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El vuelo a Manaos estaba previsto para al cabo de dos días, el domingo a mediodía, y eso le permitiría a Lucie prepararse para el viaje y, sobre todo, pasar un poco de tiempo con Juliette. Antes de partir de París, tres horas antes, había tomado prestado el móvil de Sharko -al suyo se le había agotado la batería- para avisar a su madre de su regreso, hacia las cuatro y media de la tarde.

Eran las cinco menos cuarto. Aunque sabía que llegaba tarde a la salida de la escuela, de todas formas aparcó en el bulevar Vauban y corrió hasta el centro escolar. La verja, sin embargo, ya estaba cerrada. Los padres y los niños ya habían abandonado el lugar para disfrutar del fin de semana. Ante ella, el patio estaba desoladoramente vacío. No importaba. A Lucie le gustaba aquella escuela, habría pasado horas allí, sola, rememorando sus propios recuerdos de chiquilla. Contempló aquella superficie asfaltada con alegría en los ojos.

A toda prisa, fue a su apartamento. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, estaba contenta de reencontrar aquellas fachadas familiares, aquellos muros de ladrillo, de cruzarse con los rostros de los estudiantes que vivían en el vecindario. ¿Era gracias a Sharko, a su noche de amor, a las confidencias que se habían hecho? ¿Por qué aún se sentía capaz de amar y de decirse a sí misma que no todo estaba jodido? Cuando entró en su casa, vio a su madre sentada en el sofá, viendo la tele. Los juguetes, las muñecas y los cuadernos de vacaciones aún estaban allí, por el suelo, por todas partes y todos duplicados. También había un agradable olor de infancia y de risas, una presencia alegre.

Lucie saludó a Klark, que la lamió entusiasmado, y luego fue rápidamente hacia su madre y la besó en la mejilla.

– ¡Hola, mamá!

– Hola, Lucie…

Se dirigieron unas sonrisas tensas.

– Ahora vuelvo, voy a ver a quien ya sabes -dijo Lucie.

Marie vio que llevaba un regalo en la mano. Era un juego de moda creativa. Lucie, animosa, se dirigió a la habitación de su hija. El corazón le latía con fuerza en el pecho…

Abrió la puerta. Juliette estaba allí, sentada en la cama, rodeada de sus peluches. Jugaba apaciblemente con unas perlitas coloreadas que enfilaba con delicadeza con un hilo de nilón. Por el suelo había centenares de perlitas. Lucie sintió que el corazón le daba un vuelco cuando la niña la miró y le dirigió su sonrisa tan hermosa.

Contenta, la chiquilla cogió uno de los collares y se lo puso a su madre.

– El primero para ti. Luego haré otro para Clara.

Se abrazaron con fuerza. Sus corazones latían al unísono.

– Te he echado tanto de menos -dijo Lucie con un suspiro.

Le dio su regalo.

– Con esto podrás crear verdaderos vestidos de moda en miniatura. ¿Te gusta?

Juliette asintió.

– A Clara también le gustará. La esperaré para abrirlo.

– De acuerdo, cariño.

Lucie vio en un rincón el teléfono móvil que había comprado para su hija. Lo cogió y observó la pantalla de cristal líquido.

– ¿No has oído los mensajes que te he dejado estos días? ¿Por qué no?

Juliette, que seguía enfilando sus perlas, se encogió de hombros.

– La abuela no me ha enseñado cómo funciona. Creo que no quiere ni oír hablar del teléfono. Esas cosas la ponen de mal humor.

Lucie le guiñó un ojo.

Se hicieron mimos y hablaron durante mucho rato. Hablaron de la escuela, de las nuevas amigas, de las maestras… Juliette tenía tantas cosas que contar que Lucie ni siquiera oyó a su madre entrar en la habitación y situarse a sus espaldas.

Marie estaba muy envarada, con una mirada seria.

– Lamento interrumpirte, pero esta mañana ha venido un policía de París. ¿No crees que ya es hora de que me expliques ciertas cosas?

Lucie se incorporó, con el ceño fruncido y le dijo a Juliette:

– Ahora vuelvo, cariño. ¿Me harás más collares?

Salió y cerró la puerta tras de sí. Las dos mujeres volvieron al salón.

– ¿Cómo que ha venido un policía? -preguntó en voz baja-. ¿Quién?

– Se llama Bertrand Manien y venía de París. Me ha hecho un montón de preguntas sobre Franck Sharko y sobre ti, y sobre lo que pasó el año pasado.

Lucie recordaba aquel nombre, Sharko le había hablado de él.

– Manien es el antiguo jefe de Sharko. ¿Por qué ha venido?

– No lo sé, no me ha dicho nada. Sólo me ha hecho preguntas.

– ¿Y tú se lo has explicado todo? ¿Nuestra relación, y… lo que sucedió después?

– ¿Tú qué crees? Era un policía y con bastantes malas pulgas. Lo más curioso es que quería saberlo todo acerca de Clara y Juliette y de su relación con Sharko.

– ¿Las gemelas? Eso no tiene ni pies ni cabeza. ¿Iba solo?

– Solo…

Marie se mordió los labios.

– Franck Sharko vuelve a formar parte de tu vida, ¿no? ¿Cómo? ¿Cómo se te ha podido pasar por la cabeza?

– Es muy complicado.

– ¿No te has dado cuenta de que tenía todo el tiempo del mundo para escucharte? Desapareces cuatro días, vuelves y te encierras en una habitación sin decirme nada…

– Tengo derecho a disfrutar de mi hija, ¿no crees?

Lucie sacó sus cosas de su bolsa de viaje, conmocionada. Manien había ido hasta allí desde París y había entrado en su casa. Iba solo… Por lo tanto, no era una investigación oficial. ¿Qué buscaba? ¿Por qué ese interés por sus gemelas? ¿Qué le ocultaba Sharko?

Algo más serena, fue a por una Coca-Cola a la nevera. Ya hablaría de aquella historia con el comisario en el avión. De momento, comprobó que Juliette no pudiera oírla, se hundió en un sillón y comenzó a explicárselo todo a su madre, a grandes rasgos. Describió hasta qué punto aquel caso la tenía atrapada, la devoraba, hasta el extremo de que se veía obligada a ir tan lejos como pudiera. Marie la escuchaba, y a lo largo del relato su rostro era una verdadera galería de expresiones cambiantes. En varias ocasiones le vinieron ganas de llorar, gritar o abofetear a su hija por su inconsciencia, por haber decidido librar aquel combate a ciegas, y estuvo a punto de estallar cuando Lucie le anunció que iba a partir de nuevo al cabo de dos días.

– ¿Y adónde irás ahora? -dijo Marie maliciosamente-. ¿A qué maldito sitio irás ahora?

– A la Amazonia.

Marie se puso en pie y se llevó las manos a la cara.

– Estás loca. Completamente loca.

Lucie trató de tranquilizarla como pudo.

– No voy sola. Franck me acompañará y nos vamos con un grupo de turistas, en un viaje organizado. Es un destino muy común, ¿no lo sabías? Además, yo… creo que debo tener mi billete en mi correo electrónico, Franck es muy organizado. Con él estaré segura. Aterrizamos en Manaos, vamos a ver a un antropólogo y volvemos. Nada más.

– ¿Nada más? ¿Te das cuenta de lo que dices?

Lucie apretó los dientes.

– Sí, me doy cuenta, y grita o enfádate tanto como quieras. Nada me impedirá ir allí.

Marie la miró fijamente a los ojos.

– ¿Ni siquiera la niña que está en su habitación? ¿No te quedarías por ella?

Lucie bajó sus ojos tristes.

– Lo siento, mamá. Pero… aún tendrás que ocuparte de Juliette unos días más.

Marie suspiró entre sus dedos temblorosos. Extenuada, se dejó llevar por la emoción. Las lágrimas rodaron por su rostro y las palabras, esas palabras secretas que desde hacía mucho tiempo guardaba en lo más profundo de sí misma, salieron por sí solas.

– ¿Ocuparme de Juliette? ¿Aún no te has dado cuenta de que de quien me ocupo desde hace un año es de ti? ¿Que es a ti a quien protejo de tu… de tu propia cabeza?

Lucie la miró sorprendida.

– ¿Qué quieres decir?

Marie permaneció en silencio, tratando de serenarse:

– Intento decirte que todo estalla en tu mente y que no sé si es bueno o malo para ti. Quizá sí debas ir allá donde sea, a la otra punta del mundo, para encontrar tus propias respuestas. Quizá sea ésa la cura…

– Pero ¿qué cura, Dios mío?

Sin responder, Marie fue a buscar su bolso y sus zapatos, que había dejado junto a la puerta de entrada. Se frotó la nariz con un pañuelo.

– Haz lo que tengas que hacer. Voy a recoger algunas cosas que tengo por aquí desde hace demasiado tiempo y me iré un rato a casa. Volveré antes de que te marches para despedirme de ti y ocuparme de… tu perro.

En el pasillo, Marie contuvo un sollozo. Fue a su habitación, cogió su maleta de ruedas y de cualquier manera metió en ella la ropa que tenía apilada en un armario.

Lucie suspiró profundamente frente a la puerta cerrada de la habitación de Juliette. Aquel maldito teléfono móvil sonaba sin parar. Debía de ser el contestador que llamaba una y otra vez, hasta que alguien se decidiera a responder.

Abrió la puerta.

Pasó frente a la cama y cogió el móvil. Borró todos los mensajes sin escucharlos. Luego guardó el juego de moda creativa que estaba en el suelo junto a una mochila escolar aún por desempaquetar y un montón de objetos nuevos: una caja de perlas, un patinete embalado comprado por Navidad, ropa aún en su bolsa de plástico y con la etiqueta del precio.

Su hija no estaba en la habitación.

Y tampoco en el apartamento.

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