaba, el horror que había saboreado en la piazza, el horror que él había conjurado, algo que subía en espiral desde su boca como un grito seco.

Desesperado, quiso explicar algo, algo que nunca había sido comprendido. ¿Cuándo había querido él asesinar, castrar? ¿Cuándo había querido siquiera luchar como se había visto obligado a hacer?

El silencio de Tonio lo consumía. Su inmovilidad lo aterrorizaba, y entonces, como si con su silencio no hubiese conseguido retrasarlo por más tiempo, vio que Tonio se levantaba.

Miró los brazos largos y delgados que cogían esos atuendos negros, el corpiño, las faldas, la peluca sembrada de perlas diminutas.

Y mientras lo observaba horrorizado, Tonio lo tiró todo al hogar donde se consumían las últimas ascuas.

Una llama se elevó ante las ennegrecidas baldosas mientras Tonio movía el fuego con el atizador, y el gran hueco de la peluca se llenaba de humo.

Sus perlas brillaron en la luz, y entonces empezó a desintegrarse, al tiempo que en ella surgían pequeñas llamas. Mientras se encogía, emitió un crujido, como una boca comprimida por ambos lados. Y el tafetán negro que había debajo ardió con una gran llamarada.

– Pero ¿por qué quemas todo eso? -se oyó preguntar Carlo. Se lamió de nuevo los labios secos. La botella estaba vacía, la copa estaba vacía…

En toda su vida no había conocido el temor que sentía en aquellos momentos. Tenía que decir algo, tenía que comenzar otra vez, debía encontrar alguna manera de demorar el final. Retrasarlo hasta que sus hombres lo encontraran, pero no podía librarse de aquel miedo…

– Me impulsaron a hacerlo -susurró con un hilo de voz que sólo oía él mismo-, me impulsaron a hacerlo, a un precio que… ¿qué valor tenía entonces? ¿Qué valor? -Sacudió la cabeza. Aquellas palabras no estaban dirigidas a Tonio, sino a sí mismo.

Sin embargo Tonio lo había oído.

Tonio tenía el atizador en la mano. Su extremo brillaba con un resplandor rojo en la penumbra, y con aquella gracia lenta y felina que lo caracterizaba, se acercó a Carlo, con el atizador pegado al costado.

– Te has dejado una cosa, padre -dijo, y su voz sonó tranquila y fría, parecía estar hablando ceremoniosamente con un amigo-. Me has hablado de una esposa que te decepcionó, del gobierno que te sangra y te oprime, de los espías que te persiguen, de mi prima que siempre te acusa, me has hablado de todo lo que te atormenta y que convierte tu existencia en una letanía de desdichas, pero no me has hablado de tus hijos.

– Mis hijos… -Carlo entornó los ojos.

– Tus hijos -repitió Tonio-, los jóvenes Treschi, mis hermanos. Y ellos ¿qué te hacen, padre? Aun siendo niños, ¿cómo te atormentan? ¿Qué injusticia cometen contigo? ¿No te dejan dormir por las noches con su llanto? ¿Te roban tu bien merecido sueño?

Carlo balbuceó.

– Vamos, padre -prosiguió Tonio en un murmullo-. Si todo lo demás te abruma con obligaciones y esclavitud, a buen seguro ellos se la merecen. Tú, padre, hace cuatro años rompiste la trayectoria de mi vida.

Carlo miró hacia delante. Entonces sacudió la cabeza titubeante, se incorporó, alzó los hombros y clavó los pies en el suelo.

– Mis hijos… -dijo-. ¡Mis hijos… mis hijos crecerán y te perseguirán y me vengarán! -grito.

– No, padre -replicó Tonio. Se volvió y con un simple movimiento tiró el atizador al fuego-. Si mueres aquí -susurró-, tus hijos nunca sabrán qué te ocurrió.

– Eso es una mentira infame. Crecerán deseando tu muerte, esperando el día en que…

– No, padre. Serán criados por los Lisani y nunca les hablarán mucho de nosotros ni de nuestro viejo feudo.

– Mentiras, mentiras… Mis hombres no descansarán hasta…

– Tus hombres huirán de esta ciudad como ratas cuando sepan que no han sido capaces de protegerte.

– Los inquisidores del estado te prenderán y…

– Si supieran que estoy aquí, ya me habrían arrestado -replicó Tonio en voz baja-, y a los ojos de muchos de ellos tú te marchaste de la piazza en compañía de una furcia.

Carlo alzó la vista, incapaz de hablar.

– Si mueres aquí, nadie sabrá lo ocurrido, padre. -Tonio suspiró.

Se volvió, cruzó la habitación a grandes pasos y abrió un armario barnizado de oscuro.

Carlo lo observaba petrificado, mientras él, con aquellos gestos sencillos y elegantes sacaba una anticuada levita y se la ponía, y luego una espada que se ciñó en la cadera. Luego se echó una capa sobre los hombros, y se la sujetó al cuello al tiempo que unos grandes pliegues de lana negra caían hasta el suelo.

Aquellos dedos largos alzaron la capucha de la capa y el rostro blanco de Tonio resplandeció bajo el oscuro triángulo de tela.

Carlo se debatió. Su cuerpo se estremecía, apretaba los dientes por el esfuerzo, y con todo su peso intentó volcar la silla hacia atrás. Todo fue en vano.

La figura se acercó, la capa negra ondulaba con el mismo ritmo misterioso de las faldas negras en la piazza. Tonio miró la cena abandonada y arrancó el cuchillo del pollo.

Los ojos de Carlo, vidriosos por las lágrimas de ira, no titubearon. Todavía no se había terminado, pero si por un instante pensaba que así era, empezaría a chillar enloquecido, no podía acabar así, no podía acabar con la misma injusticia, y su mente vibraba de odio contra Tonio y de terrible arrepentimiento por no haberlo matado mucho antes.

– ¿Sabes lo que siempre pensé que haría cuando llegase este momento? -preguntó Tonio. Alzó el cuchillo ante Carlo y la grasa del pollo brilló en la luz cada vez más tenue.

Carlo se encogió en la silla.

– Siempre pensé que al final decidiría llevarme tus ojos -susurró Tonio alzando el cuchillo despacio-, para que tú, que has amado como yo nunca he podido amar, tú que has engendrado unos hijos que yo nunca podré engendrar, fueras excluido de la vida del mismo modo en que lo fui yo, por más que haya seguido viviendo.

La mirada vidriosa de Carlo se desbordó y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Sin embargo, su boca conspiraba en silencio al tiempo que miraba a Tonio con ira. Y tras hacer acopio de toda su saliva, le escupió.

Los ojos de Tonio se ensancharon.

Con un gesto casi involuntario, se limpió el salivazo con el borde de la capa.

– Eres muy valiente, ¿eh, padre? -dijo Tonio-. Cuánto coraje en un solo hombre… Hace años, me dijiste que yo tenía valor. ¿Lo recuerdas? Pero ¿es el coraje lo que te mueve a desafiarme ahora que tengo sobre ti el poder de la vida y la muerte? ¿Es el coraje el que te dicta que no agaches la cabeza ni por tus hijos, ni por Venecia, ni por la vida misma?

»¿O se trata de algo mucho más brutal que el coraje, mucho más ruin? ¿No son el orgullo y el egoísmo los que te han convertido en un esclavo de tu voluntad desenfrenada, de modo que todo el que se oponga a ella se convierte en tu enemigo mortal, sea cual sea la razón?

Tonio se acercó y su voz era más vehemente.

– ¿No fue egoísmo, orgullo, deseo desenfrenado lo que te llevó a sacar a mi madre del convento que la cobijaba para destruirla y hacerle perder la razón cuando hubiese podido tener una docena de pretendientes, y casarse una docena de veces, feliz y contenta? Ella era la mejor de la Pietà, su voz era una leyenda. ¡Pero tú tenías que hacerla tuya, fuera o no fuera tu esposa!

»¿Y no fue egoísmo y orgullo y deseo desenfrenado lo que te llevó a desafiar a tu padre, amenazando con la extinción de una familia que había perdurado un milenio antes de que tú nacieras?

»Y cuando volviste a casa y descubriste que aún se te perseguía por esos delitos, ¿qué otra cosa hiciste sino intentar apoderarte de lo que pudieras presa del orgullo, el egoísmo y la obstinación, aunque eso implicara crueldad, traición y mentiras? "Ríndete a mí", dijiste, y cuando no accedí, me hiciste capar, me sacaste de mi tierra natal y me separaste de aquellos a los que conocía y amaba. Proscrito de Venecia antes que acusarte, degradado antes que verte castigado y poner mi casa en peligro, y ahora resulta que todo eso por lo que me mutilaste y me agraviaste no eran más que persecuciones, obligaciones, vejaciones.

»¡Dios mío! Un linaje casi ha desaparecido por tu culpa, una mujer a la que destrozaste y volviste loca, un hijo castrado y aniquilado… ¿Y te atreves a quejarte de acusaciones y sospechas? ¿Te atreves a decir que te viste obligado a mentir? ¿Quién demonios te consideras para que tu orgullo, tu egoísmo y tu lujuria exijan ese precio?

– ¡Te odio! -gritó Carlo-. ¡Maldito seas! ¡Ojalá te hubiera matado! ¡Si pudiera, te mataría ahora mismo!

– Sí, te creo -replicó Tonio con voz débil y temblorosa-. Y me dirías de nuevo que en esto, como en todo lo demás, no has tenido otra alternativa.

– Sí, sí, sí, y otra vez sí.

Tonio calló. Todavía temblaba por la vehemencia de sus palabras. Intentó tranquilizarse, dejar que el silencio se llevara toda la rabia que había estallado. Miró fijamente a Carlo, pero su expresión anterior iba desapareciendo para dar paso a la inocencia.

– Y ahora no me dejarás más remedio, ¿verdad? -preguntó Tonio-. Comprendes que debo matarte, en este mismo instante, aunque el instinto me mueva a salvarte, aun en contra de tu propia voluntad.

El rostro de Carlo, petrificado por la furia, experimentó una leve alteración.

– No quiero matarte -aseguró Tonio en un susurro-. Pese a todo tu odio, tu temeridad, tu infinita maldad, no quiero matarte. Y no porque me inspires compasión, hombre ruin donde los haya, sino por motivos que nunca has respetado y jamás has comprendido.

Hizo una pausa para recobrar el aliento. El brillo del fuego se reflejaba en su rostro terso.

– Porque eres hijo de Andrea -dijo despacio, como si las fuerzas lo abandonaran-, porque eres carne de mi carne y sangre de mi sangre, porque eres un Treschi, el amo y señor de la casa de mi padre. Porque tienes a tu cargo a mis hermanos pequeños, a los que no quiero dejar huérfanos, y porque, pese a todas tus amargas quejas, llevas nuestro apellido en el gobierno de Venecia.

»Por todo eso voy a dejarte vivir, todo eso es lo que me ha hecho venir hasta aquí para no matarte, y porque por muy doloroso que resulte eres mi padre, mi padre, y no quiero manchar mis manos con tu sangre.

Tonio calló de nuevo. Mantuvo el cuchillo en alto, y sus ojos se volvieron más distantes y oscuros. Un cansancio insoportable, una repugnancia repentina acabaron por vencerle.

Carlo lo percibió con aguda penetración, aunque su rostro denotaba burla, dispuesto a no rendirse.

– Y finalmente -musitó Tonio- porque no voy a permitir que me obligues a hacerlo, no voy a ofender a Dios con un parricidio, alegando como tú que no tenía otra salida.

»Pero ¿comprendes mis palabras? ¿Aceptas que existe una voluntad que está más allá de tu obstinación, de tu orgullo? ¿No hay manera de desatar este nudo de venganza, injusticia y sangre?

Carlo echó la cabeza hacia un lado y miró a Tonio de soslayo. El odio que sentía por él latía en su interior al mismo ritmo que su corazón.

– Estoy harto de odiarte -susurró Tonio-. Harto de temerte. Para mí no eres más que una violenta tormenta que lleva mi barca indefensa a la deriva. Nunca recuperaré lo que he perdido, pero no quiero más disputas contigo, ni más odio ni más rencor.

»Dime, padre, aunque tus súplicas fueran innecesarias, ¿me creerás si te digo que lo único que espero de ti es una promesa? Después de esto, no volverás a atentar contra mi vida, te dejaré aquí sano y salvo. Me marcharé de Venecia como vine, y nunca te infringiré ningún daño ni a ti ni a tus seres queridos. Si ahora no me crees, lo harás en el momento en que me marche; pero para eso, padre, tienes que doblegar tu espíritu, aunque sea mínimamente. Tienes que darme tu palabra.

»Por eso he venido, por eso no te maté antes. ¡Quiero que todo termine entre nosotros! Quiero que vuelvas a tu casa, junto a mis hermanos pequeños. ¡Quiero que me lo prometas!

Carlo lo miró con el ceño fruncido y luego, con una voz grave y gutural, murmuró:

– Me estás engañando.

Un espasmo agudo atravesó el rostro de Tonio. Luego recuperó la serenidad de aquella expresión liberada de toda maldad. Bajó los ojos.

– Por el amor de Dios, padre -susurró-. ¡Por la vida misma!

Carlo lo observaba. Su visión era clara, dolorosamente clara, a pesar de la oscuridad que reinaba en la habitación, y sintió un odio tan acerbo por la tenebrosa figura que estaba ante él que pocas cosas más tenían cabida en su mente.

Vio el cuchillo moverse en sus manos. Tonio lo hizo girar con destreza y lo sostuvo de tal manera que el mango quedara al alcance de Carlo.

– Tu promesa, padre. Tu vida por mi vida, ahora y para siempre. ¡Dilo! -le exigió Tonio-. ¡Dilo para que te crea!

Carlo asintió despacio.

– Dilo, padre -susurró Tonio.

– Te prometo… te prometo que nunca volveré a atentar contra tu vida -murmuró.

Y el estupor lo hizo enmudecer cuando vio que Tonio le tendía el cuchillo.

– Tómalo -le dijo-. Corta tú mismo la correa. Liberémonos mutuamente de una vez por todas.

Carlo cogió el cuchillo e inmediatamente cortó la tira de cuero por debajo de su brazo izquierdo.

La correa chasqueó con fuerza sobre el pecho de Carlo y los brazos le quedaron libres. Se puso en pie despacio, con el cuchillo en la mano.

Tonio había retrocedido algunos pasos, aunque sus movimientos eran lentos. La larga capa flotaba a su alrededor, el fuego brillaba en sus extremos y encendía sus ojos negros.

Los ojos de Carlo se ensancharon despacio. Si pudiera ver qué había bajo esos pliegues de lana negra que cubrían completamente aquella figura, si pudiera calibrar mejor la expresión de su rostro, pero toda su capacidad de razonamiento sucumbía ante ese odio que había alimentado durante aquella larga tarde en que Tonio lo había retenido allí a la fuerza. Tonio, al que detestaba y al que tendría que haber matado hacía mucho, mucho tiempo. Tonio, el eunuco, que lo había puesto en ridículo de la manera más inconcebible.

Y en un último acto de desafío, dejó que sus ojos se movieran despacio y de manera elocuente, de arriba abajo, sobre la figura que tenía delante, al tiempo que sus labios dibujaban una mueca de auténtico desdén.

En un instante se precipitó hacia delante enarbolando el cuchillo y con la mano izquierda agarró la lana negra en busca del débil brazo que había debajo.

Pero la alta figura negra y embozada se apartó de él como si fuera una ilusión, con un gesto tan rápido que ni siquiera lo vio, y al volverse oyó el sonido metálico de la espada de Tonio. Un fino surco de luz selló la grieta de oscuridad que se abría entre ambos y a Carlo le estalló el pecho de dolor.

El cuchillo cayó al suelo.

Alargó los dedos para coger el filo del espadín, el destello de luz que lo sesgaba, y al intentar hablar su boca se llenó de un líquido caliente que se derramó a borbotones sobre la barbilla.

¡No se ha terminado! ¡No se ha terminado! Pero su voz se había perdido en un espantoso gorgoteo.

Mientras caía, con la oscuridad que se alzaba en torno a él, y su mente era presa de un terror absoluto, en los ojos de Tonio vio un destello que se quebraba y se desvanecía, y contempló su rostro afligido antes de que recobrara de nuevo aquella expresión de inocencia.

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