Capítulo VIII



Los caballos de Diomedes

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Sonó el teléfono.

—¿Es usted, Poirot?

El detective reconoció la voz del joven doctor Stoddart. Apreciaba a Michael Stoddart; le gustaba la timidez amistosa de su sonrisa; le divertía su ingenuo interés por los asuntos relacionados con el crimen y le respetaba como hombre infatigable y entendido en la profesión que había escogido.

—No sabe cuánto siento molestarle... —la voz titubeó.

—Pero algo le preocupa, ¿verdad? —suspiró Hércules Poirot agudamente.

—Así es —la voz de Michael Stoddart pareció reflejar su alivio—. Acertó usted.

Eh bien, ¿en qué puedo ayudarle, amigo mío?

Stoddart habló con timidez y tartamudeó un poco al contestar:

—Me figuro... que será una gran desfachatez por mi parte si... le ruego que venga a estas horas de la noche... Pero me encuentro en un pequeño apuro y...

—Claro que iré. ¿A su casa?

—No... Me encuentro ahora en el callejón que hay detrás de ella. En el número diecisiete de Connigby Mews. ¿Es cierto que puede venir? No sabe cuánto se lo agradezco.

—Estaré ahí dentro de un momento —replicó Poirot.

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