Aquella noche, cuando Guido regresó de la villa de la condesa, el cardenal lo mandó llamar para preguntarle si necesitaba algún tipo de ayuda especial ante la inminencia del inicio de la temporada operística.
Le aseguró a Guido que aquel año asistiría al teatro, aunque era la primera vez en su vida que alquilaba un palco. Y después del estreno, celebraría un baile en su casa si Guido así lo deseaba.
A Guido siempre lo conmovía la amabilidad del cardenal, pero entonces, de forma parca y directa, le preguntó si estaría a su alcance proporcionarle a Tonio una pareja de guardias armados.
Del mismo modo explicó que Tonio había sido proscrito del Véneto después de que lo castrasen hacía tres años. Pertenecía a una antigua familia, y todo aquel asunto envolvió un misterio, aunque Guido no sabía nada al respecto. Y muchos nobles venecianos se habían puesto de camino hacia Roma.
El cardenal meditó unos instantes y luego asintió.
– He oído antes ese tipo de historias. -Suspiró. No había ningún problema en que Marc Antonio fuese acompañado a todas partes por un par de bravi. El cardenal no estaba versado en la materia, pero tenía muchos caballeros a su alrededor que conocían bien la cuestión-. Lo arreglaremos todo sin consultarle nada a Marc Antonio -sugirió-. De ese modo no se alarmará.
Guido no pudo ocultar su alivio, ya que sospechaba que Tonio se habría negado a cualquier tipo de protección si se lo hubiesen preguntado.
Besó el anillo del cardenal y se esforzó por expresar el agradecimiento que sentía.
El cardenal siempre se mostraba amable y considerado; no obstante, antes de despedir a Guido, le formuló una pregunta.
– ¿Le irá bien a Marc Antonio en el escenario?
Al ver la consternación en el rostro de Guido, se apresuró a explicar que no entendía nada de música. No podía juzgar la voz de Tonio.
Guido le dijo confiado, casi con exageración, que en aquel momento Tonio era el mejor cantante de Roma.
Cuando Guido volvió a sus habitaciones, se sintió afligido al ver que Tonio no estaba en el palacio.
En aquel instante lo necesitaba. Necesitaba el consuelo de sus brazos.
Paolo dormía profundamente. Las estancias estaban inundadas de luz de luna, y Guido, demasiado fatigado y nervioso para trabajar, se quedó sentado solo, pensando.
Al salir de los aposentos del cardenal, Tonio había ido directamente al salón de esgrima donde, después de algunas indagaciones, averiguó la dirección del florentino, el conde Raffaele di Stefano, que había sido tantas veces su oponente en el pasado.
Cuando llegó a la casa ya era de noche, y el conde no estaba solo. Algunos de sus amigos, todos ellos inconfundiblemente ricos, ociosos y atrevidos cenaban con él, mientras un joven castrato, vestido de mujer, cantaba y tocaba el laúd.
Era una criatura con pechos femeninos, y los mostraba en todo su esplendor bajo el escote de su vaporoso vestido naranja.
Sobre la mesa había abundante comida y los comensales mostraban la temeridad propia de los que llevan bebiendo muchos días seguidos.
El castrato, que tenía el cabello tan largo y abundante como una mujer, desafió a Tonio a cantar, y adujo que estaba harto de oír hablar de su voz.
Tonio miró a aquella criatura, y ésta miraba a los hombres. Miró al conde di Stefano que había dejado de comer y le devolvía la mirada casi ansiosamente, y entonces Tonio se levantó dispuesto a marcharse.
Pero el conde Di Stefano salió de inmediato tras él. Dio permiso a sus amigos para que, si así lo deseaban, se quedasen toda la noche en el comedor y luego instó a Tonio a subir las escaleras.
Después de que se cerrara la puerta del dormitorio, Tonio permaneció inmóvil mirando el cerrojo. El conde había ido a encender una vela. La luz se apoderó de la estancia y reveló una gran cama con un dosel de pilares profusamente labrados. Al otro lado de la ventana abierta la luna colgaba del cielo como una esfera gigantesca.
La cara redonda del conde tenía una seriedad obsesiva, sus brillantes rizos negros le daban un aire semita y la barba afeitada formaba una auténtica corteza en su barbilla.
– Siento que mis amigos te hayan ofendido -se apresuró a decir.
– Tus amigos no me han ofendido -respondió Tonio tranquilo-, pero sospecho que ese eunuco de abajo abriga unas esperanzas que yo no puedo cumplir. Quiero irme.
– ¡No! -exclamó el conde casi con desespero. Su mirada era vidriosa y extraña y se acercó a Tonio como si no pudiera evitar el impulso, y cuando la proximidad hizo que el roce fuera inevitable, levantó la mano y la dejó suspendida en el aire, con los gruesos dedos extendidos.
Parecía medio loco. Tan loco como había parecido el cardenal, tan loco como algunos de los amantes más viejos y agradecidos que Tonio había tenido. No tenía el orgullo ni la altivez de los hombres que Tonio había encontrado por la calle.
Tonio quiso abrir la puerta, pero su pasión creció inconteniblemente hasta dejar su mente tan atolondrada y enloquecida como la del conde.
Se volvió y dejó que su aliento silbara entre los labios mientras el conde lo agarraba y lo sujetaba contra la puerta.
Resultaba extraño, extraño y exquisito al mismo tiempo, porque no podía controlarse.
Durante mucho tiempo había creído que tenía la pasión bajo control, ya fuera con Guido o con cualquier otro que él mismo hubiera elegido como quien elige una copa de vino. Sin embargo, en aquellos momentos no era dueño de sí, era consciente de que se hallaba en casa del conde, en su poder, como nunca antes había estado en compañía de ningún joven e irrefrenable amante.
El conde se quitó de un tirón la camisa y se desabrochó los pantalones. Tonio sintió verdadero dolor cuando le besó la nuca, restregándole aquel mentón oscuro y luego, casi en un gesto infantil, tiró de la chaqueta de Tonio y le aflojó la espada.
El arma cayó al suelo con un tintineo metálico.
Pero cuando el conde presionó su cuerpo desnudo contra Tonio y notó el puñal en la camisa de éste, lo dejó allí. Lo atrajo hacia sí, gimiendo, con su turgente pene, cuya hendidura, en el extremo, estaba hinchada.
– Dámelo, déjamelo -jadeó Tonio. Se arrodilló y absorbió el miembro dentro de su boca.
Era medianoche cuando Tonio se levantó para marcharse, y en la casa todo parecía haberse detenido. Envuelto en sábanas blancas, el conde yacía desnudo, a excepción de unos anillos de oro en los dedos corazón y meñique de la mano izquierda.
Tonio lo miró, tocó la máscara de piel sedosa que le cubría la nariz y las mejillas y salió en silencio.
Ordenó al carruaje que lo llevara a la Piazza di Spagna.
Cuando llegó a los pies de la alta escalinata, se quedó sentado, contemplando por la ventanilla a los que caminaban en la oscuridad. Más arriba, contra el cielo iluminado por la luna, se veían ventanas con luces, pero no conocía ni las casas ni los nombres de sus habitantes.
Una antorcha que pasaba brilló unos instantes en su rostro antes de que el hombre que la llevaba la apartara con toda cortesía.
Le pareció que se había quedado un rato dormido, no estaba seguro. Se despertó de repente y notó la presencia de ella, intentó recuperar un sueño en el que habían estado juntos en rápida conversación; Tonio trataba en vano de explicarle algo, y ella confundida, amenazaba con marcharse.
Se dio cuenta de que estaba en la Piazza di Spagna. Tenía que volver a casa. Por unos angustiosos instantes, no supo dónde vivía.
Sonrió. Dio la orden al cochero. Se preguntó medio dormido por qué no habría llegado aún Bettichino, y entonces advirtió con un sobresalto que faltaban menos de dos semanas para el estreno de la ópera.
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