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Edward Ferrier, con la cara pálida y tensa, se dirigió a Poirot.
—¡Esos ataques a mi mujer... son obscenos... absolutamente obscenos! Voy a entablar una demanda contra ese vil periodicucho.
—Yo no le aconsejaría eso —observó Poirot.
—Pero convendrá conmigo en que esas condenadas mentiras deben acabar.
—¿Está usted seguro de que son mentiras?
—¡Maldita sea! ¡Sí!
Con la cabeza ligeramente ladeada, Poirot preguntó:
—¿Y qué dice su esposa?
Por un momento Ferrier pareció desconcertarse.
—Ella opina que lo mejor es no darse por enterados... Pero yo no puedo hacerlo. Todo el mundo habla...
—Sí; todo el mundo habla —replicó el detective.