El Quai de la Rapée [4] era una etapa obligatoria en cualquier investigación criminal confiada a los sabuesos del 36. Los policías rara vez iban allí a admirar el Sena y las barcazas que lo surcaban. Digamos que el espectáculo que se les ofrecía era menos atractivo.
Con los brazos cruzados, Sharko se encontraba entre dos mesas de autopsias en una de las grandes salas del Instituto de Medicina Legal de París. A su alrededor, ausencia de ventanas, pasillos interminables, fluorescentes que difundían colores de fin de otoño. Sin olvidar un olor a ciervo muerto que, a la larga, acababa por impregnar hasta el vello del torso. Levallois estaba justo detrás del comisario, apoyado contra una pared. Un poco lívido. Por lo que había dicho antes de entrar allí, las autopsias no eran su fuerte. Lo contrario habría sido inquietante.
Paul Chénaix, el forense, había visto muchas cosas extrañas, pero era la primera vez que veía un mono bajo su techo. El animal dormido estaba tendido boca arriba, con los brazos y las piernas extendidos. Sus inmensos dedos estaban ligeramente doblados, como si agarraran una manzana invisible. A la derecha, el cuerpo desnudo de Éva Louts permitía que lo devorara la luz inquisidora de la cialítica, una lámpara utilizada también en los quirófanos y que posee la particularidad de no producir sombras.
Sharko se frotaba el mentón sin decir palabra. Era curioso ver aquellos dos cuerpos inmóviles, uno junto al otro, en una posición muy semejante, y constatar las similitudes morfológicas. «El 98 por ciento de nuestro ADN es ADN de chimpancé», había dicho la primatóloga.
Cuando llegaron los dos policías, Chénaix acababa de concluir el examen externo del sujeto humano. Al afeitarle el cráneo, habían aparecido con toda claridad una fractura y un amplio hematoma en la zona occipital. Vulgarmente tendida sobre el acero, la pobre Éva Louts había perdido la poca humanidad que aún conservaba.
– Se trata de cualquier cosa menos de un accidente. Si puedo permitirme adentrarme en su territorio, Cheeta no tiene nada que ver.
Primera buena noticia del día. Clémentine Jaspar recuperaría su chimpancé, su «bebé» de treinta y siete años, sano y salvo. Por otro lado, eso significaba que efectivamente había habido un asesinato y que se anunciaba un caso que olía a azufre.
– El golpe en el cráneo fue fatal. Probablemente, la víctima quedó noqueada y la pérdida de sangre a través de la herida en el cuero cabelludo hizo el resto. El fallecimiento se produjo entre las ocho de la tarde y medianoche. La lividez en los omoplatos y a la altura de las nalgas parece demostrar que el cadáver no fue desplazado después de la muerte. En cuanto al mordisco, es difícil estimar si se produjo antes o después de la muerte.
Desde hacía ya quince años, Chénaix había cortado varias toneladas de carnaza. Tenía una barbita fina a lo largo de la mandíbula inferior, gafitas redondas y aspecto coriáceo: con su bata, fuera de contexto, fácilmente podría tomársele por un profesor de la facultad, con mayor motivo porque sus conocimientos en los diferentes terrenos médicos eran extraordinarios. Era un pozo de ciencia y tenía respuesta para casi todo. Sharko y él se conocían bien.
En silencio, Sharko rodeó la mesa y analizó a la víctima desde todos los ángulos. Pasado el primer contacto, siempre difícil, en aquel momento ya no veía el cuerpo de una mujer desnuda, sino un territorio que investigar en el que, como pequeñas banderas que hubiera que recoger, aparecían las pistas y las pruebas.
– ¿Te han enseñado el pisapapeles?
– Sí, coincide.
– ¿Y por qué descartar al mono? Está el mordisco. Y hemos sabido, antes de llegar aquí, que había manipulado el pisapapeles. ¿No pudo empuñar el objeto y golpear?
– Tal vez lo manipuló tras la muerte. En cualquier caso, las dimensiones del mordisco no se corresponden con las de la mandíbula de la mona. Es un mordisco muy limpio. El diastema, es decir, el intervalo entre los incisivos de la mandíbula superior, no es el mismo. Y tampoco lo es la separación entre las mandíbulas. A eso hay que añadir que las encías de la mona no presentan ningún rastro de sangre. En cuanto a la sangre en sus miembros y su pelo, seguramente se debe a que tocó a la víctima tras la muerte. El asesino ha querido cometer un asesinato casi perfecto y ha sido listo, pero no lo suficiente para engañarnos.
Se volvió hacia el chimpancé anestesiado.
– Querida Shery, me alegra poder anunciarte que aún podrás comer plátanos durante muchos años.
Su réplica distendió el ambiente unos segundos, antes de que hubiera nuevas preguntas concretas.
– En ese caso, ¿de qué o de quién procede el mordisco?
– De algo más grande que esta mona. La forma de las mandíbulas y el diastema son simiescos, y más bien de la familia de algunos grandes simios, según el veterinario. Ha descartado al gorila y al orangután. Piensa más bien en otro chimpancé, más corpulento. En cualquier caso, un animal que se habría vuelto agresivo por las circunstancias.
El forense inclinó el mentón hacia unos tubos de cristal taponados, próximos al lavabo.
– Vamos a enviar al laboratorio las muestras de sangre hallada en las heridas. He pedido un análisis de saliva. Así podremos recuperar el ADN del animal agresor y, por tanto, sabremos a qué especie pertenece.
– ¿Eso es posible? ¿Conocer una especie animal por su ADN?
– Sí, con la secuencia de genomas. Últimamente está de moda. Se obtienen moléculas de ADN de plantas, bacterias o perros, se pasan por unas máquinas enormes y se obtiene una cartografía genética específica de cada especie. Se trata de un listado completo y detallado del conjunto de sus genes, por decirlo así.
Levallois se había aproximado al lavabo y, de la repisa lateral de baldosas, cogió un pequeño frasco que parecía casi vacío.
– La ciencia avanza que es una barbaridad. ¿Qué hay aquí dentro?
– Sin duda, un minúsculo fragmento de esmalte. Lo he hallado en el interior de la herida facial. Ahí también hay ADN que podrá ser analizado, en caso de que la saliva se haya diluido demasiado con la sangre. Ahora diría que la pelota está en el tejado de los biólogos.
– ¿Algo más? -preguntó Sharko.
El forense le dirigió una sonrisa.
– Te dan un dedo y pides el brazo.
– Ya me conoces…
– Lo que te acabo de contar no está mal, ¿verdad? Voy a empezar con el examen interno.
Sharko le tendió la mano al forense, que se la estrechó por reflejo.
– ¿Qué, no te vas a quedar? -preguntó el médico.
Al fondo, los ojos de Levallois brillaron. Sharko no le dio tiempo a reaccionar y se dirigió a la salida.
– Hoy no me apetecen tripas. Mi colega se espabilará muy bien sin mí. Le encantan las autopsias.
– ¿Y nuestra comida pendiente? Hace siglos que tendrías que haberme invitado.
– Pronto. Mientras, tómate una cerveza a mi salud.
Empujó las puertas batientes y desapareció sin volverse.
Una vez fuera, respiró una gran bocanada de aire. A pesar de que estaba acostumbrado, ver cadáveres siempre le revolvía el estómago. Era simplemente indigesto.
Por teléfono, avisó a Clémentine Jaspar de que recuperaría a su animal sano y salvo y le pidió que, en los días siguientes, tratara de que la mona hablara más. Ella prometió llamarle si lo conseguía y le dio las gracias. Sharko sabía que haría todo lo posible por ayudarlo, sentía que aquella mujer era sincera y profundamente humana. Algo bastante raro en este mundo.
Lentamente fue a sentarse en un pequeño banco de hierro junto al muelle. En aquel lugar no había mucha gente. La proximidad del Instituto de Medicina Legal y la abundancia de vehículos policiales alejaban a los eventuales paseantes. No muy lejos, el puerto de París-Arsenal, las embarcaciones, las pesadas barcazas. La leve brisa y el sol de principios de septiembre eran muy agradables. Pensar que Éva Louts no volvería a disfrutar de ese paisaje… Alguien, el «monstruo», la había privado de manera salvaje de su derecho más fundamental: el de respirar. Luego la abandonó en una jaula, como un simple pedazo de carne. Sharko pensó en los padres de la joven víctima. Les habían suavizado la verdad, habían hablado de «crimen» sin añadir el menor adjetivo, y les habían prometido que pondrían todo en marcha para atrapar «a quien lo hubiera hecho». A buen seguro, el padre y la madre no oyeron el final de la frase, puesto que su mundo se había detenido bruscamente.
Sharko se frotó las sienes y, tras ponerse las gafas de sol, una de cuyas varillas estaba remendada con pegamento, echó la nuca hacia atrás, con el rostro mirando al cielo. Unos rayos tibios le acariciaban placenteramente las mejillas. Cerró los ojos y pudo imaginar al asesino llegando al animalario con un mono agresivo. Uno noquea a la víctima y el otro la muerde en la cara, presa de sus instintos de la selva. Tal vez el «monstruo» al que se había referido Shery. Uno de sus congéneres simiescos.
A su alrededor, el ruido de voces y motores se detuvo. El chapoteo del agua… El soplo del viento… Las sombras que danzaban agradablemente bajo sus párpados… Todo se dispersó, como un puñado de sal arrojado al cielo.
Se sobresaltó con violencia cuando una mano lo agarró del hombro. Sharko tardó unos segundos en darse cuenta de dónde se hallaba. Con una mueca, alzó la nuca y se incorporó. Levallois estaba ante él.
– No es muy legal haberme dejado plantado en plena sala de autopsias. Acabamos de empezar a trabajar juntos y ya me las gastas así.
Sharko miró su reloj. Había transcurrido más de una hora. Contuvo un bostezo.
– Discúlpame, pero estoy pasando un mal momento.
– Hace un montón de tiempo que pasas un mal momento, por lo que me han dicho los demás. Según parece, Manien y tú os peleasteis hasta que te despidió.
– No hagas caso de las malas lenguas. En los pasillos del 36, las oirás de todos los colores. Rumores perniciosos, la mayoría infundados. ¿Y qué hay de la autopsia?
– No te has perdido nada. Quedarse para ver eso, la verdad… Chénaix maneja los cuchillos como un violinista su arco. Es asqueroso. Si algo en este oficio me da horror, es eso.
– ¿La víctima fue violada?
– No.
– Por lo tanto se trata de un móvil no sexual.
– ¿Estás de broma?
Nervioso, Jacques Levallois se metió en la boca un chicle de menta y se puso él también las gafas de sol.
Guaperas, el tipo, un poco como Brad Pitt en Seven.
– Vaya… No es de las historias que me apetece explicarle a mi mujer.
– En ese caso, no le expliques nada.
– Es fácil decirlo… De hecho, hay una cosa que ni yo ni los colegas entendemos… En Nanterre debías de ganar el doble con la mitad de preocupaciones. Dentro de menos de diez años te jubilarás. ¿Por qué has vuelto a roer huesos a la Criminal? ¿Por qué pediste que te degradaran a las funciones de teniente? No se había visto nunca, no tiene ni pies ni cabeza. ¿Y el dinero, acaso no te importa?
Sharko inspiró, con las manos juntas entre sus piernas como un pobre diablo que estuviera dando de comer a las palomas. Sus colegas casi no sabían nada acerca de su última investigación en la OCRVP, dirigida desde Nanterre. En vista de sus repercusiones políticas, científicas y militares, el caso del síndrome E era relativamente confidencial.
– El dinero no es problema. En cuanto a las razones, son personales.
Levallois masticó su chicle mirando al río, con las manos en los bolsillos.
– Tienes el carácter agriado. Espero que no estemos todos condenados a volvernos como tú.
– No está en tus manos. Te convertirás en lo que el destino quiera que te conviertas.
– Qué fatalista.
– Más bien realista.
Sharko observó aún durante unos segundos una barcaza, se puso en pie y se dirigió hacia el coche.
– Venga, date prisa. Vamos a comer y luego iremos a echar un vistazo a casa de Éva Louts.
– ¿Te importa si comemos simplemente un bocata y vamos a casa de Louts directamente? Todas esas tonterías me han quitado el apetito.