12

Con la cabeza descubierta, Franck Sharko avanzaba bajo la lluvia. Se había levantado viento, como un bofetón frío que enrojecía las mejillas. Alzó el cuello de su impermeable demasiado holgado y, con las manos en los bolsillos, se adentró en el cementerio.

La procesión se hallaba al final de la sexta avenida. Una hilera de siluetas negras inmóviles que luchaban contra la tempestad para evitar que sus paraguas se hicieran pedazos. Tal vez los padres adoptivos de Grégory Carnot, sus tíos y sus tías. Gente para la cual el asesino aún tenía trazas de humanidad. Individuos en busca de respuestas que no obtendrían nunca. Calados, los empleados de pompas fúnebres descendían una caja de madera al fondo del agujero.

Mientras el frío se pegaba a sus huesos, Sharko descubrió otra forma inmóvil, apartada como él, pero al otro lado del cementerio. Sin paraguas, simplemente con una capucha ancha que le cubría el perfil izquierdo y sólo dejaba adivinar la punta de la nariz. Aquella silueta trataba de situarse en un ángulo ciego respecto a la tumba de Carnot. Ver sin ser vista. ¿Por qué?

Intrigado, el comisario se dirigió hacia ella sigilosamente. Antes, verificó que su Sig se hallara en su lugar, en su pistolera. Recorrió discretamente las avenidas y rodeó las sepulturas hasta colocarse detrás de la persona. El viento y la lluvia tapaban el ruido de sus pasos sobre la gravilla. Con gesto decidido, puso su mano pesada sobre el hombro derecho del observador, que se volvió presa de un sobresalto.

Sharko tuvo la impresión de perder el equilibrio.

El rostro estaba envuelto en la penumbra, helado y chorreante, pero la reconoció en el acto.

– ¿Lucie?

Lucie necesitó una fracción de segundo para darse cuenta de con quién se las veía. ¿Era realmente él? ¿Él, el tipo robusto al que había conocido el año anterior? ¿Dónde estaban la carne de su cara y la amplitud imponente de su silueta? Le hablaba a una sombra o a:

– ¿Franck? ¿Eres… tú?

Calló, y algo duro y nudoso ascendió por su pecho. ¿Dios mío, qué había podido transformarlo hasta aquel extremo? ¿La muerte de Clara? ¿Su brutal separación? ¿De qué infierno había salido? Llevaba consigo, en el fondo de su mirada, toda la culpabilidad del mundo, un sufrimiento tan visible como sus pómulos salientes. Unas arrugas profundas devoraban su rostro pétreo. Sin reflexionar, víctima de un reflejo o de una emoción muy intensa, se abrazó a él y le acarició lentamente la espalda. Sentía los latidos de su corazón, el filo de los omoplatos bajo sus dedos. Luego se apartó bruscamente. Su capucha se había deslizado hacia atrás y había liberado sus largos cabellos rubios. Sharko la miró con ternura. Tan bella ella como él consumido. Sentía dolor, mucho dolor. La herida volvía a abrirse.

– No debería haber venido aquí.

Lentamente, hundió de nuevo sus manos mojadas en los bolsillos y se dio la vuelta. Dio gracias a la lluvia, que ocultaba su tristeza, sus sentimientos demasiado visibles. Él, que a lo largo de su vida había llorado en contadas ocasiones. Se alejaba ya cuando una palabra, aquella palabra que deseaba tanto como temía, resonó a su espalda:

– Espera.

Se detuvo y apretó los puños. Ella se situó junto a él, ignorando los charcos de agua.

– Hace un año Carnot nos separó y hoy nos reúne de nuevo, ignoro por qué motivo. Pero creo que deberíamos hablar. Si estás de acuerdo…

Un largo silencio. Demasiado largo, consideró Lucie. ¿Por qué? ¿En qué pensaba él? ¿La detestaba por la manera en que lo había abandonado? Finalmente, su voz ronca resonó bajo la lluvia.

– De acuerdo… Pero no mucho tiempo.

Lucie se volvió hacia la lejana tumba de Carnot. El agua corría por su rostro y sus labios temblaban, tenía un frío anormal.

– Tengo que ver cómo la tierra cubre su ataúd.

Sharko asintió sin moverse. Acto seguido, ella añadió, con una voz tan dura como el mármol de un panteón:

– Sola.

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