Por el camino, Sharko no dijo palabra. Lucie lo miraba conducir, y veía los músculos de su cuello y de sus mandíbulas en tensión bajo la piel. Sabía, en el fondo, en qué estaba pensando. En las respuestas que obtendrían por boca de la primatóloga. Unas palabras que los precipitarían, a ambos, tras los pasos de Éva Louts, lejos, muy lejos de allí. A un lugar que Sharko temía mucho.
Clémentine vivía a pocos kilómetros del centro de primatología, en una casa en las afueras de Meudon-la-Forêt. Si bien la vivienda no parecía muy grande, el terreno, perfectamente arbolado, ocupaba miles de metros cuadrados. Aquí y allá, unos farolillos vertían la energía solar acumulada a lo largo del día y creaban agradables oasis azulados entre los árboles. Clémentine Jaspar sin duda había querido recrear un ambiente que le recordase a un país lejano.
Vestida con una túnica amplia y de vivos colores, la primatóloga los recibió en una gran terraza con muebles de teca y una tenue iluminación. Cuando se disponía a sentarse, Lucie se llevó la sorpresa de ver que un mono abría la puerta acristalada y se acercaba a ella.
– ¡Oh, Dios mío!
Con sus hábiles manazas, Shery cogió un vaso lleno de té helado que había sobre la mesa y aspiró ruidosamente el líquido con una pajita. Clémentine Jaspar dirigió una mirada embarazada a Sharko, que contemplaba la escena con ojos de niño.
– Había cerrado la puerta, pero… Miren, confío en su discreción respecto a la presencia de Shery en mi casa. Sé que está prohibido, pero después de lo sucedido, no puedo dejarla sola en el centro.
– No se preocupe. Confiamos igualmente en su silencio respecto a nuestra visita. Digamos que es una visita oficiosa. La investigación oficial ha tomado otros derroteros, pero nosotros estamos convencidos de que las respuestas se hallan en otro sitio.
La científica asintió. Tras vaciar el vaso en un tiempo récord, Shery se dirigió tranquilamente hacia el jardín y se instaló junto a uno de los farolillos, sentada como un buda que meditara. Miró a los invitados con una inmensa sabiduría en sus ojos.
– Mañana lloverá -dijo Jaspar-. Shery siempre hace eso la víspera de un día lluvioso. Es el mejor barómetro.
– Le gustaría mucho a mi hija -dijo Lucie, divertida.
– Shery adora a los niños. Venga un día con su hija, y podrán pasar el día juntas.
– ¿Lo dice en serio?
– En serio.
Jaspar ofreció té helado a sus invitados. Lucie la observaba desplazarse y captaba las miradas cómplices entre ella y su animal. Se dijo que nadie está hecho para vivir solo en este planeta, que la gente siempre tiene que aferrarse a algo: un amigo, un perro, un mono, unas locomotoras en miniatura… Sorbió en silencio su bebida, pensando en su hijita, que debía de reclamarla. Lucie se preguntó si había llegado a hablar con ella una sola vez por teléfono desde que se marchó del apartamento de Lille. Sintió una gran vergüenza.
La temperatura exterior aún era agradable y la brisa de final de verano aliviaba los párpados pesados. La primatóloga preguntó por los avances de la investigación y Sharko se apresuró a responder.
– Se estrecha el cerco, pero aún necesitaremos su ayuda o sus conocimientos. Y no quería pedírselo por teléfono.
Se inclinó un poco hacia delante, con las manos extendidas al frente.
– Veamos: ya sabemos todos que Éva Louts investigaba la violencia en el mundo y a lo largo del tiempo. Fue a una de las ciudades más peligrosas del planeta para buscar en los archivos criminales, se entrevistó con varios homicidas zurdos que habían cometido asesinatos horribles, y con la ayuda de documentos y fotografías investigó a bárbaros, pueblos que siempre derramaron sangre. Estudió todos esos casos extremos con un único objetivo: verificar la correlación entre lateralidad y violencia.
Jaspar asintió, intrigada por el planteamiento. Sharko prosiguió su explicación, sorprendiéndose a sí mismo por sus conocimientos de biología evolutiva cuando, apenas unos días antes, era lego en la materia.
– En el Jardin des Plantes usted me dijo que, en nuestros días, ser zurdo ya no constituye una ventaja para los individuos violentos o surgidos de un entorno propicio a la violencia, dada la modernidad de nuestra sociedad y de las armas de fuego.
– Ésa era la explicación que Éva aventuraba, sí.
– … Y tuvo una gran decepción cuando pudo constatarlo en México, afirmó usted.
– Lo supongo, en efecto. Como cualquier investigador, debía de soñar con concretar sus descubrimientos mediante la observación de una cifra importante de zurdos. Constatar con sus propios ojos la prueba formal, viviente, de su teoría, para poder exponerla al mundo. Desgraciadamente, esos criminales mexicanos eran tan zurdos como usted o como yo.
– Sin embargo, Éva no arrojó la toalla. Tras fracasar en México, fue a buscar en otro sitio. En las tierras vírgenes de la Amazonia…
Dejó unos segundos de silencio. Las dos mujeres lo miraban con intensidad.
– En cuanto vi la película, comprendí de inmediato que había ido a la selva en busca de la violencia más pura. Una violencia aislada de toda civilización, de cualquier influencia humana. Una violencia ancestral, que seguiría existiendo en el seno de una tribu primitiva. ¿Iba a encontrar allí a sus zurdos?
Lucie se llevó la mano a la boca, como si la evidencia la sorprendiera también a ella. Jaspar, mientras, sorbía su bebida y reflexionaba, y acabó por asentir con convicción. Sus ojos brillaban.
– Su razonamiento se sostiene, aunque no me guste demasiado la expresión «tribu primitiva», puesto que han evolucionado tanto como nosotros. Las tribus aborígenes no están «contaminadas» por el mundo moderno con sus fábricas, guerras y tecnología. Sus árboles no se tiñen por culpa de la polución y allí la especie de las mariposas del abedul dominante es, sin duda, la blanca. Cualquier etnólogo puede decírselo: estudiar esas tribus es una manera de remontar realmente el curso del tiempo, porque los genomas han evolucionado de otra manera, y el suyo está más cerca de los primeros sapiens que el nuestro. Probablemente han conservado antiguos genes prehistóricos y no han adquirido otros.
Lucie y Sharko se miraron: los elementos se imbricaban lógicamente en sus mentes. Al fin, la investigación se sostenía en tres pilares: en primer lugar, el cromañón; en segundo, Carnot y Lambert. Y entre uno y otros, como un eslabón evidente, las tribus primitivas, verdadero vínculo entre la prehistoria y el mundo moderno. Una bisagra humana entre el pasado y el presente.
Con gesto firme, el comisario sacó el DVD y lo depositó sobre la mesa.
– Esto es exactamente lo que buscamos: una tribu amazónica que fue descubierta en los años sesenta. Su población fue diezmada por una epidemia de sarampión. Se trata de una tribu que para sobrevivir y conquistar los territorios debe, o probablemente debía combatir con sus vecinos con las manos desnudas o con armas blancas. Una tribu que, en el pasado y tal vez aún hoy, sería considerada como la más violenta y sanguinaria que jamás haya existido en la Amazonia o incluso en el mundo. Éva Louts fue a Latinoamérica en busca de esa tribu, en busca de sus famosos zurdos.
Le tendió el DVD, le explicó su sórdido contenido y concluyó.
– Louts sabía de la existencia de esa comunidad y sabía dónde hallarla. Por lo tanto, tiene que haber constancia de ese pueblo en algún lugar. ¿Puede ayudarnos a localizarlo rápidamente?
La científica se puso en pie y fue a buscar un papel en el que anotó los principales datos enunciados por el comisario.
– No sé mucho de eso y no puedo darles una respuesta, pero tengo un amigo antropólogo. Mañana a primera hora me pondré en contacto con él y les llamaré de inmediato.
– Perfecto.
Los ex policías acabaron sus bebidas, mientras hablaban del caso y de qué futuro habría tenido Éva en un mundo en el que no existiera el crimen.
Pero un mundo así no está a la vuelta de la esquina.
Por fin, se pusieron en pie y se despidieron de su anfitriona.
Al salir al jardín, Lucie miró al gran simio y admiró la sabiduría de aquel animal que miraba las estrellas como si en ellas buscara el rastro de los suyos. Se dijo que los humanos éramos únicos ya que poseíamos unas características positivas de las que carecían los otros seres, incluso aquel mono, pero únicos igualmente por nuestros siniestros comportamientos: genocidio, tortura, exterminio de otras especies… ¿Toda aquella maldad podía quedar compensada por el bien que éramos capaces de hacer?
Antes de volver al coche, puso una mano sobre el hombro de Sharko.
– Gracias por todo lo que estás haciendo.
Él la miró a la cara y esbozó una sonrisa que se desvaneció rápidamente.
– Yo no quería venir aquí, no quería que conocieras lo que había descubierto. Ahora ya se ha abierto la caja de Pandora y sé que tu cuerpo y tu alma te llevarán hasta allí, cueste lo que cueste. Pero si debes hacerlo, quiero ir contigo. Te acompañaré a Brasil. Iré contigo al fin del mundo.
Ella lo abrazó.
Él cerró los ojos cuando ella lo besó en los labios.
Y sus sombras se alargaron entre los árboles.
Las sombras de dos amantes malditos.