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Varias horas después, la luna se asomaba coquetamente de vez en cuando por entre los claros que formaban las nubes. Poirot y su nuevo amigo habían caminado varias millas. El detective cojeaba. Por su mente cruzó la idea de que, al fin y al cabo, debían existir unos zapatos más apropiados para ir por el campo que los de charol que llevaba en aquel momento. George le había insinuado respetuosamente que se llevara un buen par de abarcas.
Poirot no hizo caso de aquella idea, pues le gustaba llevar los pies bien calzados y relucientes. Pero ahora, correteando por aquel pedregoso sendero, se dio cuenta de que había otra clase de calzado...
Su compañero observó de pronto:
—¿No cree que ésta es la mejor forma de ponerme a mal con el cura? No quiero tener un pecado mortal sobre mi conciencia.
—Tan sólo ayudará a devolver al César lo que es del César —aseguró Poirot.
Habían llegado junto a la tapia del convento y Atlas se preparó para ejecutar su parte.
Exhaló un gemido y declaró con voz baja y lastimera que estaba hecho trizas.
Poirot habló con acento autoritario.
—Estése quieto. No es el peso del mundo el que ha de soportar..., sino tan sólo el de Hércules Poirot.