Una intromisión de lo más inoportuna

Abordamos el jet. Nuestra primera escala sería Atlanta. Aunque el día siguiente era domingo, Aaron tenía que trabajar. Bueno, no tenía que hacerlo, pero le había prometido a un amigo que le sustituiría y, ya que no parecía que fuéramos a correr de inmediato tras el rastro de Edward, no quería romper la promesa que le había hecho. Cuando tuviéramos algún dato sobre Edward, Aaron quería volver con nosotros y ayudarnos. Al ser un vampiro, le quedaban muchos días de baja por enfermedad sin pedir, de modo que confiaba en no tener ningún problema para tomarse unos días libres de su trabajo de albañil.

Cuando Lucas volvió de consultarle al piloto, sugirió que todos tratáramos de dormir.

– No son las condiciones más cómodas que podamos imaginar -dijo-. Pero dudo que alguien haya dormido mucho anoche, y es posible que las próximas horas sean nuestra última oportunidad para dormir esta noche.

Cassandra asintió.

– Paige y tú tenéis que intentar dormir, de eso no hay duda. Pero yo no estoy cansada, de modo que me sentaré en la cabina de atrás, si no os parece mal.

Lucas acompañó a Cassandra a la pequeña cabina privada que estaba detrás de la nuestra.

– ¿Durmió algo anoche? -me preguntó Aaron con un susurro cuando ellos estuvieron fuera del alcance de nuestra voz. Negué con la cabeza.

– Dice…, dice que en los últimos tiempos no duerme mucho.

Los ojos de Aaron se llenaron de una serena tristeza, como si mis palabras fueran la respuesta que ambos esperábamos y temíamos.

– Voy a sentarme con ella -dijo.


* * *

Mientras yo cogía del armario almohadas y una manta, Lucas desapareció en la cabina de la tripulación. Volvió unos minutos después con dos tazas de té, y sacó de su bolsillo mi botecito olvidado de calmantes. Abrí la boca para discutir, pero percibí su mirada, asentí y le tendí la mano. Él me la tomó con las dos suyas, y se sentó junto a mí.

– ¿Cómo te sientes? -preguntó.

– Impresionada, pero bien. Cuando supimos que Edward y Natasha estaban en algo oscuro, me preparé para lo peor: que estaban experimentando con seres humanos. Pero la escala…, el número de personas que debe de haber…

Tomé un poco de té y escupí cuando el líquido me quemó la garganta. Lucas me cogió la taza de las manos con un torrente de disculpas.

– No, es culpa mía -dije-. Siempre te digo que me lo hagas caliente. Lo tomé demasiado deprisa.

Volví a cogerle la taza. Mientras la ponía en la mesita que tenía a mi lado, me temblaron las manos de tal manera que el té se derramó un poco, y casi me quemo otra vez.

– Maldición -dije en voz baja, y luego logré esbozar una media sonrisa-. Me parece que no estoy tan bien, después de todo.

Me apretó la mano.

– Es comprensible.

– Sé que tengo que ser capaz de llevar estas cosas un poco mejor -dije-. Si voy a ayudarte, es necesario que supere este aspecto melindroso de mi personalidad. Soy demasiado…

– Eres fantástica -dijo-. Yo tampoco me siento demasiado bien. Puedo garantizarte, como, eehh, como socia mía, que es muy probable que nunca más tengas que ver nada de esta envergadura.

– ¿Socia? -dije, y mi sonrisa se hizo auténtica-. No creas que no me he dado cuenta de que has vacilado al decirlo. No te preocupes, no entra en mis planes acoplarme a tu vida de esa manera. Estaré ahí para ayudarte siempre que me necesites, pero eso es todo.

– No era eso…, quiero decir que no me importa…, si te interesa…

– No me interesa. Bueno, sí, pero no, no puede ser, ¿verdad? Entre el Consejo y el nuevo Aquelarre, ya no me queda tiempo para nada más. -Respiré-. Lo hemos fastidiado. El Consejo, quiero decir. Tendríamos que haber sabido esto.

– No podéis controlar a todos y cada uno de los vampiros…

– ¿No podemos? -dije-. La Manada lo hace con los hombres y mujeres lobos, y ellos son más para vigilar y menos personas para hacerlo. No quiero decir que tengamos que estar echándole el aliento en la espalda a cada vampiro, pero es preciso que seamos más activos en general. Hubo rumores. Tendríamos que haberles prestado atención. No puedo echarle a Cassandra la culpa de eso. Era responsabilidad de todos. Quiero que las cosas cambien, que empecemos a prestar más atención. Pero también quiero formar ese nuevo Aquelarre. Tengo que hacerlo. Es lo que se supone que tengo que hacer.

– Porque tu madre lo habría querido -dijo él, cautelosamente.

– No sólo por eso. Yo quería…, o creí que quería… -Me pasé las manos por la cara-. Sé que reconstruir el Aquelarre es importante, pero algunos días siento que hay otras cosas que tendría que hacer, cosas que preferiría hacer, y el Aquelarre…, no estoy segura de que aún sea mi sueño, o de que alguna vez lo haya sido realmente.

– Lo sabrás cuando llegue el momento.

Lucas se inclinó sobre mí y me besó, un beso lento y delicado que calmó la confusión que me rompía la cabeza. A los tres minutos, reclinamos los asientos, nos abrazamos juntos, y dejamos que el suave zumbido del avión nos adormeciera. Cuando el aparato aterrizó en Atlanta, me desperté y entreoí cómo Aaron y Cassandra se despedían con un susurro. Poco después de que la puerta de la cabina se cerrara tras Aaron, noté que Cassandra me arropaba cuidadosamente con la manta, que se había caído. La percibí allí de pie, observándome, pero cuando abrí los ojos para mirarla, ya se había ido.

Cuando volví a despertarme, el avión había aterrizado en Miami. Sabía que ya debía de haber salido el sol, pero las persianas de la cabina hacían que el interior estuviera totalmente oscuro. Me arrimé más a Lucas y levanté la manta para mantener a raya el frío del aire acondicionado.

– Nariz fría -dijo Lucas con una risa adormilada.

Traté de apartarme, pero él me pellizcó la barbilla y me besó.

– ¡Qué agradable! -dijo.

– Hummm. Mucho.

– Vamos a tener que ver a mi padre hoy -murmuró entre besos.

– Hummm, eso no va a ser tan agradable.

Otra risa.

– Lo lamento.

– No, tienes razón. Tenemos que contarle lo que hemos encontrado… y tenemos que darle las gracias por el jet. -Nuestras miradas se cruzaron-. No estarás lamentando todavía que lo hayamos usado, ¿verdad?

Suspiró.

– No sé. Me preocupa cómo se interpretará. Y me preocupa que sea señal de retroceso. Y luego me preocupa que me preocupe tanto lo que tú pienses al respecto. -Un amago de sonrisa-. Dudar de uno mismo no es un rasgo muy sexy en un amante.

– Depende del amante. Tú puedes llegar a un grado de confianza en ti mismo que a veces asusta, Cortez. Me agrada ser la única persona que puede escudriñar entre las piezas de la armadura. Pero, a ver, si sigues preocupado, estoy segura de que conozco una buena cura provisional.

Una sonrisa traviesa.

– ¿Alguna distracción?

– Ajá. -Metí las manos bajo la manta.

– Espera -dijo-. Aún estoy en deuda contigo por aquel armario de la limpieza, y creo que podría distraerme adecuadamente devolviéndote aquel favor.

Sonreí.

– Tú nunca estás en deuda conmigo. Pero si insistes, no voy a discutir.

– Insisto.

En el momento en que acercaba a besarme, uno de los asientos crujió…, sólo que el sonido no parecía provenir de aquellos sobre los que estábamos recostados. Levanté la cabeza y vi a Benicio, que iba de puntillas hacia la puerta de la cabina. Lucas se incorporó de un salto y lanzó un improperio.

Benicio se detuvo, sin dejar de darnos la espalda.

– Mis disculpas. He venido para ponerme al tanto. Estaba esperando a que os despertarais.

– Llevamos despiertos, claramente despiertos, unos minutos -dijo Lucas.

– Sí, bueno…

– No pudiste resistir la tentación de escuchar una conversación privada -dijo Lucas-. Hasta que amenazó en convertirse en demasiado privada.

– Yo…

– Estamos vestidos -dije-. Puedes quedarte y decir lo que tengas que decir.

Benicio se dio la vuelta, con los ojos puestos en la pared más alejada, para eludir la airada mirada de Lucas. Yo me puse de pie, salí a grandes pasos por delante de él, y crucé la puerta de la cabina para detenerme ante el mostrador donde estaba la máquina de café. Cuando regresé, ya había tenido tiempo suficiente para calmarme. Estaba todavía disgustada, pero no había peligro de que le volcara a Benicio accidentalmente el café en las rodillas.

– Estaba resumiendo nuestros descubrimientos -dijo Lucas mientras yo distribuía las tazas con la infusión.

– No puedo creerlo -dijo Benicio-. Aquí no habrían podido hacerlo, pero en Ohio… -Movió la cabeza de un lado a otro-. Necesitamos más oficinas en el Medio Oeste. Llevo tiempo diciéndolo.

Lucas, con la taza de café a mitad de camino hacia sus labios, se detuvo.

– Los Nast estaban pensando en abrir una oficina en Cincinnati, ¿no es así?

Benicio afirmó con la cabeza.

– Aún lo piensan, según creo, sólo que han pospuesto sus planes. Tropezaron con un problema en esa área que era preciso resolver primero.

Me volví a Lucas. Nuestras miradas se encontraron.

– ¿Cuándo…? -empezó a decir Lucas.

Sonó el intercomunicador.

– Disculpe la interrupción, señor, pero tenemos aquí a una pelirroja que exige hablar con usted. Dice…

– Está bien -interrumpió Lucas-. Está con nosotros. Déjela pasar. -Dirigí la mirada a la puerta que separaba las cabinas de atrás-. Supongo que salió antes de que nos despertáramos.

La puerta principal se abrió y entreví el perfil de Morris, el guardaespaldas de Benicio. Después una mujer irrumpió violentamente, tumbando casi al pasar a ese hombre corpulento. Era, ciertamente, una mujer pelirroja, pero no se trataba de Cassandra.

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