Capítulo 7

Siv Eriksson se despertó, como de costumbre, unos minutos antes de que sonara el despertador. Era como si presintiera que ya era la hora de levantarse y le daba tiempo a apagar el despertador antes de que el ruido despertase a Lennart, su marido. Abandonó la cama con sigilo, procurando hacer el menor ruido posible. Al fin y al cabo, era domingo.

Se deslizó en silencio hasta la cocina, calzada con las zapatillas rosa de lana que le había regalado su esposo en Navidad, preparó la cafetera, se dio una ducha con agua muy caliente y se lavó la cabeza. Luego desayunó tranquilamente mientras escuchaba la radio y dejaba que se le secara el cabello.

Siv Eriksson estaba animada aquel día. Los domingos, su jornada de trabajo era más corta, sólo de siete a doce. Lennart pasaría a recogerla con el coche a la salida y se irían juntos a celebrar el aniversario de su único nieto, que cumplía cinco años. Su hija vivía con su familia en Slite, al norte de Gotland, así que el trayecto era largo. Siv había preparado los regalos, que envolvió con sumo cuidado y ahora estaban sobre la mesita de la entrada. Lennart tenía que llevárselos al salir; le había escrito una nota para que no se le olvidara.

Cuando terminó el café, se cepilló los dientes y se vistió. Le puso comida y agua fresca al gato, pero el felino no mostró el menor interés en salir fuera; se limitó a mirarla perezoso y se ovilló en el cesto. Echó un vistazo al termómetro que tenían en la ventana y comprobó que la temperatura había vuelto a bajar: diez grados bajo cero. Lo mejor sería ponerse la bufanda y el gorro. El abrigo de paño era viejo y le quedaba un poco estrecho.

El piso en que vivían estaba en la última planta de un edificio de la calle Polhemsgatan y tenía vistas sobre la parte noreste de la muralla.

Cuando Siv salió a la calle, la mañana todavía estaba muy oscura. Para llegar a su trabajo en el hotel Wisby tenía que andar dos kilómetros, pero no le importaba. Le gustaba caminar, y, además, ése era el único ejercicio que hacía para mantenerse en forma. Le gustaba su trabajo de encargada del servicio de desayunos, labor que realizaba con otra compañera. En esta época del año, el hotel tenía muy pocos clientes, lo cual era magnífico para ella, que no soportaba el estrés.

Cruzó la calle y embocó el sendero que discurría al lado del campo de fútbol, cuyo césped aparecía cubierto por una fina capa de nieve. En el aparcamiento de la Oficina Municipal de Cultura y Ocio, estuvo a punto de darse una culada a causa del asfalto resbaladizo.

En el paso de cebra de la calle Kung Magnus, que corría paralela al este de la muralla, se detuvo y miró a ambos lados, aunque, la verdad, no había necesidad de hacerlo. Los domingos por la mañana apenas había tráfico, pero Siv era una persona prudente que no corría riesgos innecesarios. Cruzó por Östergravar, una pequeña zona verde en torno a la muralla. Aquel trecho le parecía inquietantemente solitario antes de que amaneciera del todo, pero pronto llegaría a la muralla medieval que rodeaba el centro de la ciudad. Allí debía cruzar la Puerta de Dalmansporten para entrar en la población. Esta estaba en la torre Dalmanstornet, una de las torres defensivas más impresionantes de la muralla con sus diecisiete metros de altura.

A unos treinta metros de la puerta, se detuvo en seco. Al principio no dio crédito a lo que veía. Había algo colgado que se balanceaba. Durante unos segundos de desconcierto, creyó que se trataba de un saco. Al acercarse se dio cuenta horrorizada de que era un hombre colgado de una soga atada a la reja que sobresalía por encima de la puerta. Era una de esas rejas que en los tiempos medievales se podían bajar para protegerse de un ataque enemigo.

Tenía la cabeza inclinada hacia delante, y los brazos bamboleaban, sueltos, a lo largo del cuerpo.

La mujer resbaló en el puente y estuvo a punto de caer de bruces, pero en el último momento consiguió asirse a la barandilla. Volvió a mirar al hombre. Llevaba un abrigo largo de piel negra, pantalones del mismo color y calzaba botines. Era moreno, de unos cincuenta años.

Como no podía verle bien la cara, avanzó con paso inseguro, mientras miraba asustada en derredor.

Cuando se acercó lo suficiente, se quedó paralizada. Reconoció inmediatamente al hombre.

Buscó pensativa el móvil y marcó el número de la policía.

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