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Un virus, transmitido al hijo de generación en generación, por el padre o la madre. Un monstruo hábilmente oculto en el ADN, en interacción con el gen de la lateralidad, y que aguardaba la hora de despertarse, multiplicarse en el cerebro del organismo huésped a gran velocidad y aniquilarlo. Sharko no sabía nada acerca de los virus, ni de su estrategia, pero los diez días de investigación habían hecho nacer en su cabeza una hipótesis demencial. Una hipótesis que tenía que verificar.

En el cuarto piso de un edificio haussmanniano donde ya había estado con Lucie para interrogar a la hermana de Félix Lambert, le abrió un hombre delgado, de rostro fatigado. El comisario se presentó sin mostrar su falsa identificación. Su voz firme y su mirada grave bastaron.

– Policía criminal de París. Quisiera hablar con Coralie Lambert. Ya nos conocemos.

– Masson… Se llama Coralie Masson, nos casamos hace más de un año.

El hombre, Patrick Masson, no tenía ni treinta años. Invitó a Sharko a entrar en el amplio apartamento sin hacerle preguntas. La joven estaba tendida en un sofá, con una almohada bajo la nuca y las manos sobre el vientre. Estaba mirando la televisión. Quiso incorporarse al llegar el policía, pero Sharko avanzó rápidamente, con la mano tendida al frente.

– No, quédese tendida, se lo ruego. No la molestaré mucho rato.

El comisario pidió a Patrick que los dejara solos unos instantes.

– Voy a fumar a la calle, dijo el joven a su esposa -y agitó su iPhone de última generación-. Si me necesitas, llámame.

Sharko acercó una silla para sentarse frente a Coralie, y observó aquel prominente vientre redondo que se disponía a traer una nueva vida al mundo. Se frotó las manos, tenía que andarse con pies de plomo y, sobre todo, no mencionar los hallazgos del laboratorio.

– Ya pronto dará a luz -dijo tranquilamente, con una media sonrisa.

Con un gesto lento, Coralie apagó el televisor dándole al botón del mando a distancia. Tenía la tez nacarina y ojeras. Y era tan joven.

– No creo que haya venido aquí para hablar de mi bebé.

Sharko se aclaró la voz.

– Tiene razón, y la pregunta que voy a hacerle puede parecerle extraña, pero ¿es usted intolerante a la lactosa como su hermano Félix, señora Masson?

Finalmente, la joven se incorporó con una mueca de dolor y se acomodó entre los cojines. Tenía los tobillos hinchados, seguramente a consecuencia de un embarazo cuya próxima culminación parecía difícil. En el suelo, en un plato, había corazones de manzana, paquetes de galletas vacíos y envases de compota de fresa.

– Sí, pero… ¿por qué me lo pregunta?

– Porque, como le dije la vez anterior, la investigación nos conduce a una pista médica y no incumbe sólo a Félix. Es más amplio que eso, y de momento no puedo revelarle más, pero lo haré en cuanto pueda. ¿Su padre y su madre eran intolerantes a la lactosa?

– Mi padre bebía leche sin problema, pero mi madre también era intolerante a la lactosa.

– ¿Sabía que en Europa la intolerancia a la lactosa afecta sobre todo a las poblaciones inmigradas y a sus descendientes?

– Lo ignoraba. Pero ¿qué trata de decirme, exactamente?

– Que es probable que en un momento dado hubiera sangre extranjera en el linaje de su familia. Sangre que trajo esa intolerancia y… hummm… algo malo. Y creo que eso fue relativamente reciente.

Coralie pareció ultrajada. Relamió sus labios secos, con el ceño fruncido. Se puso en pie con dificultad, fue a abrir un cajón y regresó con un álbum que puso en manos de Sharko.

– No somos inmigrantes, por nuestras venas corre sangre francesa desde hace generaciones y generaciones. Varios miembros de la familia confeccionaron árboles genealógicos, con raíces que se remontan hasta principios del siglo XVIII. Hallará copias de ellos en las primeras páginas.

Sharko abrió el álbum. En el interior había grandes hojas de papel dobladas y pegadas, en las que se extendían las ramas del árbol genealógico.

– No dudo de la veracidad de su documento -dijo Sharko-. Lo que quiero decir es que un hijo puede haber nacido de una aventura extraconyugal, sin que eso figure en el árbol genealógico. Un marido engañado, por ejemplo.

Coralie permaneció en silencio, con los labios apretados. Sharko localizó enseguida a Coralie y Félix Lambert. La madre de éstos, Jeanne, fallecida en una sala de partos e hija única… Sus abuelos… Fechas, nombres, lugares de nacimiento bien franceses. En el árbol se indicaba que Jeanne Lambert, la madre de Coralie y de Félix Lambert, había nacido en París en 1968. 1968… Una fecha que, inmediatamente, alertó al policía: la cinta de vídeo «Fénix n.º 1», rodada en 1966… Los envíos de probetas entre la Amazonia y Francia en 1967…

De forma implacable, todo iba ordenándose en la mente del policía. Sus hipótesis parecían verificarse. Miró a Coralie a los ojos.

– Usted es intolerante a la lactosa. Su madre, Jeanne, también lo era, y su padre no. Así que la intolerancia procede de la rama materna. -Señaló con el índice dos casillas: Geneviève y Georges Noland-. De ahí mi pregunta: ¿su abuela o su abuelo maternos eran intolerantes?

Coralie reflexionó unos segundos.

– Mi abuelo bebió un café con leche hace unos días en el mismo sitio donde está usted. Se divorció de mi abuela hace mucho tiempo, pero ella también bebía leche. Ellos… No son intolerantes. -Hubo un silencio-. Eso significaría que…

– ¿Tiene fotos de su madre y de su padre, Georges y Geneviève?

Coralie cogió el álbum, lo hojeó y se lo devolvió al comisario.

– Ahí están mamá y mi abuela. Y aquí, mamá y el abuelo. No los verá nunca a los tres juntos, puesto que mis abuelos ya se habían separado hacía tiempo. En esas fotos, mamá debía de tener quince años. Era muy guapa… Tenía diecinueve años cuando me trajo al mundo y veinte cuando nació Félix.

Sharko contempló con atención las fotos en color. La madre de Coralie, Jeanne, era una adolescente morena, de ojos oscuros, con algunos rasgos de evidente parecido con su propia madre, como la nariz o la sonrisa. Coralie dijo en voz alta lo que Sharko pensaba para sus adentros.

– Mi madre no se parece en absoluto a mi abuelo… ¿No estará pensando en eso? ¡Es… inconcebible!

Sharko apretó los labios. La madre no era hija del abuelo, el policía estaba ahora seguro de ello. Y sólo había una hipótesis posible, relacionada con los ururus de la Amazonia, el tráfico y esas historias de virus y de Evolución: por disparatado que pareciera, la abuela de Coralie y de Félix había recibido, probablemente sin saberlo, el semen de un indio intolerante a la lactosa, colosal y violento. Espermatozoides portadores del virus. El horror tuvo lugar entre 1967 y 1968. Un horror destinado a propagarse de generación en generación.

Desconcertado, y abrumado por las preguntas que rondaban en su cabeza, el policía cerró el álbum y se lo tendió lentamente a Coralie, obligándola a estirar el brazo. Advirtió con qué mano lo asió.

La izquierda.

GATACA acababa de delatar su presencia.

Estaba con el corazón en un puño. Respiró profundamente para acallar la cólera, el deseo de gritar que crecía en él. Con voz temblorosa, dijo:

– Dígame que espera una niña.

Coralie lo miró con extrañeza y meneó la cabeza.

– No, será un niño.

Sharko trató de mantener la calma, pero en su interior se sentía descompuesto, hecho trizas.

– ¿Recibe usted atención médica?

– Sí, pero…

– ¿Qué muestran las ecografías? ¿Todo es normal?

Coralie parecía perdida ante aquel policía que la ponía en apuros y le hacía preguntas cuyo sentido no comprendía.

– ¡Claro que todo es normal! El bebé es grande y está perfectamente. -Sonrió-. ¡No para de moverse! Nunca había tenido tanto apetito, no paro de comer, es un tragón. Sólo hay un pequeño problema con mi placenta, pero no es grave…

– ¿Una hipervascularización?

– ¿Cómo lo sabe? ¿Qué significa todo esto?

Las últimas dudas de Sharko se disipaban. Coralie llevaba el GATACA dormido en su interior. Tras aniquilar a su madre, el bebé de Coralie nacería, crecería y a su vez transmitiría el retrovirus a su hijo, antes de que su cerebro se consumiera y lo volviera violento. Un ciclo maldito, destinado a repetirse mientras nacieran hijos de aquella familia. Perdido, descorazonado, Sharko se agachó frente a la joven y buscó las palabras precisas.

– ¿Su abuela materna vive aún?

– Por supuesto. ¿Pero qué sucede? ¡Dígamelo de una vez!

A Sharko le costaba comprender las sutilidades del virus: las madres parecían morir en el parto al dar a luz a su hijo, pero ¿se salvaban si nacía una hija? ¿Por qué? ¿Cómo? Había muchos interrogantes que lo reconcomían.

– Estoy al corriente de ciertos hechos que de momento no puedo revelarle, puesto que no tenemos aún la seguridad de que sean ciertos. Sólo puedo decirle que algo sucedió entre sus abuelos maternos. Algo genético, ligado a la procreación de su madre. De ahí procede una tara, si quiere llamarlo así, que se transmitió a su hermano Félix…

Calló un momento y no le reveló que ella también estaba afectada y que un monstruo en forma de medusa se ocultaba en su ADN y en el de su bebé.

– … Necesito interrogar a sus abuelos. Debo saber cómo fue el embarazo de su abuela, y con qué médicos, con qué especialistas estuvo en contacto.

– ¿Ha dicho una tara? ¿Qué tara? Nunca hemos oído hablar de taras. Y seguro que mi abuelo se lo hubiera dicho a la familia. Es genetista y especialista en reproducción. Fue él quien siguió el embarazo de la abuela. Su oficio es precisamente descubrir las taras, no hay nadie mejor que él en ese campo.

Sharko sintió como si le hubieran propinado un puñetazo en la cara.

– ¿Genetista… ha dicho?

– Un gran genetista. No soy ducha en la materia, pero sé que descubrió hace tiempo genes importantes, y que eso le dio un renombre. Desde hace años, dirige un importante laboratorio para las parejas con problemas de reproducción por insuficiencia hormonal. Las aconseja y les ayuda a tener hijos. ¿Qué quiere de él? ¿Qué sucede?

Sharko se incorporó, preguntándose si se tendría en pie. Todo le pareció muy claro. Inseminaciones…

También comprendía ahora el intento de asesinato de Lucie en São Gabriel. Georges Noland estaba presente cuando Lucie interrogó a Coralie. Sharko recordaba haber preguntado si alguien de la familia era de origen amerindio y Noland interrumpió bruscamente la conversación. En aquel momento, el genetista debió de darse cuenta de que su pista era muy seria y sospechó que uno de ellos acabaría por ir a Brasil. Lucie incluso le dio su tarjeta y su número de teléfono. Sin saberlo, se había lanzado en brazos del monstruo, que debió de utilizar sus contactos militares en la Amazonia para tratar de eliminarla discretamente y simular un accidente.

El comisario miró a la joven asustado, incapaz, en aquel momento, de sopesar el alcance de su descubrimiento y, sobre todo, de calibrar la perversidad de Georges Noland. Aquel hombre había inyectado un virus en el organismo de su propia esposa, dando pie así a una maldición que se extendería a todas las generaciones venideras. Había matado a Louts y había torturado a Terney. Al abrigo de su laboratorio, probablemente había inseminado a mujeres con problemas hormonales, inoculando un virus mortal en pleno corazón de su ADN. ¿Cómo podía un ser humano hacer algo semejante?

Con la mano temblorosa, sacó un papel y un bolígrafo del bolsillo.

– Debo hablar con él. ¿Puede darme su dirección?

Hubo un largo silencio. Coralie suspiró. Acarició su vientre para serenarse.

– A esta hora debe de estar en su laboratorio. Mi abuelo no deja nunca de trabajar. La empresa se llama Genomics y está en Villejuif, cerca del Instituto de Investigación sobre el Cáncer.

Sharko anotó la información, apretando las mandíbulas. A su espalda, reapareció el marido, con un encendedor en la mano. El comisario guardó el papel y estrechó con delicadeza la mano de la joven.

– Cuídese mucho.

La dejó preocupada, y condujo al marido hacia el pasillo del apartamento, donde le habló en voz queda.

– ¿Coralie le ha explicado lo que le pasó a su madre? ¿El fallecimiento por una hemorragia cataclísmica al dar a luz a Félix Lambert?

– Evidentemente.

– En ese caso, escúcheme con atención: vaya inmediatamente al hospital, puesto que es probable que lo que le sucedió a su madre pueda reproducirse en su caso. Proporcione a los médicos todos los detalles acerca de la muerte de Jeanne Lambert y dígales que si no se hace nada para evitarlo, algo se desencadenará en Coralie cuando dé a luz al bebé, algo que hará que muera de una hemorragia. Todo esto es genético.

El hombre estaba a punto de hundirse. Sharko le puso una mano en el hombro.

– Si actúa de inmediato tal vez haya manera de salvarla. Y, se lo ruego, impida que avise a su abuelo, voy directamente a Villejuif. Todo esto es culpa de él.

Bajó las escaleras de tres en tres y, una vez en su vehículo, sacó el Smith & Wesson de la pistolera, cargó el tambor, y arrancó a toda velocidad.

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