En el límite del distrito V, el Jardin des Plantes ofrece un espectáculo mágico en las mañanas de septiembre. Una luz rojiza, de ésas características de finales de verano, cae en diagonal sobre el ramaje de los grandes cedros centenarios y se deposita sobre las hojas. Los corredores desaparecen por los caminos aún húmedos por la lluvia de la víspera y los jardineros comienzan a podar los arbustos en previsión de las estaciones más crudas. Todo incita al sosiego y al reposo. En esa época del año, los grupos escolares parisinos aún no se han adueñado del parque y de sus museos.
Sharko y Levallois entraron en el vestíbulo de la Gran Galería de la Evolución, un edificio macizo erigido en otra era. Sobre ellos, la inmensa vidriera dejaba entrar una luminosidad anaranjada que se extendía por los tres niveles organizados alrededor de una nave central. Sin ni siquiera penetrar en el corazón del museo podían distinguirse extraños esqueletos, cabezas de jirafa disecadas, centenares de vitrinas que albergaban las especies animales. La vida, allí más que en cualquier otro sitio, había decidido quedar al desnudo.
Clémentine Jaspar aguardaba frente a la recepción, con una gruesa carpeta de cartón entre las manos. La primatóloga vestía un pantalón marrón de pinzas y una camisa caqui de amplios bolsillos, y fácilmente se la hubiera podido confundir con una guía o una excursionista perdida en el centro de la capital.
Los policías la saludaron. Sharko le dirigió una sonrisa sincera.
– ¿Cómo se encuentra Shery?
– Sigue costándole expresarse. Le llevará tiempo recuperarse, a su avanzada edad. Y no hay psiquiatras para chimpancés.
Rápidamente, la primatóloga echó balones fuera.
– ¿Y su investigación, avanza?
– Bastante. De momento estamos recopilando todos los elementos antes de extraer conclusiones.
El comisario señaló con el mentón hacia la carpeta.
– De hecho, cuento sobre todo con lo que pueda explicarme acerca de esta tesis.
Jacques Levallois, que había permanecido algo alejado, le dio una palmadita en el hombro a su colega.
– Voy a tratar de encontrar al director o a alguien que pueda informarme sobre el fósil. Hasta luego.
Jaspar lo miró alejarse, y luego se dirigió hacia los tornos.
– Vayamos a la galería, si me permite. Creo que no hay mejor lugar para explicarle de qué trata.
Mientras Sharko sacaba su cartera para comprar una entrada, ella le tendió una.
– Aquí tengo pequeños privilegios. Es casi mi segundo hogar.
El comisario le dio las gracias. Vivía en la región desde hacía más de treinta años y, sin embargo, jamás había estado en aquel museo, ni en la mayoría de los museos parisinos. El era más de cárceles, tribunales y hospitales psiquiátricos. La ronda macabra de instituciones que había marcado el ritmo de su vida.
Cruzaron las barreras y entraron en la nave. Avanzaban entre reproducciones a tamaño natural de tiburones, elefantes marinos y rayas gigantes. Lo más impresionante era el esqueleto de una ballena suspendido, desmesurado, que exponía claramente los misterios de la naturaleza. ¿Qué mágico secreto había dado forma a aquellas gigantescas vértebras, casi tan grandes y pesadas como un hombre? ¿Había alguna finalidad tras tanta perfección?
Jaspar ascendió un tramo de escaleras hasta el primer nivel, dedicado a las especies terrestres. En el centro, centenares de animales de la selva parecían huir de un incendio imaginario. Búfalos, leones, hienas, antílopes, inmovilizados en su carrera. La primatóloga pasó junto a algunas vitrinas y luego se detuvo ante la de los lepidópteros. Centenares de insectos voladores, clavados sobre un corcho, numerados, identificados con precisión: tipo, clase, orden, familia, género, especie. Se sentó en un banco e invitó a Sharko a hacer lo mismo, y luego abrió la gruesa carpeta verde.
– Le daré esta copia de la tesis de Éva. En ella encontrará mis notas.
Hablaba ahora con gravedad. Sus rasgos estaban tensos, fatigados. Sharko hubiera puesto la mano en el fuego porque no había dormido en toda la noche, sumergida en la lectura. Alrededor de ellos, algunos estudiantes acababan de llegar y se sentaban por el suelo con las piernas cruzadas, con papel y rotuladores en las manos. Dibujantes… Probablemente, una clase de plástica.
Sharko centró su atención en su interlocutora.
– Explíqueme qué había descubierto Éva Louts.
Jaspar reflexionó. Parecía buscar la mejor manera de abordar un tema que parecía complejo.
– Louts había hallado una relación entre la lateralidad y la violencia.
La violencia.
Aquella palabra estalló como un petardo en la cabeza del comisario. Porque había sido la punta de lanza de su importante investigación del año anterior y volvía de nuevo al ataque. Porque de inmediato se impuso ante él la imagen de Grégory Carnot… Pensó también en Ciudad Juárez, una ciudad de fuego y sangre donde el terror se manifestaba en su forma más bruta. ¿Era ése el vínculo entre la ciudad mexicana y Carnot? ¿La violencia?
La violencia, por doquier, bajo todas sus formas, que se aferraba a él de una manera extraña, como una sanguijuela.
La primatóloga lo devolvió a la realidad.
– Para que pueda entender la esencia de su trabajo, previamente debo explicarle algunos principios apasionantes acerca de la Evolución. Es muy importante que me escuche con atención.
– Haré lo posible.
Con un movimiento circular del brazo, Clémentine Jaspar abarcó las especies que poblaban la magnífica galería. Peces, coleópteros, crustáceos y mamíferos.
– Si esas especies habitan hoy nuestro planeta, si existe esa pequeña libélula, que parece tan frágil, es porque está mejor adaptada para sobrevivir que un dinosaurio. Mire esos animales, sus excrecencias, la forma de su cascarón, de su cola, su color. Son ejemplos llamativos de adaptación al medio y todos tienen una función: ataque, defensa, camuflaje…
Señaló con el mentón una vitrina en particular.
– ¿Ve esos dos animales frente a usted? Son dos mariposas del abedul. Obsérvelas atentamente, ¿qué ve?
Con las manos a la espalda, Sharko se acercó a la vitrina, intrigado.
– Dos polillas completamente idénticas, una de las cuales tiene las alas más blancas y la otra más negras.
– Piense que en el siglo XIX, en Inglaterra, la pálida era mayoritariamente dominante. Durante el día, las mariposas pálidas se camuflaban sobre los troncos de los abedules y eso les permitía sobrevivir. Por eso eran más numerosas, porque los predadores no las veían. Me dirá que, sin embargo, a las mariposas negras no las veían de noche, pero tampoco a las blancas, pues estaba oscuro.
– Lógico, en efecto. Era mejor, pues, ser mariposa blanca que negra…
– Sí, si no hubiera ocurrido nada, las mariposas negras habrían acabado desapareciendo debido a su inadaptación al medio, por ser más vulnerables, genéticamente menos eficaces y, así pues, habrían sido eliminadas por la selección natural.
– Mis famosos «inadaptados»…
– Exactamente. Pero hoy en día se ha constatado que la forma pálida se hace cada vez más rara y que la forma oscura se está volviendo cada vez más numerosa. En cien años, la relación se ha invertido completamente.
Se puso en pie y fue junto a Sharko. Ahora, sus ojos brillaban en el reflejo de la vitrina.
– ¿Qué presión de la selección natural pudo cambiar la proporción hasta ese extremo?
– Usted dirá.
– La creada por el hombre, comisario. Con la llegada de la era industrial, Inglaterra sufrió un grave problema de contaminación atmosférica. Esa contaminación modificó el color de los abedules del gris pálido al gris oscuro. Así, cada vez fue más difícil sobrevivir para la forma pálida de la mariposa, puesto que su camuflaje ya no era eficaz, al contrario de lo que le sucedía a la forma oscura. Ahí tiene un ejemplo de selección natural influida por la cultura humana: los individuos más adaptados, la forma oscura, aumentaron en número, a diferencia de las formas claras, capturadas por los predadores. Todo ello a causa del hombre.
– El hombre, la industrialización tienen, pues, capacidad para modificar las elecciones de la naturaleza, para adelantarse a ella, diría incluso.
– Exactamente, y va de mal en peor. Por primera vez desde el nacimiento de la humanidad, la Evolución por los genes lleva retraso respecto a la Evolución por la cultura y la industrialización. Vamos más deprisa que la naturaleza. ¿Por qué cree, por ejemplo, que existen las alergias cuando no se hablaba de ellas hace cincuenta años? Porque el sistema inmunitario, ese gran atleta que nos protege desde hace decenas de miles de años, ya no tiene con qué entrenarse, a causa de las vacunas, de los antibióticos o del exceso de medicamentos que ingerimos a diario. Así, para simplificar burdamente (puesto que evidentemente no tiene conciencia alguna), el sistema inmunitario crea las alergias, tan sólo para buscarse trabajo y mantener su eficacia en el caso de un eventual ataque vírico desconocido…
Señaló con la cabeza hacia una curva demográfica que mostraba el incremento de la población a lo largo del tiempo. En pocos siglos se pasaba de unos miles de individuos a varios miles de millones. Un auténtico virus humano parecía extenderse por el planeta. Sharko sintió un escalofrío en el espinazo.
– El segundo punto importante que debe tener en la cabeza: cada ser humano que vive hoy es un puro producto de la Evolución. Usted es un ser increíblemente bien adaptado a su medio, al igual que yo, como lo es el africano en su remota aldea, a pesar de las rudimentarias condiciones en las que vive.
– No tengo la impresión de estar tan adaptado como dice.
– Y, sin embargo, lo está, se lo garantizo. Si hoy está vivo es porque ninguno de sus antepasados murió antes de reproducirse, y eso desde la noche de los tiempos. Más de veinte mil generaciones, comisario, que sembraron su pequeña semilla para llegar hasta usted.
Sharko observaba aquella explosión de formas, tamaños y colores. Rodeado por la fuerza intrínseca de la madre Naturaleza, uno no podía menos que sentirse humilde e inclinarse. Poco a poco, el policía comprendía los retos a los que se enfrentaban algunos biólogos y entendía ahora sus obsesiones: comprender el porqué y el cómo de la vida, al igual que él trataba de penetrar en la mente de sus asesinos.
Jaspar, cómoda en su propio terreno, se embalaba.
– Sus antepasados vivieron guerras, hambrunas, catástrofes naturales, la peste, las grandes epidemias y siempre dieron a luz a recién nacidos que crecieron y propagaron esos genes extraordinarios, encapsulados en esas diminutas células, hasta llegar a usted. ¿Se da usted cuenta del invisible combate que libraron las generaciones pasadas para que hoy podamos conversar usted y yo? Y ése es el caso de cada uno de los siete mil millones de seres humanos que pueblan nuestro planeta. Unos seres increíblemente adaptados…
Sus palabras resonaban de una manera particular en aquel lugar. El policía se sintió turbado, azorado. Pensaba en su hija Éloïse, muerta, atropellada por un coche. Su sangre, sus genes, esos miles de años de esfuerzos de sus antepasados para llegar a una brusca interrupción de su linaje. Moriría sin dejar a nadie tras él, sin prolongar su propio río de la vida. ¿Era un fracasado, un ser inadaptado, el resultado de un agotamiento que la naturaleza, el azar, la casualidad, habían juzgado oportuno arrojar a la basura?
Sin motivación, trató de seguir las palabras de la primatóloga, de aferrarse a su investigación. Sólo el sabor de la sangre, el olor de la persecución conseguían aún calmarlo y hacerle olvidar todo lo demás.
– ¿Adónde quiere llegar?
– A la tesis de Louts. Si existen los zurdos, hay una razón, al igual que las mariposas del abedul blancas y negras tienen su razón de existir. Y la estudiante dio con esa razón. Lo que la puso sobre la pista estaba desde el principio en una foto colgada en su habitación. En el deporte que con tanta intensidad había practicado: la esgrima. La evidencia a menudo se halla ante nuestras propias narices.
El comisario recordó el cuadro que descolgó durante el registro en la casa de la estudiante. Dos panteras armadas que se desafiaban a golpe de florete. Dos zurdas… Jaspar había comenzado a andar de nuevo, en dirección al espacio del Ártico. Animales de pelaje blanco, para pasar inadvertidos y protegerse del frío, mamíferos dotados de una espesa capa de grasa… Unos ejemplos palmarios de adaptación al medio.
– Éva Louts estableció unas estadísticas muy precisas. Las referencias, las fuentes de su información y las fechas de redacción figuran en la tesis: en los deportes muy interactivos, en los que el enfrentamiento puede ser considerado como una particular forma de combate, la presencia de zurdos alcanza casi el 50 por ciento. Ya sea el boxeo, la esgrima o el judo. Cuanto más se alejan entre sí los adversarios, más disminuye esta proporción. Es importante también en el pingpong, por ejemplo, pero vuelve a la proporción normal en el tenis y en los deportes colectivos, en los que esta noción de interactividad es menor.
Jaspar abrió la tesis. Pasó algunas páginas y aparecieron unas fotos de manos pintadas en las paredes de unas grutas.
– Con esas constataciones, Éva trató de estudiar la lateralidad a través de los tiempos. Descubrió que la mayoría de las pinturas rupestres del paleolítico o del neolítico fueron realizadas por zurdos. Las huellas en negativo, llevadas a cabo a base de pigmentos soplados con la boca, son de manos izquierdas en 179 casos frente a 201 para las manos derechas, o sea casi un 40 por ciento. Eso da a entender que, en tiempos remotos, en los de los primeros hombres, había más zurdos que hoy y que a lo largo de los siglos, la Evolución tuvo tendencia a hacerlos desaparecer, como hizo con las mariposas del abedul negras.
Siguió pasando páginas de la tesis y aparecieron otras fotografías.
– Luego, Éva visitó museos y archivos, y recuperó un montón de documentos de épocas lejanas, y se interesó por los godos, los vikingos o los mongoles. Pueblos famosos por su violencia sanguinaria… Mire las fotos de los utensilios de su época, de sus armas. Louts se centró en su forma, en el sentido de rotación de las brocas al perforar los materiales, las marcas producidas por los dientes en las cucharas de madera, que son diferentes según se lleve la cuchara a la boca con la mano izquierda o con la derecha…
Señaló con el índice los rasgos característicos.
– Al examinar esas colecciones, pudo calcular la proporción de zurdos en esos pueblos violentos y se dio cuenta de que era mucho mayor que entre otros pueblos de la misma época. La estudiante llevó a cabo un trabajo titánico que exigía una enorme documentación, investigación, entrevistas y, sobre todo, inteligencia. ¿Quién hubiera podido descubrir algo semejante e investigar en esa dirección? Éva no debía de dormir mucho y comprendo que cortara su relación con el director de su tesis. Estaba trabajando en algo de una importancia enorme, en un gran descubrimiento para la biología evolutiva.
Sharko tendió las manos y Jaspar le dio algunas fotocopias. Vio los gráficos, las tablas, las fotos. A medida que pasaba páginas, Jaspar las comentaba.
– Aquí hay otro capítulo importante, también muy interesante, que muestra que Éva se interesó por nuestra sociedad contemporánea. Para extraer nuevas conclusiones, se basó en los índices de homicidios de los últimos cincuenta años en una ciudad considerada como una de las más violentas del mundo, Ciudad Juárez, en México. Ignoro cómo obtuvo esas informaciones, pues parecen proceder directamente de los archivos de la policía mexicana.
Sharko se pasó la mano por la boca. Un aspecto del misterio se aclaraba y probablemente el viaje a México tendría una explicación.
– Estuvo allí una semana antes de su llegada al centro, a mediados de julio -le dijo-. Encontramos las reservas de su vuelo.
Jaspar manifestó su sorpresa durante unos segundos.
– Ir tan lejos para obtener información. Era una chica excepcional.
– ¿Y qué buscaba en esos archivos? ¿También a zurdos?
– Exactamente. Quería saber cuál era la proporción de zurdos entre esos criminales extremadamente violentos que viven, además, en un entorno igualmente violento. ¿Había tantos como en tiempos de los bárbaros? ¿Se alejaba de las estadísticas que en nuestras civilizaciones contemporáneas establecen la proporción global de un zurdo por cada diez diestros?
Sharko pasó páginas y más páginas de datos, observándolas atentamente, y antes de que la primatóloga prosiguiera sus explicaciones, le preguntó:
– Explíqueme una cosa, por favor… Esos atletas, esos hombres prehistóricos, esos bárbaros… Se trata de zurdos, por descontado, y en unas proporciones mayores que la media. ¿Y bien? Me ha hablado de la violencia… ¿Cómo están relacionadas ambas cosas?
Avanzaban por la planta dedicada a la Evolución propiamente dicha. Tras un cristal, una amplia estantería mostraba obras de Lamarck, Joffrin y Darwin, cuyo libro El origen de las especies estaba abierto. El papel amarilleaba y la caligrafía era espléndida. Jaspar pareció extasiarse ante la obra. Acarició el cristal y luego se volvió hacia su interlocutor.
– Éva descubrió que en las sociedades violentas, en las que domina el combate, ser zurdo representa una enorme ventaja para sobrevivir.
Jaspar dio tiempo a Sharko para que digiriera la información, antes de proseguir.
– Según su texto, si existen los zurdos es porque pelean mejor. En combate se benefician de una ventaja estratégica: el efecto sorpresa. En un enfrentamiento, el zurdo lleva ventaja porque tiene costumbre de enfrentarse a un diestro, mientras que el diestro se siente desorientado por alguien que prefiere utilizar la mano o el pie izquierdo. No ve venir los golpes. Es por el hecho de ser menos numerosos, menos conocidos, por lo que llevan ventaja.
Mostró el dibujo de dos hombres cara a cara, con una espada en la mano.
– Mire aquí, por ejemplo. Se trata de una reproducción de la Edad Media. Cuando el duque de Richelieu, en el siglo XVIII, justo antes de batirse en un duelo, se refiere a una de las personas con las que deberá combatir, se inquieta: «Diablos, el primero es zurdo, y pocas posibilidades tengo».
Volvió las páginas y señaló la reproducción del rostro colérico de un vikingo.
– Si los zurdos dominan a sus adversarios, tienen más posibilidades de ascender en la jerarquía, de conseguir mujeres, de reproducirse y así propagar sus genes. Por ello, la Evolución favorecerá esa asimetría y acabará por transmitir el carácter «zurdo» a través de los genes.
– ¿En el ADN, se refiere?
– Exactamente. Puede parecer una tontería, pero así es como funciona la naturaleza: todo cuanto es favorable a la propagación de los genes se selecciona y se transmite, mientras que el resto se elimina. Evidentemente, eso no sucede en unos años, a menudo se requiere una maduración a lo largo de siglos para que la información se inscriba en el ADN.
Sharko trataba de sintetizar.
– Así, según usted, cuanto más violenta es la comunidad, mayor es el número de zurdos que la integran…
– Ése es, en efecto, el fenómeno evolutivo que apunta Éva. El carácter «zurdo» se propaga a través del ADN en las sociedades violentas, y se disuelve progresivamente en las otras, para dar paso a los diestros.
– Conozco a zurdos que ni son deportistas ni tienen nada que ver con la violencia. Así, si la naturaleza tiende a eliminar cuanto es inútil, ¿por qué no son diestros, como todo el mundo?
– A causa de la memoria genética. Sus antepasados lejanos a buen seguro tenían interés en ser zurdos. Luchadores, caballeros, asaltantes… El carácter zurdo continúa propagándose a través de los genes, pero en nuestra sociedad moderna va disminuyendo con el paso de las generaciones, puesto que ya no supone una ventaja para la supervivencia. Nuestra cultura moderna acabará por eliminarlo, al igual que acabará eliminando a las mariposas del abedul blancas…
Inclinó el mentón hacia la tesis.
– Por esa razón Éva no halló más zurdos que en otras partes entre los criminales violentos de la ciudad mexicana. Es evidente que tuvo que sentirse muy decepcionada por esa constatación pero, al fin y al cabo, es lógico: no hay duda de que en nuestro mundo, donde basta pulsar un botón o darle a un gatillo de un revólver para matar, ser zurdo ya no sirve para nada, puesto que ya no existe esa noción de interactividad, de lucha cuerpo a cuerpo. En consecuencia, la reserva genética de zurdos acabará agotándose. Un día ya no habrá zurdos en las sociedades modernas, sea cual sea su índice de violencia.
Sharko se tomó su tiempo para asimilar la información, pues todo le parecía de una lógica aplastante y particularmente apasionante. La cultura modificaba el entorno y de éste dependía la selección de los más adaptados… Volvió al asalto con más preguntas:
– Una semana después de México, Éva Louts fue a Manaos, la capital del estado de Amazonia, en Brasil. ¿Alude a ello en su tesis?
Jaspar abrió unos ojos como platos.
– ¿Brasil? No, no… No hay nada que se refiera a un viaje allí. Ni estadísticas, ni datos. ¿Manaos también es una ciudad violenta?
– No más que otras, aparentemente. En cualquier caso, tras su fracaso en México, Éva parecía proseguir con investigaciones muy precisas. ¿Habla la tesis de los estudios con presos franceses? ¿De un tal Grégory Carnot, por ejemplo?
– No. Tampoco habla de eso.
Sharko dejó la hoja sobre las otras, escéptico. Nada acerca del viaje a Brasil, nada acerca de Grégory Carnot ni de las visitas a las cárceles. Desde Manaos, Louts había salido del marco de su tesis. El comisario trató de ahondar en aquella pista.
– Fue a las cárceles durante el día, cuando debería haber estado en su centro. Por eso quería empezar a las cinco de la tarde, no quería que se descubrieran sus visitas a instituciones penitenciarias. Interrogó a los presos, obtuvo sus fotos… A la luz de su lectura, de sus conocimientos, ¿por qué fue Éva a visitar a presos, todos ellos zurdos, jóvenes y que habían cometido asesinatos violentos?
Jaspar reflexionó unos segundos.
– Humm… Su razonamiento sería así muy diferente del que aplicó en el caso de México. No buscaba un zurdo tras un crimen, sino un crimen tras un zurdo. Se preguntaba tal vez si la lateralidad y la violencia podrían estar relacionadas en el caso de individuos aislados y que vivieran en un lugar civilizado… ¿Esos zurdos violentos tenían puntos en común? ¿Tenían una razón de existir, perdidos entre los diestros? Sólo veo esa posible pista, lo siento.
Eso no aclaraba las cosas, se dijo Sharko. Vio, abajo, a Levallois que ascendía los peldaños de dos en dos. Le hizo una última pregunta a la primatóloga:
– ¿Hay algo más que debería saber sobre esa tesis?
– No creo, pero puede leerla para su investigación o para su enriquecimiento personal. Al margen de los modelos matemáticos y de algunos datos complejos, el resto debería ser accesible para usted. Éva había escrito un estudio de gran nivel y muy preciso. Un trabajo que, sin duda, habría armado revuelo en el mundo científico. Y que lo armará si acaba viendo la luz.
El joven teniente recuperó el aliento en el último peldaño. Vio a Sharko y le hizo una señal, antes de mirar hacia un gran cartel que explicaba la manera de funcionar de los virus. El comisario de policía le dio las gracias encarecidamente a la primatóloga.
– Evidentemente, de todo esto no diga ni una palabra mientras siga en curso la investigación.
– Puede confiar en mí. Daré un paseo por la galería. Manténgame al corriente de sus progresos. Puede llamarme cuando quiera, incluso por la noche. Duermo muy poco. De veras, me encantaría comprender o ayudarlo, en la medida de lo posible.
– Lo haré.
Ella le sonrió tímidamente, le dio la mano y se alejó. Sharko la siguió unos segundos con la mirada y luego se dirigió a su colega.
– ¿Qué hay del fósil?
– No procede de aquí, por la simple razón de que no disponen de fósiles de chimpancé de esa época en su zooteca.
– ¿Así que hemos errado el tiro?
– Al contrario, hemos dado con una pista sensacional. El director me ha dicho que, desde hace una semana, y hasta mañana, hay una exposición sobre mineralogía y fósiles en Drouot. El jueves pasado hubo una subasta de esqueletos de mamíferos de miles de años de antigüedad. No hay duda de que en el lote debía de haber simios. Tengo el nombre del comisario tasador que se ocupó de la subasta. Esta noche estará en la avenida Montaigne, a las nueve, para dirigir otra subasta.
– ¿Se le puede localizar ahora?
– Lo he llamado a la sala de subastas, pero no lo he encontrado. Siempre llega por lo menos media hora antes.
Sharko se dirigió a la escalera.
– En ese caso, ya sé dónde podemos pasar la velada.
– Vaya… Tenía algo previsto…
– Ya has ido al cine esta semana. No hay que abusar, ¿no crees?
Levallois se tomó el comentario con humor y luego volvió a ponerse serio.
– ¿Y tú, tienes algo nuevo?
– Parece que sí. Te lo explicaré en el 36.
En cuanto estuvieron fuera, la temperatura ascendió. Sharko dejó la tesis en manos de su compañero.
– ¿Podrás dejarla sobre mi mesa? Le echaré un vistazo.
Se fue hacia la izquierda, camino de los grandes jardines.
– El scooter está al otro lado, Franck.
Sharko se dio la vuelta.
– Ya lo sé, pero volveré a pie y pasaré un momento por la barbería. Además, creo que he entendido esa historia de la Evolución. Tenemos piernas, y probablemente son para que caminemos. A fuerza de coger el coche u otros medios de transporte éstas acabarán desapareciendo.