4
Poco después, Hércules Poirot estaba sentado frente a la persona que, sin duda alguna, sabía más cosas que nadie sobre las circunstancias que dieron origen a los rumores.
La enfermera Harrison era una mujer, guapa todavía, cuya edad rondaba los cuarenta años. Tenía las serenas facciones de una madonna, con ojos oscuros, grandes y de expresión afable. Escuchó atentamente al detective y luego dijo con lentitud:
—Sí; ya sabía que circulaban por ahí esos desagradables rumores. He hecho lo que he podido para impedirlo, pero ha sido inútil. A la gente le encantan estas emociones.
—Pero debe de haber ocurrido algo que haya dado lugar a esas habladurías, ¿verdad? —preguntó Poirot.
El detective notó que la expresión de zozobra reflejada en la cara de ella se acentuaba aún más. Pero la mujer se limitó a negar con la cabeza.
—Tal vez —sugirió Poirot— el doctor Oldfield y su esposa no se llevaran bien y eso dio lugar a los rumores.
La enfermera Harrison volvió a sacudir la cabeza con decisión.
—No. El doctor Oldfield fue siempre muy amable y paciente con su esposa.
—¿Estaba realmente muy enamorado de ella?
La mujer titubeó.
—No... no lo podría asegurar. La señora Oldfield era una mujer muy difícil de manejar; no estaba contenta de nada y hacía constantes peticiones de simpatía y atención que no siempre estaban justificadas.
—¿Quiere usted decir que la señora exageraba su condición?
La enfermera asintió.
—Sí... su propia salud era, mayormente, cosa de su propia imaginación.
—Y, sin embargo —observó Poirot con gravedad—, falleció...
—Sí; ya lo sé... ya lo sé...
El detective la contempló durante unos instantes. Veía su turbada confusión y su palpable incertidumbre.
—Creo... estoy seguro —dijo Poirot— de que usted sabe lo que, en principio, dio lugar a todas estas historias.
La enfermera Harrison se sonrojó.
—Bueno... —dijo—, tal vez lo pueda conjeturar. Creo que fue la criada, Beatrice, quien inició los rumores y me figuro qué fue lo que le puso tal idea en la cabeza.
—¿De veras?
La mujer habló con alguna incoherencia.
—Fue algo que tuve ocasión de escuchar... un fragmento de conversación entre el doctor Oldfield y la señorita Moncrieffe. Y estoy completamente segura de que Beatrice lo oyó también, aunque supongo que ella no lo admitiría nunca.
—¿Cuál fue esa conversación?
La enfermera calló durante uno instante, como si comprobara la fidelidad de su memoria. Luego dijo:
—Ocurrió tres semanas antes del ataque que causó la muerte de la señora Oldfield. Ellos se encontraban en el comedor y yo bajaba la escalera cuando oí que Jean Moncrieffe decía: «¿Cuánto va a durar esto? No estoy dispuesta a esperar más.» Y el doctor le contestó: «Ya queda poco, querida, te lo juro.» Ella repitió: «No puedo soportar esta espera. ¿Crees que todo irá bien?» «Desde luego. Nada puede salir mal. Dentro de un año, por estas fechas, estaremos casados», respondió él.
La mujer hizo una pausa.
—Ésta fue la primera noticia que tuve, monsieur Poirot, de que había algo entre el doctor y la señorita Moncrieffe. Yo sabía que él sentía gran admiración por ella y que ambos eran muy buenos amigos, pero nada más. Volví a subir la escalera... sufrí una fuerte impresión..., pero me había dado cuenta de que la puerta de la cocina estaba abierta y desde entonces pienso que Beatrice debió de estar escuchando. Como podrá usted ver, lo que hablaron podía tomarse en dos sentidos. Podía significar tan sólo que el doctor sabía que su esposa estaba muy enferma y no podría sobrevivir mucho más... y no tengo ninguna duda de que esto fue lo que quiso decir..., pero para alguien como Beatrice debió parecer la cosa diferente... como si el doctor y Jean Moncrieffe estuvieran... bueno... estuvieran planeando deliberadamente librarse de la señora Oldfield.
—¿Y no lo cree así usted misma?
—No... no; desde luego que no.
Poirot la miró escrutadoramente.
—Enfermera Harrison —dijo—-, ¿sabe usted alguna cosa más? ¿Algo que todavía no me haya dicho?
Ella enrojeció y dijo con violencia:
—No, no; de veras que no. ¿Qué más podría saber?
—No lo sé. Pero creo que debe de haber... algo.
Ella sacudió la cabeza. La expresión turbada de antes volvió a reflejarse en su cara.
Hércules Poirot comentó:
—Es posible que el Ministerio de la Gobernación ordene la exhumación del cadáver de la señora Oldfield.
—¡Oh, no! —la enfermera parecía horrorizada—. ¡Qué cosa más terrible!
—¿Cree usted que lo sería?
—Creo que sería espantoso. Puede imaginarse lo que se diría. Sería terrible... verdaderamente terrible para el pobre doctor Oldfield.
—¿No opina usted que, en realidad, pudiera ser una cosa favorable para él?
—¿Qué quiere usted decir?
—Si es inocente —dijo Poirot—, su inocencia quedaría probada.
El detective calló y esperó a que la insinuación enraizara en la mente de la enfermera Harrison. Vio cómo ella fruncía el ceño, perpleja, y luego se aclaraba su frente. Aspiró profundamente el aire y miró a Poirot.
—No había pensado en ello —dijo—. Al fin y al cabo, es la única cosa que se puede hacer.
Se oyeron unos golpes en el techo y la enfermera Harrison se levantó de un salto.
—Es mi paciente, la señorita Bristow. Ya se ha despertado de su siesta. Debo ir a ponerla cómoda antes de que le traigan el té y salga yo a dar mi paseo. Sí, monsieur Poirot; creo que tiene usted razón. Una autopsia aclarará de una vez para siempre este asunto. Pondrá las cosas en su sitio y se acabarán esos chismes contra el pobre doctor Oldfield.
Estrechó la mano de Poirot y salió precipitadamente de la habitación.