Capítulo8

Se sentó en un extremo de la habitación. El cardenal Calvino estaba pálido de ira.

Había mandado llamar al conde Raffaele di Stefano, para agradecerle la ayuda que sus hombres habían prestado a Tonio y Christina, a quien habían llevado sana y salva a casa de la condesa.

A Raffaele le preocupaba que los asaltantes de Tonio se hubieran acercado tanto.

Pero ¿quiénes eran esos asaltantes? Ambos hombres se volvieron hacia Tonio, que sacudió la cabeza y les aseguró que sabía lo mismo que ellos.

Ambos eran matones venecianos. Llevaban pasaporte veneciano, moneda veneciana. Los bravi del cardenal habían abatido a uno de ellos, Tonio había matado al otro.

– ¿Quién quiere matarte en el Véneto? -preguntó Raffaele, clavando sus ojillos negros y pequeños en Tonio. El rostro inexpresivo de Tonio lo impacientaba.

Tonio sacudió la cabeza de nuevo.

Era un milagro que hubiera conseguido llegar al teatro y haber salido al escenario. Su perfecta interpretación era el resultado de una costumbre y una técnica a las que nunca había otorgado suficiente valor.

Había experimentado una sensación cercana a la euforia, la misma euforia que sintiera cuando abriera su corazón a Guido dos días antes, una euforia que lo tranquilizaba, que lo fortalecía y que el maquillaje y el vestuario habían ocultado por completo.

En aquellos momentos se obligaba a permanecer callado e inmóvil. Sin embargo, no podía olvidar el corte en la garganta y se preguntaba cuan profundo hubiera tenido que ser para quitarle la voz, para arrebatarle la vida.

También le habían puesto un cuchillo en la garganta. Un cuchillo y un garrote en la garganta.

Alzó los ojos y los clavó en Guido, que observaba lo que ocurría con el mismo horror y desconcierto que los demás.

El suyo era el típico semblante de los italianos del sur, aquella expresión de absoluta ignorancia que no se revelaba ante nadie sino ante sí misma.

Cuatro bravi protegerían a Marc Antonio Treschi a partir de aquel momento, decidió el cardenal. Con su tacto habitual, y por consideración, a pesar de la ira que aún lo agitaba, se abstuvo de preguntarle a Raffaele por qué estaban allí sus hombres. Los bravi del cardenal hablaban con ellos como si los conocieran, como si su presencia no les supusiera sorpresa alguna.

¿Y si ninguno de ellos hubiera estado allí? Tonio entornó los ojos y desvió la mirada mientras Raffaele se inclinaba para besar el anillo del cardenal.

Tonio sintió de nuevo el corte de la garganta. Raffaele se marchaba. Los bravi montarían guardia en el pasillo de la casa.

– Márchate, Guido -le pidió Tonio en un susurro.

El cardenal y él se quedaron por fin solos.

– Mi señor-le preguntó Tonio-. ¿Me concederíais otro favor después de tantos otros? ¿Podemos ir solos a vuestra capilla? ¿Querríais confesarme?

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