Capítulo7

El sol le abrasaba el rostro.

El humo flotaba en forma de miles y miles de diminutas partículas suspendidas en el aire. Sin embargo, en la lejanía, los pájaros cantaban. Ya era mediodía. Lo sabía por la inclinación del sol, por el calor que le producía en el rostro y las manos. La montaña tan sólo emitía un leve murmullo.

Acababa de abrir los ojos. Durante un prolongado instante permaneció tumbado e inmóvil; de pronto advirtió que había un hombre junto a él.

La figura lo saludaba con las manos, recortada contra el cielo azul, y su rostro estaba tan demacrado, tan pálido, con los ojos tan desorbitados que parecía la personificación de la muerte, mientras a sus espaldas se extendían las frondosas y verdes pendientes tachonadas de árboles que se fundían con la fértil planicie donde se amalgamaban los trazos de luz y color que daban forma a Nápoles.

Pero no era la imagen de la muerte. Se trataba sólo de aquel hombre que había salido de la cabaña la noche anterior para advertirle que no subiera más.

Sin pronunciar palabra, extendió el brazo, levantó a Tonio del suelo y, despacio, lo condujo montaña abajo.


Tan pronto como llegó a la ciudad, Tonio se dirigió a uno de los mejores alberghi del Molo y se alojó en unas costosas habitaciones en las que pudo tomar un baño, después de encargar a un criado que fuera a comprarle ropa.

Cuando terminó de bañarse, ordenó que se llevasen la bañera y se quedó un rato a solas, desnudo, frente al espejo. Luego se puso la camisa limpia y compuso meticulosamente el encaje de la pechera y los puños. Después se colocó la levita recién cepillada, los pantalones y las medias. Finalmente salió a la terraza.

Para desayunar le sirvieron fruta y chocolate, y el café turco que tanto le deleitaba en Venecia.

Permaneció sentado al aire libre, contemplando el tráfico de la mañana, y más allá, la playa de blancas arenas y el agua verdiazul.

El mar era un enjambre de naves y barcas de pesca que atracaban en el puerto.

Ante él, el espacio abierto llamado el Largo rezumaba toda aquella insignificante y laboriosa actividad que acostumbraba a observar desde allí.

Tonio no podía dejar de pensar. Aunque rara vez en su vida le había hecho tan poca falta.

Llevaba catorce días en Nápoles. Antes, habían transcurrido otros catorce días de camino desde que saliera de aquella sucia habitación de Flovigo. Durante todo aquel tiempo, era más que probable que no hubiera utilizado la razón ni una sola vez.

Lo ocurrido se cernía sobre él y le hacía doblarse bajo su peso. No obstante, no podía abarcarlo en toda su magnitud, era incapaz de verlo con perspectiva. Sus múltiples aspectos lo acosaban como miles de moscas zumbando, salidas del infierno para enloquecerlo y casi victoriosas en su cometido. Desgarrado por el odio, desgarrado de dolor por el hombre que nunca llegaría a ser, se había enfrentado a todos los que le rodeaban, incluso a sí mismo, sin un propósito, sin ninguna esperanza, sin lograr rectificar nada ni vencer a nadie.

Bueno, todo había terminado.

Aquello había cambiado, aunque no sabía a ciencia cierta por qué.

Pero después de pasar una noche en el Vesubio, moviéndose sólo cuando la montaña decidía moverlo, sintiéndose el ser más miserable de la tierra, su vida anterior había terminado.

Decisivo en ese cambio había sido la certeza, no alcanzada en un momento álgido de ira y dolor, sino fríamente, en medio del peligro, de que estaba solo.

No tenía a nadie.

Carlo le había hecho daño, un daño irreparable que había apartado a Tonio de todos sus seres queridos. Nunca podría volver a vivir entre sus familiares y amigos. Si lo hacía, la compasión de éstos, su curiosidad y su horror, lo destruirían.

Aun en el caso en que no estuviera proscrito de Venecia, un hecho inalterable que le había infligido una humillación atroz, nunca volvería. Había perdido Venecia y a todos aquellos a los que conocía y amaba.

Muy bien. Eso era fácil.

A continuación venía lo más difícil.

Andrea también lo había traicionado. Andrea sin duda sabía que Tonio no era hijo suyo, y aun así le había hecho creer que lo era, le había enfrentado a Carlo, después de su muerte, para que librara una batalla que no le correspondía. Aquello constituía una traición imperdonable.

Sin embargo, incluso en esos instantes, Tonio sabía lo que Andrea diría en su defensa. De no haber sido por él, ¿qué habría sido de Tonio? ¿El primero de una despreciable progenie de bastardos, hijos de un noble caído en desgracia y una muchacha deshonrada? ¿Cómo hubiera transcurrido la vida de Tonio? Andrea había castigado a un vástago rebelde; había salvado el honor de su familia y había hecho a Tonio hijo suyo.

Pero ni siquiera la voluntad de Andrea podía obrar milagros. En su lecho de muerte, las ilusiones y leyes que había creado en su propia casa se desmoronaron. Nunca había hecho partícipe a Tonio del futuro que le aguardaba. Lo había enviado a librar una batalla legitimada únicamente por mentiras y verdades a medias.

¿Fue, en definitiva, un error de cálculo debido a su orgullo? Tonio nunca lo sabría.

En esos momentos sólo atinaba a comprender que no era hijo de Andrea, que el hombre que le había dado una historia y un destino lo había abandonado, y que su sabiduría y sus propósitos quedarían para siempre fuera de su alcance.

Sí, había perdido a Andrea.

¿Y qué quedaba de los Treschi? Carlo, el hombre que le había hecho tanto mal, el hombre que no había tenido valor para matarlo. Astuto, muy cobarde, pero astuto. Ese hombre caprichoso y rebelde que, por el amor de una mujer, había amenazado con condenar a su estirpe a la extinción, la reconstruiría sobre la crueldad y la violencia infligidas a su hijo inocente.

Por lo tanto, los Treschi lo habían abandonado: Andrea, Carlo.

Sin embargo la sangre Treschi corría por sus venas. Perduraba en él un amor por sus antepasados, un amor hacia los Treschi futuros, niños que deberían heredar las tradiciones y la fuerza de su linaje en un mundo que poco o nada recordaría de Tonio, Carlo, Andrea, y de aquella cruenta maraña de injusticia y sufrimiento.

Sí, era difícil.

¿Que destino aguardaba a Tonio? ¿Qué podría surgir de aquel caos? ¿En qué se había convertido Tonio Treschi, el muchacho que ahora estaba sentado en una terraza de la meridional ciudad de Nápoles, solo, contemplando a la sombra del Vesubio la siempre cambiante superficie del mar?

Tonio Treschi era un eunuco.

Tonio Treschi era menos que un hombre, alguien que despierta desdén en el hombre completo que lo mira. Tonio Treschi era ese personaje que las mujeres hacen blanco de sus provocaciones y los hombres encuentran extremadamente molesto, inquietante, patético, objeto eterno de bromas y burlas, el rufián inevitable en los coros de las iglesias y en los escenarios de las óperas y que, fuera de ese artificio de elegancia y música arrebatadora, es simplemente un monstruo.

Toda su vida había oído murmullos a espaldas del eunuco, había contemplado las burlas, las cejas que se arqueaban, la parodia de sus gestos afectados. De pronto comprendió perfectamente la ira de ese orgulloso cantante, Cafarelli, ante los focos, mirando con desdén a los venecianos que habían pagado para verle realizar sus acrobacias vocales.

Ya dentro de los confines del conservatorio, a los que se aferraba como un náufrago prisionero a los restos del bote que era su cárcel en aguas desconocidas, había visto la repugnancia que sentían hacia sí mismos aquellos niños capados que lo tentaban a compartir con ellos su degradada condición. Más de una vez se había retirado a su habitación entre comentarios de inusitada crueldad. «¡Eres igual que nosotros!», le habían susurrado en la oscuridad.

Sí, era igual que ellos. ¡Y cómo se encargaba el mundo de recordárselo! El matrimonio les estaba negado, no podía disponer de un apellido para podérselo dar ni a la más insignificante de las mujeres o al huérfano más necesitado. La Iglesia tampoco lo recibiría, salvo en sus órdenes inferiores, e incluso en ese caso, era necesaria una dispensa especial.

Era un exiliado de su familia, de la Iglesia, de cualquier institución importante de este mundo que era el suyo, a excepción de una de ellas: el conservatorio, y el mundo de la música para el cual lo prepararía la institución. Ninguno de estos ámbitos guardaba la menor relación con lo que le habían hecho los hombres de su hermano.

Además, si no fuera por el conservatorio, si no fuera por esa música, su sufrimiento sería mucho mayor.

La música lo redimiría.

Cuando yacía en aquella cama de Flovigo y aquel bravo llamado Alonso le apoyó una pistola en la sien diciendo: «Te queda la vida, cógela y márchate», pensó que eso sería peor que la muerte. «Mátame», había querido replicar, pero ni siquiera había tenido la fuerza necesaria para hacerlo.

Sin embargo, ese día, en la montaña, no había deseado morir. Estaba el conservatorio, y estaba la música que, incluso en los momentos de mayor angustia, podía escuchar, pura y magnífica, en su cabeza.


Un leve estremecimiento recorrió su rostro. Contemplaba el mar en el que los niños entraban para salir poco después escapando de las olas como una bandada de golondrinas. ¿Qué le quedaba por hacer, entonces?

Lo sabía. Lo había sabido al bajar de la montaña. Le aguardaban dos tareas.

La primera, vengarse de Carlo, y eso llevaría tiempo.

Porque Carlo debía casarse, debía tener hijos primero, hijos sanos y fuertes que crecerían para casarse a su vez y tener su propia descendencia.

Entonces iría en su búsqueda. No le importaba sobrevivir a su venganza. Con toda probabilidad, no conseguiría salir con vida. Venecia se haría cargo de él, o los bravi de Carlo, pero no antes de haberle susurrado al oído: «Ahora estamos frente a frente.»

¿Qué haría entonces? No estaba seguro. Cuando pensaba en aquellos hombres de Flovigo, en el cuchillo, en su astucia, en la finalidad de todo aquello, la muerte de su padre, que ya había vivido y amado lo suficiente a lo largo de su existencia, le parecía del todo justa y necesaria.

Sólo sabía que un día tendría a Carlo en sus manos, como esos hombres de Flovigo lo habían tenido a él, y cuando llegase ese momento, Carlo desearía la muerte igual que él la había deseado cuando ese bravo le había musitado al oído: «Te queda la vida.»

No importaba si después los bravi de Carlo lo apresaban, si Venecia lo apresaba, o lo hacían los hijos de Carlo, daba igual. Carlo habría pagado.

Luego estaba la segunda tarea: cantaría.

Lo haría para sí mismo, por propia voluntad, tanto si eso era lo único que podía hacer un eunuco o no. Que su hermano y aquellos secuaces suyos le hubieran destinado a hacerlo era lo de menos. Lo haría porque le gustaba y lo deseaba, y su voz era la única cosa de este mundo que siempre había amado y que todavía le pertenecía.

Oh, qué tremenda ironía encerraba todo aquello. Su voz ya nunca lo abandonaría, nunca cambiaría.

Sí, estaba decidido, lo sacrificaría todo por aquella facultad y dejaría que lo condujera a través de este mundo, allí adonde debiera ir.

¿Y quién podía imaginar lo maravilloso que podría llegar a ser? El brillo de los coros de las iglesias, incluso el gran espectáculo del teatro; ni siquiera se atrevía a pensar en ello, pero tal vez le proporcionaran los únicos momentos de su vida pasados junto a los ángeles de Dios.


El sol estaba alto en el cielo. Desde mucho tiempo atrás los alumnos del conservatorio se habían habituado al caluroso e irregular sueño de la siesta.

Sin embargo, el Largo vibraba de vida a sus pies. Los pescadores llegaban con sus capturas. Y ante un muro lejano se había levantado un pequeño escenario entre la multitud, en el cual un vulgar Polichinela gesticulaba de manera grosera.

Había algo que se había traído consigo a su vuelta del Vesubio. La única cosa tal vez de la que estaba completamente seguro. Se le había revelado de una forma nítida, despojada de palabras, cuando al despertar bajo la luz del sol vio aquel gallardo cadáver que se acercaba a él.

En aquel momento había recordado las palabras de Andrea: «Decide, Tonio, decide que eres un hombre… compórtate como si fuera absolutamente cierto y todo lo demás ocupará el lugar que le corresponde.»

Se ciñó la espada, se echó la capa sobre los hombros y contempló una vez más el reflejo de su joven silueta y de su rostro en el espejo.

– Sí -suspiró-. Decide que eres un hombre, y eso es lo que serás, y maldito sea quien diga lo contrario.

Ésa era la manera de superarlo. La única manera, y en la intimidad de aquel momento se permitió aceptar todo lo bueno que su padre una vez le legara. La ira y el odio se habían desvanecido. El furor ciego se había esfumado.

Sin embargo persistía un temor en el que, pese a toda su lucidez, no podía aún profundizar. Sabía que estaba allí, sentía su presencia con la misma certeza con que se percibe la amenaza de una llama cercana, aunque era incapaz de hacerle frente y reconocerlo.

Tal vez en silencio lo relegó con la esperanza de que el tiempo restañara las heridas. Ese miedo estaba, sin embargo, entretejido con poderosos y palpitantes recuerdos de Catrina Lisani apoyada en las almohadas de su cama, de la pequeña Bettina, su linda tabernera, levantándose las faldas en la penumbra de la góndola v, quizá con un matiz más perverso, de su madre caminando arriba y abajo en su oscuro dormitorio, mientras susurraba: «Cierra las puertas, cierra las puertas, cierra las puertas.»

Llegado ese punto, aquellos pensamientos se coagularon y Tonio se detuvo en el mismo instante en que abandonaba las habitaciones del albergo. Se quedó con la espalda encorvada, como si hubiera recibido un fuerte golpe, y entonces su mente se vació. Aquellas tres mujeres se desvanecieron.

El conservatorio se alzaba ante él, al abrigo de las colinas de Nápoles, con la misma fascinación que ejerce un amante.

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