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Aeropuerto Eduardo Gomes. Lunes, 17:30, hora local.

Manaos o la transpiración perpetua. Una ciudad aplastada por la humedad, un calor ecuatorial. El mercurio no descendía nunca, ni siquiera de noche. En cuanto cruzó las puertas automáticas, Lucie, más que sudar, chorreó. La selva respiraba y la humedad del río Negro saturaba la atmósfera y llenaba los pulmones. La selva amazónica se hacía sentir, aunque fuera invisible.

Tras pasar por una agencia de cambio de divisas, Lucie y el grupo guiado por Maxime se dirigieron en minibús hacia el pequeño aeropuerto regional de Eduardinho. Dos kilómetros de asfalto. Torres de hormigón a lo lejos, grandes arterias e industrias. Rótulos de publicidad en portugués entre palmeras y mangles. No había ni rastro de la selva, la civilización de los sapiens excavaba, devoraba y se extendía a lo largo y ancho del territorio como un ávido hormiguero.

Maxime les repartió botellas de agua y algo de comer, mientras peroraba unas explicaciones turísticas que a Lucie le importaban un bledo. Manaos, antigua capital del caucho… Casas coloniales construidas con materiales franceses, bla, bla, bla… Su móvil se había conectado automáticamente a la red brasileña Claro y trataba desesperadamente de llamar a Sharko. En Francia debían de ser alrededor de las diez de la noche.

Seguía sin tener ningún mensaje ni ninguna noticia. Se angustiaba, se arrepentía de estar allí, a trece horas de avión de su casa. Alrededor de ella, la gente estaba alegre, seducida y excitada. Con tristeza, observaba a una pareja de sexagenarios que también se habían embarcado en la aventura. Se cogían de la mano e intercambiaban miradas cariñosas. Tenían muchas cosas que compartir, aún se descubrían el uno al otro, tras tantos años, y se imponían retos, tal vez porque la máxima desgracia aún no se había cebado en ellos. Colérica, celosa o simplemente para demostrarse a sí misma que aún existía, Lucie escribió sendos SMS a su madre y a Juliette.

Sólo había una compañía aérea, la Rico Linhas Aéreas, que volara a São Gabriel da Cachoeira. A las 18:32, el grupo despegó a bordo de un Embraer EMB, un modelo pequeño. El paisaje dejaba sin aliento y la desmesura se manifestaba con arrogancia. Lucie vio, bajo sus pies, la formación del río Amazonas, resultado de la confluencia de las aguas negras del río Negro y de las amarillas del Solimões. En algunos lugares la anchura del río era de cuarenta kilómetros. Algunos pueblos dispersos señalaban las últimas trazas de la civilización. Lentamente, el sol se ponía en el horizonte esmeralda, surcado por ondas líquidas, lodos oscuros y pantanos secretos. Se abrían heridas negras y las montañas hendían la vegetación. Lucie imaginó la vida misteriosa que hervía debajo de ella, aquellos millones de especies vegetales y animales que luchaban por su supervivencia, se reproducían y perpetuaban sus genes bajo el bochorno tropical. Los ururus eran una de esas especies. Unos predadores de las tinieblas que habían pervivido a lo largo de los siglos arrastrando consigo una violencia prehistórica.

Se adormiló, y sacudió la cabeza cuando el tren de aterrizaje entró en contacto con la pista, dos horas después. Cuando se apagaron los motores, los pasajeros aplaudieron. El aeropuerto contaba con dos pistas, una alambrada alrededor de ellas y un gran edificio decrépito. Allí no había cintas automáticas y el equipaje se descargaba a pie de pista. Olía a asfalto ardiente pero sobre todo a aguas fluviales, esa mezcla particular de limo y madera podrida. Control de documentación, aduana. Una aplastante presencia de policía militar. Miradas severas, inquisitivas. Vestigios, según Maxime, de los años negros en los que las compañías mineras expulsaban y masacraban a los autóctonos por el oro, el plomo y el tungsteno de aquellas regiones del río Negro. Aquellos policías eran hombres nacidos en la selva, que navegaban en piragua y perseguían a los ladrones forestales: traficantes de maderas preciosas, de plantas medicinales o de animales. Sin olvidar la droga. La frontera colombiana y la venezolana estaban a menos de doscientos kilómetros y las FARC no estaban mucho más lejos. Por primera vez, Lucie se sintió feliz de estar en compañía del grupo. No entendía ni una palabra de portugués -no es una de las lenguas que se aprendan en el norte de Francia- y quería evitar toda complicación.

En cuanto salieron del aeropuerto, se lanzaron sobre ellos. Les ofrecían fotografiarse con un perezoso en brazos, con una boa alrededor del cuello o un bebé caimán sobre las rodillas. Algunos distribuían folletos publicitarios en inglés: travesía en barco por el río Negro, visita de las reservas indias o excursiones por la selva. Alrededor del grupo se amontonaban vendedores y decenas de guías…

Y en aquel momento, a Lucie se le ocurrió una idea que tal vez aceleraría las cosas. Abriéndose paso entre el gentío, se alejó de los turistas, sacó de su bolso una foto de Éva Louts que había ampliado y se dejó rodear por la gente del lugar.

– ¿Quién la conoce? -preguntó en inglés-. ¿Quién la conoce?

La foto circulaba de mano en mano, se arrugaba, desaparecía a veces, hasta que un hombre de larga barba negra, con rostro demacrado y oscuro, se acercó a ella. «Una mezcla de blanco y de indio», pensó Lucie. El individuo, de unos cuarenta años, le respondió en inglés:

– Yo la conozco.

Detrás, Maxime intentaba reunir a los viajeros en un aparcamiento, cerca de un minibús. Lucie miró a los ojos a su interlocutor y lo llevó aparte.

– Quiero ir adonde ella fue… ¿Es posible?

– Todo es posible. ¿Por qué los ururus?

Sabía lo de los ururus, así que verdaderamente había acompañado a Louts hasta allí. Tenía una voz grave. Llevaba una camisa empapada de sudor y medio abierta, que dejaba ver los pelos negros de su pecho. Parecía taimado, pensó Lucie, pero no tenía elección.

– Para ir a ver a Napoléon Chimaux, como ella. ¿Cuánto?

El guía pareció reflexionar. Lucie lo observó atentamente. Era alto y corpulento, estaba cascado por todas partes, y tenía unas manos como palas.

– Cuatro mil reis. Eso incluye el equipaje, el barco, el material y la comida. Yo me ocupo de todo y la llevo hasta allí.

Había hablado en un francés con marcado acento latinoamericano, pero comprensible. Lucie no trató de regatear. Esa suma coincidía con la que Éva Louts había retirado en efectivo.

– De acuerdo.

Se dieron la mano.

– ¿Se aloja en el King Lodge? -preguntó él.

– Sí.

El hombre le devolvió la foto.

– Mañana, a las cinco de la mañana. Así llegaremos al final del río al final del día y dormiremos allí antes de seguir camino a pie al día siguiente. Me pagará el total. No olvide la autorización y algo de dinero en efectivo para la travesía del río.

– Dígame cómo fue el viaje con Éva Louts. ¿Qué iba a buscar allí?

– Mañana. Por cierto, me llamo Pedro Possuelo.

Desapareció entre la multitud, tan discretamente como había llegado. Una sombra entre las sombras…


El trayecto desde São Gabriel era una aventura en sí mismo y subieron a un minibús con las puertas desparejadas y desvencijadas. A pesar de la luna llena, Lucie no pudo ver gran cosa de la ciudad, pero sí adivinar la miseria imperante: muros de cemento medio derruidos, techos de chapa, aceras polvorientas iluminadas por bombillas colgantes. Aquella gente ni siquiera disponía de una carretera para abandonar la región, la selva los encerraba y los ahogaba. Maxime, cuyo rostro comenzaba a delatar la fatiga, les dio algunas explicaciones, desempeñando su papel a la perfección: desde la ocupación por los carmelitas hasta principios del siglo XX, las cascadas del río convirtieron São Gabriel en un acuartelamiento militar. Los grandes barcos de comercio procedentes de Manaos no podían adentrarse más en la selva por culpa de los rápidos. Los indios, por su parte, llegaban desde el otro lado, en piraguas ligeras, para vender y comprar bienes, y convirtieron el lugar en un punto de intercambio de productos y de experiencias. La población actual -menos de veinte mil habitantes- estaba compuesta principalmente por autóctonos que habían abandonado la selva, agricultores, comerciantes y artesanos que conservaban lazos con sus regiones de origen.

São Gabriel no era sólo una ciudad en la selva, en la que tenían su sede algunas ONG como FUNAI, IBAMA o la Fundación Nacional de la Salud. Era también una ciudad de la selva.

Los turistas fueron conducidos al King Lodge, un pequeño hotel en el límite de la selva regentado por blancos. Era de colores vivos, disponía de ventiladores gigantes y en el vestíbulo había palmeras. Maxime reunió al grupo y recogió las autorizaciones de la FUNAI de manos de uno de sus colegas que ya se hallaba allí. Distribuyó la documentación personal a cada viajero y les explicó el programa del día siguiente: salida a las diez de la mañana en una lancha motora y trayecto hasta un campamento situado a cien kilómetros río abajo, y noche en hamaca en medio de la selva con una cena típicamente local.

Tras dar las últimas consignas, saludó a todos y, por fin, les dejó un cuarto de hora libre.

Agotada, Lucie fue a su habitación en la planta baja y encendió el ventilador. Echó un vistazo a su teléfono móvil. No había cobertura ni red, aquello era el límite de la civilización. Con un suspiro, tomó una larga, interminable ducha. Necesitaba deshacerse de aquella humedad obscena, refrescarse la mente y regenerar su cuerpo.

Se vistió con un short, una camiseta y unas chancletas y fue al vestíbulo, donde había una cabina de teléfonos que había visto al llegar. Un hombre leía un periódico en un sofá, unos jóvenes tomaban una copa en el bar y la pareja de sexagenarios salía a pasear por la ciudad, cogidos del brazo. Trató una vez más de llamar a Sharko, debían de ser casi las tres de la madrugada. Un contestador. Sin grandes esperanzas, dejó un mensaje indicando el número de teléfono del hotel y colgó.

Al ir a acostarse, se sorprendió al ver que no había mosquitera y acto seguido recordó lo que había explicado Maxime: las aguas ácidas del río Negro ahuyentaban a los insectos. Sin embargo, descubrió una mariposa muy grande pegada al cristal de la ventana. Abrió para liberarla y contempló la noche. Una negrura infinita con un cielo puro, un puñado de luciérnagas, crujidos, el piar de los pájaros, unos gritos. Lucie pensó en los monos del vídeo, los capuchinos de cara blanca. Tal vez estaban allí, muy cerca de ella, y quizá la vigilaban. Alrededor, los árboles se estremecían, las ramas vibraban y Lucie esperaba que en cualquier momento surgieran decenas de animales misteriosos.

Justo antes de cerrar, percibió un resplandor en la oscuridad. Algo redondo y brillante.

Parecía que la luna llena se reflejara en…

«Las lentes de unos prismáticos.»

Lucie tragó saliva con dificultad. ¿Podía estar equivocada? ¿Su imaginación le jugaba una mala pasada por culpa del cansancio? No… Una masa oscura observaba en su dirección, en el lindero del bosque, a una treintena de metros.

Lucie sentía su corazón desbocado. Trató de controlar sus emociones y cerró la ventana, sin el pestillo. Echó las cortinas, apagó la luz y volvió enseguida junto a la ventana, observando discretamente. Miró al vacío. No cabía la menor duda, había alguien junto a los árboles. Se movía pero no se aproximaba.

La sombra acechaba.

Esperaba a que Lucie se durmiera.

Presa del pánico ante aquella idea, Lucie examinó la habitación. La luz de la luna entraba por encima de las cortinas y por los laterales. Vio una lamparilla de noche, un jarrón con flores tropicales… Tiró con todas sus fuerzas de un perchero clavado en la pared y logró arrancarlo. Empuñaba un trozo de madera de unos cuarenta centímetros, con ganchos de hierro. Rápidamente, dispuso el edredón y las almohadas bajo las sábanas y les dio forma de cuerpo.

Acto seguido, se escondió en el baño, situado entre la cama y la ventana.

¿Quién sabía que estaba allí? ¿Quién la vigilaba? ¿Gente de allí? ¿Indios? ¿Militares? ¿Acaso la foto de Louts que había circulado en el aeropuerto había caído en malas manos? ¿Había dado la alarma al enseñar aquella foto? Aquélla era una ciudad pequeña, así que las noticias debían de correr muy rápido.

Lucie pensó en los asesinatos de Louts y Terney. En el intento de asesinato de Chimaux. El tiempo se le hizo interminable. El ventilador zumbaba, y removía el aire húmedo y malsano. Lucie podía oír su propia respiración, como la de un animal acorralado. Estaba loca por no dirigirse a la recepción y pedir ayuda.

Pero quería saber.

De repente, un ruido en la ventana: un pomo al girar. Luego el desplazamiento de un cuerpo pesado sobre la moqueta. Lucie contuvo la respiración, y oyó el leve sonido silbante de una tapa al abrirse. Sabía que el individuo estaba muy cerca. Asió firmemente su arma, la blandió sobre su cabeza y se precipitó a la habitación.

Golpeó en el momento en que la sombra, que se hallaba ahora junto a la cama, se volvía hacia ella. La madera dio en el cráneo y los ganchos en el rostro. El metal penetró en la piel de las mejillas como si fueran de mantequilla. Lucie alcanzó a distinguir el rostro bronceado, el uniforme caqui, la boina verde: un militar. El hombre gruñó y, grogui, hizo un amplio movimiento con el brazo hacia delante, con el puño cerrado. Alcanzó a Lucie en la sien y salió despedida contra la pared. El tabique tembló y el jarrón se rompió. Se produjo un ruido infernal. Apenas tuvo tiempo de recuperar el sentido cuando la silueta ya había saltado por la ventana. Quiso perseguirlo, pero una enorme sombra negra atravesó su campo de visión y la inmovilizó.

Una araña.

La bestia estaba justo en el borde de la cama, casi en equilibrio sobre el vacío. Parecía mirarla fijamente y explorar la textura de las sábanas con sus largas patas. Era toda negra y sobre el abdomen tenía una cruz roja.

Lucie retrocedió, con un grito helado en su garganta, dio media vuelta y salió al pasillo del hotel cuando sus jóvenes vecinos iban hacia allí, alertados por el ruido.

Doblegada por las emociones, se desplomó en sus brazos.

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