Seguro familiar contra actos de violencia

Veinte minutos después, Lucas abría la puerta de la sala de conferencias para que yo pasara. Me hizo una pregunta silenciosa con los ojos. ¿Quería yo que entrara él primero? Negué con la cabeza. Aunque no me moría de ganas por enfrentarme con lo que sabía que había en el interior de aquella sala, tenía que hacerlo sin ocultarme detrás de Lucas. En cuanto entré, paseé la mirada por la docena de rostros que allí se encontraban. Hechicero, hechicero, hechicero…, otro hechicero. Más de tres cuartas partes de los hombres que estaban en la habitación eran hechiceros. Cada par de ojos se dirigió a los míos. Hubo movimientos de sillas y voces que murmuraban sonidos de desaprobación, sin articular palabras. Sin embargo, sin que se expresara, la palabra «bruja» serpenteaba por la habitación, presente en ese murmullo de desprecio. Cada uno de los hechiceros que estaban en la sala sabía lo que yo era sin necesidad de que nadie se lo dijese. Bastaba una mirada a los ojos para que una bruja reconociera a un hechicero y el hechicero reconociera a la bruja, y la presentación rara vez resultaba placentera ni para el uno ni para la otra.

Benicio nos señaló con la mano dos sillones vacíos que estaban próximos a la cabecera vacante de la mesa.

– Buenas tardes, caballeros -dijo-. Gracias por quedarse un poco más para reunirse con nosotros. Todos ustedes conocen a mi hijo Lucas. Los hombres que se encontraban a corta distancia alargaron la mano para estrechar la de Lucas. El resto ofreció saludos verbales. Ninguno miró en mi dirección.

– Ésta es Paige Winterbourne -continuó Benicio-. Como seguro que la mayoría de ustedes sabe, la madre de Paige, Ruth, era la Líder del Aquelarre Estadounidense. La misma Paige es socia del Consejo Interracial desde hace varios años, y me complace decir que, precisamente por esa razón, ha expresado interés por el caso MacArthur.

Retuve la respiración esperando que surgiera algún comentario sobre mi expulsión del Aquelarre o del tiempo embarazosamente corto en que había ocupado el cargo de Líder. Pero Benicio no dijo nada. Por mucho que yo le desagradara, no iba a disgustar a Lucas insultando a su compañera.

Benicio hizo un gesto señalando a un hombre corpulento que estaba cerca del otro extremo de la mesa.

– Dennis Malone es nuestro jefe de seguridad. Es quien está más familiarizado con el caso, de modo que le pediré que comience con una visión de conjunto.

Como Dennis explicó, Dana MacArthur era efectivamente hija de un empleado de la Camarilla, pero no, como yo había supuesto, de una bruja de la misma. Al igual que Savannah, Dana tenía sangre sobrenatural por parte de ambos progenitores, siendo su padre un semidemonio de la Sección de Ventas de la Corporación Cortez. Randy MacArthur se hallaba actualmente en Europa, estableciendo una sección comercial en las áreas de Europa Oriental recientemente incorporadas al capitalismo. La madre de Dana era una bruja llamada Lyndsay MacArthur. Yo esperaba haber reconocido ese nombre, pero no fue así. Las brujas de un aquelarre tienen poco contacto con las que no pertenecen a él. Mi propia madre sólo se había interesado por brujas ajenas a su aquelarre cuando causaban algún problema. Era ésta una de las muchas cosas que yo habría querido cambiar en el Aquelarre, y que ahora no podría cambiar jamás.

De acuerdo con la información de conjunto que proporcionó Dennis, los padres de Dana se habían divorciado y ella vivía con la madre. Dennis mencionó que la madre residía en Macon, Georgia, y que la agresión había tenido lugar en Atlanta, de modo que yo supuse que Dana estaba de viaje o visitando amigos. Al parecer, caminaba ella sola cerca de la medianoche, algo que resultaba muy extraño, tratándose de una niña de quince años, aunque más tarde esto tendría su explicación. Lo importante era que durante ese paseo, atajó por un parque y la atacaron.

– ¿Dónde está Dana ahora? -pregunté una vez que Dennis hubo terminado.

– En la clínica Marsh -contestó Benicio.

– Es un hospital privado para los empleados de la Camarilla -explicó Lucas-. Aquí, en Miami.

– ¿Y su madre está con ella? -pregunté.

Benicio negó con la cabeza.

– Desgraciadamente, a la señora MacArthur le ha sido… imposible venir a Miami. Esperamos, sin embargo, que cambie su punto de vista.

– ¿Que cambie su punto de vista? ¿Cuál es el problema? Si no puede pagar el pasaje aéreo, ciertamente espero que alguien pueda…

– Le hemos ofrecido tanto un vuelo comercial como nuestro jet privado. La señora MacArthur tiene ciertas… reservas respecto a viajar en avión en este momento.

Al escuchar un ruido que provenía del otro extremo de la mesa, deslicé la mirada por la fila de rostros hasta llegar al más joven de los asistentes, un hechicero que tendría treinta y tantos años. Él me la devolvió con una sonrisa petulante. Benicio lo miró con severidad, y la sonrisa se transformó en una tos.

– Reservas respecto a viajar en avión -dije despacio, tratando de entender la idea de que una bruja dejara que algo, fuere lo que fuere, le impidiese correr al lugar donde se encontraba su hija enferma-. Eso no es muy raro hoy en día, supongo. Tal vez un pasaje en autobús…

El hechicero de la sonrisa afectada intervino.

– No quiere venir.

– Ha habido un cierto distanciamiento entre Dana y su madre -dijo Benicio-. Dana vivía por su cuenta en Atlanta.

– ¿Por su cuenta? ¿Tiene quince…

Me interrumpí, súbitamente consciente de que doce pares de ojos estaban concentrados en mí. No podía imaginar nada más humillante para una bruja que eso, hallarse sentada en una habitación llena de hechiceros que le decían que una de su propia raza, una raza que se precia de sus vínculos familiares, había permitido que su hija adolescente viviese en las calles. No sólo eso, sino que ni siquiera se había preocupado en venir a donde estaba su hija cuando ésta se encontraba en estado de coma y sola en un hospital de la Camarilla. Era inconcebible.

– Puede que si yo hablara con ella… -dije-. Podría haber un malentendido.

– O podríamos estar mintiendo -dijo un hechicero-. Aquí está mi teléfono móvil. ¿Alguien tiene el número de Lyndsay MacArthur? Que la bruja…

– Basta -soltó Benicio, con una voz tan cortante que habría servido para tallar diamantes. Yo había oído ya ese tono… en boca de su hijo.

– Puedes retirarte, Jared.

– Solamente estaba…

– Puedes retirarte.

El hechicero se retiró. Me esforcé por pensar en la forma de defender a mi raza. Lucas me apretó la rodilla con una mano. Lo miré, pero él se había vuelto hacia la mesa y abría ya la boca para hablar por mí. Lo interrumpí rápidamente. Por mucho que deseara su apoyo, lo único que podía empeorar las cosas era que él saliera en mi defensa.

– ¿El padre de Dana está al tanto de la situación? -pregunté.

Benicio negó con la cabeza.

– Randy lleva en Europa desde la primavera. Si él hubiese sabido del distanciamiento entre Dana y su madre, habría solicitado permiso para volver a casa.

– Me refiero al ataque. ¿Lo sabe?

Volvió a negar con la cabeza.

– En este momento está en un lugar muy inestable. Hemos intentado ponernos en contacto con él por teléfono, por email y por telepatía, pero no hemos conseguido hacerle llegar la noticia. Confiamos en que esté de vuelta en una ciudad importante en el transcurso de la semana.

– Bien. De acuerdo. Volvamos al caso, entonces. Me imagino que estamos aquí porque ustedes quieren encontrar al agresor de Dana.

– Encontrarlo y castigarlo.

De algún modo, puse en duda que el castigo fuera a involucrar a las autoridades locales, y después de haber oído lo que le había ocurrido a Dana, tampoco me importó.

– Pero la Camarilla puede investigar por su cuenta, ¿no es así?

Una voz chillona, cercana al otro extremo de la mesa, respondió.

– El señor MacArthur es un empleado de clase C.

Miré al que había hablado: un hombre delgado como un espectro, pálido como un espectro y vestido con un traje negro como el de un director de pompas fúnebres. Un nigromante. Sé que es un estereotipo, pero de verdad que a la mayoría de los nigromantes los envuelve un halo sepulcral.

– Paige, éste es Reuben Aldrich, jefe de nuestro Departamento de Actuarios. Reuben, la señorita Winterbourne no está familiarizada con nuestras denominaciones. ¿Podría explicárselo, por favor?

– Por supuesto, señor. -Aquellos ojos de un azul acuoso se dirigieron hacia donde yo estaba-. Los empleados se ordenan por rangos desde la clase F hasta la clase A. Solamente los empleados de las clases A y B tienen derecho al seguro por violencia familiar.

– ¿Familiar…?

Lucas se volvió hacia mí.

– Es un seguro que cubre las investigaciones de la Corporación en materias criminales tales como secuestros, ataques a las personas, asesinatos, daño psíquico o cualesquiera otros peligros que las familias podrían tener que afrontar como consecuencia de su pertenencia a la Camarilla.

Me quedé mirando a Reuben Aldrich.

– De modo que el señor MacArthur, por ser un empleado de clase C, no tiene derecho a una investigación pagada del ataque a su hija. Entonces, ¿por qué nos traen el caso a nosotros…, a Lucas?

– La Camarilla quiere contratarlo -dijo el hombre que estaba a mi lado-. La redistribución de recursos y de horas por hombre tornaría prohibitivo el costo de una investigación interna. En lugar de eso, ofrecemos al señor Cortez un contrato.

Lucas cruzó las manos sobre la mesa.

– Pagar por una investigación externa de un asalto no cubierto por el sistema de beneficios es un ofrecimiento generoso y considerado, pero… -miró a su padre fijamente a los ojos- que probablemente no contemplará los niveles de beneficio de la Corporación. Ustedes mencionaron a Paige que el ataque a la señorita MacArthur no era el primero.

– Hay un segundo caso que posiblemente esté relacionado -dijo Benicio-. ¿Dennis?

Dennis lo explicó. Ocho días atrás, otro adolescente, hijo de un empleado de la Camarilla, había sido atacado. Holden Wyngaard era el hijo de catorce años de un chamán. Alguien lo había seguido una noche a lo largo de varias manzanas y se había abalanzado sobre él en una callejuela. Antes de que sucediera nada, una joven pareja había entrado en el callejón y el atacante de Holden había huido. La Camarilla no estaba investigando el caso.

– Permítaseme adivinar -dije-. El señor Wyngaard es un empleado de clase C.

– De clase E -replicó Reuben-. Sus problemas con el abuso de sustancias tóxicas provocaron un descenso de categoría. Actualmente está suspendido, y por lo tanto sólo tiene derecho a los beneficios más básicos de atención sanitaria.

– ¿Pero ustedes creen que ambos casos están relacionados?

– No lo sabemos -dijo Benicio-. Si tuviésemos una prueba clara de que existe un patrón, haríamos nuestra propia investigación. Tal como están las cosas, se trata de una perturbadora coincidencia. Dado que no pensamos que se justifique el gasto de una investigación de máximo nivel, nos agradaría adoptar una actitud positiva y contratar a Lucas para que se adentre en el asunto.

– A mí, no -terció Lucas, en voz baja pero lo suficientemente firme como para que se oyese en toda la habitación-. A Paige.

– Por supuesto, si Paige quiere ayudarte…

– En este momento estoy comprometido con la defensa de un cliente, y me sería imposible ocuparme de este caso con la urgencia que ustedes requieren.

Benicio vaciló y después dijo que sí con la cabeza.

– Es comprensible. Tienes otras obligaciones. Nada puedo argumentar contra eso. Si quisieras, entonces, poner a Paige en el caso y supervisar…

– Paige no necesita mi supervisión. Tú te pusiste en contacto con ella con la esperanza de que le interesara el caso porque hay una bruja involucrada en el mismo. La elección de aceptarlo o no es suya.

Todos volvieron los ojos hacia mí. Sentí que me saltaban a la garganta las ansiosas palabras con que aceptaba el compromiso. En aquella habitación no había ni una sola persona a quien Dana MacArthur le importara un ápice. Necesitaba a alguien a su lado, y yo ansiaba ser ese alguien. Pero cerré la boca con doble candado y le di a mi cerebro el tiempo necesario para adelantarse a mi corazón.

Una tragedia y un suceso que había estado a punto de serlo: ambos casos involucraban a chicos prófugos de los empleados de la Camarilla Cortez. ¿Creía yo que estaban relacionados? No. Las calles constituían un lugar duro y violento para los adolescentes. Eso era un hecho. Y yo debía tomar una decisión con toda frialdad. Era necesario que otra persona hiciera justicia a Dana. Si yo aceptaba el caso involucraría a Lucas, aunque sólo fuera por forzarlo a actuar como intermediario entre la Camarilla y yo. Y no era mi intención hacerle eso. De modo que les di las gracias a todos y rechacé la oferta.

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