Capítulo5

– ¿Qué esperas conseguir? ¿Acaso sabes realmente lo que quieres?

Guido recorría la habitación de un lado a otro con el rostro contraído por la ira. Cerró la puerta de su aula de prácticas y se colgó la llave en el cinturón.-¿Por qué has apuñalado a ese chico?

– No lo he apuñalado. Sólo tiene unos pequeños cortes. ¡Vivirá!

– ¡Sí, esta vez vivirá!

– Ha entrado en mi habitación por la fuerza. ¡Me estaba atormentando!

– ¿Y qué pasará la próxima vez? El maestro te ha quitado el puñal, la espada y esas pistolas que compraste. Pero no ha sido suficiente, ¿verdad?

– No, si no me respetan. Si vivo rodeado de bestias, tengo que defenderme.

– ¿No lo comprendes? No puedes seguir así. Si continúas comportándote de ese modo te echarán del conservatorio. ¡Lorenzo podía haber muerto!

– Déjeme en paz.

– Oh, estás a punto de llorar, ¿no es cierto? Dilo otra vez, quiero oírlo.

– Déjeme en paz.

– No voy a dejarte en paz, no te dejaré en paz hasta que cantes. ¿Crees que no sé qué te impide hacerlo? ¿Crees que no sé lo que te ha ocurrido? Dios mío, ¿estás tan obcecado que no te das cuenta de que he puesto en peligro mi vida para traerte aquí cuando hubiera hecho mejor en alejarme de ti y de tus perseguidores? Sin embargo, te saqué del Véneto, te conduje hasta aquí, donde los emisarios de tu gobierno, si querían, podían haber mandado a sus bravos para que me despedazaran en la calle.

– ¿Y por qué lo hizo? ¿Le pedí yo algo? ¿Qué busca? ¿Qué quiere de mí?

Guido le pegó. No pudo contenerse y lo abofeteó con tanta fuerza que Tonio se tambaleó. Se llevó la mano al rostro como si no quisiera ser testigo de aquello. Guido le volvió a pegar. Luego lo agarró con las dos manos y le golpeó la cabeza contra la pared.

Tonio jadeó levemente con un sonido gutural. De nuevo, la mano de Guido cayó sobre él y lo aferró por el cuello.

Guido retrocedió, intentando controlarse. Se quedó de espaldas a Tonio, ligeramente encorvado, como si quisiera encerrarse en sí mismo.

Tonio no pudo contener las lágrimas y, aunque se odiaba por su debilidad, sacó el pañuelo, resignado, y se las secó bruscamente.

– Muy bien -la voz de Guido apenas era audible por encima de su hombro-. Siéntate ahí. Vamos a repetirlo. Y esta vez presta atención.


El sol de la tarde calentaba el suelo de piedra y la pared, y Tonio trasladó el banco hacia un lugar donde pudiera descansar al sol, se sentó y cerró los ojos.

El primer alumno fue el pequeño Paolo, cuya potente voz llenaba la sala como el repicar de una radiante campana de oro. Seguía sin esfuerzo los arpegios, recorriendo la escala, y al hinchar las notas, las dotaba de un sentimiento cercano a la dicha.

Tonio abrió los ojos para mirar la nuca morena del muchacho. Mientras lo escuchaba se iba adormilando. Se sorprendió ligeramente ante las advertencias de Guido y la aguda comprensión de lo que Paolo había hecho mal. Pero ¿lo había hecho mal? Guido decía: «Oigo tu respiración, la veo, ahora repítelo más despacio, pero no sueltes el aire y esta vez… esta vez…» Esa vez la vocecita subió y bajó, con notas largas y agudas.

Cuando Tonio despertó de nuevo, le tocaba el turno a otro niño de más edad. Así era la voz de un castrado, con un matiz más rico o tal vez más duro que la de cualquier chico. Guido estaba enfadado. Cerró la ventana de un manotazo. El muchacho se había marchado y Tonio se frotaba los ojos. ¿Había refrescado?

Anochecía, pero el aire en aquel lugar era acariciadoramente dulce y en el alféizar de aquella honda ventana del primer piso temblaban las flores blancas de una enredadera interminable.

Se levantó, sintió una punzada de dolor en la espalda. ¿Qué hacía Guido en la ventana? Sólo distinguía el movimiento de sus hombros, mientras abajo, en el jardín, se dejaba oír un leve rumor de niños corriendo y gritando.

Entonces Guido se puso en pie y con él pareció alzarse un gran suspiro procedente de sus pesados miembros, de sus anchas espaldas, de su cabeza desgreñada.

Se volvió hacia Tonio, su rostro oscuro en contraste con el brillo que enmarcaba el arco del claustro, donde el sol todavía se demoraba iluminando los naranjos.

– Si no cambias -empezó-, el maestro di capella te expulsará en una semana. -La voz sonaba tan grave y áspera que Tonio no estaba seguro de que perteneciera a Guido-. No puedo evitarlo. He hecho todo lo que estaba en mi mano.

Tonio lo miró con vago asombro. Vio aquellos rasgos locuaces en los que tan a menudo había percibido una ira mitigada por alguna terrible derrota que era incapaz de comprender. Quería preguntar: «¿Qué más te da?» «¿Por qué te preocupas por mí?» Se sintió impotente, tal como se había sentido aquella noche en Roma, en el pequeño jardín del monasterio cuando ese hombre, en un arrebato de furia, le había preguntado: «¿Por qué me miras?»

Sacudió la cabeza, intentó hablar, pero no pudo. Quería argumentar que había estudiado todas las demás disciplinas que le habían enseñado, que había obedecido normas despiadadas y degradantes, ¿por qué?, ¿por qué…? Pero él sabía por qué. Simplemente le exigían que fuese lo que era. Y no se conformarían con menos.

– Maestro -susurró. Las palabras se le secaban en la garganta-. No me pida eso. Se trata de mi voz y no puedo entregársela a nadie. No es suya, por más distancia que haya recorrido para traérsela consigo, por más agravios que haya sufrido en Venecia por ese motivo. Es mía y no puedo cantar. ¡No puedo! ¿Lo comprende? Lo que me está pidiendo es imposible.

»¡Nunca volveré a cantar, ni para usted, ni para mí, ni para nadie!


La habitación estaba oscura aunque fuera, en el claustro, todo el cielo se había revestido de un mismo tono púrpura sobre los tejados más altos de las casas. Las sombras colgaban de las cuatro plantas del edificio hasta el jardín, donde sólo a retazos se distinguía alguna forma, las ramas rebosantes de naranjas y aquellos lirios centelleando en la penumbra, como candelas de cera. Tras las ventanas de múltiples maineles se distinguía el resplandor de algunas velas. Y desde lo más recóndito surgían los sonidos de la noche, los de los mejores músicos, y aquellas intensas y constantes melodías que, procedentes de los instrumentos, se escuchaban en cada piso.

No era una cacofonía, sólo un gran zumbido, como si aquel edificio estuviese vivo y canturreara, y Tonio experimentó una extraña de paz.

¿Era posible que se sintiera ya tan asqueado de toda aquella ira y amargura, que hubiera logrado desprenderse de ellas por unos instantes? No pensaba en Venecia, no pensaba en Carlo, no removía en los rincones de su mente donde persistían esos pensamientos. Su mente era más bien una sucesión de habitaciones vacías.

Experimentó una gran paz en aquel lugar que hubiera sido maravilloso de haber podido sentirla en todo momento.

Sí, aunque sólo sea por unos instantes, libérate.

Imagina, si quieres, que la vida todavía merece la pena, que es incluso agradable. Y que si quisieras, tal vez podrías acercarte a ese instrumento que aún está abierto, sentarte ante él, recorrer las teclas con los dedos y cantar. Podrías cantar sobre la tristeza, o acerca del dolor, un dolor imposible de expresar con palabras, un dolor que sólo puedes cantar. Eres capaz de todo, de veras, porque aquello que lo impedía se ha despegado como escamas desprendidas de un cuerpo que en realidad es humano, y que debido a una injusticia inhumana se ha transformado en un monstruo; pero ahora vuelve a ser libre para reencontrarse consigo mismo.

Permaneció tumbado con los ojos abiertos, en el estrecho banco donde quizás había dormido a veces Guido entre sus arduas sesiones, y pensó: sí, imagina eso el tiempo que puedas.

El cielo se oscureció. El jardín se alteró. El naranjo de debajo del arco, rodeado de sombras un instante antes, había perdido por completo su contorno. No se veían la fuente ni los lirios blancos, y al otro lado del patio, destacaba la única claridad que como miles de faros en la oscuridad emitían las luces en las ventanas.

Se quedó inmóvil, maravillado de que le permitieran seguir allí, en aquella habitación vacía, y caer en un sueño tan profundo y liberador.

Poco a poco, fue cobrando fuerza la idea de que, con el cristal entornado y la puerta cerrada, podía acercarse a ese clavicémbalo, posar las manos sobre él y… Pero no, si iba demasiado lejos, lo perdería todo. Cerró los ojos de nuevo.

El simple recuerdo de su voz le resultaba insoportable. Le resultaba insoportable pensar, ni siquiera por un instante, en aquellas noches vagando por las calles de Venecia cuando, perdidamente enamorado del sonido del canto, había caído en las redes de su hermano. Si dejaba que el pasado afluyera a su mente, volvería a pensar en todo aquello, de la misma manera obsesiva e incesante, preguntándose qué dirían en esos momentos de él, si alguien creería que lo había hecho por su propia voluntad, tal como se había informado.

Pero ésa no era la cuestión, el problema era que si dejaba surgir aquella voz, si la liberaba, ya no sería la voz de aquel muchacho que cantaba con tanta exuberancia, sino la de una criatura que ya no cambiaría. La sola idea lo mortificaba, era como rendirse ante sus enemigos y representar para siempre aquel personaje de auténtica pesadilla que habían escrito para él, su vida sería entonces una ópera en la que le correspondería ese horrible papel.

Vergüenza, era vergüenza lo que sentía ante el mero recuerdo de ese sonido.

También podía, por qué no, quitarse la ropa y dejarles ver las cicatrices, aquel marchito y vacío…

Contuvo el aliento y se detuvo. Estaba sentándose cuando oyó que se abría la puerta, alzó las manos para sujetarse la cabeza.

Estaba seguro de que era Guido quien había entrado aunque no sabía por qué, el mundo real parecía tirar de él otra vez, dispuesto a arrastrarlo consigo.

Alzó los ojos, resignado a rendirse al maestro una vez más y vio que se trataba del maestro di cappella, el signore Cavalla, quien se encontraba ante él, con su espada entre las manos.

– Cógela -susurró.

Tonio no comprendía. Entonces vio el puñal en el escritorio, sus pistolas, y la bolsa que se había quedado el maestro el día de su llegada.

El rostro del hombre tenía un tono ceniciento. Su enojo había desaparecido, y había dado paso a una emoción sobrecogedora que Tonio no identificó. No entendía nada.

– No tiene sentido que permanezcas por más tiempo en este sitio -dijo el maestro-. He escrito a tu familia en Venecia para comunicarles que tomen otras medidas. Tú ya no tienes por qué quedarte. Márchate.

Se detuvo. Incluso en las sombras, Tonio percibió que la mandíbula le temblaba, pero no era de ira.

– Sí. Han llegado tus baúles. Tu carruaje está en el patio del establo. Márchate.

Tonio no dijo nada. Ni siquiera cogió la espada.

– ¿Es una decisión del maestro Guido? -preguntó.

El signore Cavalla se hizo a un lado y dejó la espada sobre la cama. Después se irguió y observó a Tonio durante un prolongado instante.

– Me… me gustaría hablar con él -dijo Tonio.

– No.

– ¡No puedo marcharme sin hablar con él!

– No.

– Pero no puede prohibirme que…

– Mientras estés bajo este techo, puedo prohibirte lo que quiera -replicó el maestro-. Ahora, vete de aquí y llévate la amargura que has traído contigo. ¡Vete!

Confundido Tonio siguió con la mirada al maestro cuando éste salió de la habitación.

Se quedó inmóvil.

Se ciñó la espada, las pistolas y el puñal. Cogió la bolsa y abrió despacio la puerta.

El pasillo que daba a la entrada principal del conservatorio estaba vacío. El despacho del maestro tenía la puerta entornada, cierto aire de descuido impregnaba aquella oscura caverna que siempre permanecía cerrada.

En el edificio reinaba el más completo silencio. Hasta la gran aula de prácticas, que a aquella hora siempre albergaba a algunos chicos, se hallaba desierta.

Tonio recorrió el pasillo y miró hacia el vestíbulo que se extendía hasta la parte trasera del edificio, donde unas luces ardían tras una puerta.

Le pareció reconocer la silueta del maestro di cappella, y entonces esa figura empezó a acercarse con pasos lentos y rítmicos, envuelta en sombras. En su aproximación había algo deliberadamente misterioso. La contempló con una vaga e incómoda curiosidad hasta que ambos volvieron a estar de nuevo cara a cara.

– ¿Quieres ver el resultado de tu obstinación? ¿Quieres verlo con tus propios ojos?

La mano del hombre se cerró alrededor de su muñeca y tiró de él. Tonio se resistió, pero el maestro continuó arrastrándolo.

– ¿Adónde me lleva? -preguntó-. ¿Para qué?

Silencio.

Caminaba deprisa, haciendo caso omiso del dolor que sentía en la muñeca, con los ojos clavados en el perfil del maestro.

– ¡Suélteme! -exclamó cuando llegaron ante la última puerta. Pero el maestro tiró con furia de él y con un empujón lo hizo entrar en la habitación iluminada.

Durante unos instantes no distinguió nada. Alzó la mano para evitar ser deslumbrado por el resplandor de las luces y entonces vio una hilera de camas y un enorme crucifijo colgado en la pared. Junto a cada cama había un armario. El suelo estaba desnudo, y el olor a enfermedad flotaba en aquel largo dormitorio, ocupado por dos chicos en un extremo que parecían dormidos.

Y allí, justo en el otro extremo, yacía otra figura, grande y recia bajo la colcha, el rostro, por completo inmóvil, parecía el de un cadáver.

Tonio estaba paralizado. El maestro di cappella le dio un fuerte empellón en la espalda, pero él siguió sin moverse hasta que fue llevado a rastras y obligado a permanecer a los pies de una cama.

Era Guido.

Tenía el cabello echado hacia atrás, empapado, y la cara, incluso bajo aquella tenue luz, tenía el color de la muerte.

Tonio abrió la boca para hablar; sin embargo apretó los labios y se descubrió temblando con una sensación de ingravidez en la cabeza que crecía y crecía hasta que su cuerpo pareció desprenderse de todo el peso y creyó que de un momento a otro lo sacarían en volandas de aquella habitación, flotando en el aire. Intentó hablar de nuevo. Abrió la boca, intentó articular una palabra y ante él la visión de aquella figura cadavérica saludó con la mano como desde detrás de un cristal mojado por la lluvia.

Estaba rodeado de rostros, los rostros de esos jóvenes tutores que le habían conducido por aquellos conocimientos en los cuales intentaba una y otra vez esconderse de sí mismo, y lo miraban con muda reprobación. De pronto se oyó un terrible gemido, un gemido inhumano que salía de su propia garganta.

– Maestro -balbuceó. Le había subido bilis a la boca.

Entonces, ante sus ojos ocurrió un pequeño milagro. La figura que yacía en la cama no estaba muerta. Los ojos cobraron movimiento; el pecho subía y bajaba con una levísima respiración.

Advirtió que si lo deseaba podía tocar su cara. Nadie iba a impedírselo. Nadie iba a proteger al maestro, y de nuevo pronunció aquella palabra.

Los párpados se abrieron, aquellos inmensos ojos castaños lo miraron sin verlo. Luego, muy despacio, se cerraron.

Entonces unas manos rudas agarraron a Tonio. Lo obligaron a recorrer el pasillo de la enfermería y salir al vestíbulo. El maestro di cappella lo estaba maldiciendo.

– Los pescadores lo encontraron nadando mar adentro, y si no lo hubieran visto, si no hubiese habido luna…

Los ojos del hombre centelleaban, su poderosa mandíbula temblaba.

– Ese niño al que crié como si fuera mi propio hijo podía cantar como los ángeles, y ésta es la segunda vez que lo salvo de las garras de la muerte. La primera vez cuando perdió la voz y nada podía devolvérsela, y ahora ¡por tu culpa!

Obligó a Tonio a caminar en dirección al claustro, y allí lo sujetó, mirándolo en la oscuridad, escrutando su rostro.

– ¿Crees que no sé lo que te han hecho? ¿Crees que no lo he visto una y otra vez?

»¡Oh; pero la gran tragedia es que te lo hayan hecho a ti, un príncipe veneciano! ¡Rico, guapo, casi un hombre, con toda una vida por delante llena de diversiones que podías saborear como quien recoge el fruto de un árbol!

»¡Oh, qué tragedia, qué gran tragedia! -escupió las palabras-. ¿Y cómo crees que fue para él? ¿Cómo crees que ha sido para todos los que están aquí? ¿Eran sólo simples monstruos, a los que en la infancia les cortaron algo a lo que no tenían derecho? ¿Eso es lo que eran?

»¿Y qué eras tú? ¿En que ibas a convertirte? En un orgulloso pavo real en el Broglio de esa vana e imperiosa ciudad que está podrida hasta los cimientos. Un gobierno de pelucas y túnicas que desfila ante sus propios espejos, orgulloso de su propio reflejo mientras que más allá de su pequeña órbita, el mundo… sí, el mundo… suspira, lucha y pasa de largo.

»¿Y tú, qué pensarías, mi elegante y orgulloso principito, si te dijera que no me importa lo más mínimo tu reino perdido, su insensata y encumbrada nobleza, sus hombres engreídos y sus rameras pintarrajeadas? He estado entre sus muslos, he bebido hasta saciarme en ese baile de máscaras en que habéis convertido la vida misma y te aseguro que nada de eso tiene más valor que el polvo que pisamos.

»Durante mi vida he conocido a muchos holgazanes, corruptos y arrogantes como ésos, indiferentes a todo lo que no sea garantizar el derecho a una vida completamente vacía, el supremo privilegio de no hacer nada desde la cuna hasta la sepultura.

»Pero ¿y tu voz? ¡Ah, tu voz, tu voz que se ha convertido en el íncubo nocturno de mi querido Guido y lo ha vuelto loco, ésa es otra cuestión, tu voz! Porque sólo con que tuvieras la mitad de talento que él me ha descrito, la mitad de ese fuego sagrado, podrías haber convertido a hombres comunes en enanos y monstruos. Londres, Praga, Viena, Dresde, Varsovia… ¿No había ningún globo terráqueo olvidado en algún rincón de tu hedionda ciudad? ¿No sabes el tamaño que tiene Europa? ¿Nunca te lo han explicado?

»Y en todas esas capitales hubieras podido lograr que se arrodillaran ante ti, miles y miles de personas hubiesen acudido a escucharte, y sacarían tu nombre de los teatros de la ópera y de las iglesias para gritarlo por las calles. Lo hubieran pronunciado como una plegaria de un extremo a otro del continente, al igual que hacen con los gobernantes o los héroes, con los inmortales.

»¡Eso es lo que habría podido ser tu voz si la hubieras dejado elevarse de tu propia ruina, si la hubieras forjado a partir de todo tu sufrimiento y toda tu pena para devolvérsela a Dios, que fue quien te la dio!

»Pero tú perteneces a esa antigua estirpe que no reconoce otra aristocracia que la suya, los gusanos de oro que se alimentan del cadáver de Venecia, valientes adalides del supremo privilegio de no hacer nada, nada, ¡nada! Y de ese modo has perdido esa única fuerza con la que hubieses podido superar a cualquier hombre.

»Bien, no te tolero más bajo mi techo. No me das pena ni puedo ayudarte. No eres más que un engendro de la naturaleza sin el don que le estaba destinado, ¡y no hay nada más bajo que eso! Márchate de aquí, vete. Tienes medios para encontrar otro sitio donde cobijar tu desgracia.

Загрузка...