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El aspecto físico de Hugh Chandler fue lo que más impresionó a Poirot. Alto, magníficamente proporcionado, con un formidable pecho, anchas espaldas y cabellera de matiz leonado. Se veía que rebosaba fuerza y vitalidad.

Al llegar Diana a su casa, junto con Poirot, telefoneó inmediatamente al almirante Chandler y a continuación ella y el detective se dirigieron a Lyde Manor, donde encontraron el té esperándolos en la terraza, y con el té, a tres hombres. Allí estaba el almirante de pelo blanco, envejecido; con los hombros encorvados como si soportaran una carga excesiva; de ojos oscuros y angustiados. Su amigo, el coronel Frobisher, ofrecía un fuerte contraste con él. Un hombrecillo reseco y fuerte, de pelo rojizo que blanqueaba en las sienes. Inquieto, irascible, arisco como un fox terrier, y con un par de ojillos en los que brillaba la astucia. Tenía la costumbre de fruncir las cejas al tiempo que inclinaba y adelantaba la cabeza, mientras miraba con aquellos ojos sagaces a su interlocutor. El otro hombre era Hugh.

—Buen ejemplar, ¿verdad? —dijo el coronel Frobisher.

Habló en voz baja al darse cuenta de que Poirot contemplaba detenidamente al joven.

El detective asintió con la cabeza. Estaba sentado junto a Frobisher. Los otros tres habían colocado sus sillas al extremo opuesto de la mesa y conversaban animadamente, aunque de una forma algo artificiosa.

—Sí; es magnífico —murmuró Hércules Poirot—. Magnífico... Un toro joven. Puede decirse que es el toro dedicado a Poseidón... Un perfecto ejemplar de vigorosa masculinidad.

—Parece bastante robusto, ¿verdad?

Frobisher suspiró. Sus agudos ojillos se volvieron y contemplaron a Hércules Poirot. Al cabo de un rato, dijo:

—Sé quién es usted y a qué se dedica.

—No es ningún secreto.

Poirot agitó una mano con gesto majestuoso. Pareció dar a entender que no «viajaba de incógnito», sino bajo su verdadero nombre.

Después de unos instantes, Frobisher preguntó

—¿Le ha traído la muchacha para que se encargue... del asunto?

—¿Del asunto?

—Lo del joven Hugh... Sí; ya veo que lo sabe todo. Mas lo que no acabo de comprender es por qué acudió la chica a usted... Tal vez no pensó que estas cosas caen fuera de su esfera de acción; que un médico estaría mucho más indicado.

—Yo me encargo de todo lo que se presente... Se sorprendería usted si supiera de la diversidad de casos en que he intervenido.

—Lo que quise decir es que no comprendo del todo qué espera ella de usted.

—La señorita Maberly es una luchadora tenaz —dijo Poirot.

El coronel Frobisher hizo un caluroso gesto de asentimiento.

—Sí; lo es. Una chica excelente. No se rinde jamás; pero de todas formas, ya sabe usted que hay cosas contra las que no es posible luchar...

Su cara tomó de pronto una expresión envejecida y cansada.

Poirot bajó la voz todavía más y murmuró discretamente :

—Tengo entendido que se han dado casos de demencia en la familia, ¿no es eso?

El otro asintió.

—Algún caso de vez en cuando —dijo—. Por lo general, media una generación o dos entre ellos. El abuelo de Hugh fue el último.

Poirot dirigió una rápida mirada hacia donde estaban los otros tres. Diana llevaba la conversación, riéndose y haciendo burla de Hugh. Cualquiera hubiera asegurado que ninguno de ellos tenían la menor congoja que los turbara.

—¿En qué forma se presenta la locura? —preguntó suavemente el detective.

—El abuelo se volvió loco furioso al final. Hasta los treinta años no dio señal alguna de ello... era perfectamente normal. Pero luego empezó a volverse loco. Hasta que la gente se dio cuenta de ello y gran cantidad de rumores empezaron a circular por ahí. Después ya se contó que estaban ocurriendo cosas que se trataba de ocultar. Bueno —se encogió de hombros—, acabo más loco que un cencerro. ¡Pobre diablo! Pero tenía manías homicidas y tuvieron que encerrarlo.

Hizo una corta pausa y luego continuó:

—Creo que vivió muchos años... Eso es lo que teme Hugh. Por ello no quiere que le vea un doctor. Tiene miedo de que lo encierren para toda la vida. No lo censuro por ello, pues yo pensaría igual si me encontrara en su situación.

—¿Y qué dice el almirante Chandler?

—Esto le ha destrozado por completo —contestó Frobisher con sequedad.

—¿Está muy encariñado con su hijo?

—Por completo. Su mujer pereció en un accidente marítimo cuando el muchacho tenía solamente diez años. Desde entonces no vivió más que para su hijo.

—¿Quería mucho a su esposa?

—La adoraba. No solamente él, sino todos los que la conocían. Era... una de las mujeres más agradables que he conocido en mi vida —calló durante unos instantes y después preguntó repentinamente—: ¿Le gustaría ver su retrato?

—Me encantaría.

Frobisher empujó hacia atrás la silla y se levantó. Con voz alta anunció:

—Charles, voy a enseñarle unas cuantas cosas al señor Poirot. Es un entendido en la materia.

El almirante levantó una mano con gesto vago. Frobisher cruzó la terraza y Poirot lo siguió. La cara de Diana se despojó por un instante de su máscara alegre y pareció expresar una pregunta llena de congoja. Hugh levantó también la cabeza y miró fijamente al hombrecillo de los negros mostachos.

El detective entró en la casa junto con Frobisher. Al principio le pareció todo tan oscuro, debido al súbito cambio desde la brillante luz del sol, que con dificultad pudo distinguir las cosas. Pero se dio cuenta de que la casa estaba llena de objetos antiguos y hermosos.

El coronel Frobisher le condujo hasta la Galería de Pinturas. De las artesonadas paredes pendían los retratos de los Chandler desaparecidos hacía ya tiempo. Caras austeras y alegres; hombres vestidos de etiqueta o con uniforme de marino. Mujeres engalanadas.

Frobisher se detuvo ante un retrato, al final de la Galería.

—Pintado por Orpen —dijo... ásperamente.

Representaba la figura de una mujer de alta estatura, que con una mano sujetaba el collar de un galgo. Tenía el cabello de color castaño claro y una expresión de radiante vitalidad.

—El muchacho es su vivo retrato —comentó el coronel—. ¿No lo cree usted?

—En algunas cosas, sí.

—El chico no tiene su delicadeza, desde luego... ni su femineidad. Es una edición masculina... pero en todas las partes esenciales... —su voz se quebró—. Lástima que heredara de los Chandler la única cosa sin la cual hubiera ido mejor...

Ambos guardaron silencio. El aire alrededor de ellos parecía tener un hálito de melancolía. Como si los difuntos Chandler lamentaran la tara que llevaban en la sangre y que sin saberlo se pasaba de unos a otros...

Hércules Poirot volvió la cabeza para mirar a su acompañante. George Frobisher contemplaba todavía a la hermosa mujer del cuadro. Y el detective dijo con tono suave:

—¿La conocía íntimamente...?

Frobisher balbuceó:

—Siempre estábamos juntos cuando éramos niños. Luego me destinaron al Ejército en la India, como subalterno... Ella tenía entonces dieciséis años, y cuando regresé... se había casado con Charles Chandler.

—¿Lo conocía también a él?

—Charles es uno de mis más viejos amigos. Es mi mejor amigo y siempre lo ha sido.

—¿Después que se casaron... los veía a menudo?

—Solía pasar aquí casi todos mis permisos. Esta casa ha sido para mí como un segundo hogar. Charles y Caroline siempre me tenían preparada una habitación —enderezó los hombros, y de pronto adelantó la cabeza con aire belicoso—. Por eso estoy ahora aquí; para ayudar en lo que haga falta. Si Charles tuviera necesidad de mí... Aquí me tendrá.

La sombra de la tragedia se cernió otra vez sobre ellos.

—¿Qué opina usted... acerca de todo esto? —preguntó Poirot.

Frobisher se mantuvo erguido. Sus cejas se abatieron sobre los ojos.

—Creo que cuanto menos se hable de ello, mejor. Y para serle franco, no sé qué es lo que hace usted aquí, señor Poirot. No veo la razón de que Diana le trajera.

—¿Está usted enterado de que ha sido roto el compromiso entre Diana y Hugh Chandler?

—Sí; ya lo sabía.

—¿Y conoce la razón de ello?

Frobisher replicó con sequedad:

—No tengo ni la menor idea. Los jóvenes arreglan estas cosas entre ellos. No debe uno mezclarse.

—Hugh le dijo a Diana que no tenía ningún derecho a casarse con ella, porque iba a volverse loco.

Vio cómo el sudor perlaba la frente de Frobisher.

—¿Es que no hay más remedio que hablar de este maldito asunto? —exclamó el coronel—. ¿Qué cree usted que puede hacer? Hugh se ha portado como debía. No tiene la culpa de ello; es herencia... gérmenes embrionarios... células cerebrales... Pero una vez que el chico lo ha sabido, ¿qué otra cosa podía hacer más que romper el compromiso? Es algo que debe llevarse a cabo, tanto si se quiere como si no.

—Si pudiera llegar a convencerme de ello...

—Fíese de lo que le he dicho.

—Pero si no me ha dicho nada.

—Ya le advertí que no quería hablar de esto.

—¿Por qué obligó el almirante Chandler a su hijo a que abandonara la armada de tan súbita manera?

—Porque no podía hacer otra cosa.

—Pero, ¿por qué razón?

Frobisher sacudió obstinadamente la cabeza.

Poirot murmuró:

—¿Tuvo algo que ver con unas cuantas ovejas que aparecieron degolladas?

El otro habló con acento colérico.

—Por lo visto ya oyó hablar de ello.

—Diana me lo dijo.

—Esa chica hubiera hecho mejor cerrando la boca.

—Pues ella no cree que esto sea conclusivo.

—No sabe nada.

—¿Qué es lo que no sabe?

De mala gana y con enfado, Frobisher contestó:

—Está bien; ya que de todas formas ha de enterarse... Cierta noche, Chandler oyó un ruido y pensó que alguien había entrado en la casa. Salió a ver qué ocurría y se encontró con que la luz de la habitación de su hijo estaba encendida. Chandler entró y vio a Hugh dormido en la cama; profundamente dormido, sin desvestir. Tenía las ropas llenas de sangre y el lavabo rebosaba de ella. Su padre no pudo despertarlo y a la mañana siguiente se enteró de que habían encontrado a unas cuantas ovejas degolladas. Preguntó a Hugh, pero el muchacho no sabía nada. No recordaba haber salido de casa, aunque se encontraron sus zapatos, manchados de barro, junto a la puerta trasera. No pudo explicar tampoco el origen de la sangre que llenaba el lavabo. No sabía nada de lo que había pasado. El pobre chico no estaba enterado entonces de lo que estaba ocurriendo.

«Charles me vino a buscar y me lo contó todo —continuó el coronel— ¿Qué era lo mejor que se podía hacer? Luego sucedió otra vez... tres noches después. Posteriormente... bueno; ya puede imaginárselo. El chico tuvo que abandonar el servicio. Viviendo aquí al lado de su padre, éste podía vigilarlo mejor. No podía arriesgarse a que causara un escándalo en la Armada. Era la única cosa que se podía hacer.

—¿Y desde entonces...? —preguntó Poirot.

Frobisher replicó con aspereza:

—No voy a responder a ninguna pregunta más. ¿No cree usted que Hugh conoce mejor lo que le está pasando?

Poirot no contestó. Como de costumbre, no estaba dispuesto a admitir que alguien supiera una cosa mejor que Hércules Poirot.

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