Habían corrido mucho para dar alcance al paisaje.
Porque los dos querían sobrevivir.
Y vivir.
Vivir a través de la muerte que los había separado.
Abrazados uno al otro en la cama, Lucie y Franck saboreaban cada segundo después de hacer el amor, porque pronto el tiempo se aceleraría una vez más. Como en A través del espejo, tendrían que levantarse entonces y correr, correr sin respirar, sin volver la vista atrás. Correr para, tal vez, no detenerse ya jamás.
Así que disfrutaban de los gestos de ternura, se perdían en sus miradas, se sonreían, constantemente, como si pretendieran encerrar, en ese segmento de la Evolución tan corto, la suma de cuanto habían perdido. Un segundo no es nada a escala de la humanidad, pero cada segundo posee la magia de ser único.
Por fin, las primeras palabras brotaron de los labios de Lucie. Su aliento era tibio y su cuerpo desnudo ardía.
– Quiero que esta vez nos quedemos juntos para siempre, pase lo que pase. No quiero volver a separarme de ti jamás.
Sharko tenía la vista clavada en las cifras del despertador. Eran las 3:06. Apartó el aparato para no ver los malditos números que se le aparecían cada noche. Basta de 3:10, basta de gritos en su cabeza. Había que hacer borrón y cuenta nueva con el pasado. Tratar de reconstruirse.
Con ella.
– Yo también quiero. Era mi más profundo deseo, pero ¿cómo podía creer que aún fuera posible?
– Siempre lo has creído. Por eso guardaste mi ropa en tu armario, protegida con unas bolitas de naftalina. Te deshiciste de tus trenes, pero no de mi ropa.
Ella acarició sus costillas marcadas, sus caderas moldeadas por tan honda desesperación. Luego su mano remontó amorosamente hacia sus pectorales, el mentón, las mejillas.
– Tu caparazón se ha roto, pero te ayudaré a reconstruirlo. Tendremos tiempo para ello, tú y yo.
– Yo estoy dañado por fuera, pero tú por dentro. Yo también, Lucie, te ayudaré a reconstruirte…
Lucie suspiró y apoyó su oreja sobre el pecho de Sharko, a la altura de su corazón resquebrajado.
– ¿Sabes?, cuando seguí al biólogo en Lyon y me encontré cara a cara con ese joven que me amenazaba con un casco de botella, yo… estuve a punto de matarlo porque se rió al ver la foto de mis hijas. Le puse el cañón de un arma contra la sien y estaba dispuesta apretar el gatillo. Dispuesta incluso a abandonar a Juliette para pegarle un tiro entre los ojos.
Sharko no se movía y la dejó hablar.
– Creo que volqué sobre él toda la violencia que no pude expresar contra Carnot. Aquel pobre chaval era como un catalizador, un pararrayos. Esa violencia se hallaba en mi interior, en ese maldito cerebro reptiliano del que hablaba el forense. Todos la llevamos dentro de nosotros porque todos fuimos cazadores como los cromañones. Esta historia me ha permitido entender que… que dentro de mí hay restos de… de algo ancestral, animal probablemente, tal vez más que en otras madres.
– Lucie…
– Di a luz a mis hijas, las he criado como he podido, he hecho como cualquier especie viva: propagar la vida. Pero no las he amado como hubiera debido hacerlo en mi condición de ser humano. Habría tenido que estar junto a ellas, siempre. No estamos aquí sólo para hacer guerras, odiarnos los unos a los otros o perseguir a asesinos. También estamos aquí para amar… Y ahora quiero amar a Juliette. Quiero abrazar a mi hija pensando en el futuro y ya no en el pasado.
Sharko apretó los dientes, tenía que controlar la emoción que se apoderaba de él. Lucie vio que se estremecían sus sienes. Él trataba de hablar, pero sus labios estaban inmovilizados definitivamente. Lucie sintió su malestar y le preguntó:
– ¿Lo que te acabo de explicar te incomoda? ¿Te doy miedo?
Un largo silencio. Al fin, Sharko sacudió la cabeza.
– Quisiera poder hablarte de una cosa, pero no puedo. No me pidas más, por favor. Dime sólo que podrás vivir con alguien que tiene secretos. Alguien a quien le gustaría dejar a sus espaldas cuanto ha vivido, que desearía vislumbrar por fin un rayo de sol. Necesito saberlo. Es importante para mí, para el futuro.
– Todos tenemos secretos. Lo acepto sin ningún problema. Franck, quiero decirte que, el año pasado, nuestra ruptura violenta… Yo no estaba en un estado normal. Mis hijas habían desaparecido y… Siento mucho haberte echado de aquella manera.
– Calla…
La besó en los labios, se tumbó de lado y apagó la lámpara.
Al volver a colocar el despertador en su lugar, la pantalla luminosa indicaba las 3:19.
Cerró los ojos y, a pesar de que se sentía bien, sereno, no logró conciliar el sueño.
Sentía ya el aliento nauseabundo de la selva pegarse a su rostro.