Capítulo II



La hidra de Lerna

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Hércules Poirot pareció animar con la mirada al hombre sentado frente a él. El doctor Oldfield tendría unos cuarenta años. Su cabello rubio le griseaba en las sienes y los ojos azules tenían una expresión preocupada. Estaba algo turbado y sus maneras denotaban incertidumbre. Además, parecía como si le fuera dificultoso llegar a tratar el asunto primordial de su visita.

Tartamudeando ligeramente dijo:

—He venido a verle, señor Poirot, para hacerle una petición bastante extraña. Y ahora que estoy aquí, casi me inclino a no seguir adelante. Pues ahora me doy perfecta cuenta de que es un asunto sobre el cual posiblemente nadie pueda hacer nada.

—Respecto a ese punto, permítame que sea yo el que opine —observó Poirot.

Oldfield refunfuñó:

—No sé por qué pensé que tal vez...

Calló y Hércules Poirot acabó la frase:

—¿Que tal vez se le pudiera ayudar? Muy bien, quizá pueda ser así. Cuénteme su problema.

Oldfield se irguió y Poirot se dio cuenta de nuevo de cuan preocupado parecía aquel hombre. Con un tono desesperanzado en su voz, Oldfield dijo:

—No sacaría ningún provecho acudiendo a la policía... No podría hacer nada. Y sin embargo... cada día que pasa empeora la situación. Yo... no sé qué hacer...

—¿Qué es lo que empeora?

—Los rumores... Es muy sencillo, señor Poirot. Hace poco más de un año murió mi mujer. Estuvo enferma durante algunos años. Y ahora dicen... todos dicen que yo la maté... ¡que la envenené!

—¡Aja! —exclamó el detective—. ¿Y la envenenó usted en realidad?

—¡Señor Poirot! —exclamó el doctor Oldfield levantándose.

—Cálmese. Tome asiento otra vez. Tenemos pues, que usted no envenenó a su señora. Usted practica la medicina en un distrito rural, según supongo...

—Sí. En Market Loughborough, en Berkshire. Siempre estuve seguro de que era un pueblo donde la gente se dedicaba en gran escala a la murmuración, mas nunca llegué a suponer que llegaran a tal extremo —adelantó un poco la silla en que estaba sentado—. No puede usted imaginar lo que he tenido que pasar, señor Poirot. Al principio no me di cuenta de lo que sucedía. Notaba que la gente se mostraba menos cordial, que existía cierta tendencia a evitar todo encuentro conmigo..., pero todo lo achacaba a mi reciente desgracia familiar. Luego, la cosa se hizo más patente. Hasta en la calle, la gente cambiaba de acera para no hablar conmigo. Cada día acuden menos pacientes a mi consultorio. Adonde quiera que vaya tengo la sensación de que se habla en voz baja; de que ojos hostiles me vigilan, mientras las lenguas maliciosas van vertiendo su veneno mortal. He recibido una o dos cartas... repugnantes.

Hizo una pausa y luego prosiguió:

—Y... y yo no sé qué podría hacer para evitarlo. No sé cómo he de luchar contra esto... contra este tejido de mentiras y sospechas. ¿Cómo se puede refutar una cosa que nunca se dice cara a cara? Soy impotente... no puedo encontrarle una salida a esto... y lenta y despiadadamente me están buscando la ruina.

Poirot afirmó con aspecto pensativo.

—Sí. El rumor es exactamente igual que la hidra de Lerna, que tenía nueve cabezas y no podía ser destruida, porque tan pronto se le cortaba una de ellas, nacían dos para reemplazarla.

—Eso es —convino el doctor Oldfield—. No puede hacerse nada... ¡nada! Vine a verle, contando con usted como último recurso..., pero no creo que pueda hacer algo por mí.

Hércules Poirot permaneció callado durante unos instantes y luego observó:

—No diría yo tanto. Su problema me interesa, doctor Oldfield. Me gustaría destruir el monstruo policéfalo. Pero antes de ello, cuénteme algo más sobre las circunstancias que dieron lugar a tan maliciosa murmuración. Según me ha dicho, su señora murió hace poco más de un año. ¿Cuál fue la causa de su muerte?

—Una úlcera gástrica.

—¿Se le hizo la autopsia?

—No. Venía padeciendo de trastornos gástricos desde hacía bastante tiempo.

Poirot asintió.

—Y los síntomas de una inflamación gástrica, y los del envenenamiento por arsénico son muy parecidos... Un hecho que todo el mundo sabe hoy en día. Durante los diez últimos años se han producido, por lo menos, cuatro sensacionales casos de asesinato, y en cada uno de ellos, la víctima ha sido enterrada sin que se sospechara nada, achacándose la muerte, en el certificado de defunción, a desórdenes gástricos. ¿Su señora era más joven que usted?

—No. Tenía cinco años más que yo.

—¿Hacía mucho tiempo que estaban ustedes casados?

—Quince años.

—¿Dejó algunos bienes al morir?

—Sí. Estaba en muy buena posición económica. Dejó aproximadamente unas treinta mil libras.

—Una suma muy bonita. ¿Se la legó a usted?

—Sí.

—¿Estaba usted en buenas relaciones con su esposa?

—Claro que sí.

—¿Nada de peleas ni escenas?

—Bueno... —Charles Oldfield titubeó—. Mi esposa era lo que se pudiera llamar una mujer de trato difícil. Estaba enferma y se preocupaba mucho por su salud. Por lo tanto, tendía siempre a enojarse y a no encontrar nada a su gusto. Había días en que nada de lo que yo hiciera la complacía.

Poirot asintió de nuevo y comentó:

—Sí; ya conozco a esa clase de mujeres. Se quejaría, posiblemente, de que no la cuidaba; de que se la despreciaba... de que su marido estaba cansado de ella y de que se alegraría cuando muriera.

La cara de Oldfield reflejó la verdad encerrada en las conjeturas del detective.

—Lo ha comprendido usted exactamente —dijo, sonriendo.

Poirot prosiguió:

—¿La cuidó alguna enfermera? ¿O una señora de compañía? ¿O, tal vez, una criada de confianza?

—Una enfermera fija. Una mujer muy sensata y competente. No creo que sea ella quien haya empezado las habladurías.

Le bon Dieu ha dado lengua hasta a las personas más sensatas y competentes... y no siempre la emplean con cordura. ¡No tengo ninguna duda de que la enfermera habló, de que hablaron los criados, y de que habló todo el mundo! Ahí tiene usted todos los materiales que se requieren para iniciar un sabroso escándalo pueblerino. Y ahora le voy a preguntar otra cosa. ¿Quién es ella?

—No lo comprendo —el doctor Oldfield enrojeció a impulsos de su irritación.

Poirot comentó suavemente:

—Yo creo que me ha entendido muy bien. Le estoy preguntando por la dama con quien su nombre se ha visto mezclado.

El doctor Oldfield se levantó. La expresión de su cara era fría y dura.

—No existe ninguna dama en el caso —dijo—. Siento mucho, monsieur Poirot, haberle hecho perder tanto tiempo.

Se dirigió hacia la puerta.

—Yo también lo siento —observó Poirot—. Su caso me interesa. Me hubiera gustado ayudarle, pero no puedo hacer nada, a menos que me cuente usted toda la verdad.

—Ya se la he dicho...

—No...

El médico se detuvo y dio la vuelta.

—¿Por qué insiste en que hay una mujer relacionada con el asunto?

Mon cher docteur, ¿cree acaso que no conozco la mentalidad femenina? Las murmuraciones de los pueblos se basan siempre en las relaciones entre un hombre y una mujer. Si un hombre envenena a su esposa con el fin de poder hacer un viaje al Polo Norte, o para disfrutar de la paz que depara la vida de soltero... no hay cuidado de que sus convecinos se tomen el menor interés por él. Pero cuando están convencidos de que el asesinato se cometió con el fin de que el hombre pudiera casarse con otra mujer, las habladurías crecen y circulan. Eso es psicología elemental.

Oldfield replicó con irritación:

—¡Yo no soy responsable de lo que piensen un hatajo de malditos murmuradores!

—Desde luego que no.

Poirot prosiguió:

—Por consiguiente, debe usted volver a tomar asiento y contestar a la pregunta que le hice antes.

Lentamente, casi con repugnancia, el médico volvió a ocupar su asiento.

Ruborizado en extremo, dijo:

—Me figuro que tal vez hayan hablado acerca de la señorita Moncrieffe. Jean Moncrieffe es mi ayudante; una muchacha muy agradable.

—¿Ha trabajado durante mucho tiempo con usted?

—Tres años.

—¿Le resultaba simpática a su esposa?

—Ejem..., pues no; no del todo.

—¿Estaba celosa de ella?

—¡Hubiera sido absurdo!

Poirot sonrió.

—Los celos de las mujeres casadas son proverbiales. Pero le diré algo más. Basándome en mi experiencia puedo asegurar que los celos, por inmotivados y extravagantes que parezcan, siempre están fundados en hechos reales. Existe un aforismo comercial que dice que el cliente siempre tiene razón, ¿verdad? Pues bien, lo mismo ocurre con el marido o la esposa que sienten celos. Por pequeñas e inconcretas que sean las pruebas, fundamentalmente siempre tienen razón.

El doctor Oldfield replicó con enérgico y seguro acento:

—¡Simplezas! En ninguna ocasión le dije a Jean Moncrieffe cosa alguna que no pudiera oír mi esposa.

—Tal vez. Pero eso no altera la veracidad de cuanto le acabo de decir —Hércules Poirot se inclinó hacia delante y con voz apremiante añadió—: Doctor Oldfield, voy a hacer cuanto pueda en este caso. Pero necesito que me sea usted absolutamente franco, sin preocuparse de las apariencias convencionales o sus propios sentimientos. ¿No es verdad que dejó de gustarle su mujer desde cierto tiempo antes de que muriera?

El médico no replicó en seguida.

—Eh... este asunto acabará conmigo —dijo al fin—. Pero debo tener esperanza. De cualquier forma, presiento que será usted capaz de hacer algo por mí. Seré sincero con usted, monsieur Poirot. Mi mujer no me gustó nunca. Según creo, fui para ella un buen marido, pero jamás estuve enamorado.

—¿Y por lo que respecta a esa muchacha?

Un tenue sudor cubrió la frente del médico.

—Le... le hubiera pedido que se casara conmigo hace tiempo, a no ser por todo el escándalo y las habladurías que se han producido —confesó.

Poirot se recostó en su asiento.

—¡Por fin hemos llegado a los hechos verdaderos! —comentó—. Eh bien, doctor Oldfield: me encargaré de su caso. Pero recuerde que lo que sacaré a la luz será la verdad pura y simple.

Oldfield contestó con amargura:

—¡No será la verdad lo que me perjudique!

Titubeó un instante y luego añadió:

—Sepa usted que estuve considerando la posibilidad de presentar una demanda por difamación. Si pudiera atribuir una acusación concreta a alguien, tal vez mi nombre fuera vindicado. Algunas veces he pensado en ello... mas en otras creo que tal proceder sólo serviría para empeorar las cosas; dar mayor publicidad al asunto y hacer que la gente dijera: «No se ha podido probar nada, pero cuando el río suena...»

Miró a Poirot.

—Dígame, con franqueza, ¿hay algún modo de poder salir de esta pesadilla?

—Siempre existe una manera adecuada —contestó el detective.

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