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Mientras mordisqueaba delicadamente una pasta y sostenía sobre las rodillas una taza de té, Hércules dejó que la conversación se hiciera más confidencial entre él y la señorita Leatheran. La mujer había tenido la amabilidad de invitarlo a tomar el té y, por consiguiente, se hizo el firme propósito de averiguar exactamente qué se proponía hacer en el pueblo aquel pequeño y raro extranjero.

Durante algún tiempo el detective fue refrenando con habilidad los intentos de la vieja solterona para hacerle hablar... con lo que consiguió excitar aún más la curiosidad de ella. Luego, cuando juzgó que había llegado el momento, se inclinó hacia delante.

—¡Ah, señorita Leatheran! —exclamó—. He de reconocer que es usted demasiado lista para mí. Adivinó usted mi secreto. He venido a este pueblo a requerimiento del Ministerio de la Gobernación. Pero, por favor —bajó la voz—, no haga uso de esta información.

—Desde luego, desde luego —la señorita Leatheran se sintió halagada y emocionada hasta lo más íntimo de su ser—. El Ministerio de la Gobernación..., ¿no querrá usted referirse... a la pobre señora Oldfield?

Poirot, lentamente, hizo varios signos afirmativos con la cabeza.

—¡Bien, bien! —la mujer exhaló con estas palabras toda una gama de emociones agradables.

—Como comprenderá, es un asunto muy delicado —dijo Poirot—. Tengo orden de informar sobre si hay suficientes motivos o no para una exhumación.

—¡Van a desenterrar a la pobrecita! —exclamó la señora Leatheran—. ¡Qué horror!

Si hubiera dicho: «¡Qué estupendo!», en lugar de: «¡Qué horror!», las palabras hubieran cuadrado mejor al tono de su voz.

—¿Cuál es su opinión sobre el caso, señorita Leatheran?

—Pues verá, monsieur Poirot; se han dicho muchas cosas. Pero yo nunca hice caso de ellas. Ya sabe cuántas habladurías infundadas circulan por ahí. No hay duda de que el doctor Oldfield se ha portado de una forma rara desde que ocurrió la muerte de su mujer, pero yo siempre dije que no había por qué asociarlo a una conciencia culpable. Pudo ser, simplemente, el efecto de la pena que sentía. Desde luego, él y su mujer no se tenían mucho afecto. Y esto sí que lo sé... de buena tinta. La enfermera Harrison, que cuidó de la señora Oldfield durante tres o cuatro años, hasta que murió, está conforme con tal afirmación. Y, además, siempre me ha parecido, ¿sabe usted?, que la enfermera sospecha algo... No creo que ella haya dicho nada por ahí, pero por la forma en que habla se puede deducir, ¿no le parece?

Poirot comentó con tristeza:

—¡Existen tan pocos indicios sobre los que pueda uno trabajar...!

—Sí; ya lo sé, monsieur Poirot; pero si exhuman el cadáver lo sabrán todo.

—Desde luego —convino el detective—. Entonces lo sabremos todo.

—Ya han ocurrido casos como éste, desde luego —dijo la señorita Leatheran, temblándole las aletas de la nariz con excitación—. El de Armstrong, por ejemplo, y el de aquel otro hombre no me acuerdo de su nombre... y el de Crippen, desde luego. Siempre me pregunto si Ethel le Neuve fue su cómplice. Desde luego Jean Moncrieffe es una muchacha muy agradable, se lo aseguro... no me atrevería a decir que influyera sobre él..., pero los hombres hacen muchas tonterías por una chica, ¿no le parece? Y, desde luego, estuvieron siempre demasiado juntos.

Poirot no replicó. La miró con expresión inocente e inquisitiva, calculada para producir un nuevo lujo de información. En su fuero interno se estaba divirtiendo al contar las veces que repetía las palabras «desde luego».

—Y, desde luego —siguió ella—, con la autopsia y todo lo demás, saldrán a relucir muchas cosas, ¿verdad? Me refiero a los sirvientes. Los criados están enterados siempre de muchas interioridades, ¿no le parece? Y, desde luego, es completamente imposible impedirles que se entreguen a la murmuración, ¿verdad? Beatrice, la criada de los Oldfield, fue despedida casi inmediatamente después del entierro... Siempre me pareció una cosa rara... en especial, si se piensa en las dificultades con que se tropieza hoy para encontrar servidumbre. Da la impresión de que el doctor Oldfield tuviera miedo de que ella supiera demasiado.

—Me estoy convenciendo de que existen suficientes motivos para iniciar una investigación —dijo solemne Poirot.

La señorita Leatheran se estremeció con aparente repugnancia.

—No es muy agradable la idea —dijo—. Pensar que nuestro apacible pueblecito aparecerá en los periódicos... y en toda la publicidad que se dará al caso...

—¿Eso le preocupa?

—Un poco. Estoy algo chapada a la antigua.

—Y, como dice usted, posiblemente todo se reducirá a unas cuantas habladurías.

—Bueno... yo no diría tanto. Pues sepa usted que hay mucha verdad en el refrán de que cuando el río suena, agua lleva.

—Yo estaba pensando exactamente lo mismo —admitió Poirot.

El detective se levantó.

—¿Puedo fiarme de su discreción, mademoiselle?

—¡Oh, desde luego! No diré ni una palabra a nadie.

Poirot sonrió y se despidió.

En el vestíbulo, al recoger el sombrero de manos de una doncella, dijo:

—He venido a investigar las circunstancias que concurrieron en la muerte de la señora Oldfield, pero te agradeceré que guardes la más estricta reserva sobre ello.

Gladys, que así se llamaba la chica, casi se desplomó sobre el paragüero. Respirando con excitación, preguntó:

—Oh, señor, ¿entonces fue el doctor quien lo hizo?

—Así lo has creído desde hace tiempo, ¿no es cierto?

—Bueno, señor; no he sido yo quien lo ha creído. Fue Beatrice. Estaba allí cuando murió la señora Oldfield.

—Y ella cree que hubo... —Poirot seleccionó cuidadosamente las melodramáticas palabras— «juego sucio».

Gladys afirmó agitadamente:

—Sí; eso cree. Y dice que la enfermera también está convencida de lo mismo. La enfermera Harrison. Quería mucho a la señora Oldfield y tuvo un disgusto terrible cuando se murió. Beatrice dice que la enfermera Harrison sabía algo, porque después de ocurrir el fallecimiento se puso decididamente frente al doctor, cosa que no hubiera hecho de no haber sucedido algo irregular, ¿no le parece?

—¿Dónde está ahora la enfermera Harrison?

—Cuida de la anciana señorita Bristow... en las afueras del pueblo. Encontrará la casa con facilidad. Tiene un porche delantero sostenido por columnas.

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