8
Aquí, pensó, es donde en realidad termina el mundo. Aquí, en este repecho lleno de nieve... en estos lechos protegidos del viento donde yacen los que luchan contra una muerte insidiosa...
Por fin encontró a Katrina Samoushenka. Cuando la vio, tendida en su lecho, con sus mejillas hundidas sobre las que se distinguía una mancha de vivido color rojo; con las manos largas y enflaquecidas posadas sobre la colcha, un recuerdo le vino a la memoria. No se acordaba de su nombre, pero la había visto bailar... había sido arrastrado y fascinado por aquel supremo arte, capaz de hacer olvidar cualquier otra expresión estética.
Recordaba a Michel Novgin, el Cazador, saltando y girando en aquel desaforado y fantástico bosque que el cerebro de Ambrose Vander había concebido. Y recordaba a la hermosa y veloz Cierva, eternamente perseguida, eternamente deseable... una adorada y adorable criatura, con cuernos en la cabeza y centelleantes pies de bronce. Recordó su colapso final, herida de muerte; y a Michel Novgin, de pie, aturdido, con el cuerpo inanimado de la Cierva en sus brazos.
Katrina Samoushenka miró al detective ligeramente perpleja.
—Creo que no nos habíamos conocido antes de ahora, ¿verdad? ¿Qué desea de mí? —preguntó.
Hércules Poirot hizo una pequeña reverencia.
—Antes que nada, señora, deseo darle las gracias... por el arte con que me fascinó en cierta ocasión, haciéndome pasar una velada llena de belleza.
Ella sonrió tenuemente.
—Pero también he venido para tratar de otras cosas. He buscado durante mucho tiempo a cierta doncella que tuvo usted, señora. Se llamaba Nita.
—¿Nita?
La joven la miró fijamente. Sus ojos se abrieron con expresión asustada.
—¿Qué sabe usted acerca de... Nita? —preguntó.
—Se lo diré.
Poirot relató los sucesos ocurridos aquella noche, cuando se le estropeó el coche, y cómo Ted Williamson se había quedado allí de pie, dándole vueltas a la gorra entre sus manos y contando con frases entrecortadas todo su amor y su pena. Ella escuchó atentamente y cuando Poirot calló, dijo:
—Es conmovedor... sí; muy conmovedor.
Hércules Poirot asintió.
—Es un cuento de la Arcadia, ¿no le parece? ¿Qué puede usted decirme de aquella muchacha, señora?
Katrina Samoushenka suspiró.
—Tuve una doncella... Juanita. Era bonita y alegre. Le ocurrió lo que a menudo sucede a los favoritos de los dioses. Murió en plena juventud.
Eran las mismas palabras que empleó Poirot... palabras finales, irrevocables. Ahora las oía en boca de otra persona... pero persistió en su empeño.
—¿Murió?
—Sí, murió.
El detective calló durante unos instantes.
—A pesar de ello, hay una cosa que no acabo de entender —dijo—. Cuando le pregunté a sir George Sanderfield sobre la doncella que tuvo usted, pareció asustarse. ¿Por qué causa?
Una ligera expresión de disgusto pasó por la cara de la bailarina.
—Se refirió usted solamente a una de mis doncellas. Pensaría que se trataba de Marie... la chica que tomé a mi servicio cuando se fue Juanita. Creo que intentó hacerle un chantaje, basándose en algo sucio que descubrió acerca de él. Era una muchacha odiosa... curiosa; siempre estaba fisgoneando los cajones cerrados y las cartas dirigidas a los demás.
—Eso lo explica todo —murmuró Poirot.
Al cabo de unos momentos prosiguió con insistencia.
—Juanita se apellidaba Valetta y murió en Pisa a causa de una operación de apendicitis, ¿no es eso?
Se dio cuenta de la indecisión que, aunque débil y casi imperceptible, hubo en la inclinación de cabeza que hizo la bailarina.
—Sí; eso es... —contestó ella.
Poirot comentó con aire pensativo.
—Sin embargo..., existe una pequeña discrepancia. Su familia se refirió a ella llamándola Bianca, no Juanita.
Katrina encogió sus delgados hombros.
—Bianca... Juanita... ¿Qué importa eso? —dijo—. Supongo que su verdadero nombre era Bianca, pero ella debió pensar que Juanita era mucho más romántico y decidió llamarse así.
—¿Lo cree usted?
Calló y luego, cambiando de entonación, dijo:
—Pues yo creo que hay otra explicación mucho más convincente.
—¿Cuál?
Poirot se inclinó hacia delante.
—La muchacha que conoció Ted Williamson tenía el cabello como dos alas de oro; así lo describió él cuando vino a verme.
Se inclinó un poco más y sus dedos tocaron, rozándolos, los cabellos ondulados de Katrina.
—¿Alas de oro? ¿Astas de oro? Todo se reduce al punto de vista con que la miren; tanto puede ser un demonio como un ángel. Debe ser usted ambas cosas a la vez. ¿O acaso son las astas doradas de la cierva herida...?
Katrina murmuró:
—La cierva herida... —y su voz tenía la entonación del que no abriga ninguna esperanza.
Poirot continuó:
—Desde el principio, la descripción que de usted me hizo Ted Williamson me tuvo preocupado... me trajo algo a la memoria. Y ese algo era usted... danzando sobre sus pies de bronce, entre el bosque. ¿Quiere que le diga lo que pienso sobre esto, señorita? Creo que hubo un fin de semana en que fue usted sola a Grasslawn, pues entonces no tenía ninguna doncella a su servicio, ya que Bianca Valetta había vuelto a Italia y todavía no había tenido ocasión de contratar otra chica. Por entonces ya se resentía usted de su enfermedad actual y se quedó en casa, cierto día, cuando los demás salieron para hacer una excursión por el río que duró toda la jornada. Sonó el timbre de la puerta; fue usted a abrir y vio... ¿es necesario que se lo diga? Vio usted a un joven, tan sencillo como un niño y tan hermoso como un dios. Y entonces inventó usted una muchacha para él... No Juanita, sino Incógnita... y durante unas pocas horas paseó usted con él por la Arcadia...
Se produjo una larga pausa, al final de la cual, Katrina habló con voz helada y enronquecida.
—En un aspecto, al menos, le he contado la verdad. Le he relatado el final exacto de la historia. Nita morirá en plena juventud.
—¡Ah, no! —Hércules Poirot se transformó.
Golpeó la mesa con la mano. De pronto se convirtió en una persona prosaica, mundana y práctica.
—¡Eso es completamente innecesario! —exclamó—. Usted no necesita morirse. Puede usted luchar por su vida con tanto éxito como pudiera hacerlo otro cualquiera, ¿no es eso?
Ella sacudió la cabeza... triste, sin esperanza.
—¿Y qué vida me espera?
—No la vida del teatro, compréndalo. Pero recuerde que hay otra clase de vida. Veamos, señorita, sea usted franca. ¿Fue su padre en realidad un gran duque, un príncipe o por lo menos, un general?
Ella rió repentinamente.
—¡Conducía un camión en Leningrado! —confesó.
—¡Muy bien! ¿Y por qué no puede ser usted la esposa de un simple mecánico de pueblo? ¿Y tener hijos hermosos como dioses, con pies que, tal vez, bailen como usted hizo antes...?
Katrina retuvo el aliento.
—¡Pero esa idea es fantástica!
—De todas formas —dijo Poirot con evidente satisfacción—, yo creo que se convertirá en realidad.