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En el bar del hotel de Jimmy Donovan, Hércules Poirot estaba sentado incómodamente, recostado contra la pared. El establecimiento no respondía a la idea general que Poirot tenía de los hoteles y de lo que éstos debían ser. La cama que le dieron estaba rota, así como dos vidrios de la ventana de su habitación, por donde se colaba aquel vientecillo nocturno que tanto desagradaba al detective. El agua caliente que le llevaron estaba solamente tibia y lo que le dieron para comer le estaba produciendo una dolorosa sensación en su interior.
Había cinco hombres en el bar. Hablaban de política. Poirot no pudo entender la mayor parte de lo que decían, pero aquello no le preocupaba mucho.
Al cabo de un rato, uno de los hombres se sentó a su lado. Era ligeramente diferente de los otros. Se notaba que había vivido en la ciudad durante algún tiempo. Con gran dignidad se dirigió a Poirot.
—Le aseguro, señor, que Peggen's Princesse no tiene ninguna posibilidad... acabará la carrera en último lugar... ¡en el mismísimo último lugar! Siga mi consejo... como hacen todos. ¿Sabe usted quién soy yo, señor? ¿Lo sabe? Pues soy Atlas... Atlas, del Dublin Son... y he aconsejado ganadores durante toda la temporada. ¿No fui yo quien aconsejó a Larry's Girl? Veinticinco a uno... ¡fíjese...!, veinticinco a uno. Haga caso a Atlas y no se equivocará.
Hércules le miró con extraña reverencia.
—¡Mon Dieu, es un presagio! —murmuró con voz trémula.