En el ascensor de su edificio, Sharko hizo girar la llave en la cerradura y pulsó el -1, una planta privada que permitía acceder al garaje subterráneo. No había pegado ojo, pensando en Lucie toda la noche. Se había preocupado tanto por ella que no pudo evitar enviarle un mensaje a las 3:10 de la madrugada, «¿Va todo bien?», al que ella respondió simplemente hacia las seis: «Todo va bien».
Durante el descenso, se miró en el espejo. Por primera vez desde hacía una eternidad, había engominado un poco sus cabellos canosos y se los había peinado hacia atrás. No había utilizado aquel gel desde hacía tanto tiempo que el producto se había solidificado dentro del bote. Con un impulso matutino, también se había vestido con su viejo traje de color antracita, uno de los que lo habían acompañado en sus grandes casos criminales. Cada policía tiene su fetiche: una pipa, una bala de la suerte o una medalla. En su caso, era aquel traje e ignoraba la razón. Para que no le cayera el pantalón tuvo que hacerse un agujero más en el cinturón negro con un deshuesador, pues no disponía de destornillador. Flotaba en el interior de su americana y las hombreras le caían. Era como si Laurel se hubiera vestido con la ropa de Hardy, pero no le importaba. Aquel traje de buen corte le hacía sentirse bien y tenía mejor aspecto.
Se sobresaltó al llegar al emplazamiento de su Renault 21. Una sombra surgió de detrás de la columna del garaje junto a la que se apilaban los objetos que tiraría cuando hubiera una nueva recogida de trastos. Sobre todo, kilos y kilos de raíles en miniatura y decorados de poliuretano.
– ¡Joder, vaya susto!
El individuo en cuestión era Bertrand Manien. Cara de salvaje, ojos negros de topo. Se llevó un cigarrillo a los labios y le dio a la piedra de su encendedor. Un chasquido resonó en la cavidad de hormigón y un resplandor amarillento rodeó su rostro de sílex. De todos los capitanes de la Criminal, Manien era sin duda el que tenía un pasado más sombrío y caótico. Había pasado por todas las brigadas, se había ocupado de prostitución, proxenetismo o estupefacientes, y conocía los bajos fondos parisinos. Burdeles clandestinos, cuartos oscuros de sadomaso, clubs de dudosa reputación en los que algunos se lo habían encontrado fuera de las horas de servicio. Sin olvidar su largo paso por la unidad de represión de la trata de seres humanos. Una brigada de la que nadie salía indemne, pues la crudeza de los casos -en los que también estaban implicados menores- desafiaba cualquier imaginación.
Nadie salía indemne, salvo Bertrand Manien y a menudo se vanagloriaba de su currículo.
– No está mal tu traje. Y llevas un buen corte de pelo, también. ¿Algo ha cambiado en tu vida, Sharko? ¿Por fin una mujer?
– ¿Qué quieres?
– He estado en casa de Frédéric Hurault. El pobre tipo vivía apenas a tres kilómetros de aquí. Erais casi vecinos. Por eso he pensado que podría acercarme hasta aquí.
¿Desde cuándo esperaba? ¿Cómo había entrado? ¿Por qué estaba solo? ¿Y por qué aquella alusión a la presencia de una mujer? Sharko quiso abrir la puerta del coche pero Manien la bloqueó poniendo una mano sobre la chapa.
– Un momento. ¿Por qué siempre tienes prisa?
El comisario sintió un nudo en la garganta. Si Manien se había plantado allí, otro podría haberlo seguido el día anterior hasta la cárcel de Vivonne, o incluso haber entrado en su domicilio para registrarlo. No había nada tan repugnante ni retorcido como un poli encarnizándose con otro.
– ¿Qué quieres?
– Tienes una buena plaza para un coche tan cutre. Ni sabía que aún existieran los Renault 21. ¿Por qué no lo aparcas en la calle?
– Porque esta plaza existe y es mía.
Manien jugaba con los silencios y las miradas. Rodeó el vehículo y lo observó como si se dispusiera a despiezarlo.
– ¿Puedes decirme dónde estuviste el viernes pasado por la noche?
Sharko saludó a un vecino con la cabeza y dejó que se alejara.
Bajó el tono de su voz.
– Mira que eres tozudo. Estás solo, en mi casa, cuando no son ni las ocho de la mañana. Lo has convertido en un asunto personal. ¿Por qué no vas a interrogar a las putas y macarras que estaban por allí aquella noche? ¿Por qué no te limitas a hacer tu trabajo de poli?
– Al contrario, estoy en ello. Así, supongo que ese viernes por la noche estabas en tu apartamento…
– No se te puede ocultar nada.
– ¿Y no hay nadie que pueda corroborarlo?
– No se te puede ocultar nada.
Con una sonrisa burlona, Manien sacó un pequeño cuaderno.
– ¿Sabes lo que hay aquí?
– Ni la menor idea. ¿La dirección de tu último ligue? ¿Quién es esta vez? ¿Una rumana de dieciocho años?
– No seas desagradable. ¿Sabes?, desde que a propósito te cargaste la escena del crimen, me he dedicado a un juego. Me dije: «Mira tú por dónde, ¿y si tratara de saber quién es realmente el comisario con ese oscuro pasado?». El caso Hurault era una buena ocasión para interesarme en ti.
– Es triste que no tengas nada mejor que hacer.
– Al contrario. Incluso me lo he tomado a pecho. Así que he hablado con el portero de tu edificio y me ha dicho una cosa especialmente interesante.
Dejaba unos silencios malsanos, con el fin de despertar la curiosidad de Sharko y provocar así un gesto de debilidad. Pero el comisario no se dejaba doblegar. Era como un combate silencioso de dos cobras observándose antes del ataque final. Por ello, el investigador prosiguió sus explicaciones.
– Desde que te conoce, ese portero casi siempre te ha visto aparcar en el estacionamiento exterior, frente a la residencia, a unos metros de su portería. Si tuvieras un BMW, entendería que de repente lo guardaras en el subterráneo, al abrigo de la delincuencia y la intemperie. Pero un montón de chatarra…
Manien se agachó y tocó el cemento alisado con el dorso de la mano.
– Está como nuevo. Tu vecino de garaje me ha confirmado que esta plaza siempre estaba vacía, así que aparcaba en batería porque la suya es muy estrecha. Pero la semana pasada fuiste a verle para decirle que a partir de ahora aparcarías en tu plaza y que por tanto no debía ocupar tu espacio…
Las voces resonaban en el aparcamiento subterráneo. A lo lejos, se oían chirridos de ruedas, murmullos de goma. La gente se iba a trabajar. Sharko sentía de nuevo que la tensión crecía.
– ¿Y qué? -respondió-. ¿Quieres los resultados de mis últimos exámenes médicos? En vista de mi estado físico, debo evitar llevar peso y los packs de agua y de leche son muy pesados. Mira detrás de ti, el ascensor está justo ahí y me deja frente a la puerta de mi apartamento. Si aparco arriba, debo andar por lo menos doscientos metros y subir muchos peldaños antes de llegar al edificio. Confieso que me cuesta entenderte, en cada uno de mis gestos buscas un pretexto para joderme.
Manien expulsó una bocanada de su cigarrillo que podría activar los detectores de incendio, situados un poco más lejos. Aquel tipo estaba loco y era peligroso, Sharko ya lo había visto zurrar a sospechosos dándoles patadas en las tibias.
– El portero lo confirma: tu coche no se movió de su plaza la noche del asesinato.
– Lógico, puesto que estaba en casa.
– Te has montado la coartada perfecta. Incluso días después, sigues aparcando aquí. Eres brillante, verdaderamente brillante. Cambiar tus costumbres hasta ese extremo. Abrir el garaje con el mando a distancia, esperar, maniobrar por esos pasillos estrechos con ese monstruo que ni siquiera debe de tener dirección asistida. ¿Cuándo ibas a dejar de hacer comedia y aparcar de nuevo arriba, al aire libre?
Sharko abrió por fin la puerta del coche. Mantuvo la voz serena, segura.
– No has oído lo que te acabo de decir, pero no importa. Quizá me equivoque, quizá no haya entendido nada acerca del oficio de poli, pero ¿el hecho de contar con una coartada irrefutable convierte a alguien en culpable?
Manien no soltó la presa, peor que un perro hambriento que se lanzara sobre un suculento hueso.
– El bosque de Vincennes está lejos. Si la noche del crimen dejaste el coche aquí, por fuerza cogiste un taxi, un autobús o, mejor, el metro. Y en el metro hay cámaras de vigilancia.
– Eso es. Vete a mirar todas las cámaras de la ciudad, así te distraerás.
Dando ávidas caladas a su cigarrillo, Manien volvió a retroceder hasta encontrarse en medio del pasillo. Luego lanzó la colilla con fuerza y ésta fue a dar contra la rueda trasera del Renault 21.
– No me acompañes, ya me apañaré. Nos vemos en el 36, de todas formas. Y no te preocupes. Todo este asunto queda entre tú y yo. He apartado a Leblond, que se sumará a vuestra investigación dentro de unos días, creo. No quisiera que mis suposiciones salpicaran tu… caótica reputación.
Sus pasos resonaron en el silencio, hasta desvanecerse definitivamente.
Sharko permaneció un buen rato inmóvil… Con la impresión de haber recibido un puñetazo en la cara.
Fue al cementerio, como todos los miércoles, cuando se recogía ante la tumba de su familia. No consiguió dejar de pensar en lo que acababa de suceder con Manien.
Media hora después, se encontró con Jacques Levallois en un café, en la esquina del bulevar del Palais y del Quai du Marché-Neuf. Un sitio muy animado a aquella hora. Peatones, coches, hordas de motos que se dirigían al trabajo. El joven teniente era un habitual de aquel establecimiento, justo antes de entrar en servicio. Se sentaba en la terraza, con su delgada chaqueta beis, y sumergía un terrón de azúcar en su café solo mientras contemplaba el desfile de barcazas en el Sena. Su potente scooter, de 250 cc, con dos ruedas delanteras, estaba aparcado sobre la acera. Sharko pidió otro café y un zumo y se sentó frente a su compañero, que lo miró extrañado.
– ¿De dónde has sacado ese traje? -preguntó Levallois-. ¿No te has dado cuenta de que te está grande?
La mirada de Sharko quedó absorbida por los vehículos de policía que circulaban frente al Palacio de Justicia, justo al lado del 36. Los policías de uniforme, las togas de los jueces, los sospechosos esposados. Una ronda incesante, pilas y pilas de casos que tratar, por resolver, que deberían ser archivados. Unas cárceles superpobladas, una delincuencia cada vez mayor y más violenta. ¿Cuál era la solución? Sharko volvió en sí al ver una mano en su campo de visión. Levallois se había inclinado hacia él por encima de la mesa.
– Tú tienes problemas. Son las ocho de la mañana y ya te duermes de pie. Robillard me dijo ayer que habías hablado con él. Que también habías llamado a algunas instituciones penitenciarias, las últimas de la lista. Menudo plan, en un día de fiesta…
Sharko bebió un gran trago de café. Poner en funcionamiento la maquinaria interna, encender la caldera, a cualquier precio.
– Necesitaba saber qué quería obtener de los presos nuestra víctima. Vamos, cuéntame novedades sobre el caso Louts.
– Pues… Nuestros informáticos han trabajado en los ordenadores. No había nada interesante en el del animalario, pero han logrado recuperar la tesis en el de la estudiante. El archivo estaba fragmentado en el disco duro pero no se había perdido nada definitivamente, pues el asesino no lo había formateado. Una copia completa del documento está en manos de Clémentine Jaspar, la primatóloga.
– Excelente. ¿Has podido echarle un vistazo?
– Para ser sincero, no. Tiene más de cien páginas, con gráficos y una jerga incomprensible sobre biología. He quedado con Jaspar esta mañana, para que me explique de qué va. Lo tiene en su poder desde ayer a mediodía.
– Has aprendido a delegar, está bien. Y veo en tus ojos que eso no es todo.
Levallois le dirigió una sonrisa que habría hecho las delicias de cualquier mujer. Sharko se preguntó cómo debía de ser su esposa. ¿Tenía hijos? ¿Cuáles eran sus pasiones y sus aficiones? El comisario no le había preguntado nada, no quería cogerle apego a nadie. Cuanto menos supiera, mejor.
El joven consultó unas notas en su pequeño cuaderno.
– En el entorno de Éva Louts… no hemos obtenido demasiada información. Era una chica solitaria, como habíamos intuido. Sus vecinos no habían notado nada especial, sus amigos hacía mucho que no la habían visto. Desde hace un año se había aislado completamente del mundo para trabajar. Su director de tesis tampoco nos ha revelado nada que no supiéramos, pero se ha quedado de piedra cuando le hemos explicado los viajes de Louts a América. No sabía nada de ellos. En cuanto a sus padres… Imagina. Están completamente abatidos, no entienden nada. Éva Louts era su única hija.
Sharko suspiró con tristeza.
– Lo han perdido todo y les será muy difícil recuperarse. ¿Estaban al corriente de los viajes?
– Tampoco, sólo se veían una o dos veces al mes, brevemente. Louts era una solitaria, muy independiente. Y gracias a sus padres, su cuenta bancaria estaba siempre llena. Podía permitirse ese tipo de fantasías.
Consultó sus notas.
– En cuanto a las prisiones, ya lo hablaste con Robillard, ya estás al corriente…
– Sí. Louts sólo interrogó a criminales violentos, todos ellos jóvenes, robustos, autores de infanticidios, de matanzas con cuchillo, con unas pulsiones asesinas difícilmente explicables. Siempre hacía las mismas preguntas: eran zurdos naturales, genéticos, no utilizaban la diestra, etcétera.
– También trataba de averiguar si el hecho de ser zurdos había influido en sus vidas y sus actos… En todas las ocasiones, se las apañó para conseguir fotos de los rostros de los presos. Decía que era para reconstruir más adelante la entrevista, pero de todas formas parece curioso. Esas fotos no se han encontrado. Tal vez se las llevó el asesino.
– ¿Y los análisis biológicos?
Los ojos de Levallois centellearon súbitamente.
– Ayer me llamaron del laboratorio, tarde por la noche. Era respecto al minúsculo fragmento de esmalte hallado en la herida de la víctima. El análisis de ADN confirmó que se trata de esmalte de chimpancé común.
Levallois cogió una servilleta de papel para escribir algo en ella.
– ¿Te gustan las adivinanzas?
– No a primera hora de la mañana.
Acercó el papel al comisario. Sharko observó con sorpresa lo que había anotado.
– ¿2000? ¿Qué es eso?
– La edad del fragmento de diente.
Sharko, que se disponía a acabarse su café, detuvo su gesto y dejó de inmediato su taza sobre la mesa.
– Quieres decir que se trata de un…
– De un fósil, sí. El asesino probablemente fue al centro de primatología con un cráneo de simio de otra época, mató a la víctima golpeándola con el pisapapeles y luego simplemente aplicó la mandíbula contra el rostro, apretando con fuerza. Eso creó el mordisco. Lo confirma el hecho de que los expertos no han encontrado saliva animal mezclada con la sangre de Louts.
Sharko se frotó el mentón. Una puesta en escena digna de una película de terror, que probaba que tenían ante ellos a un asesino preciso, organizado y malignamente retorcido.
– Por esa razón Shery hablaba de «monstruo» -dedujo-. Un cráneo de simio espantoso, que se fue cubriendo con la sangre de Éva Louts.
Levallois asintió.
– Seguro. El asesino pretendió ocultar su crimen simulando el ataque de un simio, y quizá ése fue su error. Tenía a su disposición, en su casa probablemente, mandíbulas, un cráneo o, incluso, un fósil completo de chimpancé. No dejó ninguna huella dactilar, pero la presencia del esmalte ha descubierto su acto. En resumidas cuentas, se trata de un tipo relacionado con el mundo de la paleontología. Tal vez un conservador, un coleccionista, un investigador o un empleado de museo. No hay tantos sitios cerca de aquí donde podamos tratar de informarnos acerca de esas cosas. Al fin y al cabo, los esqueletos de dos mil años no abundan.
– El Museo Nacional de Historia Natural…
– Exacto, en el Jardin des Plantes. Tenía intención de ir en cuanto abran, justo después del café. He quedado allí con Clémentine Jaspar. Después de los simios vivos del centro de primatología, a por los mamuts fosilizados del museo.
Decididamente, Sharko comenzaba a apreciar a aquel chaval del que no sabía nada. Vació su taza, hasta apurar el café, y luego señaló el scooter con el mentón.
– Por fin algo concreto. ¿Tienes un casco para mí, verdad?