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Lady Hoggin dijo a su marido:

—Es extraño; este tónico tiene un sabor completamente diferente. Ya no sabe tan amargo como antes. ¿Por qué será?

Su marido rezongó:

—Cosas de los farmacéuticos. Son unos descuidados. Cada vez hacen las cosas diferentes.

—Eso debe de ser —replicó ella dubitativamente.

—Claro que es eso. ¿Qué podía ser, si no?

—¿Averiguó algo es hombre acerca del rapto de Shan Tung?

—Sí. Ha conseguido recuperar el dinero.

—¿Quién fue?

—No me lo dijo. Hércules Poirot es un tipo muy reservado. Pero no tienes por qué preocuparte.

—Es un hombre curioso, ¿verdad?

Sir Joseph se estremeció y levantó la vista, como si sintiera la invisible presencia de Poirot detrás de su hombro derecho.

—¡Es listo el condenado! —dijo.

Y añadió para sí mismo:

«¡Greta puede irse al diablo! ¡No voy a jugarme el cuello por una rabia platino!»

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