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Hércules Poirot estaba sentado, esperando, en el gran dormitorio amueblado a estilo isabelino. No podía hacer más que esperar. Tenía hechos todos los preparativos.

Hacia las últimas horas de la madrugada llegaron las señales de alarma.

Al oír ruido de pasos ante su puerta, Poirot descorrió los cerrojos y abrió. En el pasillo había dos hombres... dos hombres de mediana edad con aspecto de tener muchos años más de los que tenían en realidad. El almirante, con el rostro rígido y ceñudo... el coronel Frobisher, crispado y tembloroso.

Chandler dijo simplemente:

—¿Quiere venir con nosotros, señor Poirot?

Ante la puerta del dormitorio que ocupaba Diana Maberly se veía una confusa figura yacente. La luz cayó sobre una cabeza morena. Hugh Chandler estaba tendido en el suelo y respiraba estertorosamente. Llevaba puesta una bata y las zapatillas. En su mano derecha se veía un cuchillo afilado, curvo y brillante. Pero no brillaba todo él... aquí y allá estaba oscurecido por relucientes manchas rojas.

Hércules Poirot exclamó en voz baja:

—¡Dios mío!

Frobisher dijo con sequedad:

—Ella está bien. No le ha hecho nada —levantó la voz y llamó—: ¡Diana! Somos nosotros; déjenos entrar.

Poirot oyó cómo el almirante gruñía para sí:

—¡Mi hijo! ¡Mi pobre hijo!

Se oyó el ruido producido por un cerrojo al descorrerse. Diana abrió la puerta y apareció en el umbral. Tenía la cara mortalmente pálida.

—¿Qué ha ocurrido? —balbuceó—. Hubo alguien que intentó entrar. Oí cómo tanteaban la puerta... y el tirador de la cerradura. Luego arañaron en los paneles... ¡Oh, qué horrible...! Como si fuera un animal...

El coronel observó con aspereza:

—Gracias a Dios, tenías la puerta cerrada.

—El señor Poirot me dijo que lo hiciera.

—Levantémosle y llevémosle dentro —indicó Poirot.

Los dos hombres se inclinaron y levantaron el cuerpo inclinado. Diana contuvo la respiración cuando pasaron por su lado.

—¡Hugh! ¿Es Hugh? ¿Qué es... lo que tiene en las manos?

Las manos del joven estaban manchadas y humedecidas por una sustancia rojiza.

Diana murmuró:

—¿Es sangre?

Poirot miró inquisitivamente a los dos hombres. El almirante asintió y dijo:

—¡Pero no humana, por fortuna! Es de un gato. Lo encontré abajo con el cuello cortado. Después debe de haber subido aquí...

—¿Aquí? —la voz de Diana se desvaneció por el horror que sentía—. ¿Por mí?

Hugh Chandler se agitó en la silla donde le habían sentado y musitó algo entre dientes. Los demás lo miraron fascinados. El joven se irguió y parpadeó.

—¡Hola! —dijo con voz ronca e insegura—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy...?

Se detuvo y miro fijamente el cuchillo que todavía tenía en la mano.

—¿Qué es lo que he hecho? —preguntó.

Sus ojos pasaron de uno a otro y por fin se detuvieron en Diana.

—¿Le hice algo a Diana? —volvió a preguntar Hugh.

Su padre movió negativamente la cabeza.

—¡Decidme lo que ha ocurrido! ¡Debo saberlo! —exclamó el joven.

De mala gana y con grandes vacilaciones se lo contaron. No tuvieron más remedio ante la persistencia de Hugh.

En aquellos momentos estaba saliendo el sol. Hércules Poirot descorrió una cortina y la claridad del nuevo día entró en la habitación.

La cara del muchacho estaba ahora tranquila y su voz era firme.

—Ya comprendo —dijo al fin.

Dejó su asiento, sonrió y se desperezó. Con voz tranquila, dijo:

—Hermosa mañana, ¿no es cierto? Creo que voy a dar una vuelta por el bosque para ver si cazo un conejo.

Y abandonó la habitación.

Pero pasados unos instantes el almirante hizo ademán de salir tras él.

Frobisher le cogió por un brazo y observó:

—No, Charles, no. Es lo mejor... para él y para todos los demás.

Diana se dejó caer sollozando sobre la cama y el almirante Chandler, con voz trémula, replicó:

—Tienes razón, George... tienes mucha razón. El chico es valiente...

Frobisher comentó con voz también insegura:

—Es todo un hombre...

Hubo un momento de silencio, hasta que Chandler exclamó:

—¡Maldita sea! ¿Dónde está ese condenado extranjero?

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