Capítulo17

Durante la semana siguiente, Guido y Tonio vivieron y respiraron ópera con una intensidad hasta entonces desconocida. Se pasaban el día corrigiendo los puntos débiles de la noche anterior. Guido añadía cambios en el acompañamiento y le daba a Tonio instrucciones de una sutilidad impensable en el pasado. La signora Bianchi abrió costuras, estrechó faldas, cosió nuevos encajes y abalorios. Paolo siempre estaba a punto para cualquier recado.

Bettichino se superó a sí mismo con trinos y notas altas mientras que Tonio mejoró todos y cada uno de sus ardides. En los duetti, sus voces creaban una belleza singular, sin parangón en la memoria de los espectadores, y el teatro, que se quedaba en silencio una y otra vez debido a aquellos destellos de esplendor, rápidamente estallaba en gritos y bravos. Siempre que caía el telón se desataba una ovación atronadora. La flor y nata de la sociedad romana se congregaba en las primeras filas. Los extranjeros se inflaban de comida y juegos de cartas, y en cada representación se agotaban las localidades, incluso antes de que Ruggerio abriera las puertas.

Todas las noches Guido se abría paso por los pasillos de los camerinos, empujado por la multitud, mientras a su lado agentes artísticos le hacían ofertas para las temporadas operísticas de Dresde, Nápoles o Madrid.

A los camerinos llegaban flores, cajas de rapé, cartas atadas con lazos. Los cocheros esperaban las respuestas. El apenado conde di Stefano asentía una y otra vez con paciencia cuando el maestro insistía con firmeza en que Tonio no estaba todavía libre para sumergirse en el torbellino social. Por fin, después de la séptima representación triunfal, Guido se sentó con la signora Bianchi en aquel camerino repleto de objetos, e hicieron una lista de las invitaciones que Tonio tenía que atender primero.

Podía ver al conde Raffaele di Stefano siempre que le apeteciera. Aquella misma noche, si quería.

Guido ya no tenía dudas. Su alumno había superado todas las pruebas concebibles. Había recibido ofertas de los mejores teatros del mundo. Por primera vez, Guido había creído la promesa de Ruggerio de que la obra se representaría durante todo el carnaval.


No obstante, Guido, cansado como estaba, no se sintió del todo exultante hasta la mañana siguiente, a primera hora, cuando se despertó y encontró a Tonio junto a su cama, mirando por la ventana abierta.

La noche anterior el conde di Stefano se había llevado a Tonio casi por la fuerza. Se habían peleado, se habían reconciliado y luego se habían marchado juntos. Aunque la devoción de di Stefano alarmó un tanto a Guido, también la encontró divertida.

Él, libre de la condesa, que había regresado a Nápoles, había pasado cuatro horas deliciosas con un joven eunuco palermitano de piel morena. Guido había asegurado al chico, que se llamaba Marcello, que su voz tenía calidad suficiente como para aspirar a pequeños papeles.

Luego hicieron el amor de una forma lenta, suave y deliciosa, y el joven se reveló como un maestro en el arte de la sensualidad. Su piel tenía el aroma del pan recién hecho, y era uno de esos pocos eunucos que poseían unos pequeños pechos redondos tan encantadores y sugerentes como los de una mujer.

Después, había agradecido las monedas que Guido le había puesto en la mano. Tras suplicar que le dejara entrar en las bambalinas, había prometido que se compraría una levita nueva con el dinero que Guido le había dado.

Guido, al ver que aquellos deliciosos encuentros se repetían cada noche, intentaba tomárselo de una forma que no lo alterara y pensar con raciocinio.

En aquellos instantes empezaba a clarear y una fría luz invernal se coló por la habitación como si fuera vapor. Tonio se volvió y se acercó a él.

Guido se frotó los ojos. Tonio parecía estar cubierto por diminutos puntos de luz. Entonces advirtió que eran gotas de lluvia: Tonio parecía una aparición, con la luz destellando en su chaqueta de terciopelo dorado, en los volantes blancos del cuello y en su desordenado cabello negro. Cuando se sentó junto a Guido, se le veía pletórico de vibrante energía, como si no hubiera dormido en toda la noche.

Guido se sentó y abrió los brazos. Sintió los labios de Tonio rozándole la frente, los párpados, y luego aquel profundo y familiar beso.

En aquel momento, Tonio le parecía espléndido y casi milagroso, y entonces le oyó decir en voz baja:

– Lo hemos conseguido, ¿verdad que sí, Guido? Lo hemos conseguido.

Guido permaneció en silencio, mirándolo, mientras disfrutaba de la deliciosa caricia del aire matinal, totalmente impregnado del olor a lluvia. Entonces lo asaltó un extraño pensamiento, fortuito, hermoso: aquel viento invernal tan limpio lo transportaba muy lejos de la decadencia de la ciudad, a los montes abiertos de Calabria, donde había nacido. Atrapado en aquel momento, con toda su vida ante él, el pasado, el presente, enmudeció. Había trabajado tanto, estaba tan cansado… Y su mente estaba tan poco acostumbrada a aquella felicidad…

Sabía, sin embargo, que respondía a Tonio con los ojos.

– Ahora podemos hacerlo, ¿no? -prosiguió Tonio-. Si queremos, podemos construirnos una vida para nosotros. Lo tenemos todo aquí.

– ¿Si queremos, Tonio? -preguntó Guido.

La habitación estaba fría. Guido se descubrió mirando por la ventana el cielo. Las nubes grises de lluvia eran densas, con un volumen sólido y luminoso, casi plateado.

– ¿Por qué lo planteas sólo como una posibilidad? -insistió en voz baja.

En el rostro de Tonio se dibujó una tristeza indescriptible. Sus ojos negros estaban entornados, y había tal brillo en su expresión que Guido sintió un inevitable dolor: nunca podría fundirse del todo con Tonio y formar parte de esa belleza para siempre.

– Después iremos a Florencia -dijo Guido, tomándole las manos-. Y de ahí, quién sabe adónde iremos. Dresde, Londres incluso. ¡Podemos ir adonde queramos!

Lo recorría un temblor del que Tonio se contagiaba. Tonio asintió. Aquel momento era demasiado perfecto para que perdurara. Guido se lo agradecía en silencio.

Tonio se hallaba sumido en sus pensamientos, la inmovilidad que se había adueñado de él lo mantenía apartado de Guido, que sólo podía asistir al espectáculo ofrecido por su juventud y su fulgor.

Y al mirarlo recordó una imagen de Tonio que había visto recientemente, una imagen exquisita pintada en porcelana y que le había causado esa misma sensación misteriosa y sobrecogedora.

Una leve excitación se apoderó de Guido. Casi con ternura, lo cual no era habitual en él, besó a Tonio; luego apoyó los pies en el frío suelo y cruzó en silencio la habitación en dirección a los papeles que se amontonaban en el escritorio. Buscó el pequeño retrato de porcelana. Era ovalado, enmarcado en filigrana de oro, aunque en aquella oscuridad no alcanzaba a distinguirlo. Vaciló, miró hacia la tenue figura que estaba junto a la cama, se acercó a Tonio y le puso el retrato en las manos.

– Hace días que me lo dio para que te lo entregara -explicó y no se detuvo a analizar el placer que le producía llevar a cabo su petición.

Tonio lo miró; el cabello, despeinado, se le había soltado del lazo y le ocultaba el rostro.

– Ha logrado captar tu expresión a la perfección, ¿no te parece? Y eso que lo ha hecho de memoria. -Guido sacudió la cabeza.

Tonio contempló la pequeña imagen, el rostro blanco, los ojos negros, que resplandecía como una pequeña llama en la palma de su mano.

– Se enfadará conmigo por haberme olvidado de dártelo hasta ahora -dijo Guido. Pero no lo había olvidado. Había esperado sólo el momento adecuado en el que, por fin, todo estuviera sereno y callado, aunque no entendía por qué le provocaba aquella íntima satisfacción.

– ¿Y cómo le va? -preguntó Tonio en un susurro. Su voz había sonado como si contuviera el aliento en vez de soltarlo al hablar-. Sola en Roma, pintando cuadros…

– Tiene mucho éxito -sonrió Guido-. Aunque últimamente ha pasado demasiado tiempo en la Opera.

Guido vio que Tonio bajaba la vista y la posaba en el retrato. Cada vez que caía el telón, Tonio alzaba los ojos hacia el palco de Christina y le dirigía una leve y elegante reverencia. Ella, inclinada sobre la barandilla, lo miraba agitando las manos en un aplauso.

– Pero ¿cómo está? -insistió Tonio-. ¿No se ocupa nadie de ella? ¿La condesa no…? Quiero decir…

Guido esperó un momento, luego se volvió y se dirigió al escritorio. Se sentó y miró hacia la ventana. El cielo cobraba esplendor y cambiaba de aspecto, vacío de estrellas y con la huella del primer brillo de sol invernal.

– ¿No tiene familia que se preocupe por ella? -preguntó Tonio en voz baja-. ¿Qué pensarían si supieran que ha enviado este regalo a un…? -Se interrumpió de nuevo, para coger el pequeño retrato entre las dos manos como si fuera muy frágil.

Guido no pudo contener una sonrisa.

– Tonio -dijo en voz baja-, Christina es una joven independiente, y vive su vida igual que hacemos nosotros. -Y con un tono aún más dulce añadió-: ¿Tendré que pedirte de nuevo que te alejes de mí?

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