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El día pasó sin ningún incidente. Por fortuna, el hotel estaba bien avituallado. El gerente anunció que no debían pasar cuidado por tal cosa. Las provisiones no faltarían.

Hércules Poirot intentó trabar conversación con el doctor Karl Lutz, pero no tuvo ningún éxito. El doctor insinuó claramente que la psicología era su preocupación profesional y que no estaba dispuesto a discutir tal materia con un aficionado. Tomó asiento en un rincón y siguió la lectura de un grueso tomo alemán que trataba sobre el subconsciente. De vez en cuando tomaba alguna nota.

Poirot salió de la casa y se dirigió, casualmente al parecer, hacia donde estaba situada la cocina. Una vez allí probó de hacer charlar al viejo Jacques, pero éste se mostró esquivo y desconfiado. Su mujer, la cocinera, fue más asequible. Por suerte, explicó a Poirot, tenían gran cantidad de conservas... aunque ella no era partidaria de tal clase de alimentación. Además de ser terriblemente caras... ¿qué sustancia podía encontrarse en ellas? Dios al hacer el mundo no se propuso que la gente viviera de latas de conservas.

La conversación fue derivando hacia el tema referente al servicio del hotel. A primeros de julio llegaban las criadas y los camareros de refuerzo. Pero durante las próximas tres semanas no habría nadie o casi nadie. La gente que subía, en su mayor parte, comía allí y luego volvía al pueblo. Ella, Jacques y el camarero, se bastaban para cuidar de todo.

—Antes de que viniera Gustave hubo aquí otro camarero, ¿verdad? —preguntó Poirot.

—Sí; desde luego. Era un camarero muy malo. No tenía habilidad ni experiencia. No servía para nada.

—¿Estuvo mucho tiempo antes de que lo reemplazara Gustave?

—Sólo unos pocos días... menos de una semana. Lo despidieron, como es natural. No nos sorprendimos, era una cosa que se veía venir.

—¿No protestó por ello?

—No, se fue bastante a la chita callando. Al fin y a la postre, ¿qué es lo que podía esperar? Éste es un hotel de primera categoría y el servicio debe ser bueno.

Poirot asintió.

—¿Y adonde fue cuando se marchó de aquí? —preguntó.

—¿Se refiere usted a Roberto? —encogió los hombros—. Sin duda al cafetucho de donde vino.

—¿Bajó en el funicular?

La mujer lo miró con curiosidad.

—Naturalmente, señor. ¿Por qué otro camino pudo irse?

—¿Lo vio alguien cuando se marchaba?

Los dos cónyuges miraron fijamente al detective.

—¿Cree usted que debíamos ir a ver cómo se marchaba aquel inútil...? ¿A tributarle una gran despedida? Una tiene ya bastante con sus ocupaciones —replicó la mujer.

—Eso es —dijo Poirot.

Se alejó lentamente de allí, mirando al propio tiempo el edificio que se levantaba ante él. Un hotel de vastas proporciones. Entonces sólo se utilizaba una de sus alas. En las otras había muchas habitaciones, cerradas, donde no era probable que encontrara a nadie.

Al dar la vuelta a una esquina casi se dio de bruces con uno de los tres jugadores de cartas. Era el de la cara redonda y ojos pálidos. Miró a Poirot con aquellos ojos que carecían de toda expresión. Solamente los labios se contrajeron un poco, mostrando los dientes como un caballo resabiado.

El detective pasó por su lado y continuó el paseo. Ante sí vio una figura... la elevada y airosa figura de la señora Grandier.

Poirot apresuró el paso y se sintió al lado de la aparecida.

—Este accidente del funicular ha sido una contrariedad —Comentó—. Espero, señora, que no le habrá causado ningún perjuicio.

—Me tiene sin cuidado tal cosa —replicó ella.

Tenía una voz profunda, de contralto. No miró a Poirot. Dio la vuelta y entró en el hotel por una puertecilla lateral.

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