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Las «salas de interrogatorio» del 36 no tienen nada que ver con la imagen que uno pueda hacerse de ellas. No hay espejos sin azogue, ni instrumental, ni detector de mentiras. No, simplemente un despacho ridículo, abuhardillado, en el que parece que el techo vaya a caerle a uno sobre la cabeza y se tiene la angustiosa sensación de que las carpetas de los archivos de los casos, apiladas en los armarios, vayan a desplomarse sobre uno.

Sharko estaba solo, sentado en una silla de madera sencilla, con las muñecas esposadas, frente a una pared en la que colgaba un calendario y ante una lámpara de oficina. Manien y Leblond dejaban que se cociera a fuego lento, encerrado allí como un león enjaulado. Era domingo. Los pasillos estaban vacíos y Manien había elegido un despacho en la planta administrativa, debajo de la de la Criminal, para asegurarse de que nadie los molestaría. Ni agua, ni café, ni teléfono. Aquellos cabrones no respetaban ni los procedimientos. Pretendían que tuviera los nervios a flor de piel, que estuviera tenso y, sobre todo, que él mismo se interrogara. Una técnica policial que obliga al sospechoso a hacerse un montón de preguntas y a cuestionarlo todo.

El comisario ya no podía más. Era casi mediodía. Seis horas, esposado, sentado en una silla, en aquel despacho caluroso que apestaba a rencor. Pensaba en Lucie y eso lo corroía por dentro. Debía de haber llamado a su teléfono, varias veces, a la vez inquieta e impaciente. Y se habría embarcado hacia Manaos, Sharko estaba seguro de ello.

Se había adentrado sola en las tinieblas, sin comprender.

Sólo con pensarlo se volvía loco.

Los dos cabrones volvieron a entrar en la sala, con un cigarrillo en los labios. Iban y venían regularmente, sin decir nada, sólo para demostrar que trabajaban en el caso. En esa ocasión, Manien llevaba una gruesa carpeta bajo el brazo. Dejó un CD sobre la mesa de despacho y sólo preguntó:

– ¿Hablaste con Frédéric Hurault en la Salpêtrière?

– Hablar no es un delito.

– Simplemente responde a mi pregunta.

– Alguna vez.

Manien volvió a marcharse hablando en voz queda con su colega. Iban a jugar con él, aprovecharían las veinticuatro horas de que disponían para putearlo. Mucha gente atrapada en aquellos despachos acababa por confesar crímenes que no había cometido. Se privaba al drogadicto de heroína, al alcohólico de su botella o a la madre de su hijo, y se amenazaba, se intimidaba, se acorralaba… Cada ser humano tiene una barrera psicológica que puede derribarse a fuerza de amenazas, insultos, intimidaciones o humillaciones.

Una vez solo, Sharko miró hacia el CD. ¿Qué contenía? ¿Por qué le había preguntado acerca de la Salpêtrière? ¿Por qué el fiscal de la República había autorizado su detención? Más de una hora más tarde, ambos hombres regresaron con preguntas y volvieron a marcharse. Castigo psicológico.

Otra salva. En esa ocasión, Manien se sentó frente a Sharko, al otro lado de la mesa, mientras Leblond permanecía junto a la puerta de entrada, de brazos cruzados. El gilipollas jugaba con una goma elástica.

Manien encendió una grabadora digital y señaló con el mentón hacia el CD.

– Tenemos la prueba de que mataste a Frédéric Hurault.

Sharko no titubeó. Cualquier psiquiatra o policía lo habría dicho: para sobrevivir a un interrogatorio hay que negar, negarlo todo, sopesando las palabras. No se puede responder, por ejemplo: «¿Qué prueba?».

– No lo maté.

Manien abrió la carpeta, asegurándose de que Sharko no pudiera ver el contenido. El comisario señaló con el mentón hacia la carpeta de cartón.

– ¿Qué hay ahí dentro? ¿Unas cuartillas vírgenes?

Manien extrajo de la carpeta una foto y la deslizó hacia el comisario.

– Vírgenes, sí. Echa un vistazo.

Sharko titubeó. Podía negarse a colaborar, ponerse tozudo, pero obedeció. A todas luces, desde el momento de su detención, Manien le había arrojado un guante para retarlo. Ambos conocían las reglas y ambos sabían que al cabo de veinticuatro horas sólo uno de ellos sería el vencedor.

Cuando vio la foto, sintió una violenta angustia que se apoderaba de él, y su rostro se retorció. Sólo tenía ganas de una cosa: gritar. No pudo reprimir un temblor.

– Parece que eso sí te afecta, ¿verdad? -dijo el interrogador.

Sharko apretó los puños a su espalda.

– Joder, me enseñas la foto de los cadáveres de dos chiquillas en una bañera.

Manien exhaló una nube de humo, como si quisiera rodearse de un aura maléfica.

– ¿Recuerdas la primera vez que hablamos acerca de Frédéric Hurault en mi despacho? Fue el lunes pasado.

– Ya sé que fue el lunes pasado.

– ¿Por qué no me dijiste que sus hijas eran gemelas?

Sharko recordaba perfectamente la visión apocalíptica, aquella lejana mañana de domingo de 2001. Unos cuerpecitos desnudos, rigurosamente idénticos, con las cabezas hundidas en la bañera. Trató de conservar la sangre fría, aunque presentía que sus nervios podían traicionarlo en cualquier momento. Manien había dado con el punto débil, con la rótula dolorida sobre la que apretaría hasta romper los ligamentos. Sharko se dijo que a partir de aquel momento tenía que aguantar. Sólo aguantar.

– ¿Y por qué debería habértelo dicho? ¿Tan importante es? ¿Crees que eso va a ayudarte a atrapar al asesino? No puedo creer que aún estés trabajando en ese caso.

Manien giró la foto y la puso bien a la vista ante Sharko, aumentando el suplicio.

– Míralas. Dos gemelas rubitas y guapas que no tenían ni diez años. Su padre les hundió la cabeza en el agua, a ambas a la vez. Imagínate la escena… ¿No te recuerda nada?

Sharko sentía que en su cabeza se formaba una tormenta, pero permaneció en silencio. En su mente resonaban palabras, frases. «Tenemos la prueba de que mataste a Frédéric Hurault.»

Manien expuso lentamente sus conclusiones.

– Retrocedamos un año. Agosto de 2009. Salías con una colega de Lille, Lucie Henebelle, una mujer menudita y guapa, con un buen polvo. Te felicito.

– ¡Que te den por el culo!

– Madre de dos gemelas de ocho años. Fueron secuestradas en la playa mientras tú charlabas tranquilamente con la madre.

Entrecortaba sus frases con largos silencios, atento al menor cambio en la expresión de su sospechoso.

– Cinco días después, hallaron un primer cuerpo en el bosque, carbonizado… Ni siquiera su propia madre pudo reconocerlo. Y el segundo, descubierto siete días después, corrió la misma suerte en casa de Grégory Carnot. Ocho años después del caso Hurault te viste de nuevo enfrentado al asesinato de unas gemelas. Sólo que en esta ocasión te tocaba muy de cerca. ¡Parece mentira cómo puede encarnizarse el destino!

Sharko se había aislado mentalmente. Su cuerpo seguía frío como el mármol pero por dentro estaba ardiendo. ¿Cómo había obtenido Manien aquellos detalles de su vida privada? ¿Hasta dónde había llegado en esa violación de la intimidad?

– … Y desde entonces todo te ha ido de mal en peor. Se acabaron los despachos de Nanterre y volviste a la Criminal, conmigo. Te convertiste en una piltrafa humana, no lograbas salir del pozo y te dedicaste a recoger la mierda de las calles, porque ya no te quedaba nada más. Henebelle no te perdonaba. En cierta medida, tú le habías robado a sus hijas. Y no tenías manera de devolvérselas…

Sharko ya no lograba responder. ¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer? Se contentó con mirar fijamente a Manien con asco. El otro exhaló otra nube de humo en su dirección. Su rostro era gris, impasible.

– A veces, para devolverle algo a alguien uno se ve obligado a robárselo a otro. Y eso es lo que has hecho tú, has robado una vida. Una vida que se merecía arder en el infierno. Una vida que te pareció equivalente a la de Grégory Carnot. Has aplicado la ley del Talión. Ojo por ojo, diente por diente.

Sharko suspiró y se puso en pie. Caminó un poco y estiró la nuca. Se detuvo frente al reptil silencioso y lo miró a los ojos.

– Dado que esto se va a alargar aún, ¿no puedes quitarme las esposas?

– Hazlo -ordenó Manien a su subordinado-. Conoce las reglas.

Leblond obedeció y Sharko trató de sonreír.

– Muy amable… Si además pudieras traerme un poco de agua y café…

«No abuses», fueron sus únicas palabras, antes de salir. Manien también se había puesto en pie. Se dirigió hacia la ventana enrejada y, con las manos a la espalda, observó los tejados de los edificios antes de volver a tomar la palabra.

– He estado dándole muchas vueltas a esa historia del pelo de la ceja y del ADN en la ropa de Hurault. Un poli como tú que se transforma en asesino no puede dejar un pelo en la escena del crimen. Te habrías puesto un pasamontañas o una máscara, habrías tomado las precauciones necesarias.

– Tienes respuesta a todo. Tendrás que preguntar a otro.

– Excepto si lo hiciste adrede…

Se volvió bruscamente y sondeó lo más profundo de la mirada de Sharko.

– Has matado y eres un poli, así que en el fondo de ti mismo, de manera inconsciente, algo te dijo que tenías que pagar tu culpa. Dejar una prueba de tu paso era como… absolverte del crimen. Así, si no te atraparan, podrías decirte que no era culpa tuya. Pero no querías que fuera demasiado fácil. Por esa razón ensuciaste la escena del crimen el día en que fue hallado el cadáver. Por su proximidad con el lugar del crimen, sabías que intervendría el 36 y querías sembrar confusión. Complicar nuestro trabajo dejando planear esa ambigüedad sobre el ADN: ¿lo dejaste al cometer el crimen o cuando descubrimos el cadáver?

– Es una teoría interesante, pero no soy masoca hasta ese extremo. ¿A quién le gusta acabar sus días en la cárcel?

Manien sonrió. Se dirigió a la mesa y de un cajón sacó el Smith & Wesson de Sharko, empaquetado y descargado, y lo agitó frente a él.

– Por eso tenías el arma… Cargada con una sola bala.

Sharko tuvo ganas de romperle la nariz de un cabezazo. Manien prosiguió.

– … La compraste en marzo pasado, en una armería del distrito VI, según los extractos de tu cuenta bancaria. Te cargas a Hurault y, en caso de que se haga justicia, si te atrapan, te pegas un tiro. Porque, a fin de cuentas, deseas morir pero no tienes cojones para hacerlo sin una razón. Para eso tienes que estar acorralado, como una bestia salvaje. Que no te quede otra opción.

– Estás delirando.

– Lo único es que Henebelle regresa a tu universo. Y eso lo cambia todo, porque vas y decides que ya no quieres morir. A partir de ese momento, sólo tienes una idea en la cabeza: escaquearte.

Sharko se encogió de hombros.

– Por lo que respecta al Smith & Wesson, tenía intención de inscribirme en un club de tiro. Podrás comprobarlo. La bala que había en el tambor procedía de una caja de munición que también has debido de encontrar en mi armario. No la retiré, ¿y qué? Uno puede olvidarse de las cosas, ¿no? Tu explicación es apasionante pero no se aguantará ante ningún tribunal. No tenéis nada contra mí, ninguna prueba material, ningún testigo. Estáis en pelotas y por eso hacéis las cosas con los pies. Tratáis de intimidarme, con el riesgo de enviarlo todo a la mierda y de hundir vuestras carreras. Es muy delicado atacar a un poli del 36…

Sharko volvió a sentarse en la silla.

– Acabaréis conmigo o yo acabaré con vosotros, supongo que ya os lo habrá dicho el fiscal…

– Lo que haya dicho el fiscal no te importa.

– Si mañana a las seis de la mañana en punto seguís en pelotas os podré enviar a los dos a la mierda.

Manien apretó los dientes.

– Sí, tendrás ese poder.

El jefe de grupo arrancó los vasos de café de las manos de Leblond, que acababa de volver, y los dejó violentamente sobre la mesa. La mitad del líquido se vertió sobre las rodillas del comisario. Cogió su carpeta y se dirigió precipitadamente hacia la puerta.

– Pero tu poder no te va a servir para nada, porque la prueba está en ese CD, delante de ti. Y para demostrarte que no tenemos miedo y estamos seguros del caso, ya no volveremos a venir a verte hasta bien entrada la noche, para darte el golpe de gracia. Así que mientras tanto, aquí te quedas, cociéndote en tu propia salsa.

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