De vuelta a su apartamento, lo primero que hizo Sharko fue escuchar los mensajes grabados en su móvil. Había seis. Lucie desde el aeropuerto Charles de Gaulle. Lucie, desde Manaos. Lucie, desde São Gabriel. El tono de su voz era cada vez más amilanado, desesperado y lejano. Al sexto mensaje, colgó el contestador y marcó de inmediato el número del hotel desde el que lo había llamado, el King Lodge. Operadoras y una espera interminable. Cinco minutos más tarde, por fin consiguieron hablar los dos. Sharko sentía el corazón en un puño. La voz era tan débil, estaba tan lejos de él.
– He tenido problemas, Lucie. Problemas con Manien. No me han dejado llamarte porque estaba detenido.
– ¿Detenido? Pero…
– Manien hace tiempo que quiere joderme, ya te contaré. Discúlpame. Siento mucho haberte dejado en la estacada. Ya ha acabado todo. Cogeré el primer avión, quiero estar contigo. Quiero estar junto a ti, tenemos que ir los dos a buscar la verdad. Te lo suplico, Lucie, dime que me esperarás.
En el vestíbulo del hotel, Lucie estaba sola junto a la cabina de teléfono. Llevaba una tirita en la sien izquierda. En su cabeza todo daba aún vueltas.
– Han intentado matarme, Franck…
– ¿Qué?
– Alguien ha entrado en mi habitación y me ha puesto una viuda negra en la cama. Parece que es la araña más peligrosa y más agresiva, hay muchas en esta región. Si hubiera estado durmiendo, no habría podido contarlo.
Sharko agarró con fuerza el móvil. Iba y venía, dándose de cabezazos contra las paredes.
– ¡Tienes que ir a la policía! Debes…
– ¿A la policía? El tipo era un poli o un militar. No sé nada de esta ciudad, ni de este mundo, y me temo que ir a contarlo sólo empeoraría las cosas. Estamos en medio de la nada. A la gente del hotel le he dicho que me había dejado la ventana abierta, cosa que no hay que hacer nunca. Y que me había dado un ataque de pánico y me había golpeado al ver la araña. Nadie sospecha nada.
Lucie vio que el recepcionista la miraba fijamente. Se volvió de lado y habló en voz baja.
– Ese maldito científico asesino sabe por qué estoy aquí, estoy segura. Pero ¿cómo ha podido averiguarlo? ¿Cómo puede haberme reconocido? Hice circular la foto de Louts en el aeropuerto y tal vez el soplo le haya llegado de allí. No lo sé. En cualquier caso, querían que mi muerte pareciera un accidente. No querían que diera que hablar.
Sharko ya se había dirigido a su ordenador y había introducido los datos para un vuelo con destino a Manaos.
– No hay vuelo hasta dentro de dos días. ¡Mierda!
Hubo un silencio.
– ¿Dos días? Es demasiado tiempo, Franck.
– No, no… Escúchame atentamente: te quedarás quietecita en el hotel y en contacto con la gente hasta que llegue yo. Cambia de habitación, evita andar sola, come en el restaurante del hotel y, sobre todo, no vayas a la ciudad.
Lucie sonrió apenada.
– Dos días es demasiado tiempo. Si… si me quedo aquí, estoy lista. El asesino no me dejará, volverá…, volverá a intentarlo. No tengo arma, ni ningún medio de defensa, no sé qué rostro tienen mis adversarios. Escúchame, ya tengo guía. Me marcho a la selva a las cinco de la madrugada. Acercarme a Chimaux es mi mejor protección.
Sharko se llevó las manos a la cabeza.
– Te lo suplico, espérame.
– Franck, yo…
– Te quiero. Siempre te he querido.
Lucie tuvo ganas de llorar.
– Yo también te quiero. Yo… Te llamaré pronto.
Y colgó.
Sharko dio un puñetazo contra un tabique. Allí estaba, a miles de kilómetros de ella. Y no podía hacer nada. En su rabia e impotencia, fue a por una cerveza y se la bebió de un trago. Una segunda. El líquido le caía por el mentón.
Luego encadenó con whisky. Sin moderación.
Zozobrando, vio su Smith & Wesson sobre la mesa, lo cogió y lo arrojó contra el televisor.
Una hora más tarde se derrumbó, completamente borracho.
A Sharko le costó levantarse del sofá cuando oyó que llamaban insistentemente a la puerta. Miró de reojo su reloj, con los ojos enturbiados: eran las cinco de la tarde.
Casi doce horas de sueño profundo, etílico.
Tenía resaca y un aliento que apestaba a poso de barrica. Aturdido, se puso en pie como pudo y se arrastró hasta la entrada. Cuando abrió, su jefe, Nicolas Bellanger, se hallaba ante él, con mirada sombría. No se anduvo por las ramas.
– ¿A qué juegas con Chénaix y Lemoine?
Sharko no respondió. Bellanger entró sin previa invitación y vio los cadáveres de botellas sobre la mesa baja, el revólver en el suelo y el televisor roto.
– Mierda, Franck, ¿creías que tus acciones a la chita callando pasarían inadvertidas? Sigues investigando por tu cuenta, ¿no es cierto?
Sharko se frotó las sienes, con los ojos entrecerrados.
– ¿Qué quieres?
– Saber por qué querías que se descifrara a toda prisa una secuencia de ADN. Saber qué has encontrado, dónde y cómo. ¿Quién ha escrito esa secuencia?
Despacio, Sharko se dirigió a la cocina y echó un vistazo al teléfono. No había ningún mensaje de Lucie. Debía de estar en algún sitio en el río. Echó dos aspirinas en un vaso de agua y abrió la ventana de par en par. El aire fresco le sentó bien. Se volvió hacia su jefe.
– Dime primero qué es lo que habéis encontrado vosotros.
Bellanger señaló con el mentón el pecho del comisario.
– Ve a vestirte, zámpate un tubo entero de dentífrico y aséate un poco. Vamos al laboratorio. ¿Has hablado de esta secuencia con alguien? ¿Quién está al corriente?
En sus palabras se sentía la gravedad y la urgencia del asunto.
– ¿Tú qué crees?
– Pues ni una palabra a nadie. Nadie tiene que saberlo, no tiene que filtrarse nada. Esta historia puede convertirse en un asunto de Estado.
El comisario se bebió su vaso de agua efervescente con una mueca de asco.
– Dime por qué.
Bellanger inspiró profundamente.
– Esas tres hojas llenas de letras que le diste es el código genético de un verdadero monstruo.
El joven jefe miró fijamente a Sharko y concluyó:
– Un virus prehistórico.