7



Hugh Chandler entró en la armería, descolgó su escopeta y se aprestaba a cargarla, cuando la mano de Poirot descansó pesadamente en su hombro.

El detective pronunció una sola palabra, pero la dijo con extraordinaria autoridad:

—¡No!

El joven lo miró fijamente y con voz colérica advirtió:

—Quíteme las manos de encima y no se meta en esto. Le digo que va a producirse un accidente. Es la única forma de acabar.

De nuevo volvió a repetir Poirot:

—¡No!

—¡No! ¿Acaso no se da cuenta de que si no hubiera sido porque Diana cerró la puerta, la hubiera degollado?

—Nada de eso. Usted no hubiera hecho el menor daño a la señorita Maberly.

—Maté al gato, ¿no es eso?

—No. Usted no lo mató. Ni al loro ni a las ovejas.

Hugh lo contempló ahora detenidamente y preguntó:

—¿Está usted loco o lo estoy yo?

Hércules Poirot replicó:

—Ninguno de los dos lo estamos.

En aquel momento entraron en la armería el almirante Chandler y el coronel Frobisher. Detrás de ellos entró Diana.

—Este individuo dice que no estoy loco —dijo Hugh con voz débil.

—Tengo la gran satisfacción de anunciarle que está usted entera y completamente sano —añadió Poirot.

Hugh lanzó una carcajada. Una carcajada como la que profería un lunático.

—¡Esto sí que es divertido! ¿Es de estar cuerdo el ir cortando el cuello de las ovejas y de otros animales? ¿Estaba yo cuerdo cuando maté al loro? ¿Y cuando degollé al gato esta noche?

—Ya le he dicho que usted no mató a esos animales.

—Entonces, ¿quién lo hizo?

—Alguien que lleva en el ánimo el solo propósito de demostrar que está usted loco. En cada una de aquellas ocasiones le administraron un fuerte soporífero y le pusieron en la mano un cuchillo manchado de sangre o una navaja de afeitar. Y ese alguien fue el que se lavó las manos ensangrentadas en el lavabo.

—Pero, ¿por qué?

—Con objeto de que hiciera usted lo que estaba dispuesto a llevar a cabo cuando yo lo detuve.

Hugh lo miró asombrado y Poirot se dirigió al coronel Frobisher:

—Coronel: ha vivido usted muchos años en la India. ¿No oyó hablar de casos en que alguien se ha vuelto loco porque se le administraron drogas intencionadamente?

La cara del militar se iluminó.

—No tuve ocasión de ver ningún caso personalmente, pero oí hablar de ello muy a menudo. Terminan por volverse locos de veras. Los envenenan con estramonio.

—Exactamente. Pues bien; el principio activo del estramonio está estrechamente ligado y aun puede decirse que es la propia atropina... la cual se extrae asimismo de la belladona o de la dulcamara. Los preparados de belladona son muy comunes y el mismo sulfato de atropina se prescribe libremente para tratar las afecciones de los ojos. Duplicando una receta y haciéndola preparar en diferentes sitios, puede conseguirse una gran cantidad de veneno sin provocar sospechas. El alcaloide puede extraerse de dicho preparado e introducirse luego en... una crema de afeitar, pongamos por ejemplo. Aplicada a la cara, producirá una especie de sarpullido que, a su vez, originará cortes y rozaduras al afeitarse, con lo cual, la droga tendrá un acceso constante al sistema circulatorio. Todo ello causa ciertos síntomas, tales como sequedad de boca y garganta; dificultad en tragar, alucinaciones y, en fin, todo lo que ha experimentado el señor Chandler.

Se volvió hacia el joven.

—Y para borrar toda duda de su mente, le diré que esto no son suposiciones, sino hechos reales. Su crema de afeitar estaba fuertemente impregnada de sulfato de atropina. Cogí una muestra y la hice analizar.

Pálido y tembloroso, Hugh preguntó:

—¿Quien lo hizo? ¿Y por qué?

—Eso es lo que he estado buscando desde que llegué aquí. Trataba de encontrar el motivo para un asesinato. Diana Maberly ganaba económicamente al morir usted, pero no consideré en serio tal aspecto de la cuestión...

—¡No hubiera faltado más! —exclamó la joven.

—Enfoqué otro posible motivo. El consabido triángulo; dos hombres y una mujer. El coronel Frobisher estuvo enamorado de su madre de usted, pero el almirante Chandler se casó con ella.

El almirante gritó:

—¡George! No lo creo.

Hugh comentó con tono incrédulo:

—¿Cree usted que su odio podía extenderse hasta mí...?

—Bajo determinadas circunstancias, sí —replicó Hércules Poirot.

Frobisher exclamó:

—¡Eso es mentira! No lo creas. Charles.

El almirante se apartó de su lado mientras murmuraba:

—Estramonio, la India. Sí; ya comprendo. Nunca sospechamos del veneno, considerando que ya se habían producido casos de locura en la familia...

Mais oui! —la voz de Poirot se levantó chillona—. Locura hereditaria. Un loco propenso a la venganza; astuto, como son los locos; ocultando su demencia durante años —se volvió hacia Frobisher—. Mon Dieu, usted ha debido saberlo; ha debido sospechar que Hugh era su propio hijo. ¿Por qué no se lo dijo nunca?

Frobisher tragó saliva y tartamudeó:

—No lo sabía. No podía estar seguro... Caroline acudió a mí en cierta ocasión; estaba terriblemente asustada y en un apuro. No sé, ni nunca supe, de qué se trataba. Ella... y yo... perdimos la cabeza. Después me alejé de ella... pues era la única cosa que podíamos hacer, ya que ambos sabíamos que otra cosa era imposible. Por mi parte... bueno; me lo pregunté en ocasiones, pero jamás pude tener la seguridad de ello. Caroline nunca me insinuó nada que me diera la certeza de que Hugh era hijo mío. Y luego, cuando aparecieron los síntomas de locura, creí que la cosa se aclaraba definitivamente.

—Sí; se aclaró la cosa. Tal vez no se dio usted cuenta de la forma en que el muchacho adelantaba la cabeza y fruncía el entrecejo... un ademán que heredó de usted. Pero Charles Chandler sí lo vio. Lo vio hace ya muchos años... y se las arregló para hacer confesar la verdad a su mujer. Creo que ella le temía, porque empezó a revelar su demencia. Eso fue lo que la llevó hasta sus brazos, Frobisher; hasta usted, a quien siempre había amado. Charles Chandler planeo su venganza. Su mujer murió en un accidente marítimo. Ambos salieron a pasear en barca y sólo él sabe cómo sucedió el accidente. Luego se dedicó a centrar contra el muchacho todo el odio que sentía. Odio hacia el chico que llevaba su apellido, pero que no era hijo suyo. Las historias que contaba usted sobre la India le hicieron concebir la idea del estramonio. Hugh se volvería loco lentamente, hasta el momento en que, desesperado, se quitaría la vida. El sádico deseo de verter sangre no era de Hugh, sino del almirante Chandler. Y fue éste quien degolló las ovejas. ¡Pero las consecuencias las debía pagar Hugh!

»¿Sabe usted cuándo empecé a sospechar? —prosiguió Poirot—. Cuando el almirante Chandler se mostró tan contrario a que su hijo fuera reconocido por un médico. Por parte del muchacho era una cosa natural. ¡Pero su padre...! Tenían que existir tratamientos adecuados que podrían salvar a su hijo... Había cientos de razones por las cuales debía buscar la opinión de un doctor. Pero no; no podía permitir que ningún médico viera a Hugh Chandler, pues en dicho caso se hubiera descubierto que estaba cuerdo.

El joven comentó lentamente:

—Cuerdo... ¿estoy cuerdo?

Frobisher observó con acento destemplado:

—Claro que estás cuerdo. No hay taras de esa especie en «nuestra» familia.

—¡Hugh!... —exclamó Diana.

El almirante Chandler cogió la escopeta que dejaba el joven y refunfuñó:

—¡Todo eso son tonterías! Voy a ver si cazo un conejo...

Frobisher quiso adelantarse, pero la mano de Poirot le retuvo.

—Acaba usted de decir, hace poco, que era la mejor manera...

Hugh y Diana habían salido de la habitación.

Los dos hombres, el inglés y el belga, vieron cómo el último de los Chandler cruzaba el jardín y se adentraba en el bosque...

Al poco rato oyeron un disparo...

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