Aquel día no debería haber hecho buen tiempo.
Nadie, en ningún lugar de la Tierra, debería haber tenido derecho a reír, a correr por la playa o a hacerse regalos. Algo o alguien debería haberlo evitado. No, nadie tenía derecho a la felicidad o a la indolencia. Porque en otro sitio, en una sala refrigerada, al final de unos fatídicos pasillos iluminados por fluorescentes, una chiquilla tenía frío.
Un frío que ya no la abandonaría nunca. Jamás.
Según las autoridades, se había hallado el cadáver irreconocible de una niña de una edad estimada entre siete y diez años junto a una carretera comarcal, entre Niort y Poitiers. Lucie Henebelle aún ignoraba las circunstancias precisas del hallazgo, pero, en cuanto la noticia llegó a la brigada criminal de Lille, se dirigió hacia allí sin demora. Más de quinientos kilómetros devorados a fuerza de adrenalina, a pesar del cansancio, del sufrimiento interior, del miedo a lo peor que se iba apoderando de ella cada vez más, con una única frase en los labios: «Haz que no sea una de mis hijas, por piedad, haz que no sea una de mis hijas». Ella, que nunca rezaba, que hasta había olvidado el olor de los cirios, suplicaba. Se aferraba a la esperanza de que se tratase de otra niña, de una chiquilla desaparecida que no constara en los archivos de la policía. Quizá una niña que hubiera desaparecido la víspera, o el mismo día. Así, otros padres serían desgraciados, pero ella no.
¡Oh, no, ella no!
Lucie se convenció una vez más: se trataba de otra niña. La distancia relativamente corta entre el lugar donde fueron secuestradas Clara y Juliette Henebelle -Les Sables-d’Olonne- y donde los paseantes encontraron el cadáver no podía ser más que una casualidad, al igual que el corto período de tiempo transcurrido, cinco días, entre la desaparición de su hija y el instante en el que Lucie se detuvo en el aparcamiento del Instituto de Medicina Legal de Poitiers.
Otra niña… Si así era, ¿por qué Lucie se hallaba allí, sola, tan lejos de su casa? ¿Por qué sentía una violenta acidez en el fondo de su garganta que le provocaba ganas de vomitar?
Incluso a aquella hora, al final del día, el asfalto aún estaba ardiente. Junto a los pocos vehículos de la policía y del personal, apestaba a asfalto fundido y a neumático. Aquel verano del año 2009 había sido un infierno, desde todos los puntos de vista. El personal y el privado. Y lo peor estaba por llegar, con aquella abominable palabra que resonaba en su cabeza: «irreconocible».
«La chiquilla que está ahí tendida no es una de mis hijas.»
Lucie miró su móvil, una vez más, y llamó a su buzón de mensajes aunque la pantalla de cristal líquido no mostrara ningún sobre. Quizá había un problema de cobertura o de red, quizá le habían dejado un mensaje urgente: habían hallado a Clara y a Juliette, estaban bien y pronto estarían en casa, rodeadas de sus juguetes.
El ruido de una portezuela tras una camioneta la devolvió a la realidad. No había mensaje alguno. Guardó su teléfono y entró en el edificio. Lucie conocía perfectamente los Institutos de Medicina Legal, los IML, de estructura siempre idéntica. A la entrada, la recepción; los laboratorios de análisis en la planta superior y en la planta baja; y, simbólicamente, la morgue y las salas de autopsias bajo tierra, como si los muertos ya no tuvieran derecho a la luz.
La teniente de policía, demacrada y con una mirada empañada por el duelo, se dirigió a la secretaria. Su voz titubeaba, insegura, con las cuerdas vocales desgastadas por tantos llantos, gritos y noches de insomnio. Según el registro, el sujeto -otra palabra atroz que le provocó un dolor en el pecho- había llegado a las 18:32. El forense estaría a punto de terminar el examen superficial. En ese mismo instante, probablemente se disponía a leer la historia de los últimos minutos de vida del sujeto en el mismísimo corazón de su carne.
«Otra niña… Clara y Juliette, no.»
Lucie trataba de tenerse en pie, sus piernas flaqueaban y le ordenaban que diera media vuelta, pero recorrió los pasillos apoyándose con una mano en la pared, avanzando lentamente, sumergida en la oscuridad mientras afuera, en algún lugar, en pleno verano, la gente cantaba y bailaba. Ese contraste era lo más difícil de aceptar, por todas partes la vida proseguía, mientras allí…
Treinta segundos después se hallaba frente a una puerta batiente con un cristal ovalado. Aquel lugar apestaba a muerte, sin artificios que la disimularan. Lucie ya había acompañado a padres, hermanos y hermanas en aquel trance, para «confirmar». La mayoría de ellos se derrumbaban incluso antes de ver el cadáver. Poner los pies en aquel lugar era algo terriblemente inhumano, contra natura.
En su campo de visión, al otro lado del cristal, había un rostro enmascarado, con la mirada concentrada, orientado hacia una mesa de acero inoxidable que Lucie no podía ver. Había vivido esa escena tantas y tantas veces, y en todas ellas sólo había visto la materialización de un nuevo caso, un caso que esperaba que fuera emocionante y que incluso se saliera de lo corriente. Había sido como aquel maldito forense, que trataba un caso más entre tantos otros y que, al regresar a su casa aquella tarde, se pondría a ver la tele tomándose una copa.
Pero aquel día, todo era diferente. Ella era el policía y la víctima. El cazador y la presa. Y sólo una madre frente al cuerpo de una niña muerta.
«Que no sea una de mis hijas, no. Que sea una chiquilla anónima. Otros padres sufrirán pronto en mi lugar.»
Armándose de valor, Lucie apoyó ambas manos en la puerta, inspiró con todas sus fuerzas y la empujó.
El hombre, de unos cincuenta años, había estacionado al fondo del aparcamiento del IML, detrás de una camioneta que transportaba material médico. Un lugar estratégico desde el que podía observar las idas y venidas en el edificio sin llamar la atención. Con los ojos ocultos tras unas gafas de sol remendadas y una barba espesa de varios días, su aspecto era el de un tipo dispuesto a cometer un delito. Gotas de sudor surcaban su frente. Aquel calor, aquel jodido calor aplastante, pegajoso… Alzó las gafas y se enjugó los párpados con un pañuelo de tela mientras analizaba la situación. ¿Debía entrar e informarse con más precisión acerca del cadáver de la niña? ¿O debía aguardar a que salieran los oficiales de la policía judicial encargados de asistir a la autopsia y preguntarles en ese momento?
Hundido en su asiento, Franck Sharko se masajeó un buen rato las sienes. ¿Cuántas horas hacía que no había dormido? ¿Cuánto hacía ya que daba vueltas y más vueltas en la cama, a lo largo de la noche, acurrucado como un chiquillo pillado en falta? La música emitida en sordina por la radio del coche y el débil hilillo de aire que circulaba entre las dos ventanillas abiertas hicieron que se le cerraran los párpados. Su cabeza se ladeó y esa caída involuntaria lo sobresaltó. Su cuerpo quería dormir pero su mente se lo prohibía.
El comisario de policía de la OCRVP, la Oficina Central para la Represión de la Violencia contra las Personas, vertió agua mineral tibia en el hueco de la palma de su mano, se la restregó por el rostro y salió a estirar las piernas. El aire exterior se pegó a su ropa ya empapada por la humedad. En aquel momento se sintió estúpido. Habría podido entrar en el edificio, mostrar su identificación policial tricolor y asistir al examen. Reunir la información de manera mecánica y profesional. A lo largo de más de veinticinco años de carrera, veinte de ellos en la Criminal, ¿cuántos cadáveres había visto despiezar con los instrumentos cortantes del forense? ¿Doscientos? ¿El triple?
Pero hacía ya mucho tiempo que no podía con las autopsias de niños. La hoja del escalpelo espejeaba demasiado ante los pequeños pechos impúberes, tan blancos. Era como un beso del Mal. Había visto y le había encantado la mirada de las pequeñas Henebelle en la playa. Jugaron a la pelota y corrieron sobre los charcos, juntos, bajo la tierna mirada de su madre. Estaban de vacaciones y reinaba la despreocupación, la simple felicidad de compartir. Y, Dios mío, las gemelas de hermosos ojos azules habían desaparecido por su culpa.
Fue apenas una semana antes.
La más larga y dolorosa desde la desaparición de su propia familia.
¿Qué revelarían la autopsia y los análisis biológicos y toxicológicos? ¿Qué infierno escupirían sobre el papel en blanco las impresoras del laboratorio? Conocía al dedillo los vericuetos de la muerte, aquella implacable lógica en el seno de lo absurdo. Sabía perfectamente que, incluso después de su fallecimiento, un ser humano en manos de la policía y de los médicos no logra reposar en paz hasta que concluye la investigación. Aquel manoseo de un cuerpo que había albergado la luz lo asqueaba. En cuanto a los asesinos de niños… El comisario apretó sus dedos hasta que sus falanges palidecieron.
Al oír un motor, Sharko adivinó que un vehículo estaba aparcando. Al abrigo de la camioneta, se estiró aún unos segundos más sobre aquel asfalto ardiente. Sufría por culpa de su sobrepeso y sus articulaciones crujían como la leña seca. Por fin, se metió en su viejo automóvil ya casi listo para el desguace y próximo a la agonía pero que aún resistía…
Fue en aquel preciso instante cuando la vio y su interior se hizo pedazos. Vaqueros, camiseta gris por fuera del pantalón, el cabello recogido de cualquier manera en una cola. Ni siquiera sus ojos de un azul celeste conseguían iluminar su rostro. Parecía el retrato de un artista maltratado por el paso del tiempo, desportillado, igual que él mismo, sin duda. Al verla zozobrar de costado como un navío desarbolado, sintió un dolor en lo más hondo de sus entrañas.
A Lucie Henebelle también la habían avisado de inmediato. A buen seguro, habría repasado los archivos informáticos, los casos de todas las brigadas relacionados con niños, habría llamado a las personas indicadas y habría recibido llamadas. Y en cuanto recibió el primer aviso, se lanzó a la carretera pisando el acelerador a fondo. Por Dios, ¿qué iba a hacer en aquella covacha? ¿Asistir a la carnicería de una de sus propias hijas? Incluso él mismo, Sharko, no pudo enfrentarse al examen post mórtem de su pequeña Éloïse, hacía ya mucho tiempo de ello. Era peor que tragarse una granada a punto de estallar.
Y, sin embargo, ¿cómo una madre, un ser todo amor, podía tener fuerzas para ello? ¿Por qué esa necesidad de sufrir y de avivar aún más su odio? ¿Y si al final se tratara de una criatura anónima? ¿Lucie Henebelle se vería condenada a errar de morgue en morgue, en busca de sus dos hijas, hasta morir cociéndose a fuego lento? ¿Y si daba con una de ellas pero jamás hallaba a la otra? ¿Cómo no volverse loca?
Con los dedos crispados en el volante, Sharko dudó un buen rato sobre qué hacer. ¿Debía entrar él a su vez? ¿Aguardar allí a que ella apareciera de nuevo? ¿Cómo iba a dejar a Lucie salir del edificio medio hundida y ebria de tristeza sin lanzarse a sus brazos? ¿Cómo no iba a abrazarla contra su corazón con todas sus fuerzas, murmurándole al oído que un día todo iría mejor?
No, sólo había una solución. Huir. Amaba demasiado a aquella mujer.
Hundió la llave en el contacto y puso el coche en marcha, en dirección a París.
Cuando la silueta de ogro del IML se disolvió en el reflejo de su retrovisor, Sharko comprendió que no volvería a verla nunca.
Su tristeza y su odio jamás habían sido tan grandes.
Trazar el camino, sin preocuparse por el dolor de cabeza, por las lágrimas de fuego, por las manitas infantiles que rascaban el interior de su vientre. Alejarse lo antes posible de aquel lugar marcado por el sello de la muerte. Lucie no había comido ni bebido. Sólo había vomitado. Su cuerpo funcionaba a fuerza de adrenalina y de nervios. Superando ampliamente la velocidad permitida, circulaba por la autopista, en dirección al norte, a contracorriente de los destellos de las farolas. Y qué más daba si se estrellaba contra los quitamiedos. Deseaba conducir hasta el agotamiento, acumular kilómetros de asfalto para no pensar más, para no pensar nunca más. A pesar de todo, llovían imágenes e inundaban su memoria. El cadáver muy pequeño, en absoluto contraste con la desmesurada mesa de autopsias. Las voces de los médicos, de los policías, sangrando por sus bocas retorcidas palabrejas procedimentales. El destello risueño del instrumental bajo la lámpara cialítica…
Y no saber. No ser capaz de reconocer a una de sus propias hijas. Esas fuentes de vida a las que había guiado y acompañado a lo largo de ocho años, de noche y de día, en la enfermedad y en los carnavales escolares, aquellas de las que conocía hasta el menor rasgo, el menor detalle oculto, hasta la más ínfima variación de sus rostros.
La sangre de su sangre.
Debería aguardar, los segundos circularían a partir de aquel momento como un lento veneno en sus venas con el horror al final del camino: una de las gemelas estaba muerta o temblaba aún en manos de su verdugo. Lo peor, o lo peor de lo peor…
¿Qué monstruo las había raptado? ¿Por qué? Clara y Juliette desaparecieron cuando iban a por helados, en la playa de Sables-d’Olonne. Bastó menos de un minuto para que se evaporasen entre la multitud. ¿Las habían secuestrado por una siniestra casualidad? ¿Las acechaban? ¿Con qué objetivo? Lucie no dejaba de dar vueltas a todas las posibilidades, todas las variaciones imaginables de historias sórdidas, hasta sentir náuseas. Y en cuanto concluía una versión, otra tomaba el relevo y era aún peor. La bobina del horror no se acababa nunca.
Ese descenso a las tinieblas era culpa de Franck Sharko. Se lo echaba en cara a morir y jamás, nunca jamás deseaba volver a verlo. Sería mejor así: se sentía capaz de lanzarse a su cuello y matarlo.
¿Qué sucedería en los días venideros, a la espera de los análisis, de la investigación, de la búsqueda del asesino? ¿Qué monstruo había podido encarnizarse de aquella manera con una criatura? Allí donde se guareciera, Lucie lo perseguiría hasta sus últimas fuerzas.
«No eran Clara ni Juliette. No eran Clara ni Juliette a quienes he visto esta tarde. Era… otra cosa.»
Un tímido resplandor temblaba a través de la ventana de su apartamento, en el corazón del barrio universitario de Lille. Un lugar por lo general agradable, lleno de vida, de conversaciones, de calor humano. Allí, el bulevar estaba desierto, los semáforos tricolores escupían sus verdes, rojos y ámbar en una monotonía de fin del mundo. Lucie se angustiaba al pensar en regresar a su casa. Aquellas cuatro paredes, sin Clara ni Juliette a su lado, eran peor que un sarcófago.
Su madre, Marie Henebelle, encadenaba cafés y medicamentos para mantenerse consciente. Eran las tres de la madrugada y la señora de mechas rubias decoloradas, de ordinario de una energía infalible, había envejecido diez años en pocos días. Era ella quien había educado a las niñas, desde su nacimiento, debido a la profesión de su madre. Era ella quien les había cambiado los pañales, preparado los biberones y velado junto a ellas cuando habían estado enfermas o cuando los servicios de vigilancia en coche obligaban a Lucie a ausentarse durante toda la noche.
Y hoy, Dios mío, hoy…
Lucie permaneció inmóvil en el umbral, con las mandíbulas apretadas, frente a su madre. Si hubiera podido huir lejos, muy lejos de allí, sin nunca darse la vuelta… Caminar sobre una gran lengua de arena que se hundiera en mitad del océano… Pensaba ya en el mañana, en la quemazón de cada despertar si tenía la suerte de llegar a dormir, en las camas vacías en la habitación rosa y verde, en aquellos peluches que aguardaban que alguien jugara con ellos. El elefante de Juliette ganado en la feria, el hipopótamo que a Clara tanto le gustaba abrazar. Todos aquellos recuerdos convertidos ya en heridas abiertas.
Dado que Lucie no se movía, su madre se acercó a ella y la abrazó, y respiró largamente en su nuca sin decir palabra. ¿Qué podía decirse en semejantes momentos? ¿Que acabarían por hallar a las gemelas vivas y que todo volvería a la normalidad? Una policía y, también, una madre de policía, sabían mejor que nadie que, pasadas cuarenta y ocho horas, las posibilidades de encontrar vivo a un niño eran casi nulas. La realidad, y también las estadísticas, eran así.
Marie observó la bolsa hermética y transparente que su hija sostenía con su puño blanco. Lo comprendió de inmediato. El kit así empaquetado incluía una mascarilla, un tubo transparente, unos guantes de látex, una ficha de cartón y tres hisopos orales, esa especie de bastoncillos de algodón utilizados para obtener las muestras de ADN.
Lucie resopló en la espalda de su madre.
– ¿Qué puedo hacer, mamá? ¿Cómo voy a salir de ésta?
Marie Henebelle se sentó en el sofá, agotada. Alta, delgada, era una mujer que, a sus casi sesenta años, aún conservaba su poder de seducción. Aquella noche, todo su organismo pedía auxilio pero ella aguantaba, aguantaba…
– Estaré a tu lado. Siempre estaré a tu lado.
Lucie asintió, con un sollozo.
– La criatura sobre la mesa de autopsias… La he maldecido, mamá, la he maldecido por dejarme con la duda. No es mi hija. En el fondo de mí misma, sé que no es mi hija. ¿Cómo una de mis pequeñas podría haber ido a parar allí encima? ¿Cómo… cómo podrían haberle hecho daño? No es posible.
– Sé que no es posible.
– Estoy segura de que… de que ese monstruo se quedó allí cuando… cuando se alzaron las llamas. Se quedó allí mirando.
– Lucie…
– Quizá lo atraparán pronto. Quizá tiene secuestradas a otras niñas y mis hijas…
Marie respondió con resignación en la voz. Lucie sintió en ella el peso de una fatalidad indeleble.
– Tal vez, Lucie, tal vez…
La policía ya no halló más fuerzas para hablar. En la semioscuridad fue a lavarse las manos y rasgó la bolsa proporcionada por el laboratorio de la policía científica. Cada uno de sus gestos pesaba como el plomo y significaba admitir lo imposible. Una vez que se hubo puesto los guantes, volvió al salón. Intercambió una mirada con su madre, que retrocedió, con los dedos temblorosos sobre los labios.
En calidad de oficial de la policía judicial, Lucie deslizó con cuidado uno de los hisopos orales en su propia boca y lo movió delicadamente para que el extremo de espuma blanca se impregnara de saliva. Se restregó el rostro lloroso en el hombro, pues ni siquiera su tristeza de madre debía contaminar la toma de la muestra. Sabía que tras ese acto había algo horroroso, irreal: iba a buscar en su ADN de genitora la prueba de que tal vez una de sus hijas estuviera muerta.
Acto seguido, Lucie aplicó el extremo del hisopo oral en el lugar indicado sobre una cartulina rosa -la tarjeta FTA- hasta impregnarla de su ADN, la guardó en una bolsita y luego la cerró con cuidado con la ancha cinta autoadhesiva roja en la que se leía: «Prueba judicial. No abrir».
La muestra iría al día siguiente, a primera hora, a un laboratorio privado donde la apilarían con centenares de otras. Su futuro, el futuro de ellas dependía de una vulgar molécula que ni siquiera alcanzaba a ver. Una sucesión de millones de letras A, T, G, C que constituía una huella genética única -salvo en el caso de los gemelos monocigóticos- y que, en tantas ocasiones, había guiado las investigaciones para descubrir a los sospechosos.
A pesar de sus creencias, de sus esperanzas, Lucie no pudo evitar pensar que quizá pronto sería necesario vivir sin sus pequeñas estrellas. Si aquello llegara a suceder, ¿cómo podría ella seguir existiendo?