Octubre de 2007
Había un olor desagradable en el desagüe que no había percibido ayer. Un animal putrefacto, seguramente un roedor. Roy lo advirtió cuando llegó, poco antes de las nueve de la mañana, y ahora, una hora después, arrugó la nariz cuando volvió a entrar en el desagüe, con dos bolsas de plástico llenas de bebidas calientes que un agente de apoyo a la comunidad muy servicial había comprado en una tienda Costa cercana.
La lluvia caía implacablemente, transformando cada vez más el terreno en un lodazal, pero el nivel del agua todavía no había subido, se percató Grace. Se preguntó cuánta lluvia haría falta. Por lo que recordaba del cadáver de un joven que habían hallado en la red de alcantarillado de Brighton algunos años atrás, sabía que todos los desagües acababan en una cloaca principal que desembocaba en el mar en Portobello cerca de Peacehaven. Si este desagüe se había inundado, era probable que la corriente hubiera arrastrado gran parte de las pruebas, en particular la ropa de la víctima, hacía mucho tiempo.
Haciendo caso omiso a un par de comentarios sarcásticos sobre su nuevo papel como chico del café, con los nervios destrozados por una noche agitada y pensamientos de preocupación acerca del esqueleto, Roy comenzó a distribuir los tés y cafés entre el equipo, como a modo de disculpa -o expiación- por fastidiarles el fin de semana.
El desagüe era un hervidero. Ned Morgan, el asesor de registros de la policía, varios agentes entrenados en inspecciones y miembros del SOCO, todos con sus trajes blancos, se habían dispersado por el túnel. Estaban registrando el mantillo centímetro a centímetro en busca de zapatos, ropa, joyas, cualquier hebra o retazo, por pequeño que fuera, que la víctima pudiera llevar encima cuando la dejaron allí abajo. El cuero y las fibras sintéticas tendrían las probabilidades más altas de haber sobrevivido a este entorno húmedo.
A cuatro patas en el lúgubre desagüe de ladrillo, en el resplandor claroscuro y las sombras que proyectaban las luces instaladas a intervalos, el equipo ofrecía una imagen inquietante.
Joan Major, la arqueóloga forense, que también iba ataviada de los pies a la cabeza en un traje blanco, trabajaba en silencio muy concentrada. Si este caso llegaba alguna vez a juicio tendría que presentar al tribunal una maqueta precisa en tres dimensiones del esqueleto en el lugar donde lo habían encontrado. Justo acababa de entrar y salir corriendo, luchando contra la ausencia de señal del GPS que utilizaba para establecer y registrar las coordenadas de los restos óseos, y ahora estaba haciendo un boceto de la posición exacta del esqueleto en relación al desagüe y el cieno. Cada pocos instantes saltaba el flash de la cámara del fotógrafo del SOCO.
– Gracias, Roy -dijo Joan casi ausente. Cogió el latte grande que le entregó y lo dejó sobre la caja de madera con su material que había colocado encima de una estructura apoyada en un trípode para que no se mojara.
Grace había decidido que le bastaría con un equipo reducido durante el fin de semana y que reclutaría más personal el lunes por la mañana. Para alivio inmenso de Glenn Branson, le había dado el fin de semana libre. Trabajaban a «ritmo lento»; no había la urgencia que habrían empleado si la muerte hubiera sido más reciente: días, semanas, meses o incluso un par de años. El lunes por la mañana habría tiempo suficiente para dar la primera rueda de prensa.
Tal vez él y Cleo aún pudieran aprovechar la reserva para cenar en Londres esta noche y salvar parte del fin de semana romántico que Grace había planeado, si -lo cual aún estaba por ver- Joan terminaba el mapa y el proceso de recuperación y el patólogo del Ministerio del Interior era capaz de realizar la autopsia deprisa. Había esperanza con Frazer Theobald, lo sabía. De hecho, ¿dónde diablos estaba? Tendría que haber llegado hacía una hora.
Como esperando el momento justo, todo de blanco igual que el resto de la gente que estaba en el desagüe, el doctor Frazer Theobald hizo su entrada con cautela, sigilosamente, como un ratón olisqueando un queso. Era un hombre bajo y fornido, mediría menos de metro sesenta, tenía el pelo hirsuto y desgreñado y lucía un bigote grueso a lo Adolf Hitler debajo de su nariz aguileña. Glenn Branson había dicho una vez que lo único que le faltaba para ser el doble de Groucho Marx era un cigarro grueso.
Disculpándose porque le había costado arrancar el coche de su mujer y había tenido que llevar a su hija a clase de clarinete, el patólogo rodeó deprisa el esqueleto, sin acercarse demasiado y lanzándole una mirada recelosa, como si lo desafiara a que se declarara amigo o enemigo suyo.
– Sí -dijo a nadie en particular-. Ah, bien. -Entonces se volvió hacia Roy y señaló el esqueleto-. ¿Éste es el cadáver?
Grace siempre había pensado que Theobald era un poco peculiar, pero nunca se lo había parecido tanto como en este momento.
– Sí -contestó, algo anonadado por la pregunta.
– Estás moreno, Roy -observó el patólogo. Luego se acercó un paso más al esqueleto, tanto que podría parecer que le formulaba a él la pregunta-. ¿Has estado fuera?
– En Nueva Orleans -respondió Grace, sacando la tapa de su latte y deseando estar todavía allí-. Asistí a un simposio de la Asociación Internacional de Investigadores de Homicidios.
– ¿Cómo va la reconstrucción de la ciudad? -preguntó Theobald.
– Despacio.
– ¿Aún se ven muchos daños causados por las inundaciones?
– Muchos.
– ¿Había mucha gente tocando el clarinete?
– ¿El clarinete? Sí. Fui a algunos conciertos. Vi a Ellis Marsalis.
Theobald le ofreció una sonrisa extraña de placer.
– ¡Al padre! -dijo con aprobación-. Vaya, ¡tuviste suerte de escucharle! -Luego se volvió hacia el esqueleto-. Bueno, ¿qué tenemos aquí?
Grace le puso al día. Luego, Theobald y Joan Major entablaron un debate acerca de si debían retirar el cuerpo intacto, un proceso largo y laborioso, o trasladarlo en segmentos. Decidieron que, como lo habían hallado intacto, sería mejor conservarlo así.
Durante unos momentos, Grace contempló el diluvio que caía sin parar a través de la sección rota del desagüe, a poca distancia de donde se encontraba. Bajo el haz de luz, las gotas parecían motas de polvo alargadas. «Nueva Orleans», pensó, soplando el humo de su café y dando un sorbo tímido, intentando evitar quemarse la lengua con el líquido caliente. Cleo le había acompañado y se tomaron una semana de vacaciones justo después de la conferencia. Se quedaron allí y disfrutaron de la ciudad y el uno del otro.
Parecía que todo era mucho más fácil entre ellos entonces, lejos de Brighton. De Sandy. Se relajaron, disfrutaron del calor, hicieron un recorrido por las zonas devastadas por las inundaciones que aún no estaban rehabilitadas. Comieron gumbo, jambalaya, pasteles de cangrejo y ostras Rockefeller, bebieron margaritas, mojitos y vinos de California y Oregón y escucharon jazz en el Snug Harbor y otros clubes todas las noches. Y Grace se enamoró aún más de ella.
Se sintió orgulloso de lo bien que se desenvolvió Cleo en la conferencia. Al ser una mujer hermosa que ejercía una profesión sin ningún glamour fue el blanco de la curiosidad, de bastantes bromas y algunas frases realmente vergonzosas para ligar procedentes de quinientos de los mejores inspectores del mundo, los más duros y, en su mayoría, masculinos, que llevaban puesto el chip de la fiesta. Siempre respondía bien, y consiguió que a todo el mundo se le salieran los ojos de las órbitas vistiendo su metro ochenta de estatura y piernas largas con su habitual estilo excéntrico y sexy.
– Anoche me preguntaste su edad, Roy -dijo la arqueóloga forense, interrumpiendo sus pensamientos.
– ¿Sí? -Pasó a estar plenamente concentrado al instante, mientras miraba el cráneo.
– La presencia de las muelas del juicio nos dice que tiene más de dieciocho años -dijo Joan señalando la mandíbula-. Hay pruebas de algunos trabajos dentales, empastes blancos, que eran más comunes durante las últimas dos décadas, y más caros. Es posible que fuera a un dentista privado, lo que podría reducir la búsqueda. Y lleva una funda en un incisivo superior-. -Señaló un diente arriba a la izquierda.
Grace se puso nervioso. Sandy se había partido un dienta delantero izquierdo en una de sus primeras citas, al morder un fragmento de hueso en un steak tartar, y se había puesto una funda.
– ¿Qué más? -preguntó.
– Yo diría que el estado general y el color de los dientes in -dican que su edad coincide con la franja que calculé ayer: entre los veinticinco y los cuarenta años.
Miró a Frazer Theobald, que asintió con cara de póquer, como si simpatizara con sus conclusiones pero no estuviera necesariamente de acuerdo de un modo incondicional. Entonces señaló el brazo.
– El hueso largo crece en tres partes: dos epífisis y el cuerpo. El proceso por el que se unen se denomina fusión epifisiaria y normalmente se completa alrededor de los treinta y cinco años. Aquí no está del todo completada. -Señaló la zona del hombro-. Lo mismo sirve para la clavícula. Puede verse la línea de la fusión en la parte media. Se une hacia los treinta. Podré darte un cálculo más preciso en la sala de autopsias.
– Así que tendría unos treinta, ¿estás bastante segura? -dijo Grace.
– Sí. Y mi intuición me dice que no son muchos más. Incluso podría ser más joven.
Roy se quedó callado. Sandy era dos años menor que él. Había desaparecido el día que Grace cumplió los treinta, cuando ella sólo tenía veintiocho. El mismo pelo, la funda en el diente.
– ¿Estás bien, Roy? -le preguntó de repente Joan Major.
Al principio, absorto en sus pensamientos, sólo oyó su voz como un eco distante e incorpóreo.
– ¿Roy? ¿Estás bien?
Grace volvió a prestarle toda su atención.
– Sí, sí. Estoy bien, gracias.
– Se diría que has visto un fantasma.