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Cuando bajaba la escalera, Hércules Poirot se vio detenido por una mujer alta, de cabellos rubios.

—Haga el favor de pasar a este saloncito, señor Poirot.

El detective se inclinó ligeramente y la siguió:

Ella cerró la puerta, le indicó una silla y le ofreció un cigarrillo. Luego tomó asiento frente a Poirot.

—Acaba usted de ver a mi marido —dijo sosegadamente—, y le ha contado... lo de mi padre.

Poirot la miró con atención. Era una mujer de alta estatura, todavía hermosa, en cuya cara se reflejaba un carácter resuelto y una inteligencia muy despierta. La señora Ferrier era una figura popular. Como esposa del primer ministro era natural que recayera sobre ella gran parte de la popularidad de su marido. Pero como hija de John Hammet, su popularidad era todavía mayor. Dagmar Ferrier representaba el ideal popular del sexo femenino inglés.

Era una esposa adicta, una madre amante, que compartía la afición de su marido por la vida campestre. Se interesaba solamente en aquellos aspectos de la vida pública que, por lo general, se estiman como esferas apropiadas para la actividad femenina. Vestía bien, pero nunca con ostentación. La mayor parte de su tiempo estaba dedicada a practicar la caridad en gran escala. Había inaugurado organizaciones especiales para socorrer a las esposas de los obreros sin trabajo. La nación entera se interesaba por ella y era uno de los principales medios positivos con que contaba el Partido.

—Debe estar usted terriblemente alarmada, señora —le dijo Hércules Poirot.

—Lo estoy... y no sabe usted cuánto. Durante años estuve temiendo... que ocurriera algo.

—¿No tiene usted idea de lo que sucede actualmente?

Ella sacudió la cabeza.

—No... ni la más mínima idea. Sólo sé que mi padre no ha sido... lo que todos suponían. Desde que era una niña, ya me di cuenta de que era... un farsante.

Su voz era profunda y de tono amargo.

—Edward se casó conmigo... y ahora lo perderá todo —dijo.

Poirot preguntó tranquilamente:

—¿Tiene usted enemigos, señora?

Ella lo miró sorprendida.

—¿Enemigos? No lo creo.

El detective comentó con aspecto pensativo:

—Yo creo que los tiene...

Y luego prosiguió:

—¿Tendrá usted valor, señora? Se prepara una gran campaña contra su marido y contra usted misma. Debe estar dispuesta a defenderse.

—Pero lo mío no importa. ¡Es solamente por Edward! —exclamó ella.

—El uno incluye al otro, señora. Recuerde que es usted la mujer del César.

Vio cómo la mujer palidecía y se inclinaba hacia delante para preguntar:

—¿Qué es lo que pretende decirme?

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